EL PRIMER GRITO
Jorge Aragón Campos jaragonc@gmail.com
Me acuerdo de todo salvo del año (¿1981? ¿1982?), Toledo Corro se plantaba por primera vez en el balcón del palacio estatal para encabezar la ceremonia del 15 de septiembre. No le fue bien.
Una o dos horas antes, en la explanada de la plazuela rosales, por primera vez en la historia de la UAS un rector se disponía a hacer lo mismo que el gobernador: homenajear a los héroes que nos dieron patria con todo el rigor protocolario (ni modo: la forma debe corresponder al fondo.). Y así es desde entonces.
Eran los tiempos de la última gran guerra entre un gobernador y la universidad, desde el tercer piso se lanzaban acusaciones a la UAS como nido de comunistas extranjeros, voceros de ideologías exóticas y quinta columna de los aviesos intereses de Moscú; la respuesta de los universitarios, fue demostrarle al político mostrenco que el altar de la patria no se ubica en las catacumbas del sistema, sino en las mentes de sus jóvenes. ¡Cárajo! Sigo escribiendo como padre de la patria ¿Pues qué me pasa?
Sergio López y un servidor nos aventamos las dos, porque él andaba con la ventolera de mover “un torito” y Miguel Tamayo (QEPD), como organizador de la fiesta uaseña, le había prometido uno de los dos que se soltarían… hasta después del castillo, ya que no hubiera familias. Ah pinche Sergio qué mal se vio. Ambos estábamos en la época de tres cajetillas de cigarros diarios, y éste menso no sabía que cuando le prenden la pirotecnia al torito, dejar de correr no es opción porque si lo haces te chamuscas con la pólvora; para fortuna de él, los fuegos no duran ni cinco minutos, así que llegó al final de la carrera nada más con medio corazón y los dos pulmones saliéndosele por la boca. De colon y bazo no sabría decirles. Además eso no es asunto de ustedes ni materia de este artículo. Nos divertimos como enanos y concluimos a tiempo para irnos al de Toledo, con el Ernesto Trejo y alguien más sumado a nuestro grupo.
Toledo salió al balcón de palacio rodeado de su séquito, el presidente del Supremo Tribunal de Justicia entre ellos, quien se paró a un lado del góber, usurpando el espacio que le correspondía a la primera dama: Toledo, de forma sutil pero aun así notoria para la muchedumbre, le decía que se moviera pero el ruido no le permitía hacerse oír, por lo que recurrió al viejo expediente de meterle un pinche codazo en el costado, que le sacó a alguien del público un espontaneo ¡Epa oiga! Exclamado, eso sí, con un méndigo vozarrón que se oía hasta el Zapata. La raza irrumpió en una carcajada colectiva que puso a Toledo a sudar frío (en serio, se le notó), pero viejo lobo de mar entendió que era ahora o nunca: se lanzó a matar e inició con el clásico ¡Mexicanos! Mejor no lo hubiera hecho: la voz le salió toda tembeleque e insegura, hagan de cuenta la vocecita del “titino”. Nadie le respondió. Los del público habíamos quedado helados al oírlo gritar por primera vez. Toledo no se amilanó y volvió a repetir su llamado…y otra vez le salió la misma horrenda vocecita, y otra vez entró el mismo gritón al quite: ¡Ya bájate del guayabo! Y sobrevino el acabose: la risión se generalizó. El góber ya desesperado y sin saber que hacer, soltó toda la retahíla de héroes a ver si así nos apaciguaba. Le resultó. La situación fue de tanta pena ajena, que sobre la marcha fuimos dejando la risa para entrarle a los vivas. Los culichis no fuimos generosos con él, nada más no fuimos crueles, y tuvimos la inteligencia para saber que ya lo habíamos humillado.
Quise compartirles la anécdota, pues veo crecer en redes sociales la invitación a no asistir al Zócalo este día quince. Me parece prudente hacerle caso. La irritación popular es tan grande, que más vale no mezclar a la institución presidencial con multitudes.