ZONA POLITEiA: El Partido de la Fraternidad Universal.

21 de enero de 2022

César Velázquez Robles

El presidente López Obrador anunció ayer, al enviar un mensaje a los trabajadores de la empresa petrolera Deer Park, asentada en Texas, que forman parte del partido de la Fraternidad Universal, humanistas que colocan en el centro de sus preocupaciones la dignidad del ser humano y su realización plena sobre la Tierra. Para celebrar la toma de control de una empresa que acumula millonarias pérdidas, el titular del Ejecutivo Federal dijo a los integrantes de la plantilla laboral que su gobierno seguirá trabajando junto a ellos: “Nosotros somos ciudadanos del mundo, nosotros somos del Partido de la Fraternidad Universal, no vemos fronteras, nos interesan los seres humanos y los trabajadores del mundo”. Quién sabe cómo sentaría a los trabajadores esta nueva adscripción, pero tengo la impresión de que el emocionado discurso institucional –porque nadie puede negar que hubo una gran dosis de emoción al decirles que interesan los seres humanos y los trabajadores del mundo— se fue un poco de paso. Me voy a Wikipedia y leo lo siguiente: “La Gran Fraternidad Universal (GFU) es una organización de carácter cultural, no gubernamental, de carácter mundial, apolítica, con el objetivo de reunir la ciencia, el arte y la filosofía para un perfeccionamiento intelectual y una reeducación espiritual de la raza humana, sin distinciones de raza, nacionalidad, sexo, credo o clase social. Cuenta con delegaciones en: Sudamérica, Europa y Australia. Fundada en 1948 en Caracas (Venezuela) por el escritor, yogui, artista y astrólogo Serge Raynaud.”

Diría que está bien un discurso así para una fundación cultural, una institución de asistencia privada, una entidad dedicada a la filantropía, pero frente a trabajadores, así sean algunos de ellos de cuello blanco, como que desentona, por más emotivo que pueda ser el momento histórico de expansión de una especie de capitalismo monopolista de Estado –diría Paul Boccara–, que instala sus reales en las entrañas mismas del imperio. Ya entrados en gastos, nuestro presidente bien podría haberles dicho que los trabajadores no tienen nada que perder mas que las cadenas que los atan a la esclavitud asalariada, y llamarlos a unirse en todos los países. Al fin y al cabo que todo era solo un discurso. También les dijo tener la certeza de que van a seguir trabajando con el mismo entusiasmo, con el mismo profesionalismo y garantizando la rentabilidad de la compañía, porque -enfatizó—“no debemos tener pérdidas, tenemos que tener utilidades”.

¿Pérdidas no, utilidades sí? Veamos: de acuerdo con medios como El Financiero, la empresa reportaba hacia fines de agosto del año pasado pérdidas del orden de los 1 mil millones de dólares, aunque la secretaria de Energía del gobierno federal, Rocío Nahle, insiste en que Deer Park es una empresa rentable: “Pemex hizo un análisis comercial interno y externo con una empresa externa y los resultados que presentaron son muy buenos”. Uno estaría tentado a pensar, por la vehemencia del discurso presidencial, que la operación de compra es excelente, y será una extraordinaria contribución a la independencia y soberanía energética del país. Pronto veremos si es así o estamos ante un soberano fracaso en la materia.

Mientras, los trabajadores ya lo saben: “somos del Partido de la Fraternidad Universal”.

¿Y si ese modus operandi se repite en 2024?

El juicio expresado por el presidente poco después de cerradas las urnas de las elecciones del 6 de junio del 2021 fue muy lapidario: la delincuencia organizada sí se portó bien; los que no se portaron bien fue la delincuencia de cuello blanco, pero no alteraron en lo fundamental los resultados. Este fue su balance. Sin embargo, la realidad demostraba ya otras cosas. Desde meses antes de la cita en las urnas, ya circulaban en distintos medios, análisis y valoraciones que daban cuenta de la creciente intervención de la delincuencia organizada en los procesos electorales. Llamó poderosamente la atención de muchos analistas dentro y fuera del país, el triunfo “contundente e inobjetable”, como rezaba la antigua jerga priista en todos los estados del noroeste del país, considerado como el gran corredor del narco para hacer llegar las drogas al centro de consumo más grande del mundo.

El asunto, que parecía caso cerrado, ha cobrado renovada fuerza en estos días. Los integrantes de la coalición electoral Va por México, denunciaron ya el año pasado que la intervención de la delincuencia organizada en entidades como Sinaloa y Michoacán distorsionaron los resultados electorales. Fue tan avasallador el triunfo del bloque oficialista, que se consideró la denuncia como un mero desahogo de los derrotados, y sin la fuerza política como para hacer valer sus recursos de protesta ante las instancias correspondientes. Sin embargo, desde mediados del año pasado, los dirigentes trazaron su estrategia de denuncia que llegaría hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Organización de Estados Americanos (OEA), fincada en las siguientes etapas: la participación de la delincuencia en el momento de la determinación de los candidatos; durante la campaña, el día de los comicios y, después, para que no se impugnaran los procesos donde hubo resultados apretados.

El caso, entonces, no está cerrado. La CIDH y la OEA seguirán la investigación, pero más allá de los resultados que arroje, el peligro es que ese modus operandi pueda repetirse en las elecciones de mediados de este año, en las elecciones del ’23 en el Estado de México y en las elecciones presidenciales de 2024. Ese es el verdadero peligro.

ZONA POLITEiA: Revocan una ley que nunca entró en vigor.

20 de enero de 2022

César Velázquez Robles

En el ámbito nacional, todos los gobernantes tienen la tentación autoritaria de limitar los controles que impiden el ejercicio arbitrario del poder. El PRI no perdía oportunidad de amenazar con iniciativas de reforma electoral que contenían, casi siempre, la intención de reducir la cantidad de diputados tanto de mayoría relativa como de representación proporcional. Desde la tienda de en frente, las oposiciones, el PAN y el PRD, primero, y después morena, hacían una defensa numantina del tamaño del Congreso y, sobre todo, de los diputados de representación proporcional con el argumento central –a mi juicio correcto– de que su existencia era la mejor garantía de corregir las distorsiones de la representación. La llegada al poder de morena no modificó mucho los argumentos: simplemente se invirtieron los términos de la ecuación. Morena pasó a defender el recorte de parlamentarios, mientras que el PRI, ahora en la oposición, enarboló los argumentos que antes eran la bandera de las minorías. Por allá a mediados del año pasado, el presidente López, por ejemplo, en una reunión con empresarios en la que abordó el tema de la reforma electoral, (se) preguntó: “¿Para qué tantos diputados? ¿Por qué no nada más se quedan los de mayoría? ¿Por qué no se quitan las 200 plurinominales, pero no solo en la Cámara de Diputados, también en la de Senadores? Vamos a reformar la ley, la Constitución, para que haya democracia plena”, Claro, como siempre estaba la salvedad presente: “Si no quieren los legisladores, nada por la fuerza”.

En los estados, réplicas de los gobiernos federal, los gobiernos estatales seguían –siguen ahora más que nunca— las  directrices de la Federación. Cada gobierno subnacional, claro, por supuesto, con el control de su poder legislativo, asumía como propia la política diseñada por su partido. Sinaloa no fue la excepción. Apenas iniciado el gobierno de Quirino Ordaz Coppel, envió al Congreso una iniciativa de reforma electoral para reducir el tamaño del poder legislativo, recortando la cantidad de diputados de mayoría relativa y de representación proporcional. Fue una iniciativa que no estuvo precedida de una discusión amplia en la sociedad, tan apresurada que sorprendió a todo mundo, pues no estaba en la agenda de asuntos públicos relevantes. Un Congreso de clara mayoría priista sacó adelante sin problemas de la reforma, que reducía el Congreso a 30 diputados –20 de mayoría relativa y 10 de representación proporcional— y disminuía también el tamaño de los 18 cabildos. La reforma entraría en vigor para las elecciones de 2021. Pero hete aquí que para 2021 el PRI ya no era la mayoría en el Congreso, sino morena. Unos y otros dejaron en suspenso la ley, de tal modo que para las elecciones de junio de 2021 se votó por 24 diputados de mayoría relativa y los correspondientes 16 plurinominales. Se esperarían mejores tiempos para revocar esa ley que nunca entró en vigor, al menos en loque se refiere a diputados. Ese momento llegó esta semana: se vuelve a lo que nunca se cambió.

En realidad la reforma quirinista no tenía motivación política, mejorar la representación, facilitar el desempeño y productividad de los legisladores o responder a un sentido reclamo ciudadano. Simplemente se aprovechó del desprestigio de un poder que funcionaba como oficialía de partes del poder ejecutivo, y de unas figuras políticas poco dispuestas a expresar su autonomía e independencia política. El argumento era más bien el prosaico asunto económico: disminuir el costo de un poder y reorientar los recursos hacia la atención de las más sentidas demandas populares.

Ni la reforma ni la contrarreforma se hicieron con el consenso ciudadano. Simplemente fueron decisiones del poder para materializar ideas malas (disminuir el espacio de la representación) que parecen buenas (reducir el parasitismo político y el carácter oneroso de un poder ineficiente que no representa un contrapeso real, según una muy extendida percepción ciudadana). Los argumentos mismos de sus señorías son bastante pobres, según los recoge Alejandro Sicairos en su columna Observatorio: “de haberse llevado a cabo la reducción de diputaciones, hubiese provocado que el Congreso del Estado pierda representatividad por lo que respecta a los habitantes del estado, toda vez que mientras menos legisladores se tengan, menor será la capacidad de atención por cada legislador a sus representados”. O este: “las 75 mil 674 personas que representa cada diputado pasarían a ser más, haciendo más difícil la labor de cada representante popular en abarcar y atender las necesidades de sus representados”.

Si acaso, una referencia que debería haber sido el hilo conductor de toda la trama argumental: “reducir el número de diputaciones locales de 40 a 30 implica que la voluntad ciudadana, garantizada precisamente en que cada voto cuente con el mismo valor, se vería afectada en relación a las diputadas y los diputados electos por el Principio de Representación Proporcional, al eliminar espacios que pudieran ser asignados de acuerdo a la totalidad de sufragios obtenidos por un partido político en una elección, independientemente de las curules alcanzadas de acuerdo a los resultados en los Distritos Electorales Uninominales”.

¿Y este argumento no lo vieron en su momento los diputados del PRI que habían aprobado sin discusión la ley reduccionista?

Pero me parece que no hay que exagerar ni sacar las cosas de quicio: dice Sicairos que en el propósito de restablecer su estatus, los diputados “no calcularon las consecuencias que ello tiene para finanzas públicas devastadas y la decaída capacidad contributiva de la población que no soportan mayores cargas de estructuras burocráticas que en nada benefician a los gobernados.”  El asunto no es económico-financiero; es político. Diez diputados más, diez diputados menos, no significan carga para el erario, no modifican de manera sustancial el presupuesto de este poder. El asunto está en la calidad de la deliberación, del debate. En un ejercicio ético que dignifique la calidad de nuestra democracia. Eso es lo que hay que exigirle al Congreso. Ahí nos salen debiendo. Eso sí tiene consecuencias para nuestra convivencia.