ZONA POLITEiA; 2021: notas para un balance de la vida pública.

22 de diciembre de 2021

César Velázquez Robles

Estamos entrando en la recta final del 2021. Ha sido un año bastante complicado. Siento que estamos perdiendo el rumbo como colectividad, porque ha imperado el desencuentro, la crispación y la polarización. Estos días, a propósito de la disputa por la revocación de mandato, lejos de propiciar un mínimo acuerdo entre los actores de nuestra vida pública, nos han distanciado más, abriendo una profunda brecha: la nuestra es ahora una sociedad fracturada, escindida, por más que la figura presidencial pueda presumir altos niveles de aceptación y popularidad, a los que, por lo demás, no fueron ajenos presidentes como Fox y Calderón.

Pero “dum spiro spero”, como solía decir el camarada Trotsky.  Mientras hay vida, hay esperanza. Y no hay que perder la esperanza de que Dios ilumine a todos y sepamos encontrar las convergencias necesarias para (re)construir un sólido entramado democrático que respete la legalidad, el Estado de derecho; que reconozca el valor de un modelo de control recíproco para una convivencia civilizada; la importancia de los órganos de Estado con autonomía constitucional, y que neutralice las consecuencias y efectos más nefastos de una espiral incontrolable de violencia e inseguridad que se expresa en un indicador brutal: más de 100 mil muertos en escasos tres años de gobierno.

En este fin de año, me gustaría hacer un balance que dijera algo así como esto: la democracia mexicana se ha consolidado. Las libertades democráticas, el pluralismo, la tolerancia, se han afirmado como los pilares básicos de la convivencia colectiva. El país tiene rumbo. Tiene viento favorable porque sabe a dónde va. Nuestro gobernante es un estadista, porque, como dice Agnes Heller, ofrece a cada ciudadano un proyecto compartido de nación, libre de prejuicios. La paz y la tranquilidad, la seguridad física y jurídica de cada mexicano, ha sido garantizada, haciendo que por primera vez en muchos años, el Estado cumpla con su responsabilidad primigenia. Nuestra vocación republicana se ha afianzado, el Federalismo ha roto con su tradición centralizadora, y las regiones despliegan toda su potencialidad, desarrollando formas de cooperación que estimulan un crecimiento equilibrado. Gracias a esta cooperación y a convergencias estratégicas de todos los sectores, el país ha logrado un crecimiento sostenido, enfrentando la crisis sanitaria y económica que recorre el mundo. Tenemos un horizonte más despejado, y nos preparamos para que este tramo final del gobierno fortalezcamos nuevos consensos para enfrentar unidos en la diversidad, los retos y desafíos del futuro.

Un capital político que no construyó capital social

Bueno, algo de esto he escuchado en los informes que frecuentemente ofrece el presidente. Pero nada –o casi nada– es realidad. Punto por punto, caminamos hacia atrás. Es una lástima que habiendo podido construir con ese enorme capital político un enorme capital social, se haya dado a la tarea de confrontar, a exhibir sus prejuicios, a dividir la sociedad, con su vieja concepción maniquea, en buenos y malos. No hay país que pueda tolerar por mucho tiempo esa forma de gobernar. Así, solo se van acumulando más rencores, más resentimientos, más barreras que nos separan como mexicanos. Y una sociedad dividida solo puede aspirar a ser rehén del presente y a tener su futuro hipotecado.

Con ello no quiero decir que haya que renunciar a expresar nuestros desacuerdos y desavenencias. Lo que quiero decir es que el poder no debe ser utilizado para alimentar los prejuicios, sino para buscar los acuerdos elementales que den curso a una mejor convivencia; y que debe entender que una democracia solo puede sobrevivir si dispone de un sistema de contrapesos que impida todo ejercicio arbitrario de ese poder. Más todavía, cuando ese poder político, como hoy en México, está excesivamente concentrado, y que obliga a un comportamiento ético y moral que reconozca en los adversarios interlocutores legítimos con quienes puede y debe dialogar, tender puentes de entendimiento y construir consensos al tiempo que respeta los disensos.

Si, ya sé que no es fácil. Menos, cuando ese poder viene de una cultura autoritaria largamente sedimentada en nuestra práctica política. Cuando desde el poder se recurre a un lenguaje endurecido, de madera, que solo arroja bloques en el espacio público, no puede ser factor de unidad. No tengo ninguna duda de que, por ejemplo, frente a los asuntos que hoy ocupan un espacio privilegiado en la agenda pública como la revocación de mandato, si el recurso del diálogo se impusiera –y que se imponga debe ser una exigencia, pues los protagonistas: ejecutivo, legislativo, judicial y órganos autónomos que son órganos de Estado— podrían acercar posiciones, pero si lo que impera –como ocurre en realidad—es un lenguaje excluyente, que descalifica, se agranda la brecha, se profundiza el conflicto, se ahondan las contradicciones.

Corresponde al poder la responsabilidad de distensar el ambiente. Por la simple y sencilla razón de que debe ser el articulador de los consensos, y preocuparse de incorporar el disenso a un proyecto común: consenso y disenso son las dos caras de la moneda de todo orden democrático. Y el lenguaje es clave. Ahora que tanto felicitan y se felicitan por el triunfo de Gabriel Boric en Chile, deberían leer y releer el discurso, sobre todo en la parte y en los términos en que se refiere a su adversario ultraderechista, a quien reconoce como una parte fundamental de la vida política chilena, y con quien deberá de contarse para construir juntos un mejor futuro para todos. Si tan solo con esa lección se quedasen, estoy seguro de que otro gallo podría cantarnos.

En fin, creo que el balance que nos deja el 2021 no es muy bueno. No hay entre nosotros un ambiente de concordia, de cooperación, de respeto. De mantenerse esta dinámica, los acontecimientos políticos del futuro inmediato y mediato harán del espacio público un campo de confrontación que seguramente dejará vencedores pero a un costo político gigantesco.