DOS A LA SEMANA

¿ACASO YO ESTOY EN UN LECHO DE ROSAS?
Jorge Aragón Campos jaragonc@gmail.com
Andrés Manuel López Obrador no se merece el beneficio de la duda: Andrés Manuel López Obrador tiene el beneficio de la duda. Eso es ni más ni menos lo que los votantes le entregaron el primero de julio: el derecho a demostrarnos que tanto él como sus propuestas sí son mejores a sus contrincantes. No fue una patente de corzo lo que recibió, ni un cheque en blanco, ni nada similar.
Si usted no está de acuerdo con esto que digo, le recomiendo cambie de lectura porque lo que sigue le va a gustar todavía menos. No valgo que usted pase un mal rato. Ahórrese el disgusto.
Por cierto, y para aclarar paradas, fue durante su paso por el gobierno de la CDMX que yo le quite el beneficio de la duda al PAN y se lo di al peje y ahí ha seguido desde entonces. A las pruebas documentales me remito. En más de una ocasión he señalado las fallas en que a mi juicio ha incurrido; es mi derecho, es mi gusto y es mi obligación como ciudadano y como comunicador.
Si usted es de los que creen que en el fondo lo que pasa es que no creo en él… vamos sacándolo del fondo para ponerlo hasta arriba: yo no creo en Andrés Manuel López Obrador. Le mantengo el beneficio de la duda y así seguirá, mientras no aparezca otro político mexicano capaz de superarlo en mi coincidencia con la mayoría de sus propuestas y, claro, en elementos de su trayectoria que considero importantes: es el único político mexicano que ha tenido la suficiente capacidad operativa para tomar desde cero, o casi, a dos partidos políticos de izquierda y llevarlos a pelear por la presidencia de la república -resultó más efectivo que Calles y eso vaya qué no es poca cosa-, en su paso por el gobierno en la CDMX no lo hizo mal, según sé, además de no ser ladrón; hasta ahí.
No soy ningún conocedor de la tecnología referente al transporte de hidrocarburos, por lo que me abstengo de opinar sobre ello; en lo que sí puedo presumir de cierta experiencia empírica, es en políticas públicas equivocadas y/o malintencionadas, que han arrojado resultados adversos y perjudiciales no para quienes decidieron aplicarlas, sino para nosotros los ciudadanos mexicanos. Me consta, que al margen del espíritu que lleve a aplicar una mala política pública, los perjuicios al ciudadano son los mismos, sin olvidar que la mayoría de esas acciones suelen llevar tiempo para ofrecer resultados y finalmente saber si funcionó, es decir, si salió bien o mal; el caso es que las consecuencias sufridas por los afectados jamás tienen compensación, a veces ni siquiera un “usted disculpe”. Un servidor tiene por lo tanto, la tendencia a ponerse de parte del afectado y en este problema de los combustibles mantengo mi postura de siempre; no estoy hablando de pedirle la renuncia al presidente y entronizar en su lugar a Meade y luego ir en peregrinación a pedirles perdón a Peña, a Fox y a Calderón. No. En este caso, refrendo el derecho de los ciudadanos afectados a ser tratados con el respeto que se merecen; reclamo a la autoridad cumplir su obligación de, mínimamente, ofrecerles paliativos como víctimas de una acción de gobierno que, aún y siendo en beneficio de toda la población, les está haciendo pagar un precio más alto que al resto sin haber sido previamente advertidos, ya no digamos consultados. Es de elemental justicia. De parte nuestra -de los demás ciudadanos-, negarles el derecho a la queja y a la molestia, es atentar contra la piedra angular de todas las conquistas a favor del hombre, que a su vez sustentan el ideal democrático como vía para la libertad y la prosperidad general: ninguno de nosotros tiene el derecho de imponerle un sacrificio a ninguno de nosotros. Mucho menos los mexicanos, obligados a honrar el ejemplo del “único héroe a la altura del arte”.