EVO SIEMPRE FUE MEXICANO

Jorge Eduardo Aragón Campos   jaragonc@gmail.com

Apenas la semana pasada, abordé en otro espacio lo que había sido aquí en Culiacán la experiencia con la migración latinoamericana hacia México, un subproducto de las feroces dictaduras militares que predominaron en aquella parte del continente durante casi todo el siglo XX.

Antes que nada, una disculpa por no respetar el saludable hábito de este espacio, de iniciar los artículos con un elemento jocoso. Me pongo al corriente. ¿Ya se murió Jack Lemmon? No me acuerdo… en fin: Billy Crystal lo describía como el hombre más positivo de la historia, contaba como en una reunión en un club judío, Jack llegó al extremo de ponderar a Hitler como villano, pues se lamentaba de que nadie le reconocía que “había hecho muy buenas carreteras”.

Ténganlo presente. Por algo lo puse.

El fenómeno de los exiliados latinos en México, se disparó a partir de 1973 con el golpe en Chile contra Allende, generando un flujo cuya duración fue mayor a los diez años pues, como fichas de dominó, los gobiernos autoritarios se fueron extendiendo por la vía de las armas a Guatemala, Argentina, Uruguay, El Salvador, etc. La UAS fue un importante polo de atracción para quienes por piernas habían salvado la vida y, además, en su mayor parte contaban con educación universitaria, amplia cultura, amor por el conocimiento, etc. y que dotaran a Culiacán de un ambiente cosmopolita impropio de un rancho grande, categoría a la cual pertenecía nuestra capital por aquellas fechas.

Por ahí anduve mitoteando.

Fueron incontables las reuniones nocturnas en casas o en el café Morales, donde más de uno tuvimos la oportunidad de intercambiar impresiones con esas víctimas del exilio; en más de una ocasión, el tema fue sobre lo que nos hacía semejantes y lo que nos hacía diferentes, siendo que, se daba por sentado, en todas esas naciones habitaba un mismo pueblo al que lo unían elementos como lengua, religión, historia, etc. el tema era recurrente porque mientras más ahondábamos en él, todos coincidíamos en nuestra sorpresa ante lo profundas que llegaban a ser “las diferentes almas que se cobijaban bajo cada bandera”. Fue notable un tema por lo recurrente: el concepto de lo que era la democracia y el sentido que cada pueblo le daba al voto. Si una noche el tema era Nicaragua, en la siguiente Guatemala y en la última Colombia, en los tres era la misma cosa y en los tres el discordante era México porque, no dejaban de exclamar con sorpresa, esperaban de nosotros exactamente lo contrario, pues con más de tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos, además de formar parte de “Norteamérica” y no de la central o la del sur, desde allá nos veían como una democracia madura y plenamente consolidada.

¡Ja!

Nunca pudieron entender el poco valor que le dábamos a nuestro voto; de la misma manera, nunca pudimos entender como ellos habían estado dispuestos a dar su vida por lo que, decíamos mitad en broma y mitad en serio, no era más que media hoja carta con una cruz mal rayada, a mano, con crayón de cebo.

Miguel de la Madrid fue presidente de 1982 a 1988, su propuesta/promesa/slogan de campaña fue “Por la renovación moral de la sociedad”. Gabriel Zaíd, quien pocos años antes había predicho que el fin del PRI podría tener su detonante en un desastre natural, algo como un “un gran terremoto en la CDMX”, describió ese sexenio así: “Terminó con la inflación más alta de la historia de México y otras marcas históricas. Crecimiento cero, narcotráfico en el poder, fraudes electorales tan escandalosos que provocaron situaciones nunca vistas, mexicanos que afrontaban golpizas (palizas) por defender el voto, grandes priístas rebeldes ante la presidencia. Circunstancias que hacían pensable el fin del PRI”. Como se podrá observar, don Gabriel lo escribió en uno de esos días donde desde que te levantas andas de buenas.

Otro detalle que vale la pena mencionar, es que la víctima de los fraudes electorales fue… ¡la derecha! Sí, todo inició en Chihuahua cuando la candidatura de pancho Barrio y se extendió a Sinaloa, Guanajuato, Baja California, Nuevo León… produciendo, al menos que a mí me conste, un fenómeno entre las filas de la izquierda sinaloense: comenzaron a votar a favor de los candidatos del PRI, en lugar de por los suyos. “No tenemos los votos suficientes para parar a la derecha, por eso hay que dárselos al PRI que sí tiene la posibilidad”, era el razonamiento táctico” que daban. No lo hicieron todos, hay que decirlo, pero tampoco ocurrió sólo en Sinaloa y tuvo el suficiente alcance para que de ahí saliera la expresión “fraudes patrióticos”, un eufemismo para atenuar la verdadera naturaleza de lo que era un fraude electoral a secas. Hay que agregar en su descargo: aún no le agarraban bien el fallito a la “democracia burguesa”, no les era del todo aceptable participar en el “jueguito distractor capitalista, que mediatizaba a las masas de la lucha por el poder y la imposición de la dictadura del proletariado”.

Tampoco fue poca cosa descubrir que a quien siempre habían convocado a tomar las armas, al pueblo llano pues, no estaba dispuesto a darles ni siquiera su voto; aquel era un mundo extraño para una izquierda tan doctrinaria como su némesis, la derecha, nomás con la desventaja de que no tenían a nadie que pudiera pasar por demócrata, pero suerte sí tuvieron porque del cielo (del PRI pues, pero aún hay lugares donde se le sigue considerando lo mismo) les cayó Cuauhtémoc Cárdenas, quien los aglutinó y los llevó a ganar ¡la presidencia de México!

¿Y qué creen qué pasó?

Pues los fraudearon, les dieron la misma sopa que a la derecha y, no sé cómo estuvo el proceso, pero pirínpirínparánpanpán ahora adoran votar hasta para tender trenes y  a Cárdenas lo traen atravesado. Puede sonar confuso y enredado, pero si me permiten seguir contándoles se darán cuenta de que es todavía peor.

Me parece injusto el juicio que hacen a quién, a pesar de la adversidad (perteneciente a una clase social no solo baja, sino además blanco de abusos y discriminación), por la vía democrática alcanzó el máximo cargo en un país que estaba arruinado para, con sus medidas, llevarlo a niveles de progreso y desarrollo impensables para su pueblo. De acuerdo, rapidito modificó el marco legal e institucional para acrecentar su poder, pero contra sus logros qué tan criticable puede ser eso.

No, no me refiero a Evo Morales sino a Adolfo Hitler ¿Se acuedan de Jack Lemon?

Evo Morales es un firme candidato a recibir el reconocimiento de mexicano honoris causa, porque sus hechos lo colocan más cercano a nosotros que a sus vecinos, los chilenos, quienes sí tuvieron un golpe de Estado abiertamente orquestado por Estados Unidos, contra un gobierno de izquierda encabezado por un presidente –el Dr Salvador Allende- que les plantó cara, poniéndose al frente de las tropas que se le mantuvieron leales y con su ametralladora M1 (regalo de Fidel Castro), los enfrentó en una desigual batalla que no concluyó hasta que murió echando bala tras su última trinchera, su escritorio en el despacho presidencial. Y luego el taimado viene y sale con que siempre todo es contra él porque es indio. A lo mejor por todo eso, nuestra izquierda ha tenido buen cuidado de ni mencionar a Allende últimamente, con mayor razón cuando pasamos a la segunda parte de esa historia, la referente al sanguinario ejecutor del golpe, el general Augusto Pinochet, quien gobernó cerca de 20 años, hasta que su mandato acabó por la vía democrática mediante plebiscito realizado en 1988, es decir que aceptó el resultado, otro ejemplo que a Evo rapidito se le olvidó, porque a lo mejor ya se había convencido en su fuero interno que pasarse por el arco del triunfo la voluntad popular no tiene ciencia.

Nuestra izquierda aún no logra el impulso necesario para ponerse de puntitas y ver, justo atrás de USA, a Canadá, expresión de socialdemocracia cuyos logros en indicadores como salud, educación, igualdad, seguridad, empleo, equidad y otros más, son superiores a los de todo el continente y buena parte del mundo, ahí está una fuente de propuestas para nuestra región, no se diga para México, pero prefiere seguir instalada en pos de un socialismo bananero que sigue debiéndonos aunque sea un caso de éxito, con la convicción de que la coartada de luchar contra “el imperialismo yanqui” da para eso y más, aunque ya quién sabe qué tanto. Y si usted tiene dudas pregúntele a Evo, quien cada vez se mira más decidido a adoptarnos como su nuevo pueblo bueno y sabio que lo adora, porque aquí ser de izquierda es una manifestación política, por lo que quien la hace es político y entonces es un político mexicano: por ideología, por nacionalidad y por estar cortado con la misma tijera.

Welcome home Evo.