DOS A LA SEMANA. YO VI A JESÚS EN EL CINE DIANA

Jorge Eduardo Aragón Campos jaragonc@gmail.com

A mí me gustó mucho ser joven; hay evidencias sobradas para aventurar que en toda la historia de la humanidad, el mejor momento para serlo fue una ventana de oportunidad no mayor a ocho años, que aquí en México sería para los nacidos de 1948 a 1956; pertenezco al último de esos selectos grupos, cuya formación concluyó antes de que por el pan de la prisa, la paciencia y la culpa fueran abolidas. Percibo diferencias enormes ante lo que implica ser joven hoy, tantas que no tiene sentido intentar enumerarlas y es mejor optar por encontrar lo contrario, las semejanzas.

Quienes hemos llegado a abuelos, adquirimos una perspectiva temporal que viene aparejada al hallazgo de que la flecha del tiempo no es lineal sino circular: donde el camino acaba siempre habrá alguien iniciándolo. En agosto del año pasado, con motivo del día de los abuelos, el portal SINALOATV.MX publicó una serie de videos alusivos, uno de ellos está musicalizado con la indudable mejor versión que Shinnead o Connor ha hecho de I Don´t Now How To Love Him, lograda durante su presentación en vivo en The Graham Norton Show, la cual tuvo una falla de audio previa al final, quedando así para siempre. Me llamó la atención el buen recibimiento que tuvo entre amigos que, por su juventud, no tenían ninguna referencia sobre ella. Traigo esto a colación porque, mira que cosas, esa balada es una pieza que nos trae una historia sobre cómo era ser joven más antes; Contiene de todo: Amor! Peleas! Traiciones! Música! Muertos! Sorteos!

¡Síganme los buenos!

Como ella misma lo describe, la interpretación lograda por Shinead aquella noche en los estudios de la BBC, fue resultado del impulso emocional brechtiano (manipular el estado emocional del actor hasta hacerlo coincidir con el del personaje) provocado por el estado de gravidez en que claramente estaba y por la presencia en el plató como invitado, de Andrew Lloyd Webber, compositor musical de Jesucristo Superestrella, la primera rock ópera digna de ostentar ese nombre. No Sé Cómo Amarlo es un título que obligadamente nos remite a una posible balada de Fay, o Tatiana, o algo así… y de hecho lo sería… si no fuera que… Jesucristo Superestrella es inglesa… y salió a la venta como álbum en 1970 y consiguió llegar al primer puesto del Billboard en dos ocasiones, con las canciones Superstar (interpretada por Murray Head y The Trinidad Singers) y I Don’t Know How to Love Him (interpretada por Yvonne Elliman). En 1970 la situación político-religiosa ardía en Inglaterra contra los católicos irlandeses, que ya tenían al IRA (Ejército Republicano Irlandés) como brazo armado y se conectaba con la OLP en Medio Oriente y la Baader-Meinhof alemana, para crear el triángulo de oro del terrorismo; en aquella Irlanda, si alguien gritaba en la calle ¡Me cago en Dios! era hombre muerto. Mientras tanto, aquí en Culiacán el respeto a las creencias se pedía a cachetadas, después de eso cada uno decidía si las concedía o las negaba; más de uno cambió de religión; no fueron pocos los que se quedaron esperando la ayuda de Dios. Pero esa es otra historia. El punto es que en 1970 no era cualquier cosa la aparición de una obra musical -¡Una rock ópera!- sobre La Pasión, donde entre algunas nuevas sugerencias estaba la de una relación algo equívoca entre el nazareno y el personaje de Yvonne Elliman, quien interpreta No Sé Cómo Amarlo, mientras lo unge con aceite y mirra. El personaje es María Magdalena.

¡Imagínense! ¡El incendio!

En 1974 llegó la película a Culiacán, y con tanto ruido previo el interés por verla era enorme; el estreno lo pusieron desde las diez de la mañana un viernes en el cine Diana; esos sí sabían hacer negocio; a las nueve y cacho, una marabunta de diociochoañeros, compuesta por los tres grupos de segundo grado del sótano de la Preparatoria Central Diurna de la UAS, salimos rumbo a la calle Rosales para irnos derecho hasta la Obregón y de ahí torcer hacia el cine. No. De ninguna manera. Yo nunca estuve en el sótano; me tocó en el piso de en medio, el de la rampa, en unos salones que estaban antes de la dirección y que después los hicieron laboratorio (Ya nadie quiso mancillar aquel suelo sagrado donde yo pisé). En realidad era debido a ese lado generoso que me ha distinguido siempre, y que cada que la gleba y la canalla se ponían en categoría de horda, con mi presencia noble yo condescendía a dotarla de cierto encanto y dignidad.

Pues ahí vamos en bola. Bola grande. Nomás un detallito se nos pasó por alto.

Eran los tiempos cuando para el descuento en los urbanos, usábamos de credencial unos dos o tres, a veces hasta cuatro camiones secuestrados e incendiados a un lado de la plazuela Rosales; camionero que te lo negaba luego se daba de santos porque no lo habían incinerado con la unidad; la Liga Comunista 23 de Septiembre secuestraba y mataba; el gobierno te desaparecía… y en ese entonces, por la Rosales, donde hoy está el Archivo Histórico, donde ahorita un amigo mío trabaja y me jura que ahí espantan -que se oyen ruidos-, ahí mismito estaba la Policía Judicial del Estado, que en esas fechas contaba entre sus filas a más de un predestinado a ser gran figura del narcotráfico; cuando vieron el bolón que según ellos se les venía encima, pensaron se trataba de una invasión de comunistas rusos que destruirían el clima de tranquilidad y paz social que gozábamos, para implantar un régimen donde se nos obligaría a comer niños asados porque en las tiendas de Rusia nunca había nada para comprar. Y aparte que nomás Moscú tenía tiendas.

¡Ah qué pendejos éramos! ¡Pero cómo nos divertíamos!

La retaguardia de nuestro grupo acababa de cruzar la Morelos y por ahí les cayeron como seis camionetas de judíos mientras, casi simultaneo, en la primera línea de nuestra vanguardia pasábamos frente a la puerta de la corporación ¡Claro que yo iba adelante! ¿Quién presidiría entonces? Me valió haber estado al frente, porque cuando de adentro salió a darnos los buenos días una andanada de granadas de gas lacrimógeno, balas de goma, una que otra de a devis… y en aquellos tiempos sí tiraban a dar…  una heroica escuadra compuesta por cuatro bravos: el pinocho Monroy, el frijolito Uriarte… me parece que el chino Mojica y yo, sin perder la vertical ni el paso, con la firmeza y la serenidad de quien ha hecho del acto de dar órdenes su actitud ante la vida, nos fuimos de frente mientras a nuestras espaldas se armaba la gorda. Y se armó en serio. Tuvimos tanto éxito (les digo que sin realmente serlo, eso de lo noble de todas formas me sale muy natural), que nos alcanzó para medio meternos a un changarrito poco más grande que caja de Petri, en la esquina frente a Correos: Los Tres Cochinitos, se llamaba. Vendían unos tacos de maciza que me acuerdo y todavía lloro. Ya en serio, el caminar con elegancia -como las hormigas de Francia- fue porque el miedo es canijo y la fruncida que pegamos nos puso el que les conté casi al punto del trasrosque. Parecíamos bastoneras por la forma como llevábamos el mismo paso; pero nos llevó hasta los tacos; avergonzados y humillados, pero sanos y salvos y con hambre.

¡Pa´ su madre! ¡Qué buenos estaban esos tacos!

No habíamos desayunado, más el miedo, y traíamos lana (Aitá: yo no era de los del sótano.); encima, al estar taqueando denotábamos un estándar económico que nos eximía de cualquier sospecha sobre profesar ideologías exóticas, de aquellas que sólo servían para ahuyentar inversiones extranjeras y ofrecer mal aspecto al turismo. Insisto ¡Qué buenos estaban esos pinches tacos! Y si les agregamos como espectáculo del medio tiempo a la fracción troglodita de nuestras fuerzas del orden, empeñados al 110% en ponerles la madriza de su vida a todos los de los tres grupos de segundo grado, del sótano de la preparatoria central diurna (en los cuales yo nunca estuve), cómo no nos iban a saber a gloria aquellos tacos. Aparte, hagan de cuenta estábamos en palco: mínimo a tres les cambiaron el estado civil a culatazos y a más de uno le rompieron toditito el hocico ¡enfrente nuestro! ¡Fíjense nomás! Lo que debieron sufrir esos pobres compañeros nomás por no tener para pagarse unos tacos; ahora sí que además de hambreados, madreados; nos conmovieron; nos hicieron descubrir que la desigualdad tiene su lado bueno, sobre todo cuando es el que te toca a ti.

¡Qué tacos, Dios mío! ¡Qué tacos!

De una forma u otra, para antes de las diez todos habíamos encontrado la manera para reagruparnos de nuevo en la taquilla del cine; bueno, sin los que quedaron con hocico de Mauricio Garcés porque como en las refresquerías de adentro no te daban popotes, y a cómo les habían dejado la buchaca los perjudiciales no iban a poder tomar refresco, y como en aquellos tiempos si no ibas al cine a tomar refrescos pues entonces a qué chingados ibas… pues no entraron ¡Mira! Otra vez el lado bonito de la desigualdad. Uno se puede acostumbrar rápido a eso. Otros que tampoco estuvieron fueron a los que sí se llevaron detenidos, pero de esos quién sabe ¿Quién iba a andar viendo por ellos? Ahí los han de tener todavía, calentándolos y gritándoles ¡Quién encabeza al movimiento telúrico!

No lo duden esos son los dizque fantasmas. A ver si no se les vuelve vicio.

Lo que intento transmitir a ustedes, es la noción de una atmósfera que en aquella época lo permeaba todo, donde no había asunto que no valiera la pena abordar y a los jóvenes se nos concitaba a hacerlo; cosa muy distinta observo hoy, en un mundo donde en apariencia quedan muy pocas cosas que no puedan resolverse con sólo apretar un botón, donde dudar es inútil pues en aras de la holgazanería intelectual disfrazada de comodidad, hemos renunciado a nuestra condición heurística (la necesidad de entender las cosas) hasta el extremo de que es políticamente incorrecto ver al mundo como un conjunto de problemas por resolver; sin embargo, encuentro en los muchachos de hoy la misma ansiedad que padecimos nosotros y nuestros padres y nuestros abuelos, frente a una realidad cuyas contradicciones reclaman una mínima justificación que les dé sentido, pero a diferencia de nosotros estos jóvenes de hoy pertenecen a un mundo donde las preguntas dejaron de existir, donde lo difícil es encontrar rastros que los lleven por caminos inesperados tal y como nos ocurriera a muchos aquella mañana de viernes en el cine Diana, donde una película musical fue el punto de una madeja que todavía hoy, al menos yo, no logro terminar de desenredar (menos mal fue película y no libro): Jesucristo Superestrella formaba parte de una serie de obras que partían de las primeras traducciones sobre los rollos del Mar Muerto, donde un Jesús histórico se desprendía del Jesús místico para producir una tormenta de ideas provocadoras, entre ellas la que tomó Nikos Kazantzakis en su novela La Última Tentación de Cristo(1951), obra retomada por Martin Scorcese en 1988 para la película del mismo nombre, donde el primer nivel del texto plantea a partir de una relación terrenal entre Jesús y María Magdalena, la propuesta de que por la vía del amor sí es posible un paraíso en esta vida y que resulta inobjetable, frente a la capacidad de Kazantzakis para trasmitir los sentimientos que afectan a cada uno de los personajes de aquel tragedión.

¡Aguas! esto que viene es muy interesante.

¡Amá! ¡Ya píquele con la burundanga y véngase a ler!

Filósofo, novelista, dramaturgo y poeta, Nikos Kazantzakis es también autor de Zorba el Griego y perteneció a una categoría probablemente ya extinta, de hombres cuyos pies descansan sobre siglos distintos y para los cuales aún no tenemos nombre: casado y divorciado n veces, trotamundos con domicilio en París, Berlín, Italia, Rusia, España, Egipto, China, Japón y Checoslovaquia. En Berlín abrazó el comunismo y fue amigo de Lenin para desilusionarse después con Stalin; sin abjurar de su orientación fue suavizando su nacionalismo hasta ejercer un cristianismo primitivo que lo convirtió en un hombre bueno. La Última Tentación de Cristo, según muchos, es en respuesta a una obra crucial para el existencialismo, A Puerta Cerrada, de Jean Paul Sartre, cuya naturaleza se refleja en su famosa frase El infierno son los demás (L’enfer, c’est les autres). Estrenada en el París previo a la liberación en mayo de 1944, en A Puerta Cerrada Sartre crea un concentrado de amargura que nos cancela toda esperanza de redención, en pocas palabras nos dice que no hay para nosotros ningún paraíso en ninguna parte: somos criaturas de corazón estéril, en este mundo que es un purgatorio donde nos preparamos para lo que viene después: torturar a nuestros semejantes cuando ellos cumplan con hacernos lo mismo… por toda la eternidad. La idea de contraponer ambas obras puede o no ser correcta, pero es hermosa y enriquece la noción que tenemos sobre nuestra profundidad emocional y nos economiza la tarea de comprendernos a nosotros mismos; sin embargo, para el momento de Jesucristo Superestrella las connotaciones de esa ruta podían ser demasiado, además de no requerir justificaciones la vertiente escogida por el letrista Tim Rice, para hacer de la culpa la piedra angular de su rock ópera, con un apóstol trágico que sin dudar cumple su deber frente a un Dios padre empeñado en un poco claro proyecto filicida, que acaba consumiéndolo hasta un punto donde él pudiera ser el verdadero mártir de la Pasión: Me has hecho cómplice de tu horrendo crimen, grita al aire Judas en su último gesto antes de ahorcarse. Esa visión reivindicatoria de Judas no era tan nueva, como después lo descubrimos con tres textos formidables de Jorge Luis Borges, inspirados en el teólogo alemán Runeberg, quien en su momento aventurara la idea de que el verdadero mesías bien podría estar enmascarado en Judas. Esta fascinación por el personaje más oscuro del cristianismo, radica en su innegable calidad metafórica de la culpa así como toda esa complejidad con que se nos manifiesta; la culpa es quizá una de las fuerzas que obligaron a la invención de la filosofía: puede ser la piedra angular que ha sostenido a todas las civilizaciones, si se resuelve a su favor la interrogante sobre qué es lo que nos inhibe de incurrir en el mal ¿El placer de la recompensa o el miedo al castigo? Conceptos todos ellos subjetivos, que no relativos, es decir no hay respuestas sencillas ni breves, de hecho no las hay y por lo mismo es menester no abandonar nunca su búsqueda.

La vida no es para gozarla, es para entenderla.

Pd: SINALOATV.MX, de su apartado UNA VEZ AL DÍA, POESÍA, estará publicando de nuevo durante semana santa su serie de 14 estampas (a semejanza de las 14 estaciones del viacrucis) Yo Judas, sobre las diferentes visiones que a lo largo del cristianismo han surgido en torno al más enigmático de los apóstoles.

DOS A LA SEMANA. ¡ASÍ PERDIÓ HITLER!

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Jorge Eduardo Aragón Campos jaragonc@gmail.com

El tío Adolfo es buen ejemplo de un error común desde su época: confundían lo grandote con lo grandioso. Por eso no tuvo la bomba atómica antes que los gringos. Pago caro su poca elasticidad mental (adaptarse a nuevas ideas) y su baja capacidad para la abstracción (ver la utilidad de una idea nueva): Alemania poseía la mayor reserva de físicos importantes de aquel momento y Hitler tuvo la propuesta más temprana para desarrollar una bomba atómica. La rechazó. No debe extrañarnos, el espíritu de esa época era el monumentalismo: Suez y Panamá, el Titanic (ni Dios lo hunde), la Torre Eiffel, el Bismarck, el Tanque Tiger I, La Locha… ninguno de los liderazgos del momento entendió la trascendencia de las reacciones atómicas en cadena: no era fácil imaginar de lo que podían ser capaces unas babosaditas que nadie había visto –ni vería- nunca, pero que ahí estaban, según afirmaban a Hitler sus mismos físicos alemanes que poco después migrarían a USA. Con todo y los tratados de Versalles y la crisis del crac del 29, cuando el Tercer Reich llegó al poder en 1933 Alemania superaba a todas las naciones del mundo en educación, cultura, desarrollo científico, industrias de punta… recientemente había parido al marxismo, al sicoanálisis y a la teoría de la relatividad… su sociedad se distinguía por su disciplina, su racismo y una vocación belicista del tipo ustedes disparen y después virigüen. Sigue siendo motivo de discusión y de asombro que un pueblo con esas innegables virtudes, además de poseer una rancia tradición militar, le haya entregado el poder a… un cabo.

Con esto de la pandemia, seguimos presentando una cualidad de teflón para aceptar, adoptar y adaptarnos a lo que nos han estado recordando los científicos de verdad, no los burócratas de la ciencia: un virus es un fenómeno natural. Las leyes de la naturaleza son cumplidas rigurosamente por todos los fenómenos que se dan en ella, pero ninguno lo hace de la misma manera y para evitar sus efectos nocivos nos hemos visto obligados a encontrar diferentes respuestas para cada caso: una sequía puede medio predecirse, al igual que la trayectoria de un ciclón pero con mucho mayor certeza, mientras que frente a los terremotos estamos inermes. Esta primera diferenciación es necesaria, porque debemos tener claro que a las fuerzas naturales no se les enfrenta porque no hay manera de ganarles, lo que se hace es sacarles la vuelta: la sequía se puede atenuar ahorrando agua o inyectando nubes pero el aire seco ahí seguirá; los barcos pueden buscar refugio, las ciudades pueden reforzar ventanas pero al ciclón no lo vamos a mover de trayectoria; contra los terremotos, salvo los sistemas constructivos y en algunos casos las alertas tempranas no hay más, pero al terremoto en sí no le hacemos ni cosquillas ¡Claro! ¿Cómo te le vas a oponer a un terremoto o a un ciclón? Razonarán ustedes, curtidos en atestiguar con frecuencia esos cataclismos ¿Pero a las amenazas chiquitas?

Nadie le dio mucha importancia a la noticia porque nadie se asustó con ella. Así de felices seguimos después de un año liendova drema ¡Y vamos por más! Kit Yates es un experto en matemáticas de la Universidad de Bath, en Inglaterra, de quien sospecho ya anda hasta la madre de aislamientos y distancias sociales, porque realizó un ejercicio matemático propio de desquehacerados pero en  nivel desesperación: calculó que al juntar todas las partículas del virus de Covid-19 que hay en este momento en el mundo, ocuparían un espacio equivalente al de una lata de refresco de 300 ml. Eso que pensó usted (no puede ser) es lo mismo que pensó Hitler y por las mismas razones: no hay manera de darse una idea acerca de lo que estamos hablando. En parte esa fue la razón que llevó a Yates a realizar el ejercicio: poner de manifiesto cuánta devastación causan las minúsculas partículas víricas. Al final viene el enlace a la nota (Forbes) donde describe metodología, analiza resultados, comenta sobre el virus y ofrece lo que arrojó su cálculo: dos trillones de partículas (2 000 000 000 000 000 000 000 000) que bien caben en una lata de refresco, porque el diámetro promedio de la cepa anda en 100 nanometros (-100, 000, 000, 000), lo cual nos brinda un asidero porque ¿quién no ha visto un metro? Esa imagen que tiene usted en su cabeza pártala por la mitad, a las dos resultantes hágales lo mismo hasta obtener cien mil millones de piececitas. Adonde quiero llegar es a que no puedes esconderte de algo así; te puedes salvar, que no es lo mismo, porque la diferencia está en la cantidad de esfuerzo que debemos dedicarle: la opción ocultarse es… eso nada más… y esperar que la suerte no se ensañe con nosotros, lo otro es tomar el toro por los cuernos y asumir el control de daños. Hace un año nos expusieron con claridad que la única solución sería una vacuna y ya la hay, por lo tanto la novedad es que entre el público ya comenzaron las dudas sobre los posibles riesgos. Conclusión: tuvieron todo un año para documentarse pero no lo hicieron porque estaban muy atareados escondiéndose. Ya le están repelando a la solución que se esperaba y aparte nadie hace un balance sobre la relación costo beneficio.

Pero la culpa de todo la tiene el gobierno.

DOS A LA SEMANA.¡RÓMPETE UNA PATA, INGA!

Jorge E. Aragón Campos jaragonc@gmail.com

Éramos adolescentes aún, cuando Manuel Petris Manjarrez (QEPD) y un servidor fuimos por primera vez al teatro del IMSS para ver de qué se trataba eso. Se trataba de la obra Usted Puede Ser un Asesino, una delirante comedia escenificada por un grupo local, Seminario de Actores, dirigido por Francisco Salgado (QEPD); en el reparto estaban Armando X. López (quien años después se convertiría en el güero Coppel), Arturo Reyes Razzo (periodista) e Inga Pauwels, una mujer alta y espigada, cuyo andar combinaba a la perfección dignidad y elegancia suficientes para liberarla de cualquier sospecha sobre ser sinaloense: definitiva como un mármol, sería una buena descripción.

Dónde iba yo a imaginar que esa primera experiencia con el teatro, era sólo el primer paso para tres amistades que hasta la fecha continúan, con aquellos personajes deslumbrantes que como Pedro por su casa se movían sobre el escenario, mientras yo casi me orinaba de los nervios nomás de imaginarme en sus zapatos. De entre ellos, la relación con Inga fue la más constante y por ende la más profunda; de unos años para acá, su salud comenzó a jugarle chueco en una partida donde hasta hoy sigue sin poder doblegarla por completo; Inga tiene ya varios años recluida en su casa, una serie de padecimientos y de contratiempos se han conjurado para relevarse en la tarea de mantenerla postrada y vulnerable.

Como a todas las mujeres, a Inga también le ha tocado vivir tiempos difíciles pero hasta hoy no he sabido de alguien que la haya escuchado quejarse; más de una vez abundé sobre el asunto con ella, empeñado yo en ponerla como heroína trágica por su constancia en la promoción cultural, fruto de una inquebrantable fe en el poder redentor de todo lo bueno que nos ofrecen el mundo y nuestra historia; siempre que quiero hacerle la barba no me deja concluir; poseedora de una facultad propia de las viejas realezas europeas, cuenta con un variado catálogo de miradas y sonrisas que, según sea el caso, las combina para responder lo que su fina educación no le permite hacer con palabras, de entre ellas tiene una para expresar de manera indudable algo así como “si sigues de lambiscón te dejo hablando solo porque me chiveas”; con eso le basta para ponerme en claro que no se la cree y punto.

Inga enfrenta hoy la que pudiera ser la última de sus batallas aunque no sería sorprendente que la gane, por lo mismo, es decir al margen del desenlace, escribo y publico este panegírico porque si me espero, tendré el tiempo suficiente para no hacerlo por respeto a su espíritu; me imagino preguntándole qué le gustaría dijera sobre ella y veo la expresión con que me responde: ¿Pues qué vas poner? ¡Ponle que me morí y ya!

Con la perspectiva que sólo puede dar el tiempo, caigo en cuenta sobre cuán azaroso es el proceso que entreteje nuestras vidas, más la futilidad de asumirnos como dueños de nuestro destino; algo así como el joven que grita desde la proa “Soy el rey del mundo”, la tarde previa al naufragio de su vida junto al del buque. En esta tierra que una vez mereció ser considerada bendita, que la recibiéramos en herencia una turba de cobardes para entregarla sin ofrecer batalla a asesinos desalmados, a los que en lugar de enfrentar mejor los elevamos al estatuto de valientes admirables y ante el resultado hoy chillamos histéricos, traicionados por el productivo recurso de ser abyectos ante cualquier amenaza que nos distraiga de pasarla bien. Inga Pauwels es un rostro que se muestra sardónico cada que recurrimos a nuestras coartadas para eludir nuestras obligaciones como ciudadanos y como hombres; sabedora de que a las palabras se las lleva el viento, nos evidencia ante nosotros mismos no con su ejemplo (Ni que yo fuera quién ha de decir), sino con la certeza de que en la vida sólo hay dos etapas: eres lo que haces y… lo hecho, hecho está.