
01 de diciembre de 2021
César Velázquez Robles
López Obrador llega hoy, primero de diciembre al ecuador de su mandato. Tres años de una gestión trepidante que tenía como propósito no dejar piedra sobre piedra del viejo régimen. Sin embargo, el recuento indicaría que mucho de aquel pasado sigue teniendo vigencia plena, apenas encubierto por una retórica hueca, vacía, y que en el mejor de los casos, como escribió Juan Manuel Luque Rojas, en un excelente ensayo publicado por la revista POLITEiA, es un híbrido del modelo neoliberal y del viejo nacionalismo revolucionario. Llegados a la mitad del camino, empieza a producirse un fenómeno natural del poder: la declinación, la abreviación del tiempo histórico, la exigencia de acelerar la marcha para hacer irreversible las (contra)reformas y apurar los cambios pendientes. En la medida en que se presentan los obstáculos se pone en marcha una gestión emergente que hace caso omiso del Estado de derecho, que violenta los derechos de propiedad, que transgrede las normas más elementales de la transparencia y la rendición de cuentas, que rompe el equilibrio de poderes, que acentúa el centralismo, distorsiona el federalismo, subordina a las entidades federativas y lastima la vida republicana y democrática del país.

¿Por qué una sociedad que durante años libró una decidida lucha por la democratización de nuestra vida pública, que desarrolló un ejemplar espíritu crítico hoy acepta de manera acrítica, según puede advertirse por los resultados de las encuestas –a los que me referiré enseguida—esta situación? Algunos apuntan que ello se explica por el hecho de que López Obrador es un fenómeno de la comunicación política; otros señalan la naturaleza carismática de su liderazgo, que remite, obviamente, a un lejano pasado predemocrático; unos más destacan el hartazgo político de años de dominación y control del priato y la docena panista, que generaron, por su naturaleza patrimonialista y perfil autoritario, una larga cadena de agravios, de los que hoy esa ciudadanía está pasando factura. Hay quienes señalan que, en el fondo, subyace la esperanza de que, por fin, ha llegado o llegará la redención social gracias al afán justiciero del nuevo poder. Seguramente estos y muchos otros factores definen la naturaleza del nuevo poder, que apenas ha experimentado la exuberancia de la juventud y ya empieza a mostrar los signos de la decrepitud.
Una encuesta mejor que las de López Obrador
Vayamos a la encuesta. Ayer, 30 de noviembre, se dio a conocer la encuesta de De las Heras Demotecnia, y ésta nos dice que el 71 por ciento de la población aprueba el desempeño de López Obrador, en tanto que solo el 21 por ciento lo desaprueba. Éste es el segundo mejor nivel de aprobación del presidente, tan solo superado por el 80 por ciento de aprobación que alcanzó en la luna de miel de los 100 primeros días de gestión, y es el mismo nivel de aceptación que tenía en septiembre de 2019, al presentar su primer informe de gobierno. También su calificación sigue siendo bastante alta: en una escala de 0 al 10, la encuesta le otorga una calificación de 7.6, muy buena, si se le compara con la calificación que alcanzó Peña Nieto al final de su mandato, un auténtico desastre político.
Creo que una parte importante de la explicación de los altos niveles de popularidad presidencial y la alta calificación, se explica por estos datos: el 55 por ciento de los encuestados afirmó que desde la llegada de López Obrador al poder, la situación personal y de sus familias es mejor que antes; 21 por ciento respondió que es peor, y el 17 por ciento que permanece igual. Al ser interrogados sobre lo que mejor ha hecho el presidente, el 32 por ciento señaló que “otorgar apoyos de los programas sociales”; 16 por ciento destacó el combate a la corrupción y acabar con privilegios; el nueve por ciento ayudar a los más necesitados y a la gente pobre , y siete por ciento su forma de gobernar. Así como no se necesita ser meteorólogo para saber de dónde sopla el viento, no es necesario ser muy perspicaz para entender las razones de ese apoyo masivo: programas sociales, combate a la corrupción, ayuda a grupos vulnerables y el estilo personal de gobernar. Ahí, en esos datos, se concentran las razones del enorme apoyo de que sigue disfrutando.
Y hoy va a celebrar en el Zócalo esos logros. Luego de la celebración esa estrella refulgente empezará a periclitar. Por decisión propia. Porque ha sido un ejercicio agotador. Porque ha decidido adelantar los tiempos sucesorios. Porque ha abierto un frente más de disputa que difícilmente puede controlar.
¿Y la oposición? Cómo he dicho, la oposición está más perdida que un machigüi después de cuatro días. Sin fuerza en las instituciones, debería hacer de la calle su trinchera. Pero también ahí está ausente. Si logra prender el Frente Cívico Nacional, si los frentes cívicos estatales logran concretarse, el país podrá contar con una alternativa. Pero diría que no habría que hacerse demasiadas ilusiones. Son muchos años, décadas, de control, dominación y autoritarismo. Las masas, como dicen los viejos manuales de marxismo, tienen que hacer su propia experiencia. Y eso no se hace de la noche a la mañana. ¿No es cierto?
