“NI SE ABRE NI SE ABRIRÁ, COMO DIJO DON TEOFILITO”…SÍ, DE MOCORITO.

 

“A la memoria de Don Teófilo Rosas Inzunza (1860-1964) y don Julián Verdugo Sanz (1985-1972).”

                                                                                                       *Rubén Rubio Valdez

 

-Oiga don Teófilo –dijo aquel fulano enciscado, flanqueado por dos burros aparejados amarrados al tabachín que los sombreaba-. -Se fue la mañana; ahí me tuvo aguardándolo, no más asoleándome; me arrendé, pués   el zaguán no se abrió. –Ni se abre ni se abrirá, tu lo dejaste cerrado. –con enojo don Teófilo contesta también a aquel labriego, que confiado tal vez en el olvido del anciano, pretendía joderlo de nuevo. Ya hacía algún tiempo le debía dos fanegas de maíz, que a la palabra le había fiado don Teófilo, y que nunca pagó. <Habíase visto descaro de éste>, pensaría don Teófilo.

 

Creo que había tardado en escribir sobre el dicho: “Ni se abre ni se abrirá, como dijo don Teofilito”.  En Mocorito fue expresión casual y causal surgió en el ámbito de los encuentros diarios de una reducido grupo de amigos en la tienda de don Julián Verdugo Sanz (1885-1972) en “La Plaza de Mocorito”, manera de llamar al mercado municipal, construido en el remoto tiempo en que fue Prefecto Político don Antonio Echavarría Rochín (1902-1906). Don Julián Verdugo se había avecindado en Mocorito a la edad de 23 años en 1908, siendo Prefecto el Dr. Enrique González Martínez, año en que se constituyó el “Club Político Francisco Cañedo Belmonte (1839-1909)”, que postulaba de nueva cuenta a Cañedo como gobernador para un período de cuatro años adicionales a su largo período de gobierno, que con su “muerte natural” en 1909, se salvó de morir en el paredón.

El grupo político dirigido por el galeno y poeta González Martínez organizaría las fuerzas vivas en otro “Club Político” para impulsar la candidatura de Diego Redo de la Vega (1869-1963), frente a la José Ferrel (1865-1954) también para gobernador. Diego Redo, ganó la elección fraudulentamente y tomó posesión al cargo de gobernador en septiembre, mismo que dejaría en 1911 por la fuerza del levantamiento revolucionario acaudillado localmente por Ramón F. Iturbe y Juan Banderas, para vivir desterrado en Estados Unidos. Los revolucionarios que tomarían el mando y en poco tiempo se les iría de las manos, para caer en otras que desde 1930 gestaron una dictadura institucional hasta el 2010. Don Julián Verdugo no formó parte de ese  grupo de políticos y de empresarios que decidían todo en el Distrito de Mocorito, desde tiempos del Coronel Manuel Inzunza Gaxiola (1821-1897), personaje que gobernó el Distrito por más de 20 años, desplegando antes y durante su mandato los episodios más arbitrarios de ejercicio del poder, que a la menor sospecha de oponente a su gobierno lo hacía aprehender y fusilar sin ninguna  contemplación bajo los fueros de Andrés Armenta, siniestro jefe de la acordada, que después el Coronel Inzunza ordenó liquidar para ocultar confesiones de arteros homicidios que lo comprometían.

En la nueva época que alumbraría la Postrevolución de 1910, don Julián tendría una actividad cívica muy dinámica en el municipio, pues después de haber sido vicepresidente suplente del Ayuntamiento en 1917 presidido por Refugio Belmontes y simultáneamente ser miembro de la Junta Patriótica Ciudadana integrada entre otras personalidades, por don Medardo Lugo y Castro y por don Serapio López Castro, y enseguida ser llamado para sustituir en la vicepresidencia que ostentaba don Luis R. Cota.

La  expresión “Ni se abre ni se abrirá, como dijo don Teófilo” y otras fomentadas en el contorno del grupo de amigos y el resto de los locatarios de “La Plaza”, al referirse a don Teófilo, al tiempo derivó a “Don Teofilito”, tanto  por respeto a su edad como a la talla de un señor  respetuoso y respetado que se le reconocía,  referido por otras generaciones de vecinos de la Villa ajenas a ese círculo de amigos, en los años de aquella pequeña tienda de zapatos, cinturones, sobreros y huaraches de don Julián Verdugo Sanz, establecida  a finales de los años veinte del siglo XX, y que  fuera sitio de reunión de los señores Teófilo Rosas Inzunza, Rosendo López, Pancho Angulo, Juan Rosas, Sinforoso Camacho, Juan Miguel Gil, Hilario González y otros,  unos del Mercado y otros que venían de visita o de paso, después de realizar  compras de abarrotes,  carne y fritangas en  los abastos, de los que son leyenda la familia de abasteros  don Miguel Angulo que fuera Presidente Municipal en 1920. De esa estirpe fueron Pilo y Panchito Angulo, y desde luego Miguelito, hijo de don Miguel, aquel presidente que diera la razón, tanto al quejoso como al presunto culpable por el usufructo indebido del rastrojo de una parcela y también al Secretario del Ayuntamiento, participante de la diligencia, cuando era común en esos tiempos el desahogo de todo tipo de querellas entre vecinos. El secretario al ver que don Miguel Angulo daba la razón a uno y al otro le dice con el debido respeto: -Oiga don Miguel como puede darle la razón a los dos. Fue entonces que responde don Miguel: -Oye, tienes razón. -el secretario mueve la cabeza. El quejoso explota y dice al Presidente –A lo que se ve, aquí no se llega a nada. Voy a quejarme en Culiacán pa’ que lo jalen. –Me harás bien, hasta negocio tengo por allá –respondió con mansedumbre el Presidente.

Como esta anécdota, otra corrió a costillas de Miguelito Angulo entre los puesteros de “La Plaza”, quien atendía la carnicería heredada por don Miguel. El caso es que Miguelito preguntó    a don Teófilo que si tenía algún “cochi” para el abasto, a lo que contestó: -Si, tengo una “cochi” allá en el corral. Échate una vuelta y vela. Esa misma mañana, después de ir a ver la “cochi”, regresó a la tienda de don Julián y fue entonces que don Teófilo pregunta: -¿Qué te pareció, la cochi? –Está buena la “cochita” –respondió Miguelito con tono propio de comprador que tira a rajar y vadeando le dice: -¿Cuánto quiere por ella, don Teófilo? A lo que contestó: -Sí, como no, buena “la cochita”, una “cochona gorda de tres latas”. ¿Cuánto será lo que piensas dar por ella?  No, no hay trato. Allá que se quede la cochi –Dijo terminantemente don Teófilo.

En conversación telefónica reciente, el Ingeniero Luis Verdugo Leal, hijo de don Julián Verdugo Sanz y Presidente Municipal de Mocorito (1962-65),  me confirmó que don Teófilo fue el más asiduo asistente a las pláticas a la tienda de su papá: “Recuerdo –dijo el Ingeniero Verdugo-,  que mi papá moderaba esas pláticas, por decirlo así.  Mientras que mi papá daba lectura en voz alta al periódico y a la revista Siempre, que   llegaban con retraso primero por correo exprés desde Guamúchil, y ya después los traía Momo en su taxi y últimamente por algún otro medio. Don Teófilo comentaba las noticias que escuchaba en un “Radio” de baterías que años anteriores había traído de la frontera”. Según se sabe, en la tienda de don Julián  se comentaban los hechos que eran  noticia en el pueblo, abordando  temas triviales como que si las aguas iban a ser buenas o malas, que si fulano será presidente o perengano diputado, que en la cantina de Tino Méndez pasó  tal o cual cosa, que va haber carreras en “la brecha” (Taste trazado por don Teófilo Rosas, que sin ser topógrafo lo hizo bien, sobre la brecha que conduce al Poblado de El Jalón, que después de pasar El Palmar se llega a Rosa Morada), que  ya está encima La Fiesta de La Purísima, ya están llegando falluqueros y que en la quema del malhumor del carnaval le echaron a este o aquel, hasta los de mayor importancia política de la época como  las visitas rutinarias del General Pablo Macías Valenzuela, siendo Gobernador de Estado; la muerte de la Lenchita Núñez (hija de don Jorge Núñez y doña Ñola) por don  Claudio López, quien purgó la pena máxima  de 30 años en la prisión de Mocorito, caso único en la Villa, liberándose de la “Ley fuga” que le querían aplicar en tiempos de don Eligio Samaniego. Fue comentada también la muerte de Tino Méndez en su propia cantina y la del trompetista Ángel Medina por Roberto Méndez, cuando le tocaba en su casa la Banda de Alejandro “Jando” López. No fue menos comentado el desafuero del Dr. Enrique Peña en septiembre de 1946 impulsado por Chuy Vázquez, Jefe Policiaco en el gobierno del General Macías Valenzuela y las diligencias para nombrar sustituto   a don Alberto Medrano; la aprehensión  de Roberto Méndez en el  acto de su último informe como  presidente y toma de posesión de Clemente Camberos Lugo el 31 de diciembre de 1953, al que asistí en los portales de Escuela de Mujeres;  comentada,  también sería la inexplicable aprehensión de José Ley (Padre), hombre apreciado por el pueblo de Mocorito y amigo personal de Enrique Peña  Gutiérrez, quien  tuvo el mérito de ser el primer médico nacido en “su pequeño mundo”. Recuerdo que en las horas de recreo de la Escuela, a cuanta avioneta que volaba sobre nosotros, los niños, saludando y gritando alegres y esperanzados moviendo manos decíamos “…adiós José Ley.  …ahí viene José Ley,…”; con esa expresión, los niños convertidos en jueces, emitimos el fallo elaborado en la intimidad de nuestras familias. Los contertulios del Mercado también fueron caja de resonancia de zozobra permanente entre el pueblo sobre los rumores del cambio de la presidencia a Guamúchil; y que si don Enrique Riveros, con un fajo de billetes en la bolsa del pantalón sería o no Gobernador; que si don Ricardo Riveros volvería a ser presidente; y que Cárdenas echó del país a Calles. Bueno, en esas tertulias de mañana y tarde, como en los cafés de las ciudades, cabía de todo y se arreglaba y desarreglaba el mundo. Ahí se hicieron remembranzas y seguimiento a los acontecimientos de la época relativos a los reacomodos de los distintos grupos políticos llegado el apaciguamiento de revolucionarios, que habían colocado fuera de acción a cabecillas que ostentaron el poder durante el largo régimen de Francisco Cañedo y después de la caída de Diego Redo en 1913. También fue motivo de comentario las noticias que hasta la Villa llegaban sobre la Segunda Guerra Mundial. Tal como en este sitio se gestaba el comentario del acontecer, también otros conciudadanos de la Villa lo hacían sentados en las bancas de La Plazuela Hidalgo y en el parqueadero de los carros de sitio, cerca de la refresquería de don Federico “Lico” Méndez y la Balaustrada y eran de diversa temática venida de la ranchería y de la pujante sindicatura de Guamúchil. Por las calles de la Plazuela pasó primero gente de a caballo y después pasajeros en   tranvías de la sierra y de Rosa Morada, trayendo consigo novedades y chismes de los ranchos.

Con este  relato he querido desempolvar  algunos hechos ocultos  de esa época, que se entrelazan y tejen microhistorias, tomando como eje central a don Teófilo Rosas Inzunza, considerado por quienes lo trataron y quienes lo conocimos, como un señor notable no solo por su  plausible longevidad  centenaria que alcanzó los 104 años, sino por el respeto que se ganó y por la sensatez y prudencia de actuar y decir, que guarda analogía con “Los cuatro acuerdos”,  ensayo sobre la Soteriología de los toltecas de Miguel Ruiz, que habiendo nacido en el Poblado de Rosa Morada, hoy Sindicatura de Mocorito, en su larga estancia en la Villa de Mocorito, dejó una estela de sabiduría que no la  ha  borrado el tiempo.  De su matrimonio con la Señorita Teodosia Castro, oriunda también del mismo poblado, nació Camerina en 1897 y fallecida a la temprana edad de 21 años en Culiacán en 1918, a consecuencia de una apendicitis que la incisión tardía del   bisturí del reconocido médico cirujano y partero Dr. Cliserio García en el “Sanatorio” situado por la calle Antonio Rosales en el centro de Culiacán, no la salvaron de la muerte. Sus restos, como los de don Teófilo y Teodosita yacen en El Panteón Civil de Culiacán, circunstancialmente destino final de sus restos. El Dr. Cliserio García, era conocido y estimado por los mocoritenses, pues en los primeros años de la Revolución tuvo su consultorio en el callejón que por años condujo a la huerta de mangos del señor Enrique Montes, conocida como “El Bajío, donde se encontraba la noria que hasta 1958 fue la fuente de agua, desde donde se acarreaban barricas en carretas, en árguenas y baldes en palancas de palo fierro o de asta.

La referencia de la expresión “Como dijo don Teofilito” apuntada desde el principio de este relato, es y será la pauta del texto, en razón de que tal expresión viene corriendo con otra connotación en regiones fuera de Mocorito y de Sinaloa desde tiempos de la Revolución Mexicana, cuyo contexto ignoro y conociendo el de “Don Teófilo”, me resulta puntual aún, ahondar en ello a lo que no encuentro analogía, ni relación alguna con la acepción que se da en aquellas regiones.  El contexto de “Don Teofilito”, el de Mocorito, tiene otra connotación y descifra un personaje muy particular,  tanto por su longevidad como por la sabiduría de su dicho, que son de percepción muy distinta  a la de los que forman parte del refranero popular mexicano,  donde el personaje de “Don Teofilito” resulta genérico.

En  Mocorito el nombre “Don Teófilo”,  supongo pudo haberse alterado o derivado a “Don Teofilito”, como lo dije anteriormente  por su edad, sin que la gente tuviera  el antecedente del origen de la expresión surgida en la tienda de don Julián Verdugo Sanz en los años treinta del siglo XX. Es ésta la motivación que me anima a realizar este relato, que considero constituye acervo del patrimonio cultural intangible de Mocorito.  Las expresiones que tiran a refrán o que en nuestro medio llamamos “dichos” tal como: “Ni viene ni vendrá, como dijo don Teofilito” o “Ni gana ni ganará, como dijo don Teofilito”, que equivalen a la aceptación de lo irrealizable y al convencimiento inequívoco de “no hay lucha que hacer” o “no te hagas ilusiones”, se derivan del razonamiento regional, que terminan a fuerza de la costumbre en sentencias contundentes, como corolarios desprendidos de la cotidianidad popular.

Antes de entrar al análisis conceptual de las vertientes del personaje que se perciben de “Don Teofilito”, debo ofrecer   el antecedentes que conozco y que conocemos gente de la tercera edad de Mocorito, empezando por decir que don Teófilo Rosas Inzunza y doña Teodosita Castro se avecindaron en Mocorito a finales de la primera década del siglo XX, donde vivieron hasta 1958. Allá en Rosa Morada y ranchería que la circunda, la gente se mantuvo al margen de la belicosa época de maderista, huertista, zapatista y de Los Colorados. La muerte de su hija Camerina, acaecida en Culiacán en 1918 a la edad de 21 años, casada ella con un joven de Mocorito de apellido Soto según se sabe con oficio de músico, afectó terriblemente a la pareja, aflicción matizada con la adopción de la niña Teresita (1914-2008) de apenas cuatro años, sobrina suya e hija de don Medardo Inzunza y doña Celia Castro, vecinos también de Rosa Morada, que había quedado en la orfandad junto con siete hermanitos. Doña Celia fue hermana de de doña Teodosia. Para Teresita, fueron ellos quienes cuidaron su infancia, formándola dentro de su código de valores y de ética. El resto de sus vidas, que superaron los 100 años, Teresita se consagró al cuidado de sus tíos que llamó siempre padres, tanto en Mocorito como en Eldorado,   donde don Teófilo vivió de 1958 a 1964, siendo ella hermana de Alberto “Beto” Inzunza Castro, Presidente Municipal de Mocorito (1960-62), hermanos de padre de David Hernández, abuelo de los afamados y orgullo de Rosa Morada: Los Tigres del Norte. Quien hubiera pensado que los hermanos Hernández Lara, es decir “Los Tigres”, fuera familia con grado de tataranietos nada menos que de la esposa de don Teofilito.

La estancia de la familia Rosas Castro en Mocorito cubrió más de 40 años, después de haber construido la casa que desde entonces lleva el número 14 sobre la acera sur de la calle Independencia de Mocorito. Sobre esta casa, mi Tía Adolfina Gutiérrez Viuda de mi Tío Ismael Rubio, me comentó: “… la casa de don Teófilo fue la primera que se construyó en esa parte de esa acera de la Calle Independencia. Al tiempo, en los años cuarenta se levantaron las casas de Librado Rubio, la de Santos Medina por uno y otro lado. La que ocupó del profesor Constancio Rodríguez, la de don Jorge Núñez, la de Panchita Avendaño y la de Los Sotelo fueron construidas después de la de don Teófilo y antes de la de Librado. La de don Teófilo, fue la casa fundadora de esa parte de esa manzana.”

La casa de Sotelo, construida probablemente desde antes, esa que aún se encuentra en pié en la misma manzana y que hacia   esquina con la que se dice nació Rafael Buelna y donde en 1939, siendo Presidente Municipal don Manuel Huerta, se terminó de construir el teatro al aire libre situado al sur del Parque Infantil Rafael Buelna, tiene un referente significativo. En ocasión de que jugaban baraja don Teófilo Rosas y don Miguel Buelna, y a ellos llegó Castulito Gisper, mensajero de telégrafos de esa época, con el telegrama que avisaba a don Miguel Buelna sobre la muerte de su hijo Rafael, acaecida durante la toma militar de la Plaza de Morelia, Michoacán el 23 de enero de 1923. Sobre esta circunstancia el Licenciado Serapio López Inzunza, hijo de Teresita me manifestó que “En cierto ocasión  mi Panino  (referido a don Teófilo) me comentó que estaban en esa casa de Sotelo jugando a las cartas él, don Miguel Buelna y otra persona que no recuerdo, cuando llegó el mensajero de telégrafos  y le hizo entrega de un sobre del telegrama a don Miguel,  que después de leerlo  en silencio  y que en tanto lo guardaba en la bolsa de la camisola comentó con una voz quebrada y sollozante: –El que en el fuego anda, en el perece. Después caerían en cuenta que ese fue el aviso de la muerte de su hijo Rafael. Don Miguel se levantó y en silencio se retiró, despidiéndose con la mirada triste. Ya no jugaron y en poco tiempo corrió por el pueblo, la noticia de la muerte del Gral. Rafael Buelna Tenorio.” En esa fecha don Teófilo Rosas apenas si tenía 63 años.

Volviendo a la casa donde vivió don Teófilo Rosas en Mocorito y que ocupa César Quiñónez López, fue comprada originalmente por Chuy Galindo Rivera en 1958, cuando don Teófilo y doña Teodosita se fueron de Mocorito para vivir en casa de don Serapio López Castro y Teresita Inzunza, su esposa, con domicilio de la Calle Desiderio Ochoa número 78 de Eldorado Sinaloa. Esta fue la última morada de don Teófilo y Teodosita. El murió en 1964 y ella poco después.

Sobre esta casa, el Licenciado Serapio López Inzunza fue el encargado de recibir el pago y en la entrevista que me concedió me dijo: “A los meses de residir en casa de mis padres allá en Eldorado, en 1959, mi Panino me dijo: -Mira hijo, ya se llegó la fecha de pago de la casa de Mocorito. Tienes que ir con Chuy Galindo; el te va pagar $12,000.00, que es en lo que la tratamos. El compromiso de pagarme fue en esta fecha que te digo. El quedó de pagarme y a eso vas a ir. Ya le firmé las escrituras que hizo el Licenciado Macías Fernández de Guamúchil, así es que has viaje.  Llegué a Mocorito en mi carro y luego de tocar la puerta de la casa de Chuy Galindo, que estaba casi contigua a la de doña Cuca Lugo Viuda del Dr. José Rosendo Dorado, de inmediato me pasaron y al verme don Chuy Galindo, después de saludarnos y sin mayor cometario me dijo: -Te estaba esperando. Aquí tienes el dinero. Son doce mil pesos. Por favor cuéntalos-.” Haciendo una pausa Pitico, me hizo un comentario adicional…  “Mira ingeniero -me dijo Pitico-, con la recepción del monto convenido y en la fecha pactada, don Chuy Galindo demostró ser una persona de fiar y honrada como pocas, cualidades que de seguro mi Panino le reconocía. Y te digo que como pocas, porque él podía no haber pagado, puesto que la casa ya estaba a su nombre y tal vez el Licenciado Macías, debió formular e inscribir la escritura ante el Registro Público de la Propiedad desde el día que se firmó la minuta del contrato de compra-venta. Pero también es digno de mencionar la confianza y buena fe de mi Panino. Seguramente él sabía con quién, porque él me platicó alguna vez, que un sobrino suyo le pidió prestado cierta cantidad de dinero y cuando se lo entregó, aquel sin contarlo se lo echó a la bolsa del pantalón, y fue entonces que mi Panino, al ver aquello le dijo: –Mira, échalos para acá; si no te importó si quiera contarlos, ¿Te importará pagarme?. Después de recoger el dinero, que supongo eran cacharpas de oro o de plata, le dijo: No hay préstamo. Que te vaya bien. Quizá le hubiera pagado, no lo sé, pero mi Panino a lo que se ve dudó. El estaba en su derecho e hizo uso de él.”

Por mi parte quisiera agregar que efectivamente,  don Chuy Galindo, quien fuera padrino de pila de mi hermano “Crucito”, se distinguió siempre como  persona muy servicial, jamás se supo que obrara con ventaja en sus tratos comerciales en los años que fue acopiador de cosechas de granos. Su negocio agrícola fue fuente de trabajo por muchos años. Quienes trabajamos con Chuy Galindo, guardamos un buen recuerdo de él. Quienes le entregamos la cosecha, no tuvimos que hacer ninguna reclamación ni por la báscula, ni de precio, mucho menos por el pago, porque siempre pagó lo justo. Algunos músicos de Mocorito, dicen que   Chuy Galindo fue un hombre al que se recuerda con aprecio. Desde mi observación  puedo decir, que la mecanización de la agricultura de temporal de Mocorito la consolidó don Chuy Galindo, después que la iniciaron en los años cincuenta Cayo y Luciano Angulo y don Benigno López con tractores de la marca Allis-Chamers con motores a gasolina; y Nati  Salazar con un John Deere a tractolina, de una llanta delantera. Los de Galindo fueron de la marca Fordson con motor a diesel. Esas máquinas liberaron del trabajo pesado no solo a gañanes, sino a bueyes y mulas que desde la Colonia Española, en algunas regiones del país liberaron a esclavos del trabajo pesado del campo, sobre todo a los tamemes de los pochtecas, antecedente más cercano a la arriería con recuas. Los tractores en Mocorito, desde los años sesenta dieron de baja a las bestias y mandaron al huesario de fierro viejo a balancines, arados y cadenas, como también a los yugos y carretas de bueyes. En Cerro Agudo no hace tanto se veían estacionadas en el portal de algunas casas, las carretas de bueyes.

Sin duda, el dicho “Ni se abre,  ni se abrirá, como dijo don Teofilito”, es a mi juicio el que sólo por ello hizo inmortal a don Teófilo Rosas y a querer o no, resulta emblemático dentro del refranero del cuatro veces centenario pueblo de Mocorito, que al expresarlo tiene una connotación  de figura de lo irrealizable. El dicho, “Ni se abre, ni se abrirá, como dijo don Teofilito de Mocorito”, da el sentido de legitima pertenencia e identidad con Mocorito a que se tiene derecho. Se sabe que los “dichos” de don Belem Torres, síndico durante 10 años y veinticinco, juez civil de Navolato,  que logró celebridad por sus resoluciones motejadas como salomónicas y pullas propias y  endilgadas, de legítima pertenencia fue perdida y adjudicada por extraños y ajenos  al imaginario colectivo  del centenario pueblo cañero, tan afamado por su mención en el corrido de El Sinaloense y ahora por los altos niveles de inseguridad, quedando en la opacidad su iconografía como productor agrícola y pesquero, agroindustrial  y turístico por sus bahías y playas del  Mar de Cortés, que junto con  otras regiones de Sinaloa nos distingue.

Don Teófilo Rosas en todo el tiempo que vivió en Mocorito, además de la amistad tan intensa que mantuvo con don Julián Verdugo, cultivó una relación cuasi familiar con mi tío Librado y mi padre Cruz Rubio Quiñónez. Librado, mi tío, vivió en la casa de junto de número 12 y Cruz, mi papá, en la acera de enfrente a su casa con el número 67 de la calle Independencia. De él, recibieron orientaciones muy aleccionadoras. Recuerdo que en conversaciones con mi papá seguido salían a colación sus consejos, que rayaban en recomendaciones que tienen vigencia en la actualidad. “Como decía don Teófilo –me aconsejaba mi papá-, nunca te subas a un sitio (taxi) sin preguntar cuánto te cobrará la dejada, ya después te cobran lo que quieren. No te sientes en la mesa de una fonda, sin preguntar precio de la orden;  no le des la contra a nadie, así te evitas corajes; nunca le digas a la gente lo que no le gusta; nunca hables de la gente sin que tengas un motivo; no le confíes tus intimidades a gente que no lo merece, mucho menos a quien desconoces; y nunca le des crédito a habladurías de quien tengas dudas de probidad.”  Recomendaciones, como estas, siempre afloraban puntualmente en las conversaciones con don Teófilo, según me comentaba mi papá.

En otra parte de la plática con el Licenciado Serapio López, me confió que “Viviendo en casa de sus padres allá en Eldorado, al cumplir sus 100 años de edad en 1960, se realizó un convivio familiar para festejarlo. Durante el convivio, uno de los invitados entabló una plática con mi Panino y en el curso de la plática, le preguntó que como se hacía para cumplir tantos años, a lo que contestó serenamente don Teófilo: -No darle la contra a nadie. -¿A poco? –le respondió el invitado y le agregó: -No creo que por eso sea. –Tendrás razón –le respondió. El invitado ya no hizo preguntas, ya no averiguó sobre su longevidad.” Tal vez, el preguntón e incrédulo comprendió que para cumplir 100 años debía seguir la recomendación de don Teófilo. “Recuerdo muy bien –continuó Pitico-, que cuando le confié que había decidido casarme, me dijo que estaba bien, pues ya tenía edad y una profesión, pero que me iba a dar un consejo y me dijo: -Nunca le des la contra a la mujer. Eso no te lleva a nada. Yo tengo 75 años de casado con Teodosia y nunca le ganado una averiguación, así es que ya sabes. Y vieras ingeniero –me dijo Pitico-, como me ha servido su recomendación. Es que mi Panino era un hombre muy mesurado y reflexivo.” Y Yo agregaría que estaba dotado de un índice muy elevado de inteligencia emocional, del que muchos carecemos y que es causa de muchos de nuestros problemas en la interrelación con las personas.

Los tiempos de la generación de don Teófilo Rosas, que cubrió el período de 1860 a 1964, fue la época de gran trascendencia para México y para Sinaloa. En ese período se suceden la Intervención Francesa, la Guerra de Reforma, la Dictadura de Porfirio Díaz y la Revolución, que a la caída y destierro de Porfirio Díaz en 1910 se inició la fase de una guerra intestina de todos contra todos, en busca del poder político y reacomodo para dar forma a un país de leyes y que aún en nuestro tiempo no encuentra su rumbo, secuestrado por la partidocracia que ve por sus intereses de grupos y no por los de la nación. A Don Teófilo Rosas le tocó vivir la época de la familia Inzunza, cuyo puntal lo fue el Coronel Manuel Inzunza Gaxiola, que detentó el poder en el Distrito de Mocorito paralelamente como en el Estado con Francisco Cañedo por 32 años. Don Teófilo Rosas que nació 30 años después de don Eustaquio Buelna, allá en Rosa Morada a no más de 15 kilómetros de la Villa de Mocorito, se avecindó en la Villa hasta 1920 a la edad de 60 años, cuando parecía habíase apaciguado la revuelta postrevolucionaria, siendo testigo de la Rebelión de Los Colorados o Renovadores en 1929, liderada por el Gral. Gonzalo Escobar y que llegaron a Mocorito, siendo testimonio ladrillos despostillados de las bardas del patio trasero de las casonas de doña Coca Castro (Media hermana, se dijo, de don Teófilo) y de Nabor Sánchez (Escuela de Mujeres y ahora la Preparatoria de la UAS, donde murió Lenchita Núñez) frente a la casa de don Teófilo, quien el que escribe le escuchara decir en plática con su padre, “…ahí están la señas de Los Colorados. Ahí están los ladrillos despostillados. Ya no hubo revueltas. El estado se aplacó. Esa fue la última. Al tiempo, dicen que allá en el sur hubo muchas muertes cuando se alzaron Los del monte. Así les decían. Disque estaban del lado de la gente que no querían que les entregaran su tierra a los agraristas. Fue en el tiempo de Cárdenas y del Coronel Delgado como Gobernador.  Aquí no hubo alzados. Dicen que por eso mataron a Poncho Tirado, que era de Mazatlán. Y que en consecuencia, mataron a Loaiza. A este lo mató un tal Gitano y a Tirado, la Onza Leyzaola.” Al tiempo, las lecturas de la historia reciente de Sinaloa, me harían recordar ese pasaje y otros, como comprobar los pronósticos de lluvia que hacía con base a muchos años de la observación y recuerdo que le decía a mi papá “…mira Cruz, ese relámpago no trae agua. Por la postura de este rumbo no llueve aquí. Si se pone la ceja de la postura de allá y corre el viento con este rumbo, esa hace correr el agua por los cercos. Pero esa que se ve, ni a llovizna llega.” Era contundente en sus apreciaciones y predicciones. Mi papá le tuvo estima y respeto.

Con el antecedente que don Julián Verdugo, había tenido incursión en el quehacer político del municipio y un papel muy protagónico en la organización del Club de Las Fieras en el año de 1932, junto con Juan M. Suárez y Alberto Medrano. Este club que empezó como una vacilada, cobró seriedad y se convirtió en un espectáculo que sirvió para recaudar fondos nada menos que para el Dispensario Médico que atendía específicamente enfermos de lepra, del que fue responsable el resto de esa década y hasta su muerte el 14 de septiembre de 1941 el recordado Dr. José Rosendo Dorado, que casó en Mocorito con la señorita Refugio Lugo.  La membrecía de este club era gente de la localidad que se atenía a las consecuencias de ser bautizado con un nombre de un animal, mote ingeniosamente resuelto por una comisión dictaminadora. Don Julián Verdugo había sido bautizado como “El guajolote” y ejercía el rol de “domador” de las fieras del club que aparecía en escena formalmente vestido como tal, botas y látigo, intimidando con sus tronidos, a los motejados que desfilaban en la pista de la carpa. Del bautizo no se escapó el Gral. Pablo Macías Valenzuela, Gobernador del Estado (1945-50), que visitaba muy a menudo Mocorito, pués estuvo de novio y hasta simularon un matrimonio civil. Al General Macías, por miedo más que por respeto, no se animaron hacer público el mote de “El murciélago”, no obstante que al General le encantaba la vacilada, siendo conocido el referente sobre “Mauro, la cochi” por eso del animalismo del repartidor de periódicos de que se hizo público en Culiacán. Al Dr. Dorado por consideración el valor de su entrega al tratamiento de los leprosos del dispensario, se le motejó como “El veterinario” de las fieras del club.   Muchos de los motejados en el Club de Las Fieras, se llevaron a la tumba el sobrenombre que bien los describía. A don Alberto Medrano se le bautizó como “El pony blanco” y a Chico Vidales como “El pony prieto”, por chapos; a Juan Miguel Gil “El comején”; a Chico Gutiérrez “El cachorón”; a don Rosendo López “El conejo”; y a Juan M. Suárez “El coyote pulguiento”.

Tocante a Juanito, Chuy y Pancho Suárez, se dice que  las Bandas de Música de Mocorito, la de don Nilo Gallardo, de Luis Moreno y la de José Rubio les tocaron un día con otro, durante tres  años seguidos; fueron los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, tiempos de libre flujo de dólares americanos. Me comentó Mingo Lora Arellano, primer tubista de la Banda de José Rubio, que Juanito Suárez decía…<Toquen el pulguiento. Ya sabíamos que era “El coyote”> A principios de los 60´s me tocó ver un mural desmontable que simbolizaba la antología del Club de la Fieras, donde aparecían caras de gente conocida, más no supe quienes eran miembros de ese club. Ese mural lo pintó Miguel Ángel Velázquez Tracy, autor del escudo de Mocorito.

Hecha la digresión al tema, debo decir que don Teófilo Rosas, jamás fue motejado, ni tampoco llevó bromas con persona alguna. Fue señor de respeto y de estima, no porque tuviera dinero, que era algo con relación a la pobreza que dejó la dictadura y el estancamiento económico del pueblo, por el cierra de la explotación de los fundos mineros que fue que lo que le dio esplendor durante la dictadura porfirista. En esos tiempos don Teófilo frisaba los 73 años, su cuerpo no era para esos trotes de fiestas y de trago. Don Julián Verdugo fue muy deferente con él y la amistad que se brindaron en vida fue sincera y sin ningún interés. A este respecto el Ingeniero Luis Verdugo Leal, hijo suyo, me ha confiado que don Teófilo con el ánimo de ayudar al crecimiento de su tienda en repetidas ocasiones le ofreció prestarle dinero, sin pago de réditos y a tanta insistencia de don Teófilo don Julián aceptó y lo hizo sólo por no dejar, sin tener plan de invertirlos, “… -Está bien don Teófilo, necesito $l, 000.00 pesos. –Mi papá los alzó y pasado un tiempo le regresó el dinero. Don Teófilo los recibió, sin que le cobrara intereses.” Esto pinta muy bien el desinterés de la amistad de don Julián y la muestra de amistad de don Teófilo por servir al amigo. En estos tiempos, ni el medianamente pudiente prestaría sin interés de por medio; mucho menos el acaudalado.

Cuando era un hecho mudarse de residencia a Eldorado, por disposición de Teresita, don Teófilo pensando tal vez que ya no regresaría a Mocorito y no ocuparía las gavetas que había mandado construir en el Panteón Reforma para él y doña Teodosita, se las ofreció a don Julián, que en acto de humildad aceptó la cesión y en las que fue sepultado al morir el día 28 de febrero de 1972 a la edad de 87 años. Don Teófilo había muerto en Eldorado 8 años antes en 1964 a la edad de 104 y sepultado en el Panteón Civil de Culiacán, después de 6 años que hubo de dejar las tertulias matutinas y vespertinas en la tienda de don Julián Verdugo en el Mercado de Mocorito.

Debo decir, que al poco tiempo de residir en Eldorado, don Teófilo llegó de improviso a nuestra casa en un carro de sitio. Venía decidido a quedarse a su pueblo querido. Allá en Eldorado, según confesó a mi papá, alguien lo hizo sentirse menos, que no lo era y sin avisar había tomado un taxi que lo trajo hasta la casa de mis padres y recuerdo que mis hermanos y Yo vimos cuando se paró el taxi frente a nuestra casa de Independencia 67 y en coro dijimos: <Mamá, mamá llegó mi Tío Teófilo> Mi papá y mi mamá salieron gustosos a recibirlo. Es lo queríamos mucho y nos dio gusto que volviera, cuando creíamos que ya no lo volvería. Esa vez de algún día de 1959, fue la última vez que lo vimos, porque más tardamos en acomodar el veliz que traía y mis padres en dar inicio a la plática, cuando llegó otro carro  del que  descendió Teresita; al parecer le venían pisando los talones por la  carretera con la seguridad que a Mocorito iba venir a dar. Al poco rato de su llegada, mi Tío Teófilo se fue de nuevo. No hubo tiempo de llevarlo con su gran amigo, don Julián Verdugo.  Ignoro si volvieron a encontrarse desde su partida. Don Julián desde que llegó en 1908 a Mocorito, fue para quedarse.  Tampoco él regresó a la Pipima de Navolato, donde había nacido en 1885. En Mocorito, formó familia y con ella vivió. En lo personal, guardo un recuerdo muy especial de don Julián.

No quiera pasar de relatar algo que me dejó una experiencia que llevo presente y que  involucra a don Teófilo, y digo don Teófilo porque me niego a llamarlo Teofilito, deslindándolo así del “Teofilito” de la parodia de los comediantes “Los Polivoces”, dúo formado por Enrique Cuenca Márquez (1940-2000) y Eduardo Manzano (1938-) convertido en ícono de la comedia en los años 60´s y70´s del siglo pasado, que en su propósito de divertir a su audiencia televisiva, los guiones de Mauricio Kleiff y Enrique Cuenca y las actuaciones de éste en el papel del “Andobas” y Eduardo Manzano de “Don Teofilito”, sin ningún recato y miramiento atentaron contra la figura de los ancianos, a los que todos estamos obligados a respetar y a evitar hacer escarnio de sus menguadas facultades, las que en nuestra senectud irremediablemente sentiremos reducidas, por no decir acabadas. Ese “Teofilito” de las escenas de “Andobas y Don Teofilito”, ni de asomo tuvo parangón con don Teófilo Rosas Inzunza (1860-1964), que valga decir que su sombrero y vestimenta y el encorvado de su humanidad a diferencia de la estatura, pues don Teófilo de Mocorito estimo que en su juventud fue de 1.65, inexplicablemente guarda curiosa similitud. De esto fui testigo durante mis 5 a 11 años, viéndolo caminar mañana y tarde frente a nuestra casa de Independencia 67 de Mocorito, con rumbo y destino al mercado en sus encuentros con don Julián y otros coterráneos. Para conversar no se requiere antiparras, pues cuando no se sabe leer son un estorbo. La tez blanca de su piel de cara y manos a sus 90 años, la cubría múltiples nevus melánicos o lunares pardos. Sus pasos no eran tan lentos, como pudiera pensarse.

Volviendo a la experiencia referida en el párrafo anterior, que viene muy a modo a la observación de  bromas a costillas de la senectud de “Don Teofilito” en  la parodia de “Los Polivoces”, he de decir que en 1952, cuando apenas si cumpliría el que relata los cinco años y mi Tío Teófilo 92, después de terminar con un plato de avena invitado a su mesa donde él desayunaba en su casa, cometí la  irreverencia y grosería  de colocar sobre su cabellera escasa y blanca la cáscara del plátano  con que había acompañado la avena que mi  Tía Teodosia me había servido. Recuerdo que reí de mi travesura y también recuerdo que lloré por el dolor del castigo, después que en mi casa, frente a mis padres mi Tío les dijo, tomándome aún de la mano “…mira Cruz, este muchachito desayunó conmigo y al terminar su avena, por travesura me puso las cáscaras del plátano en mi cabeza. El muchachito le pareció graciosa su travesura. No soy yo para corregirlo ni aconsejarlo. Eso les corresponde a ustedes.” Mi papá avergonzado por mi conducta me tomó de la mano y me pegó la pela más memorable y correctiva de mi vida. Me viene siempre el recuerdo de mi Tío Teófilo, cuando tengo enfrente un racimo de plátanos y me hacen recordar el sentido de respeto hacia los mayores, que en aquellos tiempos no solo estaba prohibido a menores escuchar pláticas de mayores, mucha menos meterse en ellas. Después entendí que también los menores tienen ese derecho de ser respetados por lo mayores, y la mejor forma de lograrlo es actuar y educador con el ejemplo. Aquella travesura, fue una gran enseñanza y un eslabón que me hecho mantener el recuerdo de “Don Teofilito, de Mocorito”.

Desde la primera vez que vi en televisión la parodia de “Andobas y Don Teofilito” de Los Polivoces, separé ese personaje de “Don Teofilito de Mocorito” y desde luego concluí que no había referencia; sin embargo, me intrigó tanto que consideré como un atentado a la figura del anciano, manteniendo en silencio tantos años, la censura personal a ese programa. Asimismo consideré un agravio a la personalidad de Juan José Arreola la parodia “Juan José Carreola”, lo mismo la referida al periodista Jacobo Zabludovsky y otras tantas personalidades.

Después de tanto hablar de don Teofilito y de don Julián, y de otros personajes que han salido a colación y que han quedado entretejidos en el discurso de este relato, sería impropio no referirme a doña Teodosita, señora también de Rosa Morada y que acompañó a don Teófilo por más de 80 años, por aquello de que detrás de un gran hombre ha estado una gran mujer. En este caso, habría de decir que doña Teodiosita Castro lo fue, dedicando su vida al matrimonio y a la religión. Fue ella una señora apegada a la grey católica de la Parroquia de la Virgen Purísima Concepción de Mocorito, desde los tiempos del Padre Sotomayor, quien por muchos años tuvo de acólito a Tanis, y del padre Medina, de quien tuvo de asistente hasta su retiro a Luz Montes. Siempre supe que don Teófilo era creyente pero no rezador como lo fue doña Teodosita, que rezaba a toda hora. Para la comodidad de sus oraciones, tuvo reclinatorio en su casa y uno especial en el templo.

Por el cuestionamiento casual a la cotidianidad de rezar de su esposa, a don Teofilito pudo catalogársele de machista o renegado de la religión, sin llegar de asomo a la misoginia. Ella, doña Teodosita, siempre rezó y a él jamás le pareció importarle. He llegado a considerar que el anciano, conforme aumenta la carga de los años, se vuelve omiso y desdeñoso, o bien su menguada energía lo lleva a un estado de tolerancia o lo vuelve propenso al enojo, mostrando fastidio por ciertas cosas, inclusive hasta de vivir y a quienes forman su ámbito familiar se les escucha decir <No lo tomes en cuenta, son sus años. Está viejito.> Tal vez don Teofilito en un momento de fastidio y contrariado con un hecho de desilusión como creyente, y al verla hincada sobre el reclinatorio en soliloquio propio de la oración, que pudieron ser  miles de veces frente a una imagen, le dijo: <-Mujer, ya deja de rezar. Rezas en la iglesia y le sigues aquí. ¿Qué tanto rezas pués? –Hago oración para que en el cielo nuestro señor nos mantenga juntos –responde la señora y le ataja don Teófilo. –Mira nomás. No te ha bastado fregarme aquí, sino que quieres seguir allá a también. Reza por otra cosa.> Si no hubieras sido testigo de la muestra de preocupación y de cariño que mostró mi Tío Teófilo cuando hasta la tienda de don Julián corrí a comunicarle por órdenes de mi mamá, de que mi Tía estaba muy grave de peritonitis, que de mujer a mujer le había confiado, y que urgía que viniera a ella, pensaría que la expresión “No te ha bastado fregarme aquí, sino que quieres seguir allá también. Reza por otra cosa” estuviera precedida por una carga de menosprecio a la mujer, que por fortuna la civilización y la acción de mujeres dignas e inteligentes de todos los países, se ha venido demoliendo esa actitud machista y sexista, más que misógina, del hombre, con la que desde la antigüedad hizo víctima a la mujer.  Tengo presente que  mi Tío Teófilo sacó fuerza a sus 95 años, arreciando sus pasos junto conmigo  desde El Mercado hasta su casa, mostrando en el trayecto un semblante de gran aflicción y angustia, alejándolo al menos de la figura machista de hombre de su época.

Antes de terminar este relato, me hago la pregunta sobre dónde se encuentra la frontera y límite del dicho, el proverbio y el refrán. Por lo pronto concluyo que la expresión de “Ni se abre, ni se abrirá”, se sitúa fuera del concepto del proverbio, que ya es suficiente decir, para no acercarlo ni al refrán, al adagio, al aforismo y a la máxima. Esa expresión, acuñada circunstancialmente por don Teofilito de Mocorito es sentencia muy particular, personal y resolutiva de don Teófilo Rosas Inzunza, que al ser aplicado a otras situaciones se pudiera considerar como un refrán. El proverbio es un enunciado sentencioso, que da una enseñanza derivada de la experiencia y repetición a través del tiempo en distintas culturas, y que de ningún modo constituyen leyes sociales y mucho menos científicas y por ello pudieran ser definitivas. El Antiguo Testamento tiene un apartado de proverbios, como también el Budismo y el Islamismo.

Miguel Cervantes de Saavedra en El Quijote de La Mancha quizá sea quien más proverbios y refranes consigna, y dice respecto al refrán… “los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos ancianos”.

 

Cierro el relato, para decir aquel dicho de don Teofilito es muy suyo y es la vez nuestro, que valdría recordarle a los deudos de aquel fulano que confiado en que deudas viejas se olvidan y que Al buen pagador  no le duelen prendas, refrán que se refiere a que quien piensa pagar, nunca pone excusas para no hacerlo, derivado de “Así es verdad –respondió Sancho-; pero al buen pagador no le duelen prendas” (El Quijote, capítulo XXX, 2ª parte ). Y sólo para refrendar la particularidad del dicho de don Teofilito y que de ningún modo pienso que sea insólito, cito el refrán…  “En tu casa cuecen habas y en la mía calderadas” que su lectura   señala que los hechos comunes suelen suceder en todas partes. “—No hay camino tan llano —replicó Sancho—, que no tenga algún tropezón o barranco; en otras casas cuecen habas, y en la mía, a calderadas” (El Quijote, capítulo XIII, 2ª parte).

A don Teófilo Rosas Inzunza, “ni lo olvido, ni lo olvidaré, como dijo don Teofilito de Mocorito.”

 

Culiacán Rosales, Sinaloa, Enero 2 de 2012

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