Palco Premiere

= MIS DIEZ CAMPEONATOS =

 

= En la temporada de la mexicanización, cayó el cuarto.

= El quinto, único en gira, en la ciudad de Mexicali.

= Y el sexto, once larguísimos años después.

 

Jorge Luis Telles Salazar

(Segunda de tres partes)

 

En enero de 1980 no hubo campeonato pero si subcampeonato, justo par de años después del multi reseñado cuadrangular de Jesús Sommers, que representó el tercer título para Tomateros de Culiacán. Sin embargo, en esa temporada, la 1979-1980, comenzó a escribirse un atractivo capítulo en la historia de la Liga Mexicana del Pacífico, con el nacimiento de una gran rivalidad entre dos equipos y un nuevo clásico, el clásico de clásicos del mejor beisbol del país: Naranjeros de Hermosillo-Tomateros de Culiacán.

Era ésa una época buena para los guindas: tras la coronación en el 78, Culiacán, como todo un señor campeón, arrasó con el panorama a lo largo de todo el rol oficial en el 79; pero se vino abajo, inexplicablemente, en la postemporada, misma que se jugó bajo el sistema de un “round robin”, que no le gustó a nadie, mucho menos a los señores directivos porque no representó las utilidades esperadas. Y  de ser unas fieras, toda la campaña, los Tomateros se degradaron a inofensivos cachorritos, en la postemporada y quedaron fuera de la gran final. No dejó de ser una buena actuación, sin embargo.

Y en el 79-80, otra final, ahora contra Naranjeros de Hermosillo, la cual ganó el club de la capital de Sonora en seis partidos y la que fue calificada como la confrontación de “etiqueta” por la prensa especializada, en función de la constelación de estrellas que presentaban ambos conjuntos a finales de enero del 80, prácticamente con peloteros de clase Liga Mayor en todas las posiciones. Un lujo verdadero y un deleite como espectáculo.

Precisamente los cronistas deportivos de ambas plazas, a través de sus respectivos medios de comunicación, alimentaron esa naciente rivalidad que se ha acentuado con el paso de los años y que ha convertido al enfrentamiento entre los equipos de las capitales de Sinaloa y Sonora, como el verdadero clásico del circuito invernal. Hay mucha historia en esto, como la del famoso “bolado” por la sede de la Serie del Caribe en 1997 (por ejemplo); pero, por ahora, solo le subrayaremos que, cuando Tomateros y Naranjeros están en una gran final, el beisbol de la Liga Mexicana del Pacífico adquiere, definitivamente, otra dimensión.

Y bueno, de regreso al punto de partida, déjenos contarle que Tomateros de Culiacán no tuvo absolutamente nada que “escribir a casa” – como se dice en el argot beisbolero – en las dos temporadas posteriores a esa final (80-81 y 81-82) y sucedió que en cuanto se comenzó a preparar la 82-83, los presidentes de clubes tuvieron que tomar una dolorosa decisión: jugar solo con peloteros nacionales, ante la imposibilidad de pagar salarios en dólares, por la catástrofe de las finanzas del país, situación que elevó la cotización de la divisa de Estados Unidos a niveles insospechados.

Afortunadamente la afición de la Costa lo entendió así. Comprendió lo necesario del acuerdo tomado por los jerarcas de la Liga y asistió a los estadios con regularidad. La temporada 82-83, salió adelante, a final de cuentas. Y hasta eso: mucho mejor de lo previsto.

= DULCE VENGANZA EN 1983 =

Bien.

Para Tomateros de Culiacán llegó pronto la oportunidad de cobrar venganza de la afrenta sufrida ante los Naranjeros de Hermosillo en 1980. Ya con este duelo elevado a la categoría del verdadero clásico de la LMP, disputaron la gran final en la llamada temporada de la mexicanización.

El sábado 29 de enero de 1983, se desarrolló el tercer encuentro de aquella serie titular. Culiacán estaba arriba 3-2 y ese podría ser el día de la entronización.

Justo en esa fecha, casaba mi hermano Oscar, en la sindicatura de Costa Rica, apenas meses después de que quien esto escribe había tomado una decisión similar. Chamacos los dos. El, de 26 años de edad. Quien lo narra, apenas camino a los 29.

Le llame y le dije:

= ¿Sabes que hermano? No voy a tu boda. Vamos a coronarnos ese día y yo tengo que estar en el estadio. He visto las tres pasadas y esta no quiero que me la platiquen. Quiero ser testigo de la historia.

A esas alturas de la vida, había dejado ya la sección deportiva en mi carrera periodística, para dedicarme a la fuente y a la columna política, invitado por Herberto Sinagawa, director de El Sol de Sinaloa por aquellos días – gobernaba Sinaloa Antonio Toledo Corro y Roberto Tamayo era el alcalde de la ciudad -; pero mi afición por este deporte seguía inalterable porque, a pesar de las nuevas ocupaciones, mantenía mi columna beisbolera en ese matutino, con Agustín D. Valdez al frente de la sección.

= Y ¿ya se te olvidó que eres mi padrino principal? – replicó.

= No. No se me ha olvidado; pero ya le dije a Nicolás que entrara de emergente (mi otro hermano) y aceptó. En cuanto termine el juego, me voy para allá. Te lo prometo.

Así fue.

El clásico de lujo había nacido con síntomas inequívocos de una evolución favorable para los años por venir. No importó que los dos equipos prescindieran de sus estrellas importados para utilizar solo jugadores mexicanos. El “Angel Flores”, todavía un estadio sin ninguna adecuación significativa, lucía una entrada impresionante. El encuentro, incluso, tuvo que suspenderse en diferentes ocasiones por invasión al terreno de juego. Ya no sé donde había más gente, si en las tribunas o detrás de las bardas. El ambiente, por supuesto, de campeonato.

Bajo estas circunstancias, seguí el desarrollo del partido en algún lugar de la tribuna central, desde donde disfruté el cerrado duelo de pitcheo entre los dos estelares de uno y otro equipo: Salomé Barojas por Culiacán y Maximino León, por Hermosillo. Ambos, en plan grande, colgaron los primeros cinco ceros; pero en la sexta, el juego comenzó a inclinarse para los Tomateros, cuando Víctor Manuel Félix, con Natanael Alvarado en la tercera base, elevó al jardín central, para la primera carrera del partido. Y todavía en la séptima, sencillo de Lupe Valle, sobre el relevo de Ramón Munguía, trajo dos anotaciones más para ampliar la ventaja a 3-0, ante el delirio de la multitud.

Y precisamente con ese colchón de 3-0, Barojas, en el mejor juego de su vida, llegó hasta el noveno inning; pero el final, como todos, fue dramático. Hermosillo no solo se acercó 3-1, sino que colocó en bases la potencial carrera de la igualada; pero Salomé no estaba dispuesto a permitir que nadie le arrebatara la gloria y logró el anhelado out 27, al dominar a Donald Cañedo (el mismo que hoy forma parte del cuerpo técnico de Benjamín Gil) con rola al segundo cojín, al mismo tiempo que el parque se convertía en un volcán en erupción.

Una hora después, disipados los humos de la batalla, llegué a la boda de mi hermano, hasta Costa Rica, donde me recibieron entre abrazos de euforia y amor fraternal.  Ya con el cuarto campeonato en mis bolsillos.

La cosecha comenzaba a hacerse grande.

= EL UNICO FUERA DE CASA =

Cuando Tomateros perdió, en el “Angel Flores”, el quinto de la serie campeonil frente a los Aguilas de Mexicali, las acciones de los guindas cayeron hasta el fondo en la bolsa de valores del poderoso beisbol invernal. Regresaban los Aguilas a su casa, con todo a su favor para adjudicarse el centro de la temporada 1984-1985, cuyo premio mayor consistía en representar a nuestro país en la Serie del Caribe, programada para febrero en Mazatlán, en fechas coincidentes con la celebración del carnaval internacional del puerto sinaloense.

Tomateros cayó 4-2 en ese partido y todos abandonamos el viejo coso de la colonia Almada, con la mirada puesta en la punta del zapato, sin la menor esperanza de una reacción en Mexicali. La superioridad de los emplumados había sido manifiesta, al menos durante esos cinco juegos. El escenario no era de optimismo, precisamente.

Culiacán, sin embargo, tenía vida. Y dos noches después, mitin de por medio, encabezado por Juan Manuel Ley en la casa club del “Nido”, los guindas salieron dispuestos a desplumar águilas, al reanudarse la contienda campeonil, bajo el frío glacial de Mexicali.

Ha sido el único título que no he disfrutado en vivo y a todo color. Asistí, sin embargo, a los tres en el “Angel Flores” y seguí los dos últimos (sexto y séptimo) a través de la televisión. El último de ellos, en la casa de un amigo, en la colonia Guadalupe: Cuitlahuac Rojo, por aquel tiempo, coordinador de comunicación social del gobierno de Sinaloa, que encabezaba don Antonio Toledo Corro.

Y si.

Con un encendido Nelson Barrera, Tomateros igualó la serie, con victoria de 3-1 y al siguiente día, un martes 29 de enero de 1985, brincaron al campo de juego, con la consigna de dejar la vida sobre el engramado: arranque tenso, con un 2-1 a favor de Mexicali hasta la quinta entrada, en la que los guindas hicieron explotar al abridor Rafael García, con par de carreras que voltearon las cosas en favor de Culiacán. Nelson Barrera, que había empujado una en la primera entrada, produjo estas dos, con un cañonazo de hit por arriba del short. El mismo Paquín Estrada, en su papal de manager-jugador, marcó la del empate a 2 y el norteamericano Chriss Jones, la del despegue. Una arriba; pero Tomateros ya no perdería la delantera.

Y en la quinta, los sueños de los Aguilas se derrumbaron como un castillo de naipes, ante la decepción de más de 16 mil aficionados que a punto estuvieron de quemar el estadio sobre el final, víctimas de la rabia y la frustración: demoledor ataque de 5, después de los dos primeros outs. Ese estallido ofensivo lo iluminó un cuadrangular de Dereck Bryant, un doblete de Nelson Barrera y un sencillo de Guadalupe Valle, combinado con un desastroso trabajo del bullpen de Mexicali y costosas fallas de su defensiva. Errores letales, en el resultado final.

Y mientras esto sucedía, Luis Trinidad Castillo – el pitcher del momento – nos regalaba con un soberbio trabajo de relevo, desde la cuarta entrada sobre Vicente Romo, para colgar seis ceros y rubricar la victoria y el título para Tomateros. Actuación disfrutada al ritmo del jaibol, del ceviche y la carne asada, a costillas del anfitrión, en una noche en la que hasta los mazatlecos se volvieron Tomateros, en beneficio del honor beisbolero de Sinaloa.

El equipo arribó a Culiacán un día después y se vivió, de manera improvisada, el desfile de la victoria. No con la organización, ni con la mercadotecnia de la actualidad; pero si con un entusiasmo desbordante. A control remoto; pero se gozó. El regreso de los Tomateros fue sencillamente sensacional.

Mi quinto campeonato.

= EL SEXTO, TRAS DIEZ TEMPORADAS DE VACAS FLACAS =

Como aconteció recientemente, entre el quinto y el sexto campeonato para la franquicia local, tuvieron que transcurrir once largo años y diez temporadas completas. Etapa, como siempre, de ilusiones, transformada en frustraciones y desilusiones, con el paliativo de tres subcampeonatos, que representan, de paso, tres series finales perdidas de manera consecutiva: en 1986, en el desquite de los Aguilas en situación parecida a la de 85; en 1990, ante los Potros de Tijuana y en 1995, frente a Naranjeros de Hermosillo. En esas tres, Tomateros abrió en la casa del rival y le faltó capacidad para doblegar el factor localía, con papel determinante en el balance definitivo.

Total, habían pasado once años ya entre el martes 29 de enero de 1985 y el viernes 25 de enero de 1996, día del quinto duelo de la final de la edición 1995-1996. Tomateros tenía ventaja de 3-1; pero perder esa noche implicaba regresar, para un posible y hasta un sexto juego, al “Teodoro Mariscal” y permitir el resurgimiento de los rojos del puerto, con un buen saldo a su favor hasta antes de la última fase de la campaña.

Una noche antes, Guillermo Velázquez les había dado lo que parecía la estocada definitiva: un doblete hasta el fondo del parque, causante de una espectacular voltereta en el marcador, cuando los Venados creían tener el triunfo en el bolsillo. Estaban ya heridos de muerte.

En esa serie, funcionaba un palco para invitados especiales, ubicado entre la caseta de prensa y la casa club del equipo visitante. En este caso, los Venados de Mazatlán. Era ya mi quinto año como director general de El Sol de Sinaloa – 42 años de edad – y justamente ese día, tenía visitas importantes, de los altos mandos de Organización Editorial Mexicana. Don Juan Manuel Ley, el presidente del club, me asignó media docena de asientos en ese rincón y desde ahí, a ras del terreno, seguimos de cerca ese juego de pelota. No era lo más cómodo, ni tampoco la mejor perspectiva; pero más cerca de la acción no podíamos estar.

Ya era el cuarto año de gobierno del mandato constitucional del ingeniero Renato Vega Alvarado, quien había cumplido con su promesa de mejorar notablemente la fisonomía del estadio. Lo había logrado: sobre las mismas bases y cimientos, si usted quiere; pero el “Angel Flores” parecía nuevo, por su asombrosa transformación. El aforo del mismo, para no ir muy lejos, andaba ya por los 14 o 15 mil aficionados, que esa noche se apretujaban por butacas, pasillos, escaleras y hasta los puntos  más recónditos del inmueble.

De repente, Culiacán abajo 3-0, en la misma primera entrada, tras jonrón tempranero de Wester Garrison, sobre el abridor Luis Fernando Mendez; pero Tomateros reaccionó rápido. Igualó a 4 por bando en la tercera y en la sexta se despegó 6-4, con cuadrangular de Darrel Sherman: una línea que rosó la cerca del jardín derecho y que besó, en su recorrido, el hasta bandera. Y en la octava, leñazo de tres anotaciones del zurdo Eduardo Jimenez, contra los espectaculares del prado derecho, para el 9-4 del amarre.

José Manuel Hernández paró a los Venados temprano y Ricardo Rincón se encargó del cerrojo, hasta el final: Juan Carlos Canizalez, fue el out 27, con rola a terrenos de Benjamín Gil en el campo corto para complementar la jugada en el guante de Memo Velázquez en la inicial.

Euforia justificada. Habían pasado muchos años – once por esos días – del último campeonato y celebración grande. Por vez primera sobre espacios, calles y avenidas del Plan de Desarrollo Urbano Tres Ríos, proyecto que marcó un antes y un después en la detonación de un nuevo Culiacán.

El sexto.