Memorias de mis baikas tristes…

¿Tienes o no la bicicleta?, sí no la tienes… ¡le damos el trabajo a otro!

Diálogo de la película Ladri di biciclette, Vittorio De Sica, Italia, 1948

Víctor J. Pérez Montes

¡La Prepa!, ¡Uuuuy nombre!, ¡Qué recuerdos!, los exámenes, las clases, los profes, pero, sobre todo las experiencias que pasé o mejor dicho, que padecí en esos años, y de puro coraje, ahí les van dos del baúl de los recuerdos.

La NASA…

En el cantón-casa para los bienhablados-nunca había feria…los vecinos nos traían de bajada con sus bromas o carrilla, aparte que siempre le debíamos  a doña Chencha la del abarrote de la cuadra.

En una ocasión, Don Odilón –un viejo panzón, güero y huarachudo de la Noria, que por cierto nunca se bañaba-  me gritó desde su poltrona en la esquina de su casa: ¡Miren! ¡Ahí va uno de los tigres, porque siempre anda con las mismas garras! A la vez, que soltaba la carcajada jodona.  ¡Trinche viejo gacho!.., lo bueno es que me la cobré, algunos años después con su nietecita “la Lupita”, una güerita pecosa de rancho, que se había puesto muy chichona, pero bueno, eso es otra historia, ¿Verdad?

¡En fin!, Cosas de familia y anécdotas de la cuadra, la verdad ahora me dan mucha risa, pero, en el momento ¡A jijos! Cómo me calaban y pa´ amolarla un poquito más, se me había ocurrido la idea compulsiva de comprarme una baika –bicicleta para los bienhablados pues-, pero tenía un pequeñito y  muy minúsculo problema: ¡No tenía dinero!

Pero, resulta ser, que un día me cansé de no llevar dinero a la escuela, que ni para el camión me daban –simplemente no había feria y punto- ya que mi apá, además de medio mantener a su familia legítima, tenía que mantener a su segundo frente con 5 plebillos más, por allá en la colonia La Esperanza, a una cuadra del Café Marino.

Entre mis medios carnales y los carnales completos, no dejaban ni para las cocas, así que un día me animé a ir a pedir chamba. Un compa de la prepa, me dijo que en la Farmacia “Guerrero” estaban solicitando Gente para repartidor de medicinas a domicilio; el Ñeñé –así le decíamos a mi compa Edmundocon su muy particular forma de hablar porque tenía labio leporino- me dijo: “ ¡Ira caón!…el jale etá a toa mae!”

Con esa amplísima recomendación dada por mi camarada, me dirigí al lugar, al llegar a la susodicha y supuesta futura “primera chamba”, pregunté con quien tenía que hablar sobre el asunto, la doñita del mostrador –una betarra como de setenta y tantos añitos -, me dijo: “¡Siéntese joven!, ahorita le llamo al encargado del lugar”. Esperé como quince minutos, debajo de un abanico de esos que nomás espantaba las moscas, porque aire nomás no echaba.

Después de soportar ese tiempo, y con el calorcito mazatleco del mes de Julio –húmedo y caliente- salió por fin, el susodicho y muy esperado encargado. Era un tipo sacado de la “Familia Burrón”, eran calvo, panzón, con mostacho grande y con unos lentes de fondo de botella, traía puesta una guayabera azul, más transparente que un “beibi dol” de recién casada y con un pantalón acampanado, -yo diría que con un luk muy vintach-, eso si, de manera muy formal me abordó de la siguiente manera:

-¡Dígame joven!, ¿En qué le puedo ayudar?

-¡Buenas tardes señor! Vengo a ver lo de la chamba de repartidor.

-¡Ah! Usted joven viene por el trabajo de repartidor de medicina en la bicicleta (me corrigió puntualmente el encargado)

-¡Ándele! , ¡Eso mero! (le dije)

-¡Muy bien!, nomás espéreme unos minutos y ahorita le doy el examen para seleccionarlo

¡A la güilson!, ¡Méndigo Ñeñé!, ¡Nunca me habló de ese examen!, ¡Ni modo!, ¡Pos ya estaba ahí!, ¡Tenía que apechugar!, ¡Total!, y me dije entre mí mismo: ¡A ver loco!, ¿Qué podrían ponerme en ese trinche examencito?, Sí la chamba es de repartidor en baika.

En eso, ya anda resignándome para hacer el famoso examen, cuando llega el flamante encargado con 5 hojas de la susodicha pruebita.

¡Nombre!, ¡Puras cuentas!, 2 hojas repletas de sumas, restas, multiplicaciones y  sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, la cuarta hoja era de puras raíces cuadradas, y ya por último, la quinta hoja, era puras ecuaciones de algebra, ¡Que ni el Baldor las podría haber resuelto!

¡No lo podía creer!, ¡Pero, si yo iba por la chamba de repartidor!, mi cara expresaba tanto sorpresa, ignorancia, y un profundo sentimiento de desesperación, y me volvía a decir a mí mismo: ¡Bueno! ¡Ultimadamente!, ¿Quién me tiene sufriendo este suplicio intelectual?

Y que en ese preciso instante, me paro y le digo al encargado con voz envalentonada y mirada de reprobado, pero eso sí, con una altivez y dignidad de todo un doctorante de Harvard:

-¡Óigame no, mi amigo!, yo pensaba que esta chamba era de repartidor de medicinas en la baika, ¡No para trabajar en la NASA!, o ¡Para los rusos en su programa espacial!, ¡No la chifle que es cantada!

En ese momento, con toda la dignidad que me caracterizaba como todo un verdadero Lord británico, le entregaba el examen y con la finura de un pisa quedito –gato, y muy fino por cierto-, salía por la puerta principal de la dichosa farmacia, y esperaba el camión que me llevaría a mi casa, eso sí, jamás volteé  a ver la reacción del encargado, ¡ni de nadie!

¡Jamás volví a ese lugar!, ¡Bueno! Excepto cuando quedando bien con una pelirrojita pecosa que me traía bien lurio, que vivía a espaldas de la farmacia, me vi en la penosa obligación de regresar y eso porque la morrilla me disparaban, las paletas de hielo que vendían en la farmacia –las de nanchi y de piña que eran mis favoritas-, ¡Pero, de ahí en fuera!, ¡Jamás regresé con los de la NASA!

El Rayovac

Pasaron los meses, y “nanais” que agarraba un jalecillo para comprarme la famosa baika, y súmale que ni calzones ya tenía, pero en fin, ahí les va la siguiente anécdota patasalada:

Estando en la urgencia de comprarme una baika, ya que el primer intento serio de hacerlo no se había dado, por cuestiones académicas de altos vuelos, otra vez, me armo de valor y me lanzo a pedir chamba en otra farmacia, pero ahora era, la que tiene el logotipo de un venadito cornudo.

Y bueno, que llego al lugar, y la muchacha encargada de hacer las entrevistas, me da una hoja de solicitud de empleo, en la que decía que tenía que escribir “mi nombre de Pila”, la verdad esa pregunta me puso en apuros, ya que dije entre mi: “…Sí pongo Duracell o Energizer, van a decir que soy gringo…Y la neta como que mi pedigrí  da para más, quizá como para austriaco u holandés, o ya de perdis irlandés o escocés”.

Entonces, para mi suerte o fortuna, levanté la mirada y enfrente  de la farmacia, había un puesto de abarrotes y entre los viejos anuncios –algunos de ellos ya oxidadas- había uno de las pilas del gato negro “Rayovac”, y como una verdadera llamarada que iluminaba la mente, dije entre mí: “Ese va a ser mi nombre de pila… Va con mi estirpe, suena más imponente e importante”.

Al ponerlo en la hoja de solicitud de empleo, la señorita –que por cierto estaba que se caía de buena, la manzanita del árbol, es decir, la clásica güerita de rancho- se me quedó mirando, como queriendo decirme: ¿Es verdad?

Al verle la incógnita a la bella porteña, le pregunté: ¿Alguna duda señorita? Y la hermosa fémina me respondió:

“En primer lugar soy señora, la semana pasada me casé, y en segundo lugar, aquí es farmacia no Circo, para que vengas a echarte una de tus bromitas de payaso de tercera”. A pesar de mi sorpresa, no me quedé callado y le respondí:

“¡Mire Señora! Yo no tengo la culpa de sus errores –haciendo alusión a su casorio- y segundo, tampoco tengo la culpa, de que no sepan escribir correctamente, ¡Pongan nombre y ya!, ¿Cómo que de pila?, ¡Puras confusiones!, con eso confunden a la futura población económica, social y sexualmente activa de esta patria hermosa llamada México”

Por último, como ya había pasado en otra ocasión, con dignidad de archiduque patasalda, y reinos circunvecinos de Villa Joligud y puntos intermedios, me di la media vuelta –así como el gran José Alfredo Jiménez- y es hora, que ni me paro en esa botica de rancho, ¡Ni para comprarles un Vaporub!

De la Calle: Crónica de una vida en bazofia

Víctor J. Pérez Montes

Difícil es caminar, en un extraño lugar, en dónde el hambre se ve, como un gran circo en acción.

El Circo, 1991, Maldita vecindad y los Hijos del Quinto Patio

A lo lejos, sólo se contempla una tenue sombra,  poco se divisa entre la espesa neblina y el claroscuro de la madrugada. Las primeras horas del día son frías, entumeciendo todo ánimo, todo esfuerzo por cumplir con la penitencia diaria de la existencia propia.

Poco a poco, de manera pausada, lenta casi inamovible, se empieza a definir la figura de dicha sombra, con cierta nitidez se puede visualizar que, de manera pesada, con dificultades, dicha sombra va empujando una especie de cajón con llantas, cuyo ruido se agudiza aún más con el silencio de la madrugada.

De pronto, como fieles guardianes de nuestro decrépito, encorvado y avejentado protagonista, una jauría de siete perros, todos ellos faltos de “pedigrí”, pero sobrantes de experiencia en la vida dura y violenta de la calle.

Cada uno de estos guardianes caninos, han experimentado la indiferencia de la sociedad. Todos ellos nacidos en basureros, canales de agua pluvial, entre ropa vieja y desechos de comida. La vida nunca les ha favorecido con el calor de un hogar,  y menos con la comida necesaria para su existencia.

Ninguna de estas figuras caninas ha tenido un amo previo a nuestro amigo, -que por cierto- la gente lo hace llamar: El Chocorroles. Todos estos caninos en estado casi salvaje de manera fiel y con un sentido de servilismo acompañan a su amo a dónde quiera que vaya.

Los nombres de  nuestros protagonistas caninos son: El Guachington –el líder-, el Clinton –el que siempre anda caliente-, el Jolopo –el sinvergüenza-, el Lopezpaseos –el patadeperro del grupo- , el Kenedi –el galán perruno-, el Gustavito –el feisímo del grupo-, y el Salinas – ese era un perrito miniatura orejón, con pinta de bonachón, pero muy canijo-.

Cruzando una amplia avenida, nuestro antihéroe urbano, actúa de manera abierta y franca. Revisa las bolsas o botes de basura de cada una de las casas que encuentran en  su camino. Siempre con respeto, sin hacer desorden, revisa de manera puntual cualquier vestigio que pudiera ayudarle a sobrevivir ese día.

“Lo despreciado por unos es lo más preciado por otros”, frase que se convirtió en el slogan cotidiano de El Chocorroles que por años ha explicado de manera sencilla,  su estilo de vida y actividad económica que provee de unos pesos necesarios para la sobrevivencia de él y de sus fieles amigos. Cartón, fierro viejo, aluminio, son los elementos sumamente “preciados” que avivan la articulación económica de nuestro maltrecho amigo.

Las personas le ven con desprecio, con alto grado de desconfianza. Sus ropas sucias y roídas gritan sus carencias, sus derrotas, y que expresan toda una vida de carencias y de frustraciones. Nadie sabe de dónde viene, menos a donde va. No hay familia o amigos que puedan brindar una mano de ayuda o consuelo en los momentos duros del día a día.

Las esquinas mal olientes y llenas de basura son la meta. Pero tal meta no es fácil. Literalmente es una competencia muy aguerrida que otros “buscadores” de basura o que viven de la basura, en ocasiones llegan a los golpes para ganar el botín.

Es la calle, ese escenario que despliega todas las pasiones y bajezas que nuestro amigo sortea día a día. Es la calle el todo y por el todo de su existencia. Es el principio y el final. Es el campo que necesita dominar como una bestia o monstruo indómito que día a día destroza o devora a quien es débil o quien pierde el enfoque de su voracidad.

No hay un mañana en la vida del Chocorroles, solo el hoy y el ahora. Él sabe que sí no hay un ahora, simplemente no come, y su peregrinar será tortuoso, difícil, dramático y hasta cruel. Sin embargo, la naturaleza está de su lado.

Los árboles frutales en algunos espacios citadinos, en especial, algunas grandes avenidas, parques o jardines públicos brindan al paladar de nuestro amigo y sus fieles compañeros, ese toque de dulzura que nadie se atreve a darles.

Las tardes son largas y en ocasiones tediosas, aburridas, llenas de privaciones,  la actividad de recolección de basura siempre es más productiva durante las mañana. Los camiones recolectores de basura del municipio, son los eternos archienemigos a vencer.

Cansados de su tortuoso andar por barrios o suburbios citadinos nuestro amigo toma la decisión de regresar a su morada. Un cuartucho construido de palos, cartón y laminas viejas, que con alambres retorcidos y oxidados, constituyen el techo que cada noche abrigan y protegen al Chocorroles y sus fieles amigos.

Las tinieblas de la noche abrigan a nuestro antihéroe y su compañía canina. A lo lejos, la mancha de luces que demuestran por lo menos, los servicios que nuestro amigo jamás podrá obtener. Para el sólo existe el ahora, y su “ahora” es una mezcla de inexistencias de los más elemental que un ser humano puede aspirar.

No hay amigos, no hay una pareja con la que se pueda convivir, solo los perros que con actitud de servilismo y lamidas amistosas le hacen sentir algo que parece ser amor.

Poco a poco, los parpados de nuestro maltrecho y avejentado amigo se cierran. Las fuerzas y ánimo han sido agotadas, sus fuerzas quedan suspendidas en un sueño que exige la recuperación de todas las energías para la aventura del día siguiente.

Chocorroles llega a una inmensa casa. Es una de esas casonas antiguas, que se encuentran por toda la avenida principal de la ciudad. Lo recibe el mayordomo principal, y con sentido servicial, le indica que su baño y cena están listos. Después de bañarse y ser consentido, en su enorme tina de baño de burbujas, el mismo mayordomo, le indica su cuarto de ropa y la inmensidad de ropa que posee para cambiarse.

Ya limpio, perfumado y con ropa de dormir –con un sutil olor a rosas-, nuestro nuevo mexican style playboy, baja por la enorme escalera de caracol, casi corriendo, llega a la enorme mesa de cedro –finamente tallada- y sin más que esperar,  nuestro amigo agarra con sus dos manos el grueso bistec de dos pulgadas de grosor, pero en el exacto momento, de darle la primera mordida, las brillantes luces de la enorme lámpara de cristal swarovski impedían ver y molestaban la visión de nuestro –ahora- amigo ricachón.

Por más que se esforzaba, no podía ver la comida para comerla, se trataba de tapar los ojos con una mano, pero no podía comer. Pero cuando por fin, pudo abrir los ojos, de manera cruel, se dio cuenta de que aquello fue un sueño, tristemente solo eso, un sueño.

 Los rayos matutinos como agujas punzantes lastiman la débil visión de nuestro explorador citadino. La pesadez de su humanidad es dolorosa y su sufrimiento momentáneo de levantarse se combinó con la eterna incógnita ¿Qué comerá hoy?

Poco más tarde que lo habitual, nuestro soñador frustrado se levanta y de la vieja cubeta saca un poco de agua para enjuagarse la boca, con frustración despliega la cortina vieja –mejor dicho el trapo viejo- y como un golpe contundente, -sin mucho ánimo-mira a su alrededor y con los ojos llorosos, murmura de manera amarga: ¡Casi!, ¡Casi comía carne!