MECHE CARREÑO Y SU CURRICULUM

DOS A LA SEMANA

Jorge Eduardo Aragón Campos

A meche Carreño todo mundo la recuerda por sus atributos físicos y los atrevidos papeles que hizo como actriz, pero por dos razones yo no; la primera, porque ella misma así se asumió siempre, como actriz: nunca pretendió hacerla de cantante o de vidente o algo así. Me gustaba su integridad; mi segunda razón para admirarla era porque tenía un pinche culazo! Que qué bueno le salió: era lo único que podía aminorar el efecto negativo producido por el inocultable hecho de que estaba más fea que pegarle a Dios.

Confieso que sí me hizo sentir mal su muerte; me produjo un justificado sentimiento de culpa mi ingratitud de diputado plurinominal hacia ella; se las voy a poner barata: tenía 30 años que la había borrado de mi memoria. Nadie se merece tanto olvido. Por eso y porque el cerebro es mi segundo órgano favorito, escribo este artículo sin recurrir a san Google: lo menos que se merece, es me esfuerce por recuperar los vestigios de su paso por una etapa donde ya estas encarrerado para tu despegue, y hasta una piedrecilla sobre la pista ejerce influencia e impacto para todo lo que dure el trayecto hacia adelante.

Meche Carreño es parte del exuberante patrimonio cultural mexicano, el verdadero, al que le dimos la espalda porque nos quedó grande. Migró de Veracruz a la CDMX para estudiar artes en la Andrés Soler, su círculo era el de los exponentes más avanzados de una revolución contracultural global, que enfrentaban en México uno de los momentos más intensamente represivos de su historia moderna: De 1964 a 1976,  la censura mexicana se asemejaba a la de Franco en España, a la de Castro en Cuba o a la de Pinochet en Chile. Estaba prohibido tocar música de rock en toda clase de espacios públicos; el aborto y el divorcio implicaban la muerte civil, cuando no la real o la cárcel; las expresiones de homosexualismo eran consideradas delitos por atentar contra la moral pública… era toda una atmósfera impregnada de miedo que no obstante su tamaño, fue enfrentada por un pequeño grupo de artistas que hizo del cine su paso de Las Termopilas: de ahí ya no pudo pasar la censura.  Es ahí, entonces, que meche hace teatro, cine y relaciones con Jodorowski, Isela Vega, Emilio –el indio– Fernández, Helena rojo,  Carlos Ancira… tenía su empaque. No fue encueratriz, aunque pudo serlo, pues comienzo a recordar que tenía un culazo! Esa minúscula célula de la resistencia libertaria, fue la simiente de lo que poco después se conocería como “el destape mexicano”, con películas cuyas temáticas abordaban tabúes como la pedofilia, el homosexualismo, el incesto, el lesbianismo, etc. para desembocar más tarde en propuestas más abiertas y audaces de creadores como Arturo Ripstein (El Castillo de la Pureza, El Lugar Sin límites) y Jaime Humberto Hermosillo (María de mi Corazón, La Tarea), siendo entonces la matriz de donde provienen nuestras figuras actuales como Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón, que han logrado el éxito más por sus habilidades industriales que por sus propuestas de fondo, pero eso ya es más atribuible y es otro tema.

No es coincidencia que el nombre de Emilio –el indio- Fernández resuene en dos de los mejores desnudos que el cine mexicano ha dado al mundo: el de Rosalba Brambila en “El Rincón de las Virgenes”-1972-, donde Fernández hace uno de los papeles principales, y el de Meche Carreño en “La Choca”-1974-, dirigida por él. De ahí sacamos el invento de la ecuación india de dos factores para convertir el porno en erótico: a toda escena con monas bichis, se le agregan sudor y gasa de algodón y listo. Rosalba Brambila era una especie de niña inocente y bonita, nadie se esperaba que fuera a mostrar los dos lados de su credencial del INE en “El Rincón de las Vírgenes”, durante una inolvidable secuencia submarina donde sólo viste una bata de gasa de algodón, sin nada abajo; esa imagen fue suficiente para borrar su fama de niña, porque desde entonces nadie se ha vuelto a acordar de su cara. Que era muy bonita, por cierto. O es… capaz por ahí anda todavía. A diferencia de Rosalba, en el de meche no hay sorpresas: inicia con un plano general donde ella está desnuda y de culazo… perdón… de espaldas, parada sobre la cama; con una postura que imita a la Venus de Milo, gira casi 180°mientras un lento acercamiento trae a full su rostro jadeante, con la expresión ansiosa de quien acaba de librarse de ser lapidada y se apresta a retomar de nuevo la vida; entre la mirada del espectador y su cuerpo desnudo, un mosquitero de gasa de algodón (aquí les decíamos “pabellón”) despoja de vulgaridad a la escena y establece (como una de sus muchas posibles lecturas) que “La Choca” no es una película de temática sexual, sino marxista, permeada por la visión de que la presión social determina aquellas respuestas nuestras que provienen desde la profundidad de la condición humana, que en este caso serían la endogamia y el gregarismo. Miguel Ángel Velázquez Tracy (QEPD) y Sergio López, aventuraban que la historia podía ser vista como un tributo fársico a “Lolita”, de Nabokov, similar al de Mel Brooks en su “High Anxiety” -para honrar a Hitchcok y a Freud; concluían con que la moraleja de “La Choca” era que carita mata experiencia; sí había algo de eso, “el indio” Fernández sabía muy bien que era inevitable el conflicto al hacer rivalizar a Pilar Pellicer con meche Carreño, dos anatomías gemelas separadas sólo por la edad. Cuando se estrenó en el Cinema Reforma, se sentía la tensión propia de cuando es inminente un gran enfrentamiento popular: a primera vista se notaba que el público éramos puros hombres, divididos en dos grupos antagónicos cuyos estandartes lucían el portentoso culazo al que adoptaban como faro ideológico. Yo estuve al margen: desde un tiempo antes ya había registrado domicilio en cada bando. Si la sangre no llegó al río, fue porque todos teníamos ocupadas las manos en tareas más urgentes y perentorias.

Meche fue lo contrario a lo esperado en las artistas come hombres: nunca logró conectar con el “star system” local, ni en los sectores altos de la sociedad capitalina mexicana. Tampoco le hizo mucho la lucha: su genotipo y su belleza eran más autóctonos que europeos, no embonaban con el México aspiracional y presuntuoso de aquel momento. Mucha de la crítica hacia ella era más discriminatoria que artística; la verdad es que ella no era fea, sino algo peor: era india… era india y se ganaba la vida mostrándose bichi. Fue una persona valiente, pero salada: la suerte no le favoreció. Se casó dos veces, en ambos casos con hombres del ambiente intelectual y artístico, nunca se escuchó nada sobre algún maltrato o algo así, por el contrario, ambos cónyuges se distinguieron por apoyarla en su carrera; del primero se divorció, creo, mientras del segundo enviudó siendo todavía muy joven, después de eso hizo algunos pocos trabajos más, cada vez más espaciados, hasta que hubo un día donde nadie en el mundo del espectáculo notó que se había marchado sin despedirse. Alfonso de la Vega (QEPD) coincidió con ella en un taller de teatro de Seki Sano, sin llegar a ser amigos mantuvieron trato un tiempo, la describía como una mujer “de tiro”, es decir una persona con anteojeras en los costados de la cara para impedir la visión periférica, como se hace con los caballos. Para redondear su opinión sobre ella, poncho concluía con “es una mujer que sabe lo que quiere, y eso que quiere sólo lo sabe ella”.