
02 de noviembre de 2021
César Velázquez Robles
La llamada AMLOFest, la concentración en el “Zócalo democrático” para celebrar el tercer aniversario del ascenso al poder de López Obrador, demostró que el presidente sigue teniendo una enorme capacidad de convocatoria. Llenar la plaza pública más importante del país no es una tarea fácil, incluso para el poder, que se crea de inmediato esa burbuja que le separa del mundo real para vivir en la irrealidad, en la soledad. Pero lo hizo, y seguramente podrá seguir haciéndolo. Es decir, haciendo la tarea que la oposición no hace: ganar la plaza pública, el espacio natural de la protesta social, convertido ahora en el centro de las celebraciones y las realizaciones de lo que insiste en llamar un cambio de régimen. Pero la fiesta-informe tuvo un aire burocrático, apenas disimulado por algunas arengas dirigidas a la galería y una definición forzada de la adscripción de su gobierno a la corriente de izquierda, definida por su compromiso con los pobres, lo que resulta en verdad paradójico en un país en el cual varios millones de mexicanos han pasado a formar parte de la población excluida y marginada de la modernización.
El discurso de AMLO conduce a otro mundo. Un mundo ideal, de un país de libertades plenas, de economía en expansión que recupera todos los empleos perdidos y crea cientos de miles más; que crecerá a un ritmo acelerado, y con una enorme capacidad de atender los reclamos y demandas de bienestar y progreso de millones de mexicanos que ahora tienen esperanzas ciertas de la redención que las viejas élites les han negado a lo largo de la historia. No hay espacio para la autocrítica: México es otro país; se ha transformado en tres años, y la fortaleza moral, los valores culturales del pueblo bueno harán irreversibles los cambios operados en la vida pública nacional. Todo está bien hecho. La corrupción ya no carcome las estructuras espirituales de la sociedad mexicana, el país es ejemplo ante el mundo y tiene autoridad plena para orientar y proponer programas que acaben con la exclusión, la pobreza y la desigualdad. Es otro mundo el que dibuja López Obrador, aunque la realidad se empeñe en decirle lo contrario.
Me llamó especialmente la atención esa definición que hizo de su gobierno como de izquierda. He sostenido, en línea con lo que ha planteado Joel Ortega, que el gobierno de AMLO no encaja en ese perfil del espectro ideológico. El hecho de que en la administración, en el parlamento, en espacios de gobiernos nacionales y locales militantes de la izquierda ocupen posiciones más o menos relevantes, no define a un gobierno como de izquierda. Cito algunas frases de un interesante artículo publicado en la revista Siempre!: “Las ‘izquierdas’ que apoyan al gobierno de la llamada 4T, no tienen elementos sólidos o siquiera promesas de cambios sociales y políticos que ameriten su fanatismo pro AMLO”. “Optan por la nostalgia, la agrupación religiosa en cofradías marginales y en el caso mexicano, confunden su fracaso con la ilusión de haber ‘conquistado’ un ‘triunfo histórico’, con la votación obtenida por Morena y Andrés Manuel López Obrador. Con ello un pequeño grupo de ex marxistas justifican sus cargos secundarios en el gobierno de AMLO, sin condicionar su presencia a la aplicación de un programa mínimo de orientación popular”. (La Tremenda corte y me Canso Ganso, octubre 10, 2020).
AMLO se define de izquierda sin ruborizarse
Pero en ese grupo y en esa idea López Obrador se ha montado sin rubor alguno para definirse de izquierda, aunque su tardo-echeverrismo es inocultable. Sin embargo, como ha escrito el historiador John Womack: “Mucha gente vio sus sueños izquierdistas realizados en el triunfo de López Obrador, pero lo que ahora llaman izquierda es una izquierda que, como tal, es muy pobre. No es la izquierda de Valentín Campa de los 50 y 60. Campa era comunista. Eso era la izquierda mexicana. Una izquierda marxista. ¿Qué es López Obrador en relación a eso? Para mí no hay izquierda fuera del marxismo. La izquierda no es izquierda a menos que sea marxista. El marxismo es crucial. El capitalismo es el punto central. O estás favor o estás en contra”. (“Con AMLO ganó la izquierda del PRI, y no la izquierda histórica, dice el historiador John Womack”, Sinembargo, 28 de julio de 2018).
Pero, a todo esto, ¿cómo lo dijo López? Helo aquí: “El noble oficio de la política exige autenticidad y definiciones. Ser de izquierda es anclarnos en nuestros ideales y principios, no desdibujarnos, no zigzaguear. Si somos auténticos, si hablamos con la verdad y nos pronunciamos por los pobres y por la justicia, mantendremos identidad. Y ello puede significar simpatía, no sólo de los de abajo, sino también de la gente lúcida y humana de la clase media y alta, y con eso basta para enfrentar a las fuerzas conservadoras, a los reaccionarios.”
¿Vende bien esa idea de izquierda que tiene López Obrador y que lanza sin rubor? Parece que sí, sobre todo en aquellos izquierdistas que sienten –y algunos están convencidos de ello— de que lograron el asalto al cielo. Esta coartada les permite transitar por su vida política sin cargos de conciencia, sin haber traicionado a la clase obrera, y viendo en López a la cabeza que necesitaba el proletariado. De pena ajena.
Pero no solo eso. López vende la idea de que la izquierda, la auténtica, la histórica, la que no transige ni pacta con el enemigo de clase, la que resume y condensa todas las grandes luchas que han ido transformando el mundo, no anda de “quedabien” con nadie ni hace concesiones graciosas que la desdibujan. No hay más camino que la izquierda, dice, y para que vean que lo dice en serio, se lanza contra el centro político, al que pondera como una veleidad pequeñoburguesa y reaccionaria. Eso le gusta a su galería, a sus fans, a sus seguidores y leales. Es la moda, además, en una fase en que frente a las evidentes debilidades del liberalismo político, parece imponerse el nacionalpopulismo, aunque aquí adornado con guiños en busca de la clase media perdida y algunos sectores de la burguesía. Aquí va esa parte del discurso: “Nada se logra, y esto aplica en México y en todo el mundo, nada se logra con las medias tintas. Los publicistas del periodo neoliberal —que ya se fue, se está terminando esa pesadilla— los publicistas del periodo neoliberal, además de la risa fingida, el peinado engominado y la falsedad de la imagen, siempre recomiendan a los candidatos y gobernantes correrse al centro, es decir, quedar bien con todos. Pues no, eso es un error”.
Esa es la pobre idea de López. La búsqueda del centro político, la ubicación centrista en el espectro político, es una “recomendación de los publicistas neoliberales”. Lo dicho: López vive en otro mundo.


