ANDO POR LA PLAZUELA     

No busco conciliar

sino un epitafio adecuado.

                                                                                  -México como síntoma: la miseria moral institucionalizada.

Es un acto de mezquindad escatimarle logros a alguien sólo porque no se coincide en ciertas premisas con él. Y si algo tengo que reconocerle a Andrés Manuel López Obrador es que, en mi caso, tuvo la facultad de despejarme algunos desaciertos.

Desde hace tiempo me daba la impresión de que este país no tenía remedio, guardaba algún margen de optimismo por el patrimonio moral que las personas que lo conforman como población tendrían, esa idea que el mismo Peje expresó como “reserva moral del México profundo”. En realidad, en este sentido lo mío era más bien ceguera, una conclusión a la que no había llegado por una mínima lógica, sino que adopté irracionalmente de tanto escucharla desde hace mucho como condición dada en el mexicano.

Andrés Manuel, como si fuera psicoanalista, ejerciendo su “performance” de hijo del pueblo, me descubrió la realidad y me hizo recordar que no hay ignorante que pueda ser virtuoso, la construcción de civilidad, que no es sino la búsqueda de la convivencia lo más armoniosa posible dentro de nuestras contradicciones, requiere de instrucción por el simple hecho de que el medio en el que nos desenvolvemos desde hace siglos es en mayor medida artificial, como construcción humana se requiere cierto conocimiento para ser funcional al artificio que es la civilización.

Y precisamente en este sentido lo que me ha dejado claro, sin duda alguna, la administración de López Obrador, es que México es un país de profunda miseria moral, en donde apostó a sobornar con el presupuesto a la mayor cantidad posible de personas para que mansamente laman la mano; estrategia que tiene como antecedente directo la forma en que dimos carta de naturalidad al narcotráfico y su dominancia en nuestro cotidiano.

Esta miseria moral no es obra sola de Obrador, simplemente es la forma nueva de hacer política que tiene la simpleza de pasar de la simulación al cinismo más llano, vuelve las condiciones de la moral pública más descarnadas, las deja obscena y mórbidamente expuestas; uno sabe que el desagüe trae mierda, pero ese nivel de conocimiento se trasciende cuando el albañal revienta y nos impregna de su generosa humedad.

No voy a hacer un recuento de todos los lamentables lugares que el país ocupa en el mundo, como el de asesinatos, pornografía y prostitución infantil, falta de innovación y generación de conocimiento… Si en algo le importa su futuro o el de alguien por quien sienta un mínimo de aprecio, dé una googleada y hágase una mínima idea de cómo andamos más allá del Facebook, Whatsapp o Tiktok. Con todo lo señalado México no es una excepción sino un síntoma.

Boomer: La obsesión de acabar con el mundo antes de morir

Resulta paradójico que la generación de los Baby Boomers es la que más visiblemente en el ámbito público se queja del rumbo que toma occidente y su civilización, como si no hubieran sido ellos los artífices de nuestro presente posthistórico y deconstruido. Con su panfleto del amor libre y reblandecimiento de figuras referenciales tanto morales como éticas, sin la construcción del andamiaje que las sustituyera.

Es en este orden de ideas que empecé  a hacer una revisión de líderes mundiales con la  edad para ser considerados Boomers, en primera instancia por sus consecuencias y actualidad me llamaron la atención las declaraciones y acciones de Benjamín Netanyahu en contra del grupo terrorista Hamas, reacción a mi parecer lógica, hacía las acciones de secuestro y asesinato de población israelí por parte de los extremistas islámicos; sin que esto haga olvidar que el precedente directo anterior a la desgracia de Gaza,  fue la crisis interna provocada por el mismo primer ministro judío por su intento de concentración de poder, en el que maniobró para quitarle peso en el gobierno de Israel a la Suprema Corte, a través de aplicar una serie de reformas parlamentarias que fueron respondidas por la población con protestas multitudinarias en contra de las mismas.

Siguiendo el registro de mandatarios en funciones del periodo del Baby Boom recordé a Vladimir Putin y su infructífera guerra en Ucrania que va para cuatro años, la cual empezó justificándola en nombre de no sé qué gaitas por la incapacidad de reconocer su nostalgia imperial. De ahí mi memoria se traslada a finales de 2019 y principios de 2020, a la obcecación de Xi Jinping en simular que tenía controlado el COVID, hasta que el asunto le estalló en la cara, aunado a la parálisis de los organismos internacionales, particularmente la Organización Mundial de la Salud (OMS) que dirige Tedros Adhanom Ghebreyesus (60 años), que terminó en la mayor crisis económica, humanitaria e institucional de lo que va del XXI.

En este repaso de actores es inevitable la reflexión de la actitud del entonces presidente mexicano López Obrador, quién en una muestra más de falta de entendimiento de lo que está por fuera del corralito de la grilla nacional, se negó denodadamente a dar una declaración condenatoria al ataque terrorista de Hamas hacía Israel en el cual se tomaron más de mil rehenes, torturaron y asesinaron a algunos de manera mórbida, entre ellos niños, en 2023. En contraste sí ocupó su tiempo en condecorar en esos días a figuras militares, que en su momento él mismo acusó de ser representantes ilustres de la descomposición de las instituciones nacionales, y también centro su atención en exacerbar un conflicto con la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) operando un acto de doma, primero de supresión presupuestal y después de reformas legislativas, lo que tiene un paralelismo escalofriante con lo arriba descrito realizado por el ultraderechista Netanyahu, sólo que en el caso de la población mexicana con una arraigada tradición de excesiva reverencia al poder, ni por asomo hubo marchas de la población, como en la nación hebrea, cuestionando las acciones del presidente.

En E.U., los Boomers han sido tan poco logrados políticamente que en la esfera del poder fue desplazada un breve momento anterior por la generación que le precede, el expresidente Joe Biden pertenece a la Generación Silenciosa. Y todo mundo pensó que no podía existir nada peor que un hombre senil a cargo de la nación más poderosa del mundo hasta que Trump tomó las riendas del país norteamericano por segunda vez, en la cual ha mostrado un cabalgante delirio que no tiene ni reparo, ni brida, la última muestra de su contrición a los ideales de libertad, hermandad universal y paz de su generación fue el de devolver su antiguo nombre al Departamento de Defensa, cambiando el complemento por Guerra.    

Hay un factor temporal común en todos los personajes a los que se hace referencias líneas arriba, aquella que declaró el prohibido prohibir, el haz el amor y no la guerra, que vaticinó la era de Acuario, la revolución de las conciencias. El derrotero ideológico de la generación del Baby Boom en su última expresión gira hacia los perfiles autoritarios. ¿Cómo hay que interpretar las últimas decisiones políticas de estos representantes?        

¿Es una declaración política de arrepentimiento hecha en su cenit? Olvídense de todos los frutos del legado hippie y la sicodelia, todo era mentira: necesitamos más orden que libertad. Es la respuesta de la capitulación moral en los hechos de la generación hija de los ismos del XX.

-La virtualidad salvaje-

Toda intención interpretativa tiene trampas, en este caso una de ellas es que para considerar a alguien un “Baby Boomer” se necesita que haya crecido en lo que concebimos históricamente como Occidente, definición ya de por sí porosa.

A diferencia de Trump, con riguroso criterio ni Xi Jinping, Vladimir Putin o Benjamín Netanyahu pueden considerarse estrictamente occidentales, y en el caso de López Obrador podría aplicarle el término de manera muy limítrofe, en tanto Latinoamérica, en lo que se refiere a cultura, puede tomarse como una singularidad dentro de Occidente. Lo que sí se puede decir con mayor precisión es que comparten temporalidad generacional, actitudes autoritarias (francas o veladas), así como un manejo público teatral y cínico en el ejercicio del poder.

Puede resultar contradictorio entonces que la generación de mediados del XX que ejerce en el presente el poder político y económico tenga una actitud de extrañeza hacía los devaneos existenciales de sus hijos o sus nietos (¿perrhijos, perrinietos?), cuando estos pueden verse perfectamente como la consecución y consecuencia de las premisas obnubiladas aplicadas como ideologías íntimas y principios educativos toda la segunda mitad del siglo pasado, el cuerpo de pensamiento generado a partir de todos los ismos de este lapso de tiempo tienen el gran defecto de ser sólo revisionistas, es decir, son en el mejor de los casos métodos de análisis o crítica a estilos de vida y cuerpos de pensamiento anteriores, en su mayoría no ofrecen soluciones sino que observan lo que les parecen defectos y las pocas respuestas están planteadas desde lo idílico o subjetivo, incluso los que presumen el adjetivo de materialistas no son sino ensoñaciones intelectuales.

No es extraño que Europa occidental en lo político este dando en su conjunto virajes hacía opciones de derecha que optan por apelar a la nostalgia de los “valores de antaño”,  que es otra ilusión pero también una declaración de inviabilidad práctica y existencial de los preceptos posmodernos que configuran nuestro comportamiento como sociedad, reflejado ya en bajas tasas de natalidad, en algunos casos irreversible, de países desarrollados, así como en el pesimismo actual dominante en la perspectiva de futuro mundial.

La generación de los Baby Boomers en gran medida dilapidó irracionalmente la mayor concentración de recursos materiales registrados en la historia humana, subyace cierta lógica en el hecho de que no reconozca como parte de su obra la delirante mentalidad de sus descendientes, donde las categorías más simples como hombre-mujer, arriba-abajo, esfuerzo-recompensa, humano-animal, pretenden sean abolidas y supuestamente superadas por el concepto balbuceante de moda (¡Oh Da-da! Diría el vestigial surrealista), enunciable pero inoperante para tratar con la realidad circundante. No reconocen su creación porque como generación han desplegado su recorrido vital en un entorno de abundancia exuberante, en relación a las generaciones predecesoras y sucedáneas, de la cual la mayoría no es consciente, no es casual que la aparición y duración de los Estados del bienestar correspondan a este periodo histórico. Han discurrido en algo parecido al frenesí de la etapa adolescente o primera juventud en la cual nuestro accionar es en gran medida impulsivo e inconsecuente, la algidez vital provoca embotamiento mental.

No es por generación espontánea que estemos lidiando con esta humanidad huérfana de referentes claros y con ideas confusas, ante una realidad compleja que la avasalla, pero muy pendiente del estimulante reflejo narcisista que la tecnología nos ha puesto a la mano. Es resultado de la cavilación idealista y revoluciones fracasadas sin asideros realistas, posibles gracias a una despensa llena y recursos desbordados, así como cierta mezquindad inconsciente que provoca la sensación de falsa autosuficiencia. Y surge la pregunta frente al pasmo existencial: ¿Quiénes son estos seres jóvenes extraños que me acompañan y que actúan contra toda noción de sentido común y de supervivencia? ¿De dónde salieron? ¿Qué relación tengo con ellos? No sin cierto rasgo esquizoide se reniega de la descendencia y se le desconoce porque aún no se es consciente de que es la resaca después de los excesos.