¿NI DIOS LO HUNDE?
Jorge Aragón Campos
Las similitudes entre el sexenio de Salinas de Gortari y el de Peña Nieto son sorprendentes, pero tampoco estamos hablando de una copia al carbón. No voy a malgastar tinta enumerando qué los hace similares, cuando en este mismo medio Jorge Luis Telles ya lo hizo acuciosamente en su columna Agenda Política y en la videoserie Testimonios, así que paso a señalar las diferencias.
La primera es cómo llegaron.
Salinas dejó los pelos en el portillo con su elección, de hecho hoy existe un consenso más o menos generalizado en el sentido de que perdió. De ese tamaño. Sin embargo, para el inicio de su segundo año de gobierno ya gozaba de una manifiesta tendencia a la aprobación, que llegó a ser alta durante los siguientes tres años, hasta tronar en el último. Peña Nieto en cambio, obtuvo un triunfo claro y los intentos por restarle legitimidad a su mandato nomás no prendieron, salvo en los sectores fundamentalistas del lopezobradorismo; si agregamos que el priista ha cometido más de un acierto en estos quince meses de gobierno, no hay una explicación para que su aceptación sigua en caída libre, es decir, le está ocurriendo lo contrario que a Salinas.
No levanta. Ni con Viagra, dijera un lépero.
Desde los romanos, todos los gobiernos, de todos los países, durante toda la historia, han aplicado la infalible regla de que al pueblo se le debe dar pan y circo, así ha sido desde entonces y así lo seguiremos viendo, mientras la formulita siga demostrando efectividad. Nada más que los romanos acuñaron “pan y circo”, no “circo y pan” y ello porque aquí el orden de los factores sí altera el producto: primero es el pan y después el circo, porque al revés no importa que tanto ni que tan bueno esté el teatro, con la panza vacía el respetable no va a aplaudir así la función sea con todo y animales.
¡Es la economía, estúpido!
Ya lo sabemos todos: en lo económico, el año pasado estuvo por debajo de cualquiera de los anteriores doce del panismo. Pero eso no es todo: el desempeño durante estos dos primeros meses del año actual, han bastado para que las calificadoras bajen el pronóstico de crecimiento de 3.8 a 3.1, por lo que si el ritmo se mantiene, para noviembre ya les vamos a estar debiendo. Por cierto, esas mismas calificadoras son parte del coro que puso a Peña Nieto como el salvador de México, y a Videgaray como el mejor secretario de Hacienda del año pasado. Sigan festejando los reconocimientos extranjeros, y reclamando por qué al interior se los regateamos, como si en las elecciones que vienen para el año que entra las casillas fueran a instalarse en el edificio de la ONU.
La conclusión es simple: falta pan, las billeteras de los mexicanos están vacías y la solución por la que optó Hacienda fue echarle gasolina al fuego, con una mal llamada reforma fiscal que bien a bien no se entiende qué diablos pretende, pero que muy bien jode. Nada más un ejemplo, el de los Pequeños Contribuyentes, que este año no pagarán impuestos en lo que se adaptan a un nuevo sistema administrativo (requerido por Hacienda); pese a dicha ventaja, nada más en Sinaloa han cerrado ya trescientos de esos negocios, del primero de enero para acá, y especialistas calculan que a nivel nacional la cifra pudiera ascender a doscientos mil, por lo complejo de los trámites. Pero lo que en verdad resulta sensacional es que, según la propia Hacienda, la recaudación subió en enero, es decir que sin cobrarle un cinco a los Pequeños Contribuyentes se captó más dinero. Como dijera el clásico: ¿pero qué necesidad? Y conste que esto no es lo peor, en los tribunales no hay día sin noticias sobre juicios ganados en contra de la autoridad fiscal, situación que promete seguir pues se espera se presenten alrededor de ¡sesenta mil amparos! Aclarando que el referente al IVA fronterizo, por razones de estrategia legal, se presentó como uno solo.
Bien decía el viejo Carlos Marx que la historia siempre se repite, solo que primero como drama y después como farsa. A Peña Nieto le ha faltado lo que a Salinas le sobró: un buen secretario de Hacienda. Y en un descuido podemos hacerlo extensivo al resto del gabinete, salvo contadas, raras y honrosas excepciones. La desaprobación hacia el presidente crece, en la medida que la economía baja, y a este paso para el año que entra Peña Nieto será un mandatario débil. Pero que así sea, porque así lo ha decidido el que manda: Videgaray será el iceberg que agujere el casco del insumergible nuevo PRI.