ZONA POLITEiA ¿Quién busca apropiarse de la Corte?

19 de enero de 2022

César Velázquez Robles

El presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Arturo Zaldívar, publicó ayer martes en el diario Milenio un interesante artículo sobre el papel que juega este órgano en el propósito de garantizar la gobernabilidad de la sociedad democrática, las presiones a que se ve sometido en el proceso de toma de decisiones, y la incomprensión de grupos y sectores cuando sus decisiones no se corresponden con sus intereses o intenciones. La parte final de su texto es muy revelador: “Como servidor público, debo tolerar la crítica y así lo he hecho siempre, hasta en los momentos más difíciles de mi carrera. Pero como presidente de la Corte me corresponde defender la integridad de la institución frente a los ataques que no buscan sino apropiarse de ella.” Es evidente que esta parte lleva dedicatoria. ¿Quién busca apropiarse de la Corte? Bueno, quien desde posiciones de poder enfila sus ataques contra la judicatura; acusa a sus integrantes de estar al servicio de intereses de minorías rapaces; promueve su reforma y quiere interferir en su condición de órgano autónomo e independiente alentando cambios para prolongar el mandato de su titular bajo el argumento de que sus integrantes no son dignos de confianza. Por ahí están las pistas que pueden llevar a esclarecer el propósito de los ataques, y ponerle a su autor nombre y apellido.

En los próximos días la Suprema Corte tiene que abordar la controversia constitucional interpuesta por el Instituto Nacional Electoral (INE), sobre la afectación presupuestaria que supone la restricción de recursos para cumplir con el proceso de revocación de mandato que establece la Ley correspondiente. Todos los que estamos interesados en los asuntos de la vida pública nacional estamos pendientes de la discusión y la resolución del máximo tribunal constitucional, y sabemos también que sus decisiones son irrecusables. Puede dar en este caso la razón al INE, pero también puede darle la razón a la Cámara de Diputados y al gobierno de López Obrador. Si se decanta por la primera opción, el Legislativo y el Ejecutivo tendrán que “apechugar” pero el costo político para la Corte puede ser enorme, y si falla a favor de los poderes, ya tendrá que ver el INE cómo le hace para cumplir con lo que la Ley le mandata, con la decepción de muchos mexicanos que están convencidos de que la autonomía e independencia del poder judicial es inexistente.

En otras palabras, la Corte no quedará bien con Dios y con el diablo. Pero no es eso lo que preocupa a Zaldívar, que entiende que “los tribunales hablan a través de sus sentencias, por lo que el foco debería ponerse en los argumentos que los sustentan”. Y en seguida, algo sobre lo que los demócratas deberíamos reflexionar: “La imparcialidad, la autonomía y la independencia judiciales no se demuestran dando la razón a una u otra parte, sino cuando los razonamientos en que descansa la sentencia son persuasivos, incluso para quien perdió.”

No estamos acostumbrados, no tenemos esa cultura. No alcanzamos a entender a plenitud que en la división horizontal de poderes, hay un sistema de pesos y contrapesos que impide el ejercicio arbitrario del poder que a cada uno de ellos le confieren las reglas del juego que constituyen el orden constitucional. Este modelo de control social recíproco es la fortaleza del sistema democrático, y permite entender que los poderes ejecutivo, legislativo y judicial se controlan y limitan mutuamente, pero como bien acota Andreas Schedler, “los actores políticos en un sistema democrático, trátese de individuos o de organizaciones, nunca se enfrentan ni en perfecta igualdad ni en absoluta desigualdad de poder”. Quizá este hecho en el caso de nuestro país, y una larga historia de subordinación al “poder de los poderes”, lleve a pensar de manera fatalista en el sentido de la resolución que viene.

Un presidencialismo exacerbado ha terminado por capturar a un poder legislativo obsecuente y hace pensar que este mismo proceso ocurrirá con el poder judicial. A ello también se ha referido Zaldívar, al señalar que su independencia está en función del sentido de sus fallos “y se ha pretendido instalar la idea de un poder judicial capturado, que ha abdicado de su función equilibradora”. Además, todo mundo desea que la Corte resuelva conforme sus intereses, y cuando no ocurre así, de inmediato acusan parcialidad de sus decisiones. Y apunta: “Paradójicamente, cuando es del gobierno de donde provienen las críticas –lo que por cierto desarticula la narrativa de la captura–, exigen que salgamos a condenarlas por antidemocráticas.”

Lo cierto es que los propósitos de control siempre estarán ahí presentes. Las pulsiones autoritarias derivadas de un presidencialismo acostumbrado a pocos contrapesos buscarán controlar y subordinar al poder judicial. Recordemos que lo hizo Zedillo, quien se dio el lujo de suspender al Judicial so pretexto de una urgente reforma. López Obrador ha designado ya cuatro nuevos ministros de la Suprema Corte, de los que podría suponerse que apoyarán propuestas o iniciativas presidenciales, pero no hay una relación mecánica de subordinación, por más que la historia pueda decir lo contrario. Recordemos, además, el caso del poder judicial en Estados Unidos, donde Trump pudo designar dos ministros, que en su momento frente a decisiones cruciales fueron capaces de votar en sentido contrario a los intereses presidenciales.

No hay, así, nada escrito. El caso que tendrá que abordar la Corte en los próximos días, estará en el centro de la atención de la opinión pública nacional. Lo que decida, sea favorable al INE o sea favorable al gobierno y al legislativo, tendrá que ser acatado. No hay otra instancia a la cual recurrir. Lo que sí hay que pedir es que cualquiera que sea el fallo deberá sustentarse, tener razones y argumentos, ser capaz de persuadir, como escribió Zaldívar, incluso para quien perdió.

Si ello ocurre así, ganará la vida democrática.

ZONA POLITEiA: Un sentimiento de indefensión frente a la pandemia.

18 de enero de 2022

César Velázquez Robles

Hay entre la población un muy extendido sentimiento de indefensión frente a la pandemia. Nos llaman desde el poder a no hacernos la prueba de antígenos covid, pues, nos dicen que si tenemos algunos síntomas, no hay que darle más vueltas al asunto: estamos contagiados. Luego, vemos, sabemos que los encumbrados se contagian y corren a hacerse la prueba. Entonces, ¿en qué quedamos? El presidente muy orondo, después de permanecer “aislado” por contagio unos días, aparece sin cubrebocas, lo cual considero que es ofensivo y humillante luego de las campañas para mantener la sana distancia, lavarse frecuentemente las manos, utilizar gel y ponerse el cubrebocas. En los días previos a su reaparición, nos anunció henchido de orgullo, que sus remedios habían sido unas pastillas de paracetamol, unas untadas de vaporub y unas caricias. Uno de nuestros mejores moneros locales lo describió magistralmente: mientras el presidente anuncia y promueve sus remedios, detrás de una mampara está un equipo de médicos, un quirófano, y todo el instrumental necesario para intervención en caso necesario. Lastima que no sea el caso de la gente común, que desesperada acude a las clínicas y hospitales públicos en busca de una prueba, tan solo una que permita acabar con la incertidumbre. Todos vivimos con el Jesús en la boca. El anunció de que en las próximas semanas más de la mitad de la población del país se contagiará, hace más dramática la situación.

Las pruebas, en este ambiente de desesperación, se han convertido en un negociazo de farmacéuticas, farmacias, establecimientos dedicados a la venta de equipo y productos médicos, y de no pocos vivales que están haciendo su agosto, como lo han hecho a lo largo de estos dos años con todo tipo de medicamentos, sobre todo con las mascarillas, a ciencia y paciencia de las autoridades, cuya ineptitud e incapacidad es ya proverbial no solo para definir una política pública en la materia, sino para poner un poco de orden frente a la actitud de avorazamiento de quienes se han dedicado a enriquecerse impunemente en estos tiempos. Resulta que en estos días una prueba rápida se está vendiendo en 300 pesos o más, y es previsible que, en un contexto de escasez –por supuesto artificial–, el precio se dispare a la estratósfera.  ¿Qué hacen el gobierno, las autoridades sanitarias? ¡Nada, absolutamente nada! Que cada quien se rasque con sus uñas. Aquí y ahora, ante la ineptitud del gobierno, ante un capitalismo salvaje y depredador, no queda otra más que encomendarse a la divina providencia, como decía el clásico.

El gobierno debería voltear a lo que está pasando en otras latitudes con el asunto de las pruebas rápidas. En varios países europeos las autoridades se han dedicado a poner orden y a impedir que los avorazados actúen de manera impune. Pongamos por caso España. Ahí, este sábado entró en vigor la disposición –publicada en el diario oficial— que establece un precio máximo para las pruebas rápidas. Ese precio es de 2.94 euros, poco más de 60 pesos al tipo de cambio actual, en realidad un precio bajo en un país en el que los mileuristas –esto es, los que ganan mil euros mensuales– forman una legión de marginados económica, política y socialmente. Esas pruebas no hace mucho llegaron a tener un precio de 15 euros. ¿Fue disposición o buena voluntad de las autoridades? No; la decisión llegó después de las protestas y reclamos de consumidores y expertos ante la escasez de pruebas frente a un claro acto de especulación contra la salud de las personas. ¿Pueden o no pueden las autoridades hacer algo? ¿No tienen fuerza ni capacidad de meter al orden a farmacéuticas, empresas distribuidoras y particulares que han montado sus negocitos con los que están obteniendo pingües ganancias? Es cierto que hace falta una asociación de consumidores con fuerza y capacidad de movilización para obligar a autoridades y particulares a actuar con mesura, sin excesos. Mientras, ajo y agua.

Bueno, dum spiro spero, mientras hay vida hay esperanza: recién se publicó un estudio del Instituto de Soluciones Globales, con sede en Barcelona, en el que establecen que la pandemia de Sars Cov-2, evolucionará hacia una situación endémica, aunque sin fijar plazos, en un esquema de evolución y desarrollo desigual. En el estudio titulado “¿Cuándo y cómo acabará la epidemia?”, se apunta: “… cada país o región probablemente hará su transición a una fase endémica en un momento diferente y de una forma distinta, pero la pandemia no será endémica hasta que todos los países hayan alcanzado esta fase”. Y añade: “la única forma de reducir este riesgo y acelerar la salida de la pandemia consiste en mantener ciertas intervenciones no farmacéuticas en vigor y garantizar un acceso verdaderamente global a vacunas y tratamientos… Las principales amenazas para la salud de esta pandemia llegarán a su fin, como ha sucedido con todas las pandemias anteriores. La cuestión es cuándo, cómo y después de cuántas muertes. El cuándo llegará probablemente en diferentes momentos en distintas partes del mundo”.

El asunto es que aquí entre nosotros no sabemos qué pasará. La intervención gubernamental es desastrosa; el responsable de la lucha contra la pandemia carece de autoridad científica y moral para orientar los esfuerzos institucionales y de la población; la población se siente indefensa y hace lo que puede para sobrellevar esta circunstancia que ha terminado por rebasar a todos; las autoridades –de todos los ámbitos, esferas o niveles—se regodean en la atención que se dispensan frente al contagio –ahí está el caso del presidente y su protegida— y, en resumidas cuentas, aquí, frente a la pandemia, no hay viento favorable porque no sabe a dónde va. Ese es el asunto.