Jorge Luis Telles Salazar
Hay quienes piensan que Chris Robertson, el jardinero derecho de los Mayos de Navojoa, dejó caer, deliberadamente, el elevadote de Carlos Gastelum en territorio de foul, para impedir que José Juan Aguilar, que estaba en la tercera base, anotara con facilidad la cuarta carrera de los Naranjeros de Hermosillo, en ese demoledor ataque de siete, en el cierre del séptimo inning, del último partido de la serie final, celebrado en el espectacular estadio “Sonora”, de la capital de la vecina entidad al norte del país.
A mi juicio, el norteamericano hizo todo lo humanamente posible por capturar el inofensivo globo, que perdió en el último momento, cuando Pepe Aguilar ya venía como bólido al pentágono, en lance natural del pisa y corre. La pelota se le escabulló, primero del guante y luego de sus manos y la situación, entonces, quedó exactamente igual: casa llena, un solo out y con Hermosillo ya arriba en el marcador, aunque por diferencia mínima de 3-2. Debió marcársele error y por ende ensuciar la posible carrera anotada, así como 6 de las siete del fulminante racimo.
De atrapar la pelota, hubiese representado el segundo out y aunque la casa hubiese seguido llena, la situación ya hubiese sido diferente para el lanzador; pero, como el beisbol castiga, al siguiente envío, el “Chispa Gastelum” respondió con una línea de hit al jardín izquierdo, que, para colmo de males, todavía pifió John Weber y ahí se le acabó el mundo a los Mayos: un 5-2, desolador, a esas alturas. Todavía Zelous Wheller – refuerzo procedente de los Algodoneros de Guasave – atizó salvaje cuadrangular por el callejón del left-center, que vino a ponerle la cereza del pastel a la victoria naranjera, forjada precisamente en ese séptimo episodio.
¿Por qué sucias 6 de esas 7 carreras?
Porque antes del turno de Carlos Gastelum, ya con el juego empatado a 2 – gracias a imparable remolcador de Jonathan Aceves – Jerry Owens (que fue el campeón bateador de la temporada) conectó una rola por la segunda base, que perdió Carlos Orrantia en su desesperación por consumar una eventual doble matanza salvadora. Fue una marfilada clara. Extrañamente el anotador oficial de Hermosillo la acreditó como hit para Owens y eso fue lo que mandó a los Naranjeros adelante 3 contra 2. El principio del gran desastre.
De regreso a la jugada de Robertson, en terrenos de foul del jardín derecho, era obvio que ya no lograría el out en el plato, porque el fildeo era en una situación incómoda para su tiro; pero, a mi juicio, si la dejó caer intencionalmente, para evitar momentáneamente la inevitable carrera (que no creo) fue una equivocación por demás lamentable. Situaciones como éstas no son del todo extrañas en el beisbol y a lo mejor en un partido de calendario regular uno pudiera entender la reacción del pelotero a la defensiva; pero… ¿en un juego de campeonato? ¡Por favor!
Total, un elemento más a aportar en esa estrepitosa debacle de los Mayos. En ese séptimo inning de verdadera pesadilla para el manager Lorenzo Bundy y su gente.
Hasta antes de la sexta entrada, los Mayos ganaban 2-0, gracias a un cuadrangular del cubano Luis Fonseca y a un hermético pitcheo de Salvador Robles. Los seguidores de Navojoa – ubicados encima de la caseta del equipo visitante – celebraban out por out y bebían cerveza en toneles. Llegaron a estar a 9 outs de la gloria; pero, por desgracia, hay que sacar 27 y a final de cuentas, se quedaron lejos de la meta, como resultado de ese ataque demoledor de los Naranjeros, muy parecido al del tercer partido, en el octavo capítulo, en un juego que, pienso, sentenció la suerte de la tribu. Navojoa jamás debió perder ese encuentro y sin embargo…lo perdió.
Un racimo de carreras, clásico, como suceden esta clase de situaciones, cuando se dan en un partido de beisbol: bases por bolas, errores mentales, imprecisiones, desconcentraciones, equivocaciones de marcaje de parte de los señores de azul, los llamados hits “con ojos” y finalmente el gran batazo, aniquilador. En el caso que nos ocupa, habría que agregarle la complacencia del manager Bundy para su pitcher abridor: Salvador Robles. Era evidente, muy claro, que Chava ya no tenía nada en la bola porque sencillamente tiró todo a lo largo de seis entradas simplemente extraordinarias. Robles debió salir, tras embasar a los dos primeros bateadores del séptimo rollo, sin out de por medio; pero solo dejó el encuentro cuando la situación ya era prácticamente insalvable. Quizás un buen relevo hubiese vuelto a los Mayos a la vida; pero…¡qué va! Fueron sencillamente horrorosos.
Así las cosas, una entrada que comenzó con Mayos arriba 2-1, terminó con Navojoa en la lona, 8-2 y con casi 500 seguidores de la tribu desencajados en el graderío, en contraste con la euforia colectiva de los otros 16 mil 500, que llenaban el estadio “Sonora” y que sabían ya que era cosa de tiempo la conquista del campeonato número 16 de la historia.
Y fue así. Irremediablemente.
La afición de Naranjeros tiene fama de fría e indiferente; pero esto solo se da en el rol regular. Los fanáticos sufren una metamorfosis espectacular durante los “pley offs” y cuando se trata de un nuevo título, lo festejan hasta el delirio. Y es que pasa algo: la gran mayoría de estos 16 campeonatos, los ha conquistado siempre con el encuentro decisivo en gira. Pocas veces se han coronado en su parque. La última de ellas databa desde el año de 1995, justamente cuando vencieron a los Tomateros de Culiacán.
La noche del miércoles, para no ir muy lejos, el estadio parecía panteón, con un público prácticamente en silencio, desconcertado e inquieto; pero lo que pasó en el séptimo capítulo fue como un volcán en erupción.
Y bueno, nos guste o nó no queda otra cosa que decir: ¡salud campeones!.
Bien merecido.
Y hasta aquí por hoy. Ya vamos de regreso a Culiacán.
Por allá nos vemos.
Y que Dios los bendiga.