Jorge E. Aragón Campos jaragonc@gmail.com
Éramos adolescentes aún, cuando Manuel Petris Manjarrez (QEPD) y un servidor fuimos por primera vez al teatro del IMSS para ver de qué se trataba eso. Se trataba de la obra Usted Puede Ser un Asesino, una delirante comedia escenificada por un grupo local, Seminario de Actores, dirigido por Francisco Salgado (QEPD); en el reparto estaban Armando X. López (quien años después se convertiría en el güero Coppel), Arturo Reyes Razzo (periodista) e Inga Pauwels, una mujer alta y espigada, cuyo andar combinaba a la perfección dignidad y elegancia suficientes para liberarla de cualquier sospecha sobre ser sinaloense: definitiva como un mármol, sería una buena descripción.
Dónde iba yo a imaginar que esa primera experiencia con el teatro, era sólo el primer paso para tres amistades que hasta la fecha continúan, con aquellos personajes deslumbrantes que como Pedro por su casa se movían sobre el escenario, mientras yo casi me orinaba de los nervios nomás de imaginarme en sus zapatos. De entre ellos, la relación con Inga fue la más constante y por ende la más profunda; de unos años para acá, su salud comenzó a jugarle chueco en una partida donde hasta hoy sigue sin poder doblegarla por completo; Inga tiene ya varios años recluida en su casa, una serie de padecimientos y de contratiempos se han conjurado para relevarse en la tarea de mantenerla postrada y vulnerable.
Como a todas las mujeres, a Inga también le ha tocado vivir tiempos difíciles pero hasta hoy no he sabido de alguien que la haya escuchado quejarse; más de una vez abundé sobre el asunto con ella, empeñado yo en ponerla como heroína trágica por su constancia en la promoción cultural, fruto de una inquebrantable fe en el poder redentor de todo lo bueno que nos ofrecen el mundo y nuestra historia; siempre que quiero hacerle la barba no me deja concluir; poseedora de una facultad propia de las viejas realezas europeas, cuenta con un variado catálogo de miradas y sonrisas que, según sea el caso, las combina para responder lo que su fina educación no le permite hacer con palabras, de entre ellas tiene una para expresar de manera indudable algo así como “si sigues de lambiscón te dejo hablando solo porque me chiveas”; con eso le basta para ponerme en claro que no se la cree y punto.
Inga enfrenta hoy la que pudiera ser la última de sus batallas aunque no sería sorprendente que la gane, por lo mismo, es decir al margen del desenlace, escribo y publico este panegírico porque si me espero, tendré el tiempo suficiente para no hacerlo por respeto a su espíritu; me imagino preguntándole qué le gustaría dijera sobre ella y veo la expresión con que me responde: ¿Pues qué vas poner? ¡Ponle que me morí y ya!
Con la perspectiva que sólo puede dar el tiempo, caigo en cuenta sobre cuán azaroso es el proceso que entreteje nuestras vidas, más la futilidad de asumirnos como dueños de nuestro destino; algo así como el joven que grita desde la proa “Soy el rey del mundo”, la tarde previa al naufragio de su vida junto al del buque. En esta tierra que una vez mereció ser considerada bendita, que la recibiéramos en herencia una turba de cobardes para entregarla sin ofrecer batalla a asesinos desalmados, a los que en lugar de enfrentar mejor los elevamos al estatuto de valientes admirables y ante el resultado hoy chillamos histéricos, traicionados por el productivo recurso de ser abyectos ante cualquier amenaza que nos distraiga de pasarla bien. Inga Pauwels es un rostro que se muestra sardónico cada que recurrimos a nuestras coartadas para eludir nuestras obligaciones como ciudadanos y como hombres; sabedora de que a las palabras se las lleva el viento, nos evidencia ante nosotros mismos no con su ejemplo (Ni que yo fuera quién ha de decir), sino con la certeza de que en la vida sólo hay dos etapas: eres lo que haces y… lo hecho, hecho está.