DOS A LA SEMANA

NI BRUSELAS NI NADIE

Jorge Aragón Campos                        jaragonc@gmail.com

Veo en la televisión la cobertura sobre los atentados en Bruselas, cámaras y micrófonos dan voz a una mujer que vivió los bombazos, su descripción sobre el horror vivido concluye con un “Bruselas No se merece esto”. Yo me pregunto “y quién sí”.

Desde la primera guerra mundial, la región geográfica que abarca parte de África y Oriente Medio no ha dejado de presentar conflictos, va entonces para cien años con un problema que no sólo no hemos resuelto, sino sigue manifestándose de la misma manera: por un tiempo baja la intensidad, solo para regresar cada vez con mayor fuerza y abarcando mayor extensión.

Para muchos jóvenes esto es un nuevo horror, atroz e inimaginable. Pues no. Menos mal, me dirán ellos.

La sensación de situación límite que se vive actualmente en el mundo, no ha dejado de estar presente desde un siglo atrás, baste recordar la crisis de los misiles de Cuba, cuando el mundo estuvo a punto de arder en un holocausto atómico, donde lo único que sobreviviría, según los enterados, eran las cucarachas.

Antes fue la fundación del estado de Israel, con el consecuente surgimiento de la OLP, iniciando un conflicto de baja intensidad que desemboca, hoy, en lo de Bruselas, provocando en el inter la masacre de la olimpiada de Munich, personajes violentos y mediáticos como “carlos”, el famoso y sanguinario terrorista venezolano, etc. etc. etc.

Sí tenemos un problema en el mundo, y no es precisamente la violencia, sino la facilidad con que se siguen obteniendo buenas razones para recurrir a ella; es una llamada de atención para ningún país en particular, es para toda la especie, sin descartar que tal vez y en el fondo el problema no es tal, capaz que simplemente necesitamos mantenernos asustados para no perderle el miedo a tener miedo. Dejen me explico. Hay una regla de seguridad en la carpintería: sólo se lesionan los que tienen experiencia, los novatos caen raramente. El fenómeno se debe a que, con el tiempo, cuando se alcanza el grado de maestro, la relación con las maquinas es casi simbiótica, casi se funden con el hombre en uno solo y es entonces cuando la confianza brota; de ahí a distraerse mientras el acero gira a velocidades de vértigo con la mano a una pulgada de distancia, es cuestión de tiempo. Poco tiempo. Los novatos, en cambio, con el puro ruido de la maquina tienen para tratarla con el respeto propio de quienes temen. Eso es lo que me preocupa: vamos para un siglo con esta dinámica. ¿Estaremos perdiendo el miedo?