Orfandad sin refugios –Novela- Capitulo IV

Víctor J. Pérez Montes

…traían 100 kilos de coca, iban con rumbo a Chicago…

La Banda del Carro Rojo

Los Tigres del Norte

Les diré que fui un don nadie y ni una chica se fijaba en mi

Hoy muchas cosas he logrado, y han de saber porque razón…

Un hombre respetable

Los Hitters

Capitulo IV

Era sábado, día de paga. Las filas eran larguísimas, nunca había sentido tanta angustia por cuidar dinero ajeno. Los obreros que de manera forzosa delineaban largas filas para recibir su pago semanal, empezaban a desesperarse. La picaresca obrera no se dejaba esperar. No había quien contuviera esa turba de humanos exigiendo su pago.

A lo lejos, se observaba una nube de polvo de la que salía el lenguaje soez, las rechiflas, los pleitos por el lugar más cercano,  las mentadas de madre, pero, sobre todo el reniego por la espera –que aunque la entrega era de manera rápida y eficiente-, se expresaban de manera violenta con las famosas pedradas, que solo se hacían sentir, de manera contundente sobre el techo y las paredes de la caseta de pago, localizada en la entrada de la amplia explanada previa a la termoeléctrica.

Sin dejar de mencionar, que en algunas raras ocasiones – y que bueno que eran las menos frecuentes- algunos trabajadores hacían sentir su desespero, al mover de un lado a otro la caseta de cobro. Verdaderamente, era toda una experiencia pagar a este ejército de obreros de la construcción.

Este extraño y peculiar ritual para  finalizar la jornada laboral, que iniciaba con exactitud cada sábado a las 2:00 pm y culminaba a las 3:22 pm, verdaderamente era impresionante. Cualquier espectador pudiera haber afirmado que era un desorden bien ordenado.

Sin embargo, era increíble ver cómo iban desapareciendo  las multitudes de aquel ejército de canteros, electricistas, pailadores, soldadores, plomeros, maquinistas, y albañiles, en tan poco tiempo, y  sobre todo, con aquella puntualidad que rallaba  en la disciplina militar.

Entre semana todo era tranquilidad. Ordenar papeleo, redactar documentos, archivar las facturas de gastos, hacer las llamadas a la sucursal de la constructora en la Ciudad de México, registrar gastos, solicitar los materiales de oficina a Guadalajara. Y por supuesto, tomar café como si estuviera en un velorio.

Es más, hasta chance tenía de echar el “novio” con la Lupita Zataraín, -una de las secres de contabilidad- una güerita  bien “piernuda” de contabilidad, que le encantaba usar unas minifaldas muy sabrosonas a la vista, que había conocido en mis ires y venires entre uno y otro departamento. Sin embargo, tengo que admitir, que tal relación no duró mucho, y no porque la Concha me haya cachado, más bien, fue porque un ingeniero que venía de Monterrey, me la bajó a la buena.

¡Era lógico!, lo tengo que admitir. Se fue con el que tenía automóvil, cartera llena y siempre vestido con traje de 3 piezas, pero, para ser honesto, eso no me dolió. Lo que me caló de verdad, fue que ni adiós me dijo la desgraciada, ni el besito de despedida, nada, en fin, supongo que en estas cuestiones de abandonamiento amoroso, lo mejor en callarse y seguir adelante.

Los días pasaron y la rutina parecía no tener mayor variación. Sentía que la monotonía manchaba el aire, y que el tiempo no tenía avance. Lo que provocó en mí, un sentimiento de seducción, que empezaba a adormecer mis sentidos y ganas de hacer algo más. Justamente cuando empezaba a sentir esa comodidad y conformidad, llegaba el Chale con un camarada que había conocido en la planta número 2, y eso, cambiaría de manera radical nuestro destino.

¡Quiubo pinche Johnny!, ¿Qué haces?, ¡Ya me dijeron que la Lupita te cambió por ese pinche inge!, ¡Ah mira que cabrona! Pero, ¿Sabes qué?, ¡Las viejas ya se la saben güey! Ven uno mejor, ¡Y te mandan mucho a la chingada!, ¡Por eso! Te traigo a mi compa  “El Cano”, este güey  nos trae una propuesta muy chingona.

Ambrosio Cano Gomís alias “El Cano”, era el nombre de este hombre 7 años mayor. Hombre alto, de tez morena oscura, cicatriz en su mejilla izquierda, de cabello crecido negro encanecido, anteojos grandes estilo aviador, siempre vestido con una cazadora de piel estilo Jim Morrison, pero, sobre todas esas características, tenía una actitud carismática, que seducía, caía muy bien. Era un tipo alivianado, el clásico tipo que caía muy bien, es más, se ganó de inmediato mi confianza.

Oriundo de la Ciudad de México, nacido y criado en la famosa –y turbulenta- colonia Guerrero, era el quinto hijo de trece. Sobra mencionar que su familia, siempre estaba en la “quinta pregunta” para sobrevivir. Su padre, era un alcohólico determinado y bien convencido, que acabó muerto en la entrada de una de las pulquerías de la colonia.

La mamá de nuestro singular amigo, “Doña Cholita”, era una señora que se dedicaba a lavar y planchar ajeno, y por si fuera poco, durante las noches, atendía un puesto de memelas en la banqueta de enfrente de la vecindad donde vivían. Por supuesto que, nunca sabía de sus hijos. O mejor dicho, no podía atenderlos y darles de comer a la vez.

Ambrosio nunca terminó la escuela primaria, es más, nunca terminó el tercer año. El director de su escuela lo corrió, porque se robó los dineros de la cooperativa escolar. Desde ahí se le veía el carácter y “recursos” que “el Cano” desarrollaría con los años. Ya en las calles, se involucraría con “los Spikes” -una de las pandillas que controlaban la Colonia Guerrero-. Los “Spikes” serían para él, una familia y a la vez, una escuela del delito. De esa manera, se iniciaría como carterista y como “goleador” –el que te vende cobre por oro-.

A los años, un amigo lo invitaría a trabajar para el departamento de Aseo y limpia, en el departamento del Distrito federal, como barrendero, que en realidad era una pantalla para de verdad desempeñarse como golpeador o máuser, durante los meses que duró el movimiento estudiantil del verano de 1968.

Como si fuera una hazaña de orgullo, Ambrosio relataba con lujo de detalle como hacía su trabajo de “limpieza” en el centro de la Ciudad de México: “…siempre traía en mi carrito de basura, una macana con alambre de púas retorcido en la punta, las mismas que nos daban los policías, y si veía a un chavo o grupo de ellos, la orden era golpearlo y amarrarlo para los policías, esa era la orden y yo la acataba, al pie de la letra”.

Siempre contaba entre risotadas y guiños vulgares, sus acciones inmorales e inhumanas realizadas a diferentes estudiantes durante los meses que duró el movimiento estudiantil, y en especial, contaba una anécdota sobre uno de los jefes policiacos, sobre un tal  general Cuétara y como lo había conocido:

En la esquina de Donceles y República de Brasil, había agarrado de las greñas, a unos chamacos cabrones de 15 o 16 años cada uno, que me suplicaban como maricas que los soltaran. En eso se bajó de un auto negro, muy lujoso, el general Luis Cuétara Rodríguez, y  me preguntó: ¿Qué estaban haciendo?, yo le respondí: Mi general, los agarré repartiendo papeles de su pinche huelguita y haciendo pintas contra nuestro gobierno.

El general Cuétara les dijo: ¡Muy bonito cabrones! ¡Que se los lleven a la delegación! y ahí les damos su calentadita, para que nos digan, qué más están planeando para esta chingadera. ¿Cómo se llama usted? Me preguntó el general. De manera solemne me enderecé, y le respondí: Ambrosio Cano Gomís, mi general.

¡Bien hecho Ambrosio! Más mexicanos como usted necesitamos en la policía, que puedan ayudar a resguardar el orden. En eso, que sacaba de su bolsa de la camisa, una tarjeta y a la vez, me dio la orden: Va ir a la comandancia de policía, le das esta tarjeta al teniente Gómez Ramírez, y le dice que va de mi parte y que le integre en el cuerpo de seguridad “Olimpia”, ahí le darán más instrucciones.

De esa experiencia, nuestro ilustre amigo, pasaría a formar el heroico cuerpo paramilitar llamado “Batallón Olimpia”, y con tono de burla y risotadas, siempre diría: “De la escoba pasé a la escuadra cromada” –continuaba contándonos, como si fuera una película policiaca-:

En los diferentes operativos en contra de los estudiantes, en los que estuve involucrado hasta lo de Tlatelolco, fue lo que me permitió ganar la confianza de mis superiores. Estaba muy cabrón  pasármela en vela varios días, ahí es donde conocí esta chingadera que vengo a presentarles. Al tiempo que sacaba del bolsillo de su camisa, unos sobres de papel con un polvo blanco. El Chale y yo le preguntamos al unísono: ¿Qué es esa onda güey? El Cano con risa burlona y entonación sarcástica nos respondió con risotadas cortadas: ¡Medicina para pendejos!

Después de su “profunda” explicación sobre el contenido de los misteriosos sobres, nos contaba cuáles eran sus planes para nosotros, iniciando con una pregunta muy rara para nosotros:

¿Supieron lo que pasó hace 4 años en el casco de Santo Tomás? El Chale de inmediato contestó de manera negativa con su cabeza, y volteando a ver con una cara de extrañeza y franca ignorancia, recibía de mi parte, la misma contestación con una cara de mezcla de ignorancia y sorpresa, expresando mi cara de desconocimiento.

¡Ah que mis cuadernos tan güeyes y analgapetos!, ¡El Halconazo pendejos!, ¡Yo estuve ahí! A mí me tocó echar bala a esa bola de tarugos insurrectos, que porque leen un chingo de pendejadas del Che y del Marx, quieren arreglar el mundo.

¡El operativo estuvo bien chingón!, fue todo un éxito, y a mí me premiaron. Me dieron la comisión de seguridad de Obras públicas del gobierno federal, y por eso estoy aquí, “cuidadando” que no haya más de esos pinches rojillos saboteadores del progreso de la nación. ¡Y pos claro!, sacar una feria con esta chingadera –al tiempo que agitaba los sobres de papel con su mano derecha-

De inmediato le dije al Chale: ¡Chale esto no está bien!, sí saben que andamos en estas fregaderas, ¡nos chingan cabrón!, no quiero perder la chamba. En cambio, el Chale emocionado y con una cara de excitación me respondió: ¡No seas joto güey!, ¡Todo está arreglado con el inge!, ¡El Cano y el inge ya se pusieron de acuerdo! Además, tú lo único que tienes que hacer es entregar un sobrecito, cuando te lo pidan a la hora de la paga semanal. Los pinches albañiles son los más “recocoyoles”, les encanta la “cocada”, y verás como ahora si la hacemos en grande.

¡No Chale!, ¡Yo no le entro!, hasta ahorita se están poniendo las cosas más o menos estables con la Concha y con el niño, ¡Y tú me sales con ésta chingadera!, ¡No mames Chale!, yo nomás no le entro. El Chale con cara de sorpresa, pero a la vez con un odio y rencor guardado me respondió: ¡Mira pinche Juan!, ¡El horno no está para bollos en este momento cabrón!, ¡No seas pendejo!, ¡Tu bien sabes lo que debemos en todos lados! El ultimo negocio de fayuca de la Paz, valió madres por tus pinches ideas de fiar las televisiones, y ¡porque a tu vieja agarró lo más caro! Además, tú me debes muchas cabrón, todos mis ahorros se me fueron en tus pendejaditas mal logradas. Así que, ¡Te la rifas conmigo cabrón o a ver cómo te va!

Ambrosio se nos quedó viendo y con un ademán de “me importa poco sus broncas”, nos decía a ambos: ¡Bueno mis chavos!, ¡Ahí ustedes sabrán cómo se arreglan sus bronquitas. Yo solo les vengo a ofrecer un “bisnis” que puede alivianarlos, pero, si no quieren no hay pedo.

Me quedé por unos instantes como pasmado en el tiempo, pensativo, la mirada por un momento perdida, y de pronto, salió en mi boca, y sin pensarlo más, la frase de aceptación, pero, sin mucho ánimo: ¡Ni modo!, ¡A ver qué chingados sale, pues!

No pasaría una semana completa, cuando la noticia se extendería como pólvora. La dificultad del negocio era nula. No había necesidad de buscar los clientes, ellos puntualmente y sin faltar, cada sábado solicitaban su “polvito mágico”, sobre todo los albañiles y los soldadores eran los más “solicitadores”, por no decir “los más viciosos”.

¡Y claro! Los resultados monetarios empezaron a salir a la luz, la Concha y yo nos fuimos a un nuevo fraccionamiento que en esos años iniciaba su construcción, el fraccionamiento Villa Galaxia era el nuevo destino. Recuerdo aún el olor a cemento recién fraguado. El lugar estaba perfectamente pavimentado, limpio, áreas verdes, había agua entubada y luz eléctrica, es más, hasta teléfono teníamos.

El Chale y yo compramos un auto usado, era un Chevrolet Caprice del 72. Nos lo vendió uno de los ingenieros de la obra, porque según se iba a comprar uno nuevo, así que la llegada a la chamba, ya nunca fue un problema.

Recuerdo muy bien un sábado por la tarde, llagaba a la casa con una cama, estufa, refrigerador, lavadora y comedor nuevecitos, sin faltar un televisor a colores marca Zonda –para ver el box por las tardes-, curiosamente la tele venía con un tocadiscos integrado, era todo un monstruo ese aparato.

Por si fuera poco, enfrente de la mueblería estaba una tienda de discos llamada “Discolandia”, ahí me compré 5 LPs de José José y a la Concha le compré 2 de Nelson Ned, -le encantaba como cantaba el enanito-. ¡Eso sí!, todo eso pagado al contado en la Casa Grande, recuerdo que el gerente hasta me regaló unos sartenes de peltre azul y un juego de sábanas por ser tan buen cliente.

También llegué con 6 vestidos y con 4 pares de zapatos para la Concha y por supuesto con un montón de ropa para el niño. Hasta ese momento, todo parecía estar resuelto. Es más, hasta contratamos una señora para que ayudara con las compras en el mercado de la Juárez, para cocinar, lavar y planchar ropa. La Concha ya empezaba a tener tiempo para ir al salón de belleza. Pero, el negocio necesitaba y tomaría otros vuelos.

Una tarde llegó a la casa nuestro amigo, socio y proveedor “El Cano” y nos dijo al Chale y a mí lo siguiente: Mis chavales, la chamba de la Termo ya casi se termina, y necesitamos buscar nuevos clientes, pero, no se preocupen, ¡como siempre mis cuadernos!, ya lo tengo bien planeado. Mis contactos me informaron que después de la inauguración de la Termo, que por cierto, vendrá el presidente López del Portillo. Habrá un recorte y los primeros serán los administrativos y en esa “polla” vamos nosotros.

Rápidamente el Chale, con sorpresa, pero, a la vez de manera intuitiva le preguntó al Cano: ¿Qué se te ha ocurrido pinche Cano? Ambrosio sin mayor preocupación y sin mostrar algún sentimiento de sorpresa o pesar, nos respondió: ¡Nos vamos a las colonias! Nos vamos con los pandilleros, esos chavos serán nuestros clientes y distribuidores, ya verán que esto se cuadruplica de inmediato.

En efecto, al mes se inauguró la termoeléctrica “José Álvarez de Ponzo” de la Comisión Nacional de Energía con la presencia del presidente de la república. Recuerdo que todos parecíamos  perros falderos del presidente, “por aquí Señor presidente”, “después de usted Señor presidente”, “cuando usted guste Señor presidente”. Todos eramos unos pinche huele pedos de ese cabrón.

¡Y claro!, la predicación de nuestro camarada  se cumplió. A las dos semanas nos despidieron, pero, no nos sacaron de la pichada. Al mes y medio, ya teníamos acaparado todas las colonias con los grupos de pandilleros de tales sectores. Ya teníamos como distribuidores principales de la coca y la mariguana a los Mongoles de la Montuosa. Éstos a su vez, la distribuían con los de la Ciudad perdida –los que estaban a un lado de la Cervecería Munich-, también estaban los de la Colonia Urías, los Brujildos de la Juárez, los de la Reforma, los de la Colonia Lázaro Cárdenas, la Colonia Esperanza, los Pingos, los Novatos barrio 19, el Barrio 5, los Lecheros, los Tecatos, los de la Sánchez Celis y los de la Pancho Villa.

Ellos, además de controlar los sectores, mantenían muy eficientemente la distribución de la “medicina nacional” y mantenían a raya a los chotas –policías- y pandilleros de otros sectores que no estaban en la nómina. En pocas palabras, todo estaba perfectamente controlado.

El comandante de la policía municipal y nosotros, teníamos un acuerdo: “No meterse a las colonias y nunca estorbar”. Ellos obedecían, nosotros chambeábamos y a ellos les iba muy bien a final de mes. Era algo así, como ese tipo de juego en el que todos ganábamos.

Sin embargo, nada de esto hubiera sido posible, sin la ayuda de un viejo amigo de infancia del Chale. En su momento, éste fue contactado por el Chale y sin pensarlo, nos ayudaría a organizar a las pandillas.

El nombre de esta celebridad era Adolfo “El Fito” Osuna, un peleador callejero -casi promesa del pugilismo patasalada- , muy cabrón, que sin pensarla, era mucho mejor de amigo que de enemigo. Para nuestra fortuna, él era nuestro amigo y además colaborador.

Capítulo 3

Víctor J. Pérez Montes

Si ya conozco el camino, pa´que voy a andar acostado

Si la libertad me gusta, pa´que voy a vivir de esclavo

Elegir yo siempre elijo, más que por mí, por mi hermano

Facundo Cabral

Capítulo III

Era mi segundo trabajo en una empresa, pero a diferencia de la “Casa Colorada” en éste tenía que atender a tanta gente, era como las olas del malecón, que se agolpaban cada semana por su pago, desde los más desarrapados hasta los más catrines y, sin dejar de mencionar a las distinguidas mujeres que posaban con sus ropas lujosas a las oficinas de la administración.

A menudo me preguntaba cómo era posible que tanta gente llegara, hiciera lo que tenía que hacer, y que de momento no veía los resultados, pero que a la larga, esa enorme masa colosal llamada planta termoeléctrica empezara a dar muestras de una enorme expresión de progreso y modernidad que en aquellos lugares empezaba a erigirse.

Lo más curioso, era que ni color me había dado, como siempre Chale me había invitado porque un vecino de su abuela le había comentado que en esa fábrica se iba a utilizar mucha gente, sin importar si sabían trabajar o no, lo que requerían era que quisieran trabajar.

Recuerdo que en realidad no iba muy convencido y además, parecía que estaba en el fin del mundo, el poblado más cercano era el Castillo, y eso sin mencionar, que era un conjunto de casuchas y una pequeña tienda que de Cocas y Pan no salía, esto lo comento porque en una ocasión que llegamos a ese lugar, Rutilio Peraza, uno de los capataces de la obra vivía en ese poblado y su esposa era la dueña de la tiendita del poblado.

Para colmo de males, ni ganas tenía de ir, recuerdo que Chale, casi casi me rogaba para que lo acompañara, ¡Ándale cabrón, acompáñame, no seas mala riata!”, “Sí no es porque no te quiera acompañar, es que no quiero dejar sola a la Conchita”, “pinche mandilón, pos que le va a pasar a la Concha, pues!”, a lo mejor nos consiguen chamba y ya nos dejamos de andar de perico perro, ¡no seas pendejo güey!”.

Esas palabras me habían dejado pensando, pues eran verdad, ¿Qué podría pasar?, ¡ni que me fuera a morir! En fin, todo parecía decidido. Le hice caso al Chale, y nos arrancamos de raite con un vecino para ver que era esa famosa fábrica.

Pasamos la famosa Sirena, un poblado de casas que emergía de unos terrenos pantanosos, en Mazatlán le llaman marismas, era algo así, como un conjunto de casas maltrechas con un toque de pobreza lastimera e indignante. Algo que daba pena y que nunca había observado en mi vida, pero esta imagen tenía un fondo que contrastaba al máximo, una escenografía natural con olor a sal y olor típico de la costa, ese olor que penetra en los huesos y que hace reaccionar hasta el más impávido ser. 

El mar, con sus propios encantos naturales que se pudiera uno imaginar, daba ese contraste de miseria, pero, a la vez de riqueza exuberante que solo en esos rincones se pudiera observar. De aquellos suburbios maltrechos salían sombras maltrechas, enjutas desde las partes más bajas de la carretera, con su ropa roída por la suciedad y el polvo de la construcción, haciendo señas con su mano y silbando, en actitud de súplica por un “aventón” a esa construcción, que la gente llamaba “la Termo”.

Por fin llegamos, tuvimos que caminar unos 15 minutos nos recibió una secretaria, muy guapa, atenta y con un lápiz y una libreta en la mano: El ingeniero Díaz-Rubio, los atenderá a la primera de oportunidad, por favor tomen asiento y yo les llamo cuando esté listo para atenderles muchachos, bueno, algo así nos comentó, recuerdo que Chale y yo  nos esforzamos mucho por “esconder” nuestra poca educación o refinamiento, tendríamos un chance de agarrar la chamba, pero, ¿de qué chamba queríamos agarrar?, ni yo sabía de qué, todo parecía ser una de esas pinches ideas del Chale, pero, ahí estuvimos esperando.

El reloj de la sala cuando llegamos marcaba las 9.05 am, en esos precisos momentos cuando volví a mirar el reloj, ya marcaban las 2:15 pm, recuerdo haber visto a la secretaria salir y regresar como a las 12:00 pm y regresar no sé cuántas horas más, pero aquello era una prueba de aguante y paciencia.

En ocasiones me paraba o me movía un poco, en ese asiento un poco reducido, para el tiempo que se tenía que esperar, por otra parte Chale se había salido en repetidas ocasiones y de repente se metía y me preguntaba: ¿ya llegó el Inge?, sólo movía la cabeza en señal de negativa, aquello en verdad era una prueba de aguante y paciencia, mucha paciencia.

Y cuando todo indicaba que toda la paciencia y el esperar por un largo tiempo, había sido en vano, se abrió la puerta y se escuchó una voz firme y con tono que inspiraba respeto: “dígale a los chavos que pasen”, de inmediato, la secretaria, con postura solemne nos indicó: El ingeniero Díaz-Rubio los espera. De inmediato nuestros rostros mostraron alivio.

La oficina era amplia, con alfombra, un gran escritorio de nogal al fondo, la foto de una persona al fondo con una banda de la bandera nacional en su pecho, parecía que vigilaba la escena. El ingeniero con toda amabilidad nos indicó: Por favor muchachos tomen asiento, esto así es, creo que tiene mucho mérito el esperar toda la mañana, pero ustedes dirán, ¿en qué les puedo ayudar?

El Chale, con toda solemnidad, sin ser obsequioso y sin llegar a ser seco, les expuso nuestras inquietudes: Ingeniero, pues, ¡queremos trabajar! Y la verdad, nos urge la chamba, en lo que sea, queremos ser útiles, pero a la vez, queremos aprender.

No sé todavía sí fue la franqueza del Chale, la cara de perdidos que teníamos en ese momento, o si de plano, en ese día quién sabe dónde andaba el Diablo, pero el Ingeniero lejos de molestarse, soltó una carcajada de sorpresa, asombro, pero también de compasión. ¡Entonces les urge la chamba! –Dijo el Ingeniero con cara de sorpresa- me parece perfecto, ojalá hubiera más como ustedes que me pidieran “chamba” y no otras cosas.

En esos instantes, el ingeniero, sacó del cajón 2 tarjetas de presentación, y empezó a escribir al reverso, “el portador de la presente, está autorizado para empezar a laborar de inmediato, firma Ingeniero Díaz-Rubio”. Nos las entregó y nos dijo lo siguiente: Por favor, preséntense el próximo lunes aquí con mi secretaria, ella les dirá a dónde acudir, ¿tienen alguna duda?

De pronto, levanté la mano y le pregunté: Oiga, Ingeniero ¿Tenemos que traer nuestro lonche?, sonrió muy amablemente y me respondió: Sí gustan, aquí hay un comedor, que es muy económico para los trabajadores de la obra, se les dará un gafete con el que les harán el descuento de la comida, ¿alguna otra pregunta? ¡Ninguna ingeniero!- respondimos al unísono-.

Salimos con una sonrisa de oreja a oreja, no lo podía creer, teníamos un trabajo, ¿De qué?, ¿Quién sabe?, pero algo sabía, algo mejor nos depararía el futuro, algo me decía que cambiaría nuestra suerte, habría mejores oportunidades, bueno, hasta ese momento eso quería yo pensar.

Regresamos a nuestra casa, hablé con la Concha, y no de muy buena gana recibió la noticia. ¿Cómo que vas a renunciar? –Me cuestionaba con tono de reproche y enojo-, ¡Mija!, ¡ya conseguí algo mejor!, recuerda que te prometí llevarte a Guadalajara, de vacaciones en la Navidad, o ¿Ya no quieres ir?

Pues sí, pero me da miedo no tener para la lechita del niño y que tengamos que andar pidiendo fiado con Doña Fany, y ya sabes que es muy carera y le gusta andar anotando cosas que ni compramos, pero, si tú crees que vas a salir todo bien, yo te creo.

Me dio un beso y me abrazó, en ese momento Pedrito empezó a llorar, nuestro bebé tenía 4 meses, y bueno, creo que fue una muy buena idea. Las cosas empezaban a acomodarse, por alguna cosa, sentía nuevamente ese sentimiento de aventura, de zozobra por descubrir nuevas emociones, y sobre todo, conocer nuevas cosas por hacer.

Capítulo 2

Víctor J. Pérez Montes

Gracias a la Vida…Qué me ha dado tanto…

Mercedes Sosa

Capítulo II

El camino fue tedioso, muy aburrido, es más, sólo con pensar que en cada poblado se hacían paradas, subiendo y bajando personas , animales, niños llorando, señores que apestaban a humo de leña, mezclado con sudor y mugre de varios días, la distancia no era el problema, las condiciones eran lo pesado del viaje.

Cuando llegamos a la central de camiones foráneos parecía que llegaba a un paraíso, fuera de Guadalajara, Mazatlán parecía el lugar más civilizado en el que había estado,  alrededor todo era pavimentado, sólo que ese ambiente de sal y aire fresco, revitalizaba mis ganas de trabajar y de iniciar otra vez en un extraño lugar.

Tomé mi maleta, inicié mi camino, necesitaba llegar a un hotel, alrededor de la Central, había algunos; sólo necesitaba dejar mi maleta, tomar un baño y descansar, a los minutos decidí llegar a uno, que no se dejaba ver “tan de mala muerte”.

El hotel era limpio. El hombre de la recepción era un poco más que respetuoso y las mujeres de la entrada, -creo que era “mujeres públicas” como decía Doña Paula, no tenían la menor intención de ofrecer sus servicios a un chamaco como yo, “demasiado joven y demasiado pobre”.

Finalmente llegué al cuarto de hotel, un pequeño buró, una cama individual, sabanas limpias a olor de desinfectante, de color celeste y almohadas blancas, eran el premio a tan fastidioso viaje. Tomé un baño, jamás me había sentido tan lleno de ánimo y entusiasmo, con un espíritu de aventura, sentía una fuerza interior, que parecía que mi espíritu iba a explotar sí no encontraba algo que hacer. Esos eran días de gran entusiasmo.

Salí al balcón que tenía el cuarto, la vista era maravillosa, de frente estaba la playa, con ese encanto y cálida fuerza que por primera vez veía en mi vida. Su fuerza, el estrepitoso sonido de las olas parecían confundirse con los latidos de mi corazón y una voz interior que me decía: “Sal, ve por lo tuyo”.

Sin más, ni más, salí a la calle, como sin rumbo fijo, caminé hacia la playa, el paseo o malecón como le llamaban los mazatlecos era muy largo, recuerdo haber empezado a caminar con entusiasmo y poco a poco, empecé a disminuirlo, caminar tanto tiempo por calles con pavimento me empezaban a fastidiar.

De pronto, otra de esas ideas, una buena idea vendría a mi cabeza, me quité los zapatos, me arremangué el pantalón y empecé a sentir la frescura de la arena húmeda, fresca, como sí me transportara a otro planeta, el agua fría daba una especie de masaje, me relajaba, algunos pececillos de dejaban ver por el rebote de las olas, algunos cangrejos eran la fascinación de mis ojos.

Cuando estaba más enfocado en ese pequeño transe paradisiaco, en ese preciso instante que mi vista empezó a observar alrededor, vi bajando por unas escaleras del malecón a la muchacha más hermosa que había visto en mi vida.

Era pelirroja, de buen cuerpo, cintura marcada, caderas y glúteos firmes, unos pechos perfectos, redondos, firmes, una especie de escultura viviente, perfecta, no había comparación hasta ese momento, no había mujer sin igual. Vestía uniforme de la escuela secundaria, falda guinda y blusa blanca con el número 1, recuerdo que también traía una medallita de oro, la inmaculada concepción, su abuela “Doña Tencha”, se la había regalado en sus 15 años, tenía una cara angelical, era pecosa, tenía ojos muy expresivos, de color verde turquesa, su nariz pequeña y un poco colorada por el sol.

La pregunta obligada, un poco arrebatada de mi parte, su nombre era la incógnita, cuando la vi, mi boca balbuceó, ella se sonrojó, bajó la mirada y con una voz tierna me respondió: ¡Rosario!, con voz más tranquila me repitió su nombre, pero ahora era completo: Rosario Lizárraga Osuna, esa era la confirmación, para saber que ella era la mujer de mi vida.

Salimos un par de veces, salimos al cine Zaragoza y de cenar, íbamos a las tostadas Zambrano, las semanas y los meses pasaron y Rosario me enamoraba aún más y para esos momentos ya había conseguido un cuartito en la colonia Montuosa y tenía un trabajo en la casa Colorada.

Mi experiencia en la tienda de doña Eufrosina, como encargado de la tienda me había puesto como ayudante del contador y encargado de proveedores. Ya casi cumplía 1 año, el trabajo era bueno, pero, no era lo que esperaba, no había emociones, nada que aprender. La monotonía se hacía más evidente. Yo quería algo más, mucho más.

La rutina era singular, mi salida del cuarto de renta era a las 7:15 am, caminar por toda la avenida Juan Carrasco, me iba despejando hasta que llegaba a la cuchilla de los tamales de elote, era el hambre o sí de verdad estaban ricos los condenados tamales, pero cada tercer día, desayunaba tres ricos tamalitos con una Pepsi Cola.

Recuerdo perfectamente el sabor del refresco, siempre en su punto, ni congelado, ni al tiempo, siempre estaban en la nevera heladitas, Doña Tomasa me ofrecía un cafecito con leche, nunca se lo acepté. Me recordaba ese olor, la amargura y tristeza que me remitía a mi hogar que había dejado mucho tiempo atrás, bueno en realidad, solo había pasado ocho años, que para mí, eran toda una eternidad.

La continuación de mi rutina diaria, llegaba a la calle Zaragoza, unas cuantas cuadras y de ahí pasaba por una placita, que siempre me llamaba la atención, esta plaza llamada por la gente Plazuela Zaragoza, por aquellos años, estaba rodeada por tantos edificios antiguos como modernos.

Una de las casonas estilo “chalet francés”, eran testigos mudos de aquella bonanza que la población habría experimentado muchos años atrás, otros eran simplemente edificios con grandes ventanales de cristal con aluminio que exponían los servicios brindados por doctores, dentistas, algunos abogados y otros contadores.

Sería este punto muy importante para mi vida, mejor dicho, para lo que mi futuro depararía, es ahí donde encontré a uno de mis más fieles amigos, compañero, hermano del alma: Chale Peraza, es decir, José Ángel Peraza Moreno.

El Chale era como ese hermano que nunca tuve, era como esa familia a la que tanto añoraba, y por alguna razón nunca podía encontrar. Chale era mi amigo, compañero de batallas, confidente, era esa persona que todo sabía y que todo entendía, ese cabrón tenía un don especial.

Sí no sabía, ¡lo investigaba!, sí no tenía, ¡lo conseguía!, pinche Chale, era algo extraordinario, era una chulada ese cabrón  ¡nunca se le atoraba la carreta!, era ese tipo de personas que podías confiar ciegamente y que nunca, jamás, te dejaría abajo. Era mi hermano.

El Chale y yo vivimos aventuras que ni para que contarlas, con decirles que fue mi padrino de Boda, bautizo a mis hijos, nunca hubo una fiesta o momento importante que no estuviera presente, a donde iba yo, que no fuera él.

Recuerdo aún la fachada del Chale: Flaco, estatura mediana, siempre vestía pantalón guinda, camisa a cuadros, huaraches de llanta y correa, pelo largo, era el clásico “güero marismeño”, el cabello era castaño con mechones rojizos, largo, descuidado, con un acento muy peculiar entre cantado estilo rancho y ciudad porteña, que era inconfundible. Y sin dejar de mencionar una sonrisa que cautivaba a cualquiera.

El origen de Chale, en realidad nunca lo supe, es más, ¡nunca me lo pudo decir!, solo sabía que lo había criado su abuela, doña Moñón -Leonor Tirado-, una señora grande de aspecto fuerte, de pocas palabras y muchos chingazos, como la describía el Chale años después.

Al parecer, Chale era el hijo de una de las hijas de doña Moñón, que había salido panzona en su casa, y prefirió dejárselo a la mamá y desaparecer de la escena familiar, años después sabríamos que se había ido a Tijuana.

Doña Moñón, nunca hablaba de esa hija. En una navidad, recuerdo haber sido invitado a los buñuelos y la miel de piloncillo, que por cierto era un manjar como los preparaba la abuela del Chale, se puso muy melancólico el Chale y le preguntó a su abuela por su mamá, la respuesta fue inmediata: “¡Nunca me vuelvas a preguntar por esa pinche puta malagradecida!”, y volvió a dejar en claro cuál era su sentimiento y postura: “¡No hablo de muertos!”, “¡Se murió!”, ¡entendiste José Ángel!.

El silencio llenó esa noche como si fuera una espesa neblina, que nublaba nuestros ojos, como si quisiéramos borrar de nuestra mente, ese eterno sentimiento de orfandad y tristeza que nos perseguía a todo momento.

Después de ese día, jamás volvimos a platicar de nuestra familia, porque entendimos que nosotros éramos nuestra propia familia, Chale y yo, seríamos nuestra propia familia, la que supliría nuestro doloroso origen y empezaríamos a formar una nueva, que llenaría los vacíos y deficiencias que las propias nunca habían llenado y menos satisfecho.