Libros Contra Computadoras II

LIBROS CONTRA COMPUTADORAS II

Jorge Eduardo Aragón Campos                      jaragonc@gmail.com

Que a mí me conste, desde hace aproximadamente 50 años no hay lugar en el mundo donde no se duelan por no destinar más recursos a la promoción de la lectura: así se ha mantenido de forma casi unánime y sin cambios, lo cual es señal de que lo estamos haciendo mal.

Nunca como hoy, tanta gente había leído y escrito tanto cada día, es un avance impresionante cuando, no hace mucho, se presentaban casos de individuos urbanos ya alfabetizados que por falta de práctica se les olvidaba como escribir –primero-, para acabar nuevamente ciegos frente a la palabra escrita: Ah bueno, es que lo importante es la calidad de lo que se lee, dirá más de uno. Vale. A confesión de parte, retiro de pruebas. Entonces, lo que importa no es la lectura en sí, sino sus efectos, eso que “nos deja o nos queda”, por decirlo en términos llanos o, ya poniéndose fifís y entrándole a la virtualidad, los contenidos.

Esta diferenciación no es un asunto menor, cuando aquí en México el presupuesto para cultura se redujo a una quinta parte de los recursos que gobierno e IP destinarán al beisbol. La tendencia es mundial aunque con variaciones muy importantes, por ejemplo en Brasil no se lo invierten al beisbol sino al soccer. ¿Cómo es posible? La entrega anterior inició mencionando una encuesta global, donde arroja que para la humanidad el invento más trascendente de toda la historia es la imprenta, lo cual subraya la reverencia y el respeto que seguimos sintiendo por el libro ¿Entonces por qué la gente no se levanta en armas? Antes de soltarnos reclamándole al pueblo bueno por su estulticia, consideremos otra posibilidad para esa indiferencia: lo que al público le importa son los resultados más que los procedimientos. La empatía no encuentra asideros frente a lo que sólo es papel y tinta, son sus efectos sobre los individuos lo que reverenciamos.

Si nos atenemos a los descubrimientos más recientes, lo que ocupamos con urgencia es la promoción de la ortografía, por las implicaciones profundas que puede tener en el desarrollo intelectual de los individuos: no puede pensar bien, ni expresarse bien, quien desconoce las reglas de su lengua, pues en ellas está la hoja de ruta para alcanzar niveles de abstracción cada vez más complejos. Los libros, la lectura, las bibliotecas, contienen los referentes para determinar la calidad de la escritura, son las tablas de la ley para quienes desean obtener saber, quedando en la ecuación de escribir/hablar bien el parámetro para la sabiduría: no es solamente la cantidad y calidad de nuestras lecturas, sino el cómo las manejamos, es a esa externalización del bagaje de cada quien a lo que rendimos respeto.

Es menester derrocar ya al libro, pues frente a las posibilidades que nos ofrece hoy la tecnología, lo vuelven inconveniente su menguante efectividad y su obsolescencia como un sistema de distribución y almacenamiento, que a eso quedó reducido su status de medio de comunicación. Es aberrante que ante los pocos recursos que se le destinan a la cultura, la porción destinada al fomento literario se dedica en su mayoría a sostener la industria editorial, es decir a las imprentas, dejando para los autores apenas lo suficiente para ofrecer café y galletas en la presentación del libro… y quién sabe. Peor aún, en qué papel queda ese segmento de la sociedad considerado como el más preparado y pensante, cuando reclama por la reducción de un presupuesto que lo usa en producir alimento para las termitas. Cada vez es más notorio, que a nuestra intelectualidad le faltan ideas nuevas para adaptarse a la modernidad, una consecuencia a la vista es la ampliación de la brecha entre ellos y el grueso de la ciudadanía; por suerte, en otros lugares de Latinoamérica ya nos están haciendo el trabajo –para variar-: en Argentina van aumentando los casos de éxito en torno a nuevas estrategias de fomento, como los clubes virtuales de lectores; en Costa Rica, su universidad está desarrollando un sistema de redes propias para dar a su comunidad internet de alta velocidad a bajo costo. En todo el mundo, están en marcha numerosos proyectos de editoriales virtuales y no son pocos los casos que ya han triunfado. Para decirlo en palabras llanas, aquí en México ya tenemos rato meando fuera del hoyo; a ver cuándo nos cae el veinte.

DOS A LA SEMANA

LIBROS CONTRA COMPUTADORAS (PRIMERA)

Jorge Eduardo Aragón Campos                      jaragonc@gmail.com

El mes de abril pasado, tuvimos en el mundo de habla hispana la conmemoración del día del libro, que esta vez en Sinaloa coincidió con diversos eventos relacionados con bibliotecas, los cuales se prolongaron hasta bien entrado mayo.

Me parece fue en el año dos mil, se hizo una encuesta mundial (una especie de 100 mexicanos dijeron pero a lo bestia, además de objetivo muy distinto) para determinar cuál era hasta ese momento el invento más importante de toda la historia de la humanidad, saliendo seleccionada por abrumadora mayoría la imprenta. No es un hecho menor, pues de la imprenta se derivan la lectura, el libro, la enciclopedia, la biblioteca, así como profundas implicaciones en absolutamente todos los órdenes de nuestras vidas.

Sin embargo, soy de la opinión que ante la rapidez de los cambios provocados por la tecnología, respondemos con un revoltillo de conceptos donde se nos perdió de vista lo importante: para qué queremos la lectura, para qué queremos los libros, para qué queremos las bibliotecas. Sagan decía que el libro era un medio para comunicarnos a través del tiempo: a través de ellos podíamos “escuchar las voces de quienes nos precedieron”, asimismo nuestros sucesores podrán hacerlo con nosotros. La visión de éste brillante científico y divulgador era unánime durante su época: el libro es un medio de comunicación. No sé si ustedes se han fijado, pero las nuevas tecnologías han dejado el campo de los medios de comunicación, peor que la franja de tierra de nadie durante la primera guerra mundial y conste que son de los damnificados más recientes, porque mucho antes las tronadas fueron…las imprentas.

En realidad Gutenberg fue el Henry Ford de su época, los libros impresos existían desde mucho antes y no porque se hicieran a mano, los chinos ya los producían por miles mediante placas de madera tallada, la genialidad del inventor alemán estuvo en la concepción de los tipos móviles, lo cual disparo exponencialmente la producción pues permitió seguir produciendo miles de ejemplares pero ahora de miles de títulos. Gracias a las imprentas (un sistema de producción) los libros (un medio de comunicación) se convirtieron en los depositarios del conocimiento humano.

El concepto actual de biblioteca, como un acopio catalogado y ordenado de obras, es mucho más viejo que el del libro y el de la imprenta, pues hace 2600 años, la biblioteca de tablillas de arcilla del rey Asurbanipal ostentaba más de 20 mil escritos sobre ciencia, religión, gramática, sin olvidar el Poema de Gilgamesh; la enorme distancia que nos separa del último rey de Asiria, proporciona la perspectiva suficiente para encontrar en la escritura el leitmotiv de toda una parafernalia que se homogeniza gracias a ella: es para usarla en nuestro beneficio qué queremos la lectura, los libros, las bibliotecas…

Y así en puntos suspensivos la dejamos. Le seguimos en la próxima entrega.

DOS A LA SEMANA

CRÓNICAS DEL GRAN TIEMPO

Jorge Eduardo Aragón Campos                                  jaragonc@gmail.com

Mi padre se llamaba Jorge Aragón Gutiérrez y le decían “el cochalá”, pues a todo el que lo quería escuchar le presumía haber nacido en el mero Cosalá; no voy a decir que era el hombre con más güevos que yo haya conocido, porque no lo fue, pero al igual que muchos de su generación, tenía un sentido de la rectitud que no admitía graduaciones; traía en sus genes la marca de los que nacen en la sierra sinaloense, donde ser hombre es lo  mismo que estar embarazada: ¿Estás o no estás? ¿Eres o no eres?

Dos anécdotas buenísimas de él, la primera la supe por boca del padre de los Almaral (QEPD), que fuera gran amigo suyo, por lo tanto compañero de vagancias y que atestiguó un juego de póker en el Hotel Rosales; era un miércoles y pasaba de la medianoche (nunca entendí el énfasis del miércoles), jugaban el “rabias” Espinoza, otro más -cuyo nombre se volvió polvo de olvido-, un jefe policiaco de apellido Leyzaola -sí, ese mismo- y mi papá, que desde que iniciara la mesa temprana la noche, monopolizaba la suerte disponible en todo el establecimiento porque llevaba ganadas prácticamente todas las manos; achispado además por la bebida, sus carcajadas y sus pendejadas tenían en fiesta a los demás, salvo los otros tres jugadores que, víctimas de la bien ganada fama que tuvo en vida “el cochala”, como uno de los más despiadados e imbatibles carrilludos de este pueblo, reaccionaban los otros dos con miedo, al ver cómo a Leyzaola se le iba agriando la expresión ante el festín burlesco del imprudente, hasta que explotando y llevando la mano a la cintura después de haber arrojado una tercia de ases y un par de reinas sobre la mesa, con voz fuerte, no gritando, con esa firmeza propia de los que ya tomaron una decisión, dijo  pues ahora sí cabron, nomás para que no digan que te maté por envidia. Mi papá se volvió hielo, abrió la boca con estupor mientras subía y bajaba la cabeza, llevando la mirada desde las cartas hacia la mano desenfundando y de ahí al rostro del matón, hasta que le grita ¿Ah sí? y poniendo su juego encima del otro ¡Pues primero vas a tener que matarme este pokar de reyes! Al ver los cuatro reyes que pareciera también se burlaban de él, Leyzaola sin titubear mucho soltó la risotada y le grito ¡Inche cochalá, everas no pagas un tiro ijoelachingaa!

Lo que trato de ilustrar con la anécdota, es el momento histórico de nuestro estado cuando se disparó la migración de los pueblos sierreños hacia las ciudades de los valles, atraídos sus habitantes por la fiebre del oro verde agrícola, que tuviera su disparo de arranque con el inicio de la construcción de la presa Sanalona y cuyos ecos atraerían gente de todos los continentes, convirtiendo esta tierra en un crisol donde acabaron fundiéndose lo mismo chinos que griegos, japoneses, alemanes, franceses, españoles… estaba en pleno un proceso del cual surgiría el temperamento de una nueva forma de sinaloenses, es decir nosotros, los que hoy nos ostentamos como tales.

La otra anécdota ocurrió mucho después y ya me tocó a mí, pero por motivos de espacio se las entrego en el próximo número de Radio UAS Tierra.