DOS A LA SEMANA

EL FRACASO CULTURAL

Jorge Aragón Campos

            Con motivo de los festejos de nuestra ciudad, tuve el honor de compartir créditos con Ronaldo González y Francisco Padilla en una mesa redonda sobre políticas culturales.

Ante la estatura de los otros dos exponentes, opté por hacer a un lado todo esfuerzo de teorización sobre el tema y mejor me fui por el camino de la tragedia, nuestra tragedia.

Poniendo a un lado el periodo del general Leyva Velázquez, porque todo lo excepcional debe ser visto por aparte, la verdad es que las políticas culturales en Sinaloa se inician con el gobierno de Alfonso G. Calderón, quien fundara DIFOCUR. Desde entonces la cultura ha formado parte de la labor gubernamental y cada gobierno ha impreso su sello característico, aunque a todos los unifica el fracaso.

Terminologías al margen, se debe reconocer que la aspiración de las políticas culturales es aportarle a la calidad de vida de los sinaloenses, incidiendo en la parte intangible de los satisfactores que contribuyen a crear el perfil del ciudadano, un renglón en el que, por decir lo menos, hemos sufrido un retroceso gigantesco.

Después de tantos años de esfuerzo, al menos aquí en Culiacán no tenemos ningún indicador que nos permita decir que estamos mejor que antes, muy al contrario, los culichis cada vez parecemos más animales que seres humanos; nuestro grado de incivilidad a crecido a niveles de vergüenza, con el regreso de conductas que ya habíamos superado, como los embarazos de adolescentes, cuyo índice ya va para varios años disparándose, sin dejar de mencionar el espíritu suicida que se ha apropiado de nuestros jóvenes, y que cada fin de semana tiñe de rojo las páginas de los periódicos con accidentes automovilísticos mortales, que más que accidentes son verdaderas estupideces que nunca debieron ocurrir. Lo peor de todo es que resulta motivo de orgullo el ser irresponsable, parrandero y jugador, además de resultar abominables las conductas propias de gente con un mínimo de educación y respeto a las normas de convivencia civilizada. Ya no es un problema de pobreza cultural lo que padecemos, es de miseria moral.

A ese grado hemos retrocedido, es un verdadero crimen el que hemos cometido todos los que presumimos de “hacerle a la cultura”, y nos obliga a repensar todo lo hecho y el grado de compromiso y esfuerzo que le dedicamos. Más vale y encontremos la manera de hacerlo bien (bien, no mejor), porque las consecuencias de nuestros desaciertos ya nos alcanzaron a todos.