El Triste Destino de los Demócratas

Cuatro ejercicios de estilo en torno de una sola patraña

Marcelino Perelló

Publicado originalmente en la Revista Politeia No 10. / Junio -Julio de 2006, Culiacán, Sinaloa.

Parece mentira, pero habrá gente que sí vaya a votar. No lo entiendo. Las elecciones sólo resultan interesantes cuando el elegido es uno.

Papel y vidrio

El hombre me mira fijamente a los ojos, me señala con el índice y me apostrofa enérgico: Tú decides quién va a gobernar este país. Primero me pregunto por qué me hablará en ese tono. Ha de estar enojado. Y enojado conmigo, por lo visto. Sólo que sea porque no me decido a decidir.

Inmediatamente después, me pregunto porqué me habla de tú. Ni que hubiéramos jugado a la gallinita ciega juntos. En efecto, lo que sea de cada quién, yo sí lo he visto, muchas veces, en las últimas semanas. En la calle, con la espalda bien pegada a los postes, como si se ocultara de alguien que lo busca desde el otro lado. Y también me mira directamente, mientras sonríe en silencio, como si me pidiera la complicidad y que no lo delate.

Yo, que entre mis múltiples vicios no cuento con el de soplón, me he abstenido siempre de delatarlo. Pero eso no le da derecho a hablarme así, cócora igualada. No le he dirigido nunca la palabra. Y él, aunque me mire, me sonría y me hable, no me ve. No me puede ver. Ha de ser por aquello de la gallina.

Cuando el hombre en cuestión me sonríe, mientras se pega a los postes, es de papel. Y cuando me regaña y me conmina a decir, es de vidrio. En la pantalla del televisor. Es un candidato a la presidencia de la republica.

Las dos interrogantes quedaran sin respuesta. Pero vehiculan la réplica: si en efecto fuera yo quien decidiera, no serias tú el designado, estulto impertinente. Tú ni ninguno de los otros cuatro bustos parlantes que te rodean. De hecho, y aquí entre nos, si fuera yo efectivamente quien decidiera, dejaría el puesto vacante.

El tótem falso

Dentro de unos días se celebrará un oficio más del ritual democrático sexenal. Se aprestan las casullas y las tiaras. Los sacerdotes disponen los altares de plástico transparente. Y los confesionarios, dotados, no le da catequesis, si no de una pluma. En este curioso rito, la confesión se hace por escrito. Y no puede ser más lacónica. Consiste únicamente, y no podía ser de otra manera, de una cruz.

Los fieles, por su parte, se disponen a juzgar su papel. Corderitos del señor. El dos de julio, domingo cual debe ser, acudirán engalanados. Contentos como si fueran de excursión. Comulgarán y serán salvados. Los más emocionados serán aquellos, muchos, para los cuales esta será su primera comunión. En lugar de ostias les darán tintura de yodo. No tomada, sino untada. Y durante días se abstendrán de lavarse las manos, enarbolando orgullosos el pulgar manchado, emblema inequívoco de que ya pertenecen a la grey ciudadana. Y de que ellos sí decidieron.

Iluminados por la gracia divina, embebidos de la curiosa convicción de que la libertad consiste en escoger el amo. Escoger, como todo, es solo un decir. Pues el santoral es escaso, y no se vale salirse del evangelio. Y además, ay, siempre se corre el riesgo de que otros escojan por uno.

Porque resulta que los otros son muchos. Y ya sabemos que el sorprendente Dios de este credo perverso y juguetón de la razón a los malos cuando son más que los buenos. Pero siempre existe la posibilidad de apostar a ganador: Y convertir el acto cívico de contrición en quiniela deportiva. Así al menos, para algunos queda el consuelo de haberle atinado.

Y meterán, solemnes, la boleta en la urna. Meterla acostumbra a resultar gratificante. Aunque meterla doblada, no tanto. Y lo sería de plano si desagradable y descorazonador, si descubrieran que el tótem sagrado de esta ceremonia es de cartón piedra. Pero el riesgo es del todo nimio. Mansos como son, evitarán mirarlo de cerca
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Bienaventurados los pobres de espíritu, pues de ellos será el Estado de Derecho.

Los tres cochinitos

Los tres que son cinco. Pero dos están de adorno. Dos lechoncitos que solitos ya se pusieron la manzana en la boca antes de que los degüellen. Los van a servir de ambigú. Quesque van en pos del registro. El federal de causantes, será. Porque el otro esta en chino. El lechoncito macho no ha podido liberarse del amor infantil por su maestra sadomasoquista. Los psicoanalistas deberían tener sección de urgencias. Y la lechoncita hembra fumó una sola vez mariguana, pero que no le gustó. Que siempre le daba sueño. Y, por lo visto, no ha conseguido despertar.

Los otros tres retozan y dormitan en el corral, aparentemente ignorantes de su condición porcina. Lo cual constituye un fenómeno de etología zoológica harto interesante, pues hasta ahora no se había conocido un solo caso de marrano que se hiciera buey.

Uno soñaba que era rey, y de repente quiso un pastel. Su papá, un puerco ambicioso y rejego, acabó tristemente sus días una mañana en que jugaba al avión por las faldas del Cerro de la Silla. Pero muchos de sus compañeros de piara, que habían sin duda leído a Orwell, llegaron a procochis de la granja. Él también quiere. Solo que los quinientos pasteles, sus partidarios se los andan aventando unos a otros, a la cara. Ya quedan pocos.

Otro soñaba que en el mar, en una lancha iba a pescar. Pero los peces como que no quieren picar. Ya tienen muy vistos esos anzuelos, y no se van con la finta. La carnada, además, ya está echada a perder. Es la misma que andan usando desde hace por lo menos seis años. Los gusanos ya murieron casi todos. Aunque va en el yate del jefe y eso siempre facilita las cosas.

El más pequeño de los tres, un cochinito lindo y cortés, ese soñaba con trabajar para ayudar a su pobre mamá. A su pobre mamá y a todas las pobres mamases del país. Que les va a pasar una feria, pregona. Pero entre las señoras existe la fundada sospecha que es puro cuento, de dientes para fuera. No, pos sí.

Porque de dientes para dentro no hay gran cosa. El puro aparato digestivo, las heces, y las eses que se come. Hacia arriba, como quien dice el segundo piso, está vacío.

Gruñe que gruñe, y vuelta gruñir, los cochinitos se quieren surtir.

El síndrome de Kiev

Parece mentira, pero habrá gente que si vaya a votar. No lo entiendo. Las elecciones sólo son interesantes cuando el elegido es uno.

Irán a votar, como rebaño desparramado, pero con la conciencia, vergonzante, pero cada vez más arraigada y compartida, de que toda la parafernalia puede ser inútil. De que la verdadera elección a lo mejor se produce, apenas, a partir del 3 de julio.

Flota sobre el país el fantasma del síndrome de Kiev. En 2004 se celebraron elecciones presidenciales en Ukrania. Según el IFEU (así se ha de llamar), ganó Víctor Yanukovich, el candidato pro ruso. Pero ahí se lanzó la lumpeniza a las calles, clamando fraude y exigiendo se designara presidente electo a otro Viktor, Yaushcheenko, el candidato progringo. Los disturbios alcanzaron tal magnitud que las elecciones debieron repetirse, y, obviamente resultó electo el globalizante Yaushchenko.

Algo muy similar sucedió en Belgrado y en lima, en procesos casi simultáneos, en octubre del 2000. Los que habían sido declarados candidatos ganadores, Slovodan Milosevic y Alberto Fujimori, respectivamente, debieron declinar ante la embestida de la turbamulta. Y fueron investidos como presidentes, Vojislav Kostunica en Yugoslavia, y Alejandro Toledo en Perú.

Antiguamente era el ejército el que corregía, cuando, al votar, el pueblo se equivocaba. Como sucedió en el Estado español en 1939, en Chile en 1973 o en Argelia en 1996. Hoy eso ya no está de moda. Se ve feo. Hoy son los tumultos callejeros y “populares” los que revierten los resultados del escrutinio. Viste, legitimiza y queda mucho mejor. Y siempre puede presentarse como “la democracia por otro camino”.

Epílogo pesimista

Hoy, en nuestro país, no es necesario decirlo y sin embargo lo digo, las condiciones están dadas para que algo así suceda. Aunque un solo partido está en posibilidades y predisposición de recurrir, en caso necesario, a este procedimiento expedito de “corrección popular”. En los tres casos que le mencioné, intranquilo lector, el motín se produjo exclusivamente en la capital. Normalmente basta. El resto del país que apechugue. Y sólo hay un partido que controle la ciudad de México. Desafortunadamente, el mismo que menciono al inicio de este párrafo.

El único ingrediente que falta para completar el guiso es que el resultado del día dos sea relativamente apretado y no favorezca al candidato de ese partido. Tiempo al tiempo.

Provoca una ternura que raya en lo poético, ver a tanta gente tan buena y tan cándida. Bien cívica y participativa ella, dispuesta a tomar parte como comparsa de un juego que desconoce, y a engordar un caldo que no es el suyo.