DOS A LA SEMANA

EL ESPINAZO DEL DIABLO

Jorge Aragón Campos                                    jaragonc@gmail.com

El espinazo del diablo es como se le conoce a la carretera Mazatlán – Durango (no la autopista, esa es nueva); conozco muy bien la parte sinaloense de esa ruta, ubicada toda dentro del municipio de Concordia, pues tuve la buena fortuna de contar con un campamento permanente durante diez años, primeramente en la comunidad de Santa Lucía y después en Chirimollos, con el pretexto de mi afición a la entomología.

Pocos, muy pocos lugares en el mundo se comparan a esa región por su belleza, su buen clima, su biodiversidad y por la hospitalidad y decencia de sus pobladores, que suelen ser distintos a los de las partas bajas y calientes del municipio de Concordia; no mejores ni peores pero sí distintos…y más pacíficos.

Mi familia cuenta con numerosas amistades por aquellos lares, ellos se han estado comunicando con nosotros para trasmitirnos sus “percepciones”, las cuales han ido empeorando al punto de que este fin de semana, las puertas de nuestra casa se abrirán para recibir a nueve miembros de dos familias de por aquellos rumbos (tres mujeres y seis menores), quienes no tienen parientes ni en la cabecera de Concordia o Mazatlán, vienen a pasar un tiempo que esperan sea breve, en lo que sus “percepciones” mejoran y puedan regresar a sus hogares que han dejado abandonados ante una inusitada ola criminal que, según la autoridad, sólo existe en sus cabezas de la misma forma que los muertos, las casas quemadas, las amenazas, etc.

Todavía a principios de este año, si usted me hubiera preguntado por mi idea del paraíso, sin pensarlo dos veces le habría respondido que esa región de Sinaloa, así que hoy estoy al borde del amargo llanto de la decepción ante lo que está ocurriendo ahí…y ante la postura de la autoridad: “son percepciones”.

Ya ni la chingan.

Tampoco me voy a dejar llevar por el facilismo de que basta ser pobre para ser puro y bueno, hará veinte años que el pueblo de La Petaca fue un peligroso nido de asaltantes y secuestradores, gavillas pues, lo cual confirma la presencia “del virus” en esa zona (y dónde no); aquel brote fue sofocado con mano dura por las fuerzas del orden, y desde entonces ya nada importante ocurrió, pero lo de ahora es literalmente otra cosa, a lo que debemos sumar la actitud de la actual autoridad que a ultranza niega lo evidente, como si en verdad así fuera a convencer a alguien.

Le falta un peso pa´l tostón.

Lo confieso: cada día me siento peor ante nuestra impasividad; cada día la autoridad nos despoja de otra porción de decencia para entregársela a los criminales, hasta que ya no tengamos nada más que dar que nuestra sangre. ¿Qué voy a hacer en el futuro? No lo sé, tal vez acabe de refugiado en Guadalajara en la casa de mi hija, en lo que tengamos que escapar también de ahí hacia quién sabe dónde. No me trago ese cuento de que estos horrores sólo ocurren “allá arriba”; cada día son más cercanos, su marcha es inexorable, nada la detiene.