Jorge Eduardo Aragón Campos jaragonc@gmail.com
En 1971, durante el gobierno socialista de Salvador Allende, se publica en Chile una obra de Ariel Dorfman (argentino-chileno) y Armand Mattelart (belga) Para leer al Pato Donald, un ensayo que aborda la literatura de masas desde una perspectiva marxista, intentando develar una construcción ideológica detrás de las historietas cómicas, publicadas por Walt Disney para el mercado latinoamericano, presentándolas como cómplices activos y conscientes en la tarea de mantenimiento y difusión de la ideología dominante; para apoyar sus afirmaciones, los autores señalaban algunas curiosidades interesantes de la cosmogonía Disney, donde subyacían ideas para imponer como reglas naturales conceptos ideológicos sobre el capital, la relación de los países desarrollados con el Tercer Mundo, roles de género, y otros.
Como mínima virtud, en términos de interés para los lectores, el libro subrayaba algunos rasgos de la narrativa Disney que eran constantes en todas sus obras, los cuales todavía hoy persisten: la falta de descendientes de los personajes; todos tienen un tío o un sobrino; todos son primos de alguien, pero nadie tiene padres ni hijos; la necesidad absoluta de tener un golpe de suerte para la movilidad social (independientemente del esfuerzo o la inteligencia involucrada); la incapacidad de las tribus nativas para administrar su riqueza, y otros.
Hasta ahí la referencia y ahora nos vamos a la anécdota. El libro fue un hitazo, en menos de 4 años ya había sido leído por cualquiera que tuviera de dos Levis pa´rriba, y eran legiones los que tomaban cada idea del texto como si fuera ley natural; con el cuento de que a mí me cuida mucho la Santa Madre Bocona, virgen de los mitoteros, siempre me toca estar en el lugar correcto durante el momento correcto, o lo que es lo mismo, me paro en una esquina y a los dos minutos es el choque; cuando el libro estuvo disponible en Culiacán, yo tendría un año o dos haciendo mis pininos como publicista con el cany Sánchez, en PUBLYCOM, mientras mi grupo de amigos más cercanos ya estaban en Monterrey, cursando la recién estrenada carrera de Comunicación y, como la excelente rémora que siempre he sido, yo me dedicaba a ordeñarlos con libros, apuntes, fichas de cine, técnicas de producción, etc. para no hacérselas cansada, yo me las daba de Marshall McLuhan tropical cubierto de crema batida con cajeta arriba, y me dejé llevar por lo que en ese ambiente fue la valoración sobre Para leer al Pato Donal como la obra histérica de un par de conspiranoicos, pues dada la calidad de nuestra realidad no era viable prosperaran las supuestas intenciones mediatizantes de Disney; como además –según recuerdo- su prosa era panfletaria y su sesgo muy maniqueo, me tocó ser la contra en más de una larga plática en el Café Morales, donde coincidíamos cada noche una variada palomilla con ideologías de todos los colores y sabores; entre los más chamacos estábamos Pedro Álvarez, Ernesto Trejo, Sergio López, Alejandro Mojica, Micky Velázquez (QEPD)… luego, con pocos años más, estaban Lupe Estrada (que cada fin de semana se venía de Mochis), Ulises Cisneros, David Valderrama y de ahí ya seguía el grupo de Senadores, los grandes de adeveritas, todos ya QEPD hoy, como Alfonso de la Vega, quien fuera el coreógrafo en Operación Ja Ja, el programa que hizo famoso al loco Valdez; el fotógrafo Alexander Darwin (les juro que así se llamaba), Juan Eulogio Guerra Aguiluz, padre del actual rector… nada más por mencionar a los que así a botepronto recordé. La idea que me quedó desde entonces sobre el libro fue esa, la de un planteamiento hiperbólico que por lo mismo era imposible ocurriera, pues se fincaba en dar a las herramientas de la comunicación la capacidad para, por ejemplo, convencer a todas las madres de que los hijos vienen de Paris.
Lo que esta vez me remitió al libro, fue ver en la plazuela una fila donde algunas pocas personas esperaban para votar a favor del enjuiciamiento de cinco expresidentes; “cualquier ciudadano europeo que escuchara esto que acabo de decir, daría por sentado que estoy describiendo un espectáculo de teatro callejero”, les comenté a mis acompañantes, y agregué que tal vez éramos los privilegiados testigos del inicio de un proceso que, al tiempo, puede desembocar en cualquiera de nosotros, es decir cualquier ciudadano común, abriendo la puerta de su casa para atender al funcionario que va a entregarle la sentencia, resultado de haber perdido una votación de la que ni siquiera sabía era participante, ya no digamos alguna certidumbre sobre los motivos para su derrota electoral y su consecuente encarcelamiento; “bueno, cómo te gusta irte a los extremos”, me respondieron. Sin duda tienen razón ¿De dónde diablos saco yo para esos tremendismos? Lo que yo intentaba transmitirles, era que tanto la escena como su marco referencial daban para producir esa atmosfera ominosa de películas como Invasion of the Body Snatchers, fruto precisamente de su normalidad tan real, tan auténtica, tan perfecta, mientras en su interior se gestan… ¿Por qué, someter a consulta el encarcelar a cinco tipos es una idea que necesariamente debe acabar mal? ¿De dónde saco yo eso? La tentación para responder y enfrascarnos a discutir sobre la naturaleza de una iniciativa presidencial, que ni siquiera al Noroña se le alcanzó a ocurrir, cedió el paso al obligado pragmatismo del agosto culichi: con este calor quién va a andar alegando nada.
Y una cosa llevó a la otra.
El tema ya no me soltó y me anduvo revoloteando hasta que sacó la tarea: desde ese rincón que todos tenemos en la memoria, donde guardamos estímulos tan lejanos que ya no sabemos si fueron sueños o hechos reales, me trajo la imagen de Hugo, Paco y Luis haciendo fila para votar; la razón del ágape democrático obedecía a que su tío, Ciro Peraloca, había desarrollado una sustancia que al inyectarla en un árbol, este de inmediato producía pasteles ¡Uta! En los dibujos, los camellones no se veían enrepollados sino embetunados (pausa para llorar, nomás de acordarme). La votación, como era de esperarse, tenía como objetivo decidir de qué sabor serían.
¿Necesito explicarles el resto?
De antemano acepto que quien está mal soy yo, imposible que tanta gente está equivocada, y no lo digo como recurso tramposo: entiendo que mi noción de flagrancia supera al de cualquier otro y la estadística es la estadística. Nada más les recuerdo que no estamos hablando de mí, soy yo quien está hablando de ustedes. Admito que todo puede obedecer a lo que viene ocurriendo desde la noche de los tiempos, donde el ritmo del progreso termina por rebasarnos en algún momento de nuestras vidas, para luego dejar de comprender al mundo y a la gente porque quedamos obsoletos; puede ser, no lo niego, pero mientras me lo demuestran, no puedo dejar de señalar que veo muy generalizadas, conductas propias de un mundo paralelo sujeto a otras leyes naturales a las que no les hallo cuadratura; para acabar pronto, en más de un círculo estamos viviendo una realidad artificial –eso no es novedad- que no hace mucho solo era concebible para unos conspiranoicos enfebrecidos; lo de la pandemia hoy, es otra realidad que hace seis meses resultaba inconcebible, pero para los siguientes seis no hay bronca porque la vacuna ya está, nomás falta decidir el sabor; no debemos sorprendernos, porqué hay cada fenómeno…Yo no creo en Dios, pero tratándose del nazareno sí lo admito como realidad histórica; el tipo sí existió y el martirio fue real, eso se lo respeto al igual que a Espartaco, por lo que me parece lamentable a dónde lo hicieron parar; pasó a formar parte de la servidumbre: eso de andar abriendo mares para que circulen los peatones…ahora Dios está para evitar que se pegue el arroz, para que el tiempo sea perfecto, para que sin condón no me pase nada y para que se muera el que odio; desde el cielo está pendiente de mí pues hace home office 24/7, así elabora el plan que tiene para mí, detallado milisegundo por milisegundo para que yo ya nomás me deje llevar; deduzco todo esto a partir de las numerosas publicaciones que aparecen en todas partes: todas se dedican a recordarle sus obligaciones, a dictarle su comportamiento, a fijarle sus intereses y a ofrecérmelo para que me resuelva lo que ocupe. No he visto ninguna llamando a cumplir nuestras obligaciones para con él. Si eso hacen los que dicen creer en él… Bueno, hasta de guarura lo traen en esa expresión de ¡Dios conmigo! ¿Quién contra mí?
Yo era de los que presumía que mi apá era Batmán.
No me queda claro tampoco, un enunciado que según parece es global: el derecho a la felicidad ¿A qué se refieren? Conozco un chiste donde un genio perverso hace alusión a una de sus múltiples posibilidades, pero tengo la corazonada de que no es por ahí. Hasta donde sé, ninguna constitución en el planeta lo contempla, tal vez porque la felicidad pertenece a la esfera de la experiencia personal y, por lo tanto, no hay una felicidad que pueda ser generalizable, pero lo mejor de todo esto es que el derecho va para todos y con refill ilimitado, lo cual exime a los demandantes de tener que justificar cómo se lograría ese derecho; así, espulgando, me parece que el consenso mayoritario apunta a que la felicidad consiste en una vida regalada y sin contratiempos, donde les caemos bien a todos los que nos interesa caerles bien… y quienes nos caen mal se sacan el avión. A mí me parece que es obligado preguntarse, cómo se pretende alcanzar el derecho a la felicidad sin haber alcanzado antes el derecho a una buena alimentación, el derecho a una buena educación, el derecho a la seguridad, pero… a la felicidad no la alcanzas con esa actitud.
La verdad, a veces sí se me figura que quien me lo dice es Blanca Nieves o la Cenicienta. ¿Dónde se mete Maribel Guardia cuando uno la ocupa?
Vale la pena releer Para leer al Pato Donald, nada más por el gusto culposo de ver hasta ¡doooonde!
Por cierto Invasion of the Body Snatchers (película de 1978), donde actuan Donald Sutherland, Brooke Adams, Leonard Nimoy y Jeff Goldblum, para mí gusto es la mejor versión; la estoy viendo y le sigue funcionando todo.