Víctor J. Pérez Montes
Mátame
porque me muero…
Caifanes
Honestamente no recuerdo la última
vez que salimos, ni siquiera recuerdo la última vez que le regalé flores; o
algún detalle, una palabra agradable. Nuestra rutina era brutalmente fría, sin
alguna pisca de frescura, o interés mutuo. La ternura o la suave palabra se
había alejado hace mucho, pero mucho tiempo de nuestras vidas. Bueno, ahora que
lo recuerdo, la última vez que intenté invitarla a un café, empezó de inmediato
a poner miles de pretextos que destruían las ganas de salir o simplemente tener
unos instantes conmigo.
Nuestros tiempos libres eran
diametralmente opuestos, nunca había un acuerdo para comer o cenar juntos;
siempre había una junta de emergencia en la oficina, o un “extra” de trabajo, o
invitación por parte de otras personas “con más importancia o emergencia”, para
sacar tal asunto, que tener un tiempo juntos.
¿Quién tuvo la culpa? La verdad no lo
sé. Supongo que nunca hubo un interés por sacar adelante la relación. Siempre
hubo algo más importante que nosotros. El trabajo, los compromisos con amigos,
familiares, los proyectos profesionales. Los hijos nunca llegaron. Las visitas
al médico en los primeros años fueron devastadores, recuerdo haber comprado un
caballito de cedro, era una belleza artesanal. Nunca fue estrenado. Como muchas
cosas, acabó en el cuarto de los “cachivaches”, en el cuarto de lo que nunca
fue o nunca llegó a ser.
Mis dos hermanos menores, habían
tenido familias extremadamente diferentes a la mía. Sus sonrisas, sus caras
eran de gusto, de placer por la vida, ¡Claro que tenían problemas!, pero, había
algo que los hacía luchar, tener la llama de la ilusión brillando sin importar
que los vientos de la adversidad fueran fuertes o tempestuosos, al final del
día, una sonrisa era lo que salvaba sus vidas. La mía no era así.
Las noches eran peores. Cada uno
hacía cosas diferentes, yo saltaba de canal en canal para tratar de encontrar
algo interesante en la televisión, y mi esposa, se clavaba en una pila de 13 a
15 libros que estaban de su lado de la cabecera, que de manera territorial
cuidaba con gran recelo. Sus lentes para la lectura y sus libros, eran parte de
esa escenografía de apatía que se vivía, que se olía en el aire al entrar en
esa alcoba que entristecía a quien echara un vistazo.
En las mañanas, café y pan tostado
con mantequilla y mermelada de frambuesa era el menú. No había muchas opciones.
Levantarse por la mañana, cambiar de camisa, usar el traje que tocaba cierto
día con tal o cual corbata, o en su defecto, corbata de mariposa; era parte de
ese extraño ritual que había sido llevado con exactitud durante 21 años, 6
meses y 11 días.
El restorán de enfrente del Edificio Olmeda –el edificio donde
laboraba- era como un pequeño oasis. Los olores entremezclados me recordaban
aquellos mismos olores que salían de la rústica cocina de mi madre, con tales
olores entraba en una especie de transe, al sentir el aire impregnado por todo
el largo pasillo que conducía hasta las recamaras de la vieja casona en la que
crecí, en las afueras de la ciudad. Los viejos llanos, que poco a poco cedían a
la mancha voraz que consumía todo vestigio de naturaleza que desaparecía con el
paso lastimoso de los años en ese sector de la ciudad,
Para ser exactos, habían pasados 284
días desde la primera vez que la vi. Era joven, cabello castaño, largo y con
tonalidades más claras y onduladas en las puntas, sus movimientos eran con
cierta gracia, una gracia que daba luz a toda su faz, con unos enormes ojos
color verde, que denotaban un aire de inocencia, pero que a la vez, con
sutileza mostraba un grado de picardía, que no me cansaba de mirar.
Su nariz se movía de manera graciosa,
cada vez que preguntaba sobre el menú, o cuando daba algunas sugerencias del
mismo. Sus mejillas eran un tipo de pintura de Rembrandt, donde los colores
rosados se desvanecían de manera suave y
mezclaban una tonalidad de blanco que se detenía abruptamente con las pequeñas
pecas que deben un hermoso contraste con sus cejas delgadas y delineadas.
Su figura era una poesía a la
belleza. Curvilínea, esbelta, graciosa, de movimientos ligeros que parecía que
cortaba el aire cada vez que hacía con graciosa y delicada energía algún
ademán, que también, capturaba mis sentidos, era un suave incienso que dejaba
mi atención suspendida en el aire.
Su estatura era aproximadamente de 1
metro 65 centímetros, ni alta ni baja, era totalmente perfecta. Era un ángel
que se materializaba, y que había bajado desde el mismo cielo para liberarme de
la agonía que vivía en mi hogar. De pronto una idea, y esa idea no era la gran
idea, ni la mejor, pero era algo que podía cambiar mi monótona existencia.
Marce –Marcela era el nombre de este
hermoso ángel- y yo, habíamos conversado en muchas ocasiones. Siempre me había
externado, lo que le encantaría conocer otros lugares, el mar era su sueño. De
manera repentina, llegaban a mi mente imágenes de ella corriendo por toda la
orilla de la playa en paños menores. Su gran
y espléndida sonrisa, era una luz como un faro en la oscuridad de mi
soledad. Ella despedía una energía tan especial, que lo único que podía hacer
era contemplarla tanto como pudiera esa sonrisa sin ser demasiado obvio.
El día del viaje llegó. Yo había
tomado por adelantado 1 semana de mis vacaciones, salí temprano de mi casa, y
sin más le dije a mi esposa que me iba de vacaciones. La indiferencia fue
total, un simple ¡Bye!, fue su respuesta. Sin más, pasé por Marce y nos
dispusimos a salir de la ciudad. Entre más lejos dejábamos nuestras casas, más
libertad sentíamos y un aire de frescura llenaba mi mente, al ver sentada a esa
joven con todas las ganas de vivir y de sentir, era mi motivación de emprender
esta aventura.
El camino a Playa Bonita, era un verdadero paraíso exótico. Era increíble y muy
interesante la plática que esta joven de 24 años tenía, y sobre todo, que podía
mantener en nuestro viaje de casi 6 horas. Me explicó que aproximadamente había
leído unos 9 u 11 novelas, dentro de los últimos 3 meses, y con una sorpresiva
afirmación, me dejó perplejo: Estudié
Literatura y lengua española en la Universidad de la Provincia.
Con una cara de sorpresa y como de
que no te lo creo, le respondí con otra incógnita: ¿Por
qué trabajas en el Café? Con serenidad filosófica, me explicó: Es el negocio del papá de un
compañero universitario, mi sueño es ser escritora, pero también necesito comer. Soltando una hermosa carcajada de
manera espléndida, y entre pláticas reinicia sus explicaciones y toma una
actitud de serenidad de manera instantánea, diciendo: Bueno, a lo mejor, me va peor como
escritora, pero yo sólo quiero hacer lo que me gusta, lo que verdaderamente me
apasiona, por eso estoy contigo.
Por fin habíamos llegado a nuestro destino. Ese
camino de tierra y arena entremezcladas, las diferentes enramadas de color
verde intenso y las palmas de cocoteras, que a lo largo definían el camino, así
como un aire fresco que se impregnaba con la salada brisa marina, daba la
bienvenida a nuestra semana de libertad y amor, que sólo ese lugar era testigo
de nuestro encanto.
Aquellos días habían sido excitantes
de gran alegría, de hecho me habían ayudado a recordar aquel sentimiento
perdido de ganas de amar y ser amado. Las risas y la buena compañía eran el
común denominados existente en los primeros días, la pequeña habitación que
daba hacia la playa, era la escenografía perfecta para que todo aquello fuera concretado
de manera increíble.
La noche previa a nuestro regreso, me
había levantado para tomar un vaso con agua, la luz de la luna y el suave ruido
de las olas del mar, me habían levantado. El suave viento nocturno movía de
manera lenta las cortinas de mantilla que brindaban cierta protección y
privacidad al interior de la habitación; y me percaté que Marcela no estaba
acostada en la cama. Pensé que habría salido al baño ya que los baños estaban
en la parte trasera de las habitaciones, así que no puse mucha atención al
asunto.
Sin embargo, quise echar un vistazo
para asegurarme que todo estaba bien. Para mi sorpresa y extrañez, ella no
estaba en el baño las sandalias que usaba estaban junto a la cama su ropa de
cama estaba en la silla de un costado y en ese preciso instante empecé a pensar:
¿Saldría a la playa?,
no lo pensé dos veces y
fui a buscarla.
Con linterna en mano, salí con rumbo
a la playa, las olas en una calma relativa brindaban una sensación de zozobra,
que entre más me acercaba al oleaje, más sentía una inseguridad que me hacía
latir el corazón de manera intensa, y con un escalofrío que recorría todo mi
cuerpo desde la cabeza a los pies y manos, de manera contundente en todo mi cuerpo.
Pasaron unos minutos y no podía
encontrarla, de pronto, en un montículo de peñascos, se notaba un antebrazo con
marcas de rasguños saliendo de una de las rocas, rápidamente puse la luz de la
linterna sobre el cuerpo, para mi sorpresa y gran horror era Marcela, y de
manera abrupta traté de jalarla hacia la orilla, pero inmediatamente me di
cuenta que le faltaba la mitad de una pierna.
Con horror y gran desesperación,
empecé a gritar y voltear a todas direcciones, en ese momento, no tenía ni la
mínima idea de lo que pudo haber pasado. ¡No lo sabía, se lo juro que no lo
sabía!, pero aquella imagen de su cuerpo mutilado y sin vida, su cara de pánico
y dolor, que externaba el suplicio de su muerte trágica ya había hecho un
efecto de pánico en mi mente hasta el día de hoy.
Mientras jalaba el cuerpo sin vida a
la orilla de la playa, empecé a llamar de
manera desesperada la ayuda de algunos pescadores de la zona, que por la
madrugada hacían sus labores. De manera inmediata y a gritos les suplicaba
ayuda. Uno de los pescadores afirmaba que había sido un ataque de caimán, que
por la zona abundaban, debido a la temporada de apareamiento. A los minutos
llegó la Policía local y tomó parte de lo ocurrido.
De inmediato fui llamado a declarar,
y pues, aquí me tiene oficial, eso es lo que pasó prácticamente.
-¿Y cómo creerle, sí no hay quien
confirme su versión de los hechos?
-Pues mientras esto se aclara,
usted está detenido como presunto culpable del homicidio de la señorita Marcela
Saldívar Torres.
–¡Pero yo la amaba!, ¿Cómo se atreve a decir eso
oficial?
-¡Señor!, ¡Cálmese por favor! ¡Así
es como se procede, y necesitamos averiguar lo qué pasó! El oficial toma un breve respiro profundo, y con breve esfuerzo,
continúa el interrogatorio:
-¿Usted
sabía sí tenía familiares, padres, hermanos, quizá algún familiar no tan
directo?
-¿Cómo dice?
-¿Sí
ella tenía familia?
–¡No!, bueno… ¡Nunca me habló de
ellos! El lugar donde ella trabajaba, creo que era de un familiar lejano, es
todo lo que sé.
-¡Pues mi amigo!, por lo pronto es
todo, espero unos momentos.
El agente del ministerio público, se
levantó y me dejó solo, sentado en esa silla, con la mesa en el centro de ese
cuarto obscuro, iluminado por una pequeña lámpara en el medio; era obvio que la
declaración no era suficiente para esclarecer o determinar el culpable de este
caso.
A los 30 minutos, entraron unos
agentes y sin mayor preámbulo, me tomaron a de la cabeza, y con un palo de
madera, me empezaron a golpear en el cuello, lo único que pude recordar es un
dolor intenso que hizo que perdiera el conocimiento por un lapso de tiempo.
No recuerdo exactamente cuánto tiempo
estuve inconsciente. Lo único que puedo recordar es despertar con un dolo agudo
en mi cabeza a la altura de la nuca, enfrente de mí, 2 policías que me detenían la mano, para que
firmara mi supuesta declaración. Totalmente mareado y sin tener un control
total de mi ser, aún tengo dudas de cómo pude firmar o poner el supuesto
garabato que había en el acta de la declaración de los hechos.
Lo cierto es, que terminé procesado,
y así terminé en esta celda. Mi esposa jamás me vino a ver. Lo último que
llegué a saber de ella, es que hace 7 años, ella se volvió a casar, que lejos
de disgustarme, me agradó la idea. La cabronada que le hice no era para menos,
es más, nunca me vino a ver antes y después de ser sentenciado, de esto ya va
para casi 22 años.
¿Qué sí me arrepiento? ¡La
verdad no! Es más, no tengo nada de qué arrepentirme. Yo no la maté, fue un
infortunio, un accidente que me agarró mal parado, en el lugar y en el momento
desafortunado… ¿Qué sí lo volvería hacer?, ¿Lo de Marcela?, ¡Claro que sí! Yo
solo busqué ser feliz, así de sencillo, yo solo traté de estar inventándome el
amor.