TIEMPOS DIFICILES

VA DE CUENTOS

Melchor Inzunza

“Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, decía Baltasar Gracián.

Mariposa

“La mariposa es un animal instantáneo inventado por los chinos.” (Libro de la imaginación de Edmundo Valadés). En Mariposas en la literatura, ofrezco al lector el cuento completo de Salvador Elizondo.

Últimas palabras

Agonizante, el dictador entreabrió la boca para decir: “Perdono a todos y cada uno de mis enemigos, con la única condicíon de que no asistan a mi entierro. Pueden quedarse en sus tumbas” (José Barnoya, revista El cuento No 91,1984)

Las nubes

Todos sabemos que las nubes no lloran, sino que simplemente llueven cuando están tristes. (Alfredo Flores Richaud, ibid)

Reencuentro

La mujer le dejó saber con la mirada que quería decirle algo. Leoncio accedió, y cuando ella se apeó del bus él hizo lo mismo. La siguió a corta pero discreta distancia, y luego de algunas cuadras la mujer se volvió. Sostenía con mano firme una pistola. Leoncio reconoció entonces a la mujer ultrajada en un sueño y descubrió en sus ojos la venganza.

–Todo fue un sueño –le dijo–. En un sueño nada tiene importancia.

–Depende de quien sueñe –dijo la mujer. Este también es un sueño. (Luis Fayad, ibid)

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. (Augusto Monterroso)

Culta dama

Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Monterroso “El dinosaurio”.
Ah, es una delicia –me respondió– ya estoy leyéndolo. (José de la Colina)

Astucia

La más bella astucia del diablo es convencernos de que no existe. (Baudelaire. Libro de la imaginación.)

Arcano

Sólo al acercarse al patíbulo se supo que aquella mujer, que tenía fama de ser bruja, era tan solo una cándida adolescente. De modo que al observar la belleza de su rostro recién descubierto, todos, dudando de la acusación, quedaron conmovidos por su hermosura y decidieron devolverle su libertad, que así, en tres tribunales distintos, había obtenido como por arte de magia. (Jaime Alberto Vélez, Colombia)

El verdugo

Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.

Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo:

–¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habíais sido tan misericordiosamente rápido con los otros!

Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:

–Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor. (A. Koestler)