El viajero: Un camino sin retorno

Víctor Pérez M.

She packed my bags last night pre-flight…

Rocketman , Elton John 1972

…el otro lado, es la solución…

Mojado, La Maldita vecindad y los hijos del quinto patio, 1989

La espesa penumbra de la madrugada, se entremezclaba con las sombras que reflejaba María dentro de aquel cuartucho viejo de adobe,  aquellas sombras se desvanecían mientras echaba en la bolsa de lona, algunas camisas para Emilio -su esposo- que le miraba con tristeza y nostalgia.

El esfuerzo para evitar estallar en llanto –principalmente por parte de María- se reflejaba en los ojos llorosos, los cuales daban testimonio, de ese esfuerzo casi inhumano, que desgarraba al interior de su propia alma.

Al fondo del cuarto, estaban los cuatro hijos dormidos, cuyo sueño profundo delataba la inocencia que no permitía, el entendimiento de la situación que sus padres, pasaban en esos amargos momentos de llanto contenido y dolor profundo, por la obligada separación.

De manera repentina, María  se abalanzaba sobre Emilio, y le suplicaba que no se fuera: ¡Por favor!, ¡No te vayas!, ¡Nos vas a hacer mucha falta!, ¡Mira, ya veremos cómo hacerle para pagar el préstamo de la cosecha pasada!

Emilio de manera suave, pero contundente, la abrazaba y con voz tierna le decía: ¡No hay otra opción! Inmediatamente la desilusión se hacía presente en María. No pudo disuadir finalmente a su marido; aquello estaba decidido, “el otro lado era la solución”.

A las cinco quince de la mañana salía el camión a Chilpancingo, tomando la carretera que cruzaba el pueblo de San Vicente, un pueblo enclavado en las montañas de Guerrero, cuyo itinerario era sencillo, llegar a Chilpancingo, de ahí le llevarían a Guadalajara, posteriormente a Mazatlán, y por último a Nogales.

Cuatro días de viaje, algunas veces de manera inhumana era conducido, junto con otras 30 personas en un camión de redilas, en cajas de pintura en el fondo del mismo, cuyo conductor no mostraba empatía alguna con los viajeros.

Algunos ya sin dinero, otros con algunos signos de deshidratación, y hambre, eran el común denominador en todos éstos transeúntes. Sin embargo, la meta había sido alcanzada, por fin podían visualizar la frontera en Nogales Sonora. Aquello era esperanzador.

Durante los próximos cinco días, todos los “pollos” la pasaron  en una vieja bodega a las afueras  de la ciudad; el frío calaba en los huesos, era el mes de Enero. Un viejo calentador no abastecía a todos los hacinados en aquella bodega.

Algunas personas empezaron a tener fiebre y a toser en las noches, entre el frío, la desnutrición y el abandono de los “polleros”, como resultado lógico, tres personas murieron, nada se supo de sus cuerpos, solo llegaron cuatro individuos y los echaron a una camioneta, cerraron la bodega y no se supo nada de los cadáveres.

El tiempo había pasado y no sabían en que día vivían, sí era de día o noche, no se sabía. Cuando de pronto llagaron dos camionetas  en la noche, con cinco tipos armados y de manera agresiva ordenaban:

-¡Órale cabrones!, ¡Súbanse a la troca!, ¡Ya se les hizo su “american drim”.

Otro gritaba y les decía  a la multitud:

-¡De volada hijos de la chingada!, ¡Que no tengo toda la puta noche!, ¡Pendejos!

Con pistola en mano y otros con rifles, golpeaban a todas estas personas, para que se apuraran, ya que para ese momento solo podían moverse de manera torpe y con desgano.

Las dos camionetas repletas de migrantes, empezaron avanzar su travesía por el desierto, su trayecto era por algunas lomas, entre caminos de terracería formados por las huellas de otros automóviles.

Después de una travesía de cuarenta minutos –aproximadamente- ambas camionetas se detuvieron de manera abrupta, y de pronto, una voz fuerte gritó: ¡Cinco minutos para bajarse pendejos!, ¡Sí no aquí se los carga la chingada!

Con un pánico terrible, todos aquellos hombres y mujeres salieron despavoridos  de ambas camionetas, desconcertados y con un frío terrible, quedaban abandonados a su suerte, en medio de aquel desierto, sin una idea para avanzar o salir de aquel lugar.

 En plena noche, en una oscuridad total, empezaron a vagar sin una idea a donde ir. Pasaría aproximadamente una hora, cuando de pronto, y de manera repentina unas luces se prendieron, unos motores se encendieron, a lo lejos se escuchaban, unas platicas y gritos en inglés, aquello era inaudible, y menos entendible.

De pronto, se empezaron a escuchar una serie de disparos entremezclados con gritos de dolor. Emilio solo corría y corría como buscando un refugio en el medio de aquella oscuridad. Las balas zumbaban cerca de él. Y cuando menos lo pensó, sintió como varios disparos atravesaban su espalda. Inmediatamente caía al suelo.

Su respiración empezaba a ser agitada, un dolor terrible empezaba a cundir en todo su pecho, empezaba a sentir el ahogamiento por su propia sangre. El fin era evidente, su pulso y respiración empezaban a disminuir, un frío terrible empezaba a recorrer todo su cuerpo.

Pasaron los meses, pasó un año, después dos, tres, cuatro años. María sigue esperando noticias de su marido, y sus hijos, aún esperan a su padre que salió una noche y no volvió como lo prometió. ¿Dónde quedó Emilio?.. ¡Nunca se supo!