¡PIFIAMOS!

Jorge Eduardo Aragón Campos   jaragonc@gmail.com

Pese a tanto reclamo que le hacen por medio de chistes, videos y memes, este año 2020 va a ser recordado como un momento crucial para el conocimiento y la comprensión del fenómeno de las redes sociales; se puede estar de acuerdo o no con su existencia; se les puede negar o reconocer utilidad social; se les puede señalar como responsables de mil horrores, pero el punto es que llegaron para quedarse y están destinadas a tener un impacto sobre la humanidad muy superior al de la imprenta.

Habrá quien opine estoy exagerando y de ser así tiene razón, porque es momento donde ni siquiera contamos con una taxonomía consensada para tener claras las características, los límites, etc. de una serie de nuevas extensiones del hombre que la tecnología digital y la infraestructura de telecomunicaciones nos han traído, sin dejar de mencionar la rapidez con que todo esto sigue evolucionando.

Hace poco murió el loco Valdez, quien tenía en su filmografía la película “Bikinis y rock”, donde hace el papel de un chamán hippie que expone grosso modo, la filosofía predominante en todo el mundo a mediados del siglo veinte, donde se tomaba como verdad absoluta la idea de que los conflictos entre las naciones, desaparecerían cuando los seres humanos pudiéramos comunicarnos todos entre todos; el indudable espíritu positivista de la propuesta daba por cierta la naturaleza intrínsecamente buena de la humanidad.

No se necesita ser un genio, para darse cuenta de que a la luz de los recientes acontecimientos, aquella visión optimista que se tenía sobre nosotros mismos estaba rotundamente equivocada: hoy hemos logrado ¡Por fin! interconectarnos todos para compartir nuestras ideas, nuestras convicciones, dudas, opiniones, preferencias, etc. y hemos encontrado que no nos soportamos. La generalizada apología pública por la verdad, en realidad era expresión autoritaria de un pueblo donde cada individuo se considera, a sí mismo, como posesionario de la única verdad absoluta, por obra y gracia de la divina providencia o el Sagrado Corazón o algo semejante, porque lo otro es la también generalizada indisposición a sustentar las afirmaciones que de manera arbitraria cada quien lanza urbi et orbi.

Sin duda, ocupamos profundizar en los múltiples fenómenos que los usuarios estamos viviendo y provocando en las redes sociales, que son de suyo más complejos que las propias redes y, por lo mismo, es necesario primero hurgar en la naturaleza de éstas, sin perder el tiempo en tratar de establecer si son benditas o malditas sino, para empezar, qué sí es una red social y qué no.

Eso, para empezar.

Para Leer al Pato Donald

Jorge Eduardo Aragón Campos   jaragonc@gmail.com

En 1971, durante el gobierno socialista de Salvador Allende, se publica en Chile una obra de Ariel Dorfman (argentino-chileno) y Armand Mattelart (belga) Para leer al Pato Donald, un ensayo que aborda la literatura de masas desde una perspectiva marxista, intentando develar una construcción ideológica detrás de las historietas cómicas, publicadas por Walt Disney para el mercado latinoamericano, presentándolas como cómplices activos y conscientes en la tarea de mantenimiento y difusión de la ideología dominante; para apoyar sus afirmaciones, los autores señalaban algunas curiosidades interesantes de la cosmogonía Disney, donde subyacían ideas para imponer como reglas naturales conceptos ideológicos sobre el capital, la relación de los países desarrollados con el Tercer Mundo, roles de género, y otros.

Como mínima virtud, en términos de interés para los lectores, el libro subrayaba algunos rasgos de la narrativa Disney que eran constantes en todas sus obras, los cuales todavía hoy persisten: la falta de descendientes de los personajes; todos tienen un tío o un sobrino; todos son primos de alguien, pero nadie tiene padres ni hijos; la necesidad absoluta de tener un golpe de suerte para la movilidad social (independientemente del esfuerzo o la inteligencia involucrada); la incapacidad de las tribus nativas para administrar su riqueza, y otros.

Hasta ahí la referencia y ahora nos vamos a la anécdota. El libro fue un hitazo, en menos de 4 años ya había sido leído por cualquiera que tuviera de dos Levis pa´rriba, y eran legiones los que tomaban cada idea del texto como si fuera ley natural; con el cuento de que a mí me cuida mucho la Santa Madre Bocona, virgen de los mitoteros, siempre me toca estar en el lugar correcto durante el momento correcto, o lo que es lo mismo, me paro en una esquina y a los dos minutos es el choque; cuando el libro estuvo disponible en Culiacán, yo tendría un año o dos haciendo mis pininos como publicista con el cany Sánchez, en PUBLYCOM, mientras mi grupo de amigos más cercanos ya estaban en Monterrey, cursando la recién estrenada carrera de Comunicación y, como la excelente rémora que siempre he sido, yo me dedicaba a ordeñarlos con libros, apuntes, fichas de cine, técnicas de producción, etc. para no hacérselas cansada, yo me las daba de Marshall McLuhan tropical cubierto de crema batida con cajeta arriba, y me dejé llevar por lo que en ese ambiente fue la valoración sobre Para leer al Pato Donal como la obra histérica de un par de conspiranoicos, pues dada la calidad de nuestra realidad no era viable prosperaran las supuestas intenciones mediatizantes de Disney; como además –según recuerdo- su prosa era panfletaria y su sesgo muy maniqueo, me tocó ser la contra en más de una larga plática en el Café Morales, donde coincidíamos cada noche una variada palomilla con ideologías de todos los colores y sabores; entre los más chamacos estábamos Pedro Álvarez, Ernesto Trejo, Sergio López, Alejandro Mojica, Micky Velázquez (QEPD)… luego, con pocos años más, estaban Lupe Estrada (que cada fin de semana se venía de Mochis), Ulises Cisneros, David Valderrama y de ahí ya seguía el grupo de Senadores, los grandes de adeveritas, todos ya QEPD hoy, como Alfonso de la Vega, quien fuera el coreógrafo en Operación Ja Ja, el programa que hizo famoso al loco Valdez; el fotógrafo Alexander Darwin (les juro que así se llamaba), Juan Eulogio Guerra Aguiluz, padre del actual rector… nada más por mencionar a los que así a botepronto recordé. La idea que me quedó desde entonces sobre el libro fue esa, la de un planteamiento hiperbólico que por lo mismo era imposible ocurriera, pues se fincaba en dar a las herramientas de la comunicación la capacidad para, por ejemplo, convencer a todas las madres de que los hijos vienen de Paris.

Lo que esta vez me remitió al libro, fue ver en la plazuela una fila donde algunas pocas personas esperaban para votar a favor del enjuiciamiento de cinco expresidentes; “cualquier ciudadano europeo que escuchara esto que acabo de decir, daría por sentado que estoy describiendo un espectáculo de teatro callejero”, les comenté a mis acompañantes, y agregué que tal vez éramos los privilegiados testigos del inicio de un proceso que, al tiempo, puede desembocar en cualquiera de nosotros, es decir cualquier ciudadano común, abriendo la puerta de su casa para atender al funcionario que va a entregarle la sentencia, resultado de haber perdido una votación de la que ni siquiera sabía era participante, ya no digamos alguna certidumbre sobre los motivos para su derrota electoral y su consecuente encarcelamiento; “bueno, cómo te gusta irte a los extremos”, me respondieron. Sin duda tienen razón ¿De dónde diablos saco yo para esos tremendismos? Lo que yo intentaba transmitirles, era que tanto la escena como su marco referencial daban para producir esa atmosfera ominosa de películas como Invasion of the Body Snatchers, fruto precisamente de su normalidad tan real, tan auténtica, tan perfecta, mientras en su interior se gestan… ¿Por qué, someter a consulta el encarcelar a cinco tipos es una idea que necesariamente debe acabar mal? ¿De dónde saco yo eso? La tentación para responder y enfrascarnos a discutir sobre la naturaleza de una iniciativa presidencial, que ni siquiera al Noroña se le alcanzó a ocurrir, cedió el paso al obligado pragmatismo del agosto culichi: con este calor quién va a andar alegando nada.

Y una cosa llevó a la otra.

El tema ya no me soltó y me anduvo revoloteando hasta que sacó la tarea: desde ese rincón que todos tenemos en la memoria, donde guardamos estímulos tan lejanos que ya no sabemos si fueron sueños o hechos reales, me trajo la imagen de Hugo, Paco y Luis haciendo fila para votar; la razón del ágape democrático obedecía a que su tío, Ciro Peraloca, había desarrollado una sustancia que al inyectarla en un árbol, este de inmediato producía pasteles ¡Uta! En los dibujos, los camellones no se veían enrepollados sino embetunados (pausa para llorar, nomás de acordarme). La votación, como era de esperarse, tenía como objetivo decidir de qué sabor serían.

¿Necesito explicarles el resto?

De antemano acepto que quien está mal soy yo, imposible que tanta gente está equivocada, y no lo digo como recurso tramposo: entiendo que mi noción de flagrancia supera al de cualquier otro y la estadística es la estadística. Nada más les recuerdo que no estamos hablando de mí, soy yo quien está hablando de ustedes. Admito que todo puede obedecer a lo que viene ocurriendo desde la noche de los tiempos, donde el ritmo del progreso termina por rebasarnos en algún momento de nuestras vidas, para luego dejar de comprender al mundo y a la gente porque quedamos obsoletos; puede ser, no lo niego, pero mientras me lo demuestran, no puedo dejar de señalar que veo muy generalizadas, conductas propias de un mundo paralelo sujeto a otras leyes naturales a las que no les hallo cuadratura; para acabar pronto, en más de un círculo estamos viviendo una realidad artificial –eso no es novedad- que no hace mucho solo era concebible para unos conspiranoicos enfebrecidos; lo de la pandemia hoy, es otra realidad que hace seis meses resultaba inconcebible, pero para los siguientes seis no hay bronca porque la vacuna ya está, nomás falta decidir el sabor; no debemos sorprendernos, porqué hay cada fenómeno…Yo no creo en Dios, pero tratándose del nazareno sí lo admito como realidad histórica; el tipo sí existió y el martirio fue real, eso se lo respeto al igual que a Espartaco, por lo que me parece lamentable a dónde lo hicieron parar; pasó a formar parte de la servidumbre: eso de andar abriendo mares para que circulen los peatones…ahora Dios está para evitar que se pegue el arroz, para que el tiempo sea perfecto, para que sin condón no me pase nada y para que se muera el que odio; desde el cielo está pendiente de mí pues hace home office 24/7, así elabora el plan que tiene para mí, detallado milisegundo por milisegundo para que yo ya nomás me deje llevar; deduzco todo esto a partir de las numerosas publicaciones que aparecen en todas partes: todas se dedican a recordarle sus obligaciones, a dictarle su comportamiento, a fijarle sus intereses y a ofrecérmelo para que me resuelva lo que ocupe. No he visto ninguna llamando a cumplir nuestras obligaciones para con él. Si eso hacen los que dicen creer en él… Bueno, hasta de guarura lo traen en esa expresión de ¡Dios conmigo! ¿Quién contra mí?

Yo era de los que presumía que mi apá era Batmán.

No me queda claro tampoco, un enunciado que según parece es global: el derecho a la felicidad ¿A qué se refieren? Conozco un chiste donde un genio perverso hace alusión a una de sus múltiples posibilidades, pero tengo la corazonada de que no es por ahí. Hasta donde sé, ninguna constitución en el planeta lo contempla, tal vez porque la felicidad pertenece a la esfera de la experiencia personal y, por lo tanto, no hay una felicidad que pueda ser generalizable, pero lo mejor de todo esto es que el derecho va para todos y con refill ilimitado, lo cual exime a los demandantes de tener que justificar cómo se lograría ese derecho; así, espulgando, me parece que el consenso mayoritario apunta a que la felicidad  consiste en una vida regalada y sin contratiempos, donde les caemos bien a todos los que nos interesa caerles bien… y quienes nos caen mal se sacan el avión. A mí me parece que es obligado preguntarse, cómo se pretende alcanzar el derecho a la felicidad sin haber alcanzado antes el derecho a una buena alimentación, el derecho a una buena educación, el derecho a la seguridad, pero… a la felicidad no la alcanzas con esa actitud.

La verdad, a veces sí se me figura que quien me lo dice es Blanca Nieves o la Cenicienta. ¿Dónde se mete Maribel Guardia cuando uno la ocupa?

Vale la pena releer Para leer al Pato Donald, nada más por el gusto culposo de ver hasta ¡doooonde!

Por cierto Invasion of the Body Snatchers (película de 1978), donde actuan Donald Sutherland, Brooke Adams, Leonard Nimoy y Jeff Goldblum, para mí gusto es la mejor versión; la estoy viendo y le sigue funcionando todo.

NO EN MI NOMBRE

Jorge Eduardo Aragón Campos     jaragonc@gmail.com

Las tribus que se aposentaron en el círculo polar ártico desde, según parece, los tiempos en que cruzamos el estrecho de Bering, desarrollaron una serie de costumbres para la sobrevivencia, cuyo fin era enfrentar las tremendas condiciones impuestas por el clima; en una de ellas, cuando los viejos ya no eran capaces de aportar al clan -y sí en cambio consumían de los escasos recursos disponibles-, por su propia voluntad y por su propio pie se ofrecían a ser devorados por el oso blanco. En la legendaria  Esparta, las criaturas que nacían con algún impedimento físico eran arrojadas sin miramientos al sacrificio; no eran tiempos convenientes para cargar pesos muertos. El 7 de diciembre de 1941, el ataque japonés a Pearl Harbor obligó a USA a entrar a la segunda guerra mundial; dos meses después, ese país tenía la mayor ola de suicidios jamás vista en su historia, un fenómeno alimentado por los ciudadanos que buscaban pelear por su patria, pero que por diversos motivos eran rechazados por el ejército.

Respecto a la pandemia, todos tenemos dudas razonables sobre lo que está ocurriendo en este momento, porque si algo sobra son motivos para la sospecha; en mi caso, desde un inicio he advertido sobre una narrativa mediática orientada a favorecer medidas represivas contra los enfermos, los sospechosos de ser portadores, etc. a la vez que no hay cobertura, imágenes, testimonios, etc. sobre la enfermedad y quienes sí están siendo afectados por ella. La BBC ha rotó esa cuarentena informativa y nos comparte lo que está ocurriendo en los hospitales ingleses, Francia comienza a hacer lo mismo y en ambos casos las imágenes son de hospitales saturados por los pacientes afectados, donde resalta el buen estado de los nosocomios, la tranquilidad con que están trabajando, etc. Más importante aún, se evidencia como verdadera una de las múltiples afirmaciones sobre la cual no sé ha hecho suficiente énfasis, y que pone en duda las medidas tomadas hasta hoy: para efectos prácticos, todos los enfermos que se pueden ver son viejos.

Si seguimos la misma línea de argumentación que nos han estado dando, llegaremos necesariamente a una contradicción flagrante y grave: entre los mayores de 55 años y quienes padecen enfermedades inmunodepresoras, estarán las bajas que cobrará el coronavirus, para el resto será como una gripa más y la superarán en pocos días.

¿No es más sencillo, menos costoso, más seguro, centrarse en esos grupos vulnerables en lugar de agarrar parejo? La pregunta es obligada en este momento, porque entre algunos países que no siguieron las recomendaciones de la OMS se están obteniendo buenos resultados también, caso concreto Alemania, que le puso el cascabel al gato bajo el argumento de que la prevención está en las pruebas de detección temprana… para evitar el último de los recursos, el del aislamiento, que es la salida desesperada para cuando todo lo demás falló. No estoy tratando de establecer cuál es la mejor solución frente al problema, trato de enfatizar sobre los costos que todos deberán pagar, al momento y al futuro, por las medidas adoptadas contra una amenaza para los viejos. Y saben qué… yo paso. Por mí no se molesten. De hecho, exijo dejen de hacerlo. Reclamo mi derecho a ser yo quien cumpla con mis obligaciones, porque a todos nos consta que si quieres que algo se haga bien lo tienes que hacer tú. No es momento para simulaciones.

Primeramente, aclaro: me doy por aludido por mis 63 cumplidos, más una hipertensión crónica y atípica que me obliga a consumir diariamente la dosis máxima de tres antihipertensivos distintos, con lo cual, para efectos del patógeno en cuestión, estoy en el grupo de 20 años más… si no es que hasta el siguiente… pero no más allá, hasta eso.

Para que vean que Dios aprieta pero no ahorca.

La inundación del estrecho de Bering por el final de la última glaciación, le ahorró a los naturales americanos el costo que pagaron los europeos para lograr un trato relativamente benigno de enfermedades como la polio, escarlatina, varicela, difteria, viruela, sarampión, tosferina, gripe, peste, tifus, tracoma, muermo, rabia, gonorrea, tuberculosis, lepra, fiebre amarilla… fragilizando su sistema inmunitario para ser diezmados cuando se restableció el contacto entre el viejo y el nuevo mundo, pero sirvió para la homogenización de nuestro patrimonio inmunológico; desde ahí, todos fuimos de nuevo una misma especie. Nadie lo planeó así, no fue astucia de los de aquí ni torpeza de los de allá, pero nos ofrece una lección ya olvidada que vale la pena recuperar: todo cuesta, nada es fácil ni gratis y eso no es capitalismo, es una ley natural.

Pertenezco a la primera generación de mexicanos libres de la incertidumbre sobre vivir lo suficiente para llegar a viejo; asimismo, fue la última donde más de la mitad de los nacidos en estas tierras morían antes de cumplir su primer año de vida; “angelitos”, era como les decíamos. Mis padres tuvieron once hijos, pero sólo cuatro logramos llorar en la sala de partos: tuve siete hermanos que nunca conocí. Recuerdo bien la vez que uno de ellos estuvo un momento en casa, justo a la hora de la comida, pues yo llegaba de la escuela y al entrar vi en la sala una cajita tapizada con encajes blancos; me reuní al resto de la familia en la mesa y, tal y como siempre ocurría, la comida transcurrió entre una charla de naderías, sin ningún comentario sobre lo que bien sabíamos; como todos los hombres, mi padre fue animal de costumbres y  todos estábamos adaptados a ellas, por lo que al concluir se levantó de la mesa y se fue a hacer su siesta, señal para que yo pudiera salir a la calle a jugar con el montón de amigos que tenía en el, por aquel entonces, populoso barrio de La Barranca. No tenía una hora con ellos, distrayéndonos no recuerdo en qué, cuando vimos pasar a mi padre con rumbo al panteón San Juan, cargando bajo su brazo derecho el ataúd. A ustedes les suena intenso y trágico, lo sé, pero en aquel entonces todo ello no tenía ninguna importancia. Literalmente. Y eso es lo que el horror es. No puedo aceptar el riesgo de que mis nietos vivan eso.

Mi convicción es que por la forma como está planteada, la estrategia que pretenden imponer a México para combatir la pandemia no tendrá mucho éxito; peor aún, mientras más evidencias surgen sobre sus resultados en otras partes, más claras se vuelven sus consecuencias contra la civilización que pretende salvar. Todo en aras de prolongarnos la vida a los viejos. Para empezar no me la creo; y para acabar, pretender resolverlo encerrándose en casa es como pretender salvar los mares dejando de usar popotes.

Por cierto ¿Cómo va eso?

La vejez es la etapa de la vida donde ya no puedes engañarte tú solo, salvo seas muy empeñoso en la adicción a negar que todo tiene un límite: es mentira que la cirugía plástica te hace ver más joven, es mentira que eres tragaños (podrás lucir menos de los que tienes, pero nunca de manera significativa), es mentira que nadie debería sufrir, es mentira que lo que haces se te regresa, es mentira que la felicidad existe. Lo único real es la vida, que como todas las demás cosas reales, es resultado de procesos naturales que suelen ser arduos, largos y dolorosos y al igual que todas las cosas tiene un principio y un fin. No es bonito pero es inevitable. Conozco casos de ancianos, que permitieron a su familia consumir todos sus recursos en aras de prolongarle la vida un miserable par de años, cuando no menos. El coronavirus supera los límites de nuestra ciencia, no tenemos una cura y punto. Los cálculos más optimistas hablan de dos años para la primera vacuna. Los viejos no tenemos tanto tiempo: se haga lo que se haga, en ese lapso el virus nos alcanzará a todos y cada uno de los 7,700,000,000 que componemos la población actual, lo hará matando a algunos, pero la gran mayoría saldrá con un sistema inmunológico enriquecido, que servirá para enfrentar mejor a las futuras enfermedades que nos acechan. De esa magnitud es el proceso natural que se está pretendiendo frenar.

Para un país como el nuestro, la estrategia aislacionista va quedando de manera más clara como la opción más costosa y de mayor riesgo, pero sin duda es perfecta para sociedades hipócritas y simuladoras como la nuestra, amantes de que por golpes de suerte sus vicios se conviertan en referentes morales, pues lo único que les reclama son treinta días de encierro para que el problema se resuelva con una cantidad mínima, por no decir insignificante, de muertos. Todo, en aras de salvarnos a nosotros, los pobres viejitos ¡Qué conmovedor! Muy justificada su decisión de festejarse por anticipado, retacando los centros vacacionales… como hicieron Italia y España. De todas formas, los resultados no tienen por qué ser similares, por lo mismo no quiero ser parte desde ahorita: no comparto la absurda pretensión de superar esto sin bajas, eso no es un gesto solidario, es desplante de macho, que sin medir consecuencias grita “todos o ninguno”, a sabiendas de que no tenemos la manera. No acepto ser participe en una apuesta que, por supuestamente beneficiarme, puede ser nuestro colofón como país y hacernos retroceder hasta la edad media; agréguenle la cantidad de armas que hay y…

Se los repito: reclamo mi derecho a enfrentar mis obligaciones. No es momento para la simulación. No me salven. Es mi deseo que no lo hagan. No así. No en mi nombre.