ZONA POLITEiA. Jóvenes Morena: de pena ajena.

03 de marzo de 2022

César Velázquez Robles

En verdad que sentí una enorme pena ajena al leer el desplegado de apoyo de los jóvenes de morena del Estado de México a la invasión rusa en Ucrania. Pongamos las cosas un poco en contexto: si realmente son jóvenes –y no viejos, como los del komnsomol soviético, que a pesar de su senilidad eran dirigentes juveniles— andarán entre los 20 y los 30 años. Habrán nacido por ahí alrededor de los años 90 del siglo pasado. En otras palabras, serían milenials. En México este periodo corresponde con una fase complicada, difícil de nuestro transito democratizador. Su incorporación, me refiero a la de estos jóvenes, a la vida política ocurrió en un escenario radicalmente distinto al de los baby boomers, que les tocó nacer a la vida política y desarrollarse en el contexto del viejo sistema autoritario priista, ser víctimas de la persecución, la represión y el asesinato con toda la impunidad de un régimen en el que las instituciones democráticas brillaban por su ausencia.

Nuestros milenials vivieron y viven otra época: la de la institucionalidad democrática, de competencia abierta por el poder político, de un amplio margen de libertades, en suma, en un régimen donde la democracia tiene un claro horizonte temporal. Este ambiente no es producto del azar: es resultado de una lucha permanente por romper con los viejos esquemas de dominación y control, y lo que tenemos hoy es una construcción colectiva, una obra de todos, de viejos luchadores, de jóvenes progresistas, de generaciones que se entreveran para dar continuidad a una convivencia civilizada e impedir que entre nosotros se instaure la barbarie.

Entonces, ¿por qué ese lenguaje endurecido, esos ladrillazos mentales de una declaración obtusa como la de los jóvenes de morena del Estado de México? Es un lenguaje de rencor, de demencia furiosa contra las libertades, para cuyos defensores y promotores no hay ninguna duda: los criminales, los asesinos, son los ucranianos y, fíjese nomás, la guerra que libran los rusos, es una guerra defensiva. Realmente esto es de risa loca, si no fuera porque ese espíritu de secta, dogmático, de presunta intransigencia libertaria y democrática, no es sino la expresión de cierta metástasis autoritaria que empieza a alcanzar considerables proporciones.

Por si no leyó el desplegado, van aquí algunas de las expresiones: “Condenamos enérgicamente la desinformación de medios occidentales respecto de las verdades y razones de la actual intervención de tropas de defensa rusas en territorio fascista ucraniano”. ¡Qué cosas! La más brutal ofensiva militar, la invasión territorial, el desprecio de toda norma internacional, la ocupación y destrucción de ciudades de Ucrania, nos la quieren vender como una acción de “tropas de defensa rusas”, y un país violentado en su autonomía e independencia, es presentado como un “territorio fascista”. Expresan también su solidaridad con el “H. Presidente Vladimir Vladimirovich Putin”, en su decidida lucha contra ”fuerzas neofascistas de origen golpista”.

El asunto alcanzó rápidamente tal dimensión que obligó a la propia dirigencia nacional de morena a salir al quite y atemperar un poco los excesos y despropósitos verbales de sus inquietos jóvenes. Y en tuit fijó su posición: “Respetamos la libertad de pensamiento de nuestros militantes, sin embargo, aclaramos que el siguiente comunicado no expresa la posición oficial de Morena”. Hasta ahí llego la defensa de lo indefendible. Es que la verdad, no tienen cara.

Ah, pero por supuesto que hubo felicitaciones para tan combativo desplegado en apoyo a las “tropas de defensa rusas”. “Agradecemos mucho el apoyo y las palabras de solidaridad de la juventud mexicana del Estado de México”.

Así están las cosas ahora…

DOS A LA SEMANA ¿IMPOSIBLE QUE SE ANIMEN A TRONAR LAS BOMBAS?

Jorge Eduardo Aragón Campos

A mí me tocó el mitote de la crisis de los misiles en Cuba, la impresión que me dejó aún persiste con claridad pues la experiencia fue muy traumática, como era de esperar en un niño con 6 años de edad. En aquella época, cada hogar culichi estaba dotado de una abuela y en nuestro caso era la paterna, doña María Luisa Gutiérrez vda de Aragón, a quien cualquier siquiatra de hoy la diagnosticaría como histérica sin pensarla mucho, un padecimiento harto normal para un tiempo donde la vejez tenía asegurada la categoría como etapa más amarga de la vida. Se ponía a llorar por el motivo más baladí y cuando la noticia llegó ya podrán imaginar cómo se puso y nos puso, porque hasta eso, la situación no era para menos pues contrario a como ocurre hoy, Hiroshima y Nagasaki no cumplían todavía la mayoría de edad y sus secuelas novedosas y terribles seguían aflorando, por lo mismo era general la convicción de que tanto gringos como rusos sí se animarían a jalarle.

Yo cursaba un posgrado en plastilina en el Izaguirre Rojo y durante aquellos 12 días, cada que llegaba a casa la escena era invariable: hincadas frente a imágenes religiosas con sus respectivas veladoras, estaban rezando mi madre y mi abuela, quien además lloraba con una desesperación y una intensidad tales, que cualquiera pensaría le acababan de descubrir casa gris en Houston a algún hijo suyo. Estaba muerta de miedo. Yo igual, pero de hambre.

¡Era la hora!

Para mi buena suerte me agarró muy chico y muchos detalles finos no los capté, pero sí tuve claro siempre la sensación que todo mundo traía, la de la resignación frente a una muerte inevitable y la desesperanza frente a la extinción de la humanidad. Tuve por lo menos una noche donde lloré por la amargura de comprender que nunca tendría la oportunidad de cumplir mi sueño: visitar el plató de Carrousel y desde ahí recitar urbi et orbi mamá soy paquito, ya no haré travesuras.

El próximo mes de octubre se cumplirán 60 años del suceso y estoy tentado a decir que ¡mira que afortunado yo! me ha tocado vivir los dos momentos de la historia donde la probabilidad de una conflagración nuclear es considerable, pero estaría mintiendo.

Que sepamos, con ésta ya van cuatro.

Está bien documentado que 21 años después, en las primeras horas de la mañana del 26 de septiembre de 1983, los sistemas de alerta temprana de la Unión Soviética detectaron un ataque con misiles desde EE.UU. El protocolo para el ejército soviético habría sido tomar represalias con un ataque nuclear. El oficial de guardia, Stanislav Petrov, decidió incurrir en una negligencia en el cumplimiento del deber: anteponiendo su convicción personal de que se trataba de una falsa alarma, lo registró como tal y con eso enfrió la cadena de sucesos que habrían desatado el apocalipsis. A 38 años del gesto de Petrov, recordarán que durante la crisis por la toma del capitolio, el aún presidente en funciones se desapareció durante un lapso nada despreciable, lo cual dio pie para hacer públicas las preocupaciones de numerosos especialistas que, revelaron, Trump seguía manteniendo en su poder el maletín nuclear al no existir ningún protocolo para retirárselo, pues la posibilidad de que al presidente de USA se le bote la chaveta nunca se ha contemplado. Ahora, sólo un año después, de nuevo asoma el riesgo y según se ve, la gran mayoría no cree factible se anime a jalarle ninguna de las potencias participantes. Yo en cambio sólo sé lo que me enseñó el ejército: el diablo carga las armas para que luego sean los pendejos quienes las descargan.

No sé qué opinión tengan ustedes sobre los actuales liderazgos mundiales, en lo que a mí respecta no doy veinte centavos por ninguno.