DOS A LA SEMANA

 

EL UNICO Jacobo Sabludovsky

jorge Aragón Campos

Debo manifestar que me sorprendió la cantidad de amigos míos que expresaron su reconocimiento a Jacobo Sabludovsky; nunca los imaginé cargándose hacia el lado escuro de la fuerza.

En realidad, no es del todo inexplicable el fenómeno, surge de la confusión entre fascinación y aprobación, como en este caso donde la figura pública es reprobable pero lo que se adivina de la persona es fascinante.

Sabludovsky en su trato personal, nunca se distinguió por el alarde, al contrario, tenía esa sencillez no de sirvienta, sino de la que sólo poseen los grandes; decimonónico hasta la exageración, era inevitable ser seducido por sus encantos: diletante experto de pintura, tango, zarzuela, toros…buen conversador y entrevistador, reportero preciso…encantador, pues.

Si fuera el encargado de escribir su panegírico, creo que no cambiaría una coma al párrafo anterior, afortunadamente ese trabajo suele encargársele a algún viejo amigo, y yo no lo conocí ni traté, no puedo hablar de su lado personal; del que sí tengo mucho que decir es del personaje público, que es de quien en realidad se ha estado hablando con motivo de su muerte.

No tengo gran cosa que reconocerle al finado, fueron muy pocos los buenos momentos que me hizo pasar y muchos, muchísimos, los malos, en ese sentido estoy mucho más agradecido con Javier Solórzano, Jorge Saldaña o Luis Spota, por mencionar algunos.

No creo en esa idea de la redención de Sabludovsky, sí creo era adicto al trabajo en la medida en que es una manera de acercarse y de obtener poder; sólo fue crítico y periodista a secas, cuando fue desechado como la escoria que quedaba, con un nivel de credibilidad por debajo de cero. Su salida de TELEVISA no fue por desacuerdos editoriales, de interés o ideológicos, nunca abjuró de ella hasta el día que quiso heredar a su hijo un trono que pertenece a los Azcárraga, eso es lo que no supo ver: la abyección nunca es bien retribuida.

A su expulsión del Olimpo respondió con lo único bueno que sabía hacer: trabajar, porque flojo no era. Recupero algo de respeto, pero nadie le volvió a creer.

DOS A LA SEMANA

¿LIBERTAD O AUSENCIA DE CATEDRA?

Jorge Aragón Campos

            Lo de la expulsión de Manuel Clouthier de un aula de una escuela de la UAS, No necesito recordárselos porque fue un buen escándalo. Sin embargo, al modo, lo que sobró fue ruido y lo que faltó fueron nueces.

En primer lugar, he de decir que el menos culpable del mitote fue el propio Clouthier: a él lo invitaron y fue. Tonto si no lo hubiera hecho, siendo un candidato en campaña a quien todo lo que sea reflectores le sirve, más cuando, él mismo así lo dice, lo han invitado a otras instituciones y ha sido recibido por todas las autoridades correspondientes, desde la más alta hasta la más baja. Ahí está la primera señal.

¿Por qué en otros lugares lo recibieron con bombo y platillo y en la UAS lo corrieron? La respuesta es sencilla: porque en las primeras las autoridades estaban enteradas, su visita fue informada (y solicitada la autorización) y aceptada, de ahí que fuera recibido con la pompa propia de una casa respetuosa de sus invitados, mientras que en la UAS el maestro se fue por la libre y no le avisó, para empezar, ni a su director. El argumento para la provocación de semejante desaguisado, fue que el maestro invitador tenía todo el derecho de hacerlo pues lo asiste el derecho a la libertad de cátedra. ¿En serio? ¿Así de abierta es la libertad de cátedra en la UAS? ¿Desde cuándo?

Confieso que me hicieron dudar, así que busqué el concepto de libertad de cátedra, primeramente, en los numerosos documentos normativos de la vida institucional uaseña, y hasta el momento he encontrado que en varios se le menciona pero sin profundizar ni definirlo; por otra parte, numerosas instituciones internacionales, como la UNESCO, ofrecen una propuesta (demasiado general y limitada, me parece), así como las Constituciones de algunos países; la mexicana también la menciona pero, al modo, se pierde en vaguedades que solo sirven para confundir aún más, mientras que la española se distingue por atender a una visión con un enfoque mejor definido pero todavía insuficiente. A lo que quiero llegar, es que en la UAS, parece ser, no se ha hecho nada en ese sentido, de ahí que la libertad de cátedra puede ser abordada desde una postura académica hasta desde una anarquista. Esto, con toda seguridad, es responsabilidad de Cuen y del PAS, así como los daños que ha provocado el fenómeno de mar de fondo, porque volviendo a lo de contar con una definición clara de la libertad de cátedra, no podemos reclamarle nada a quienes se asumen como académicos: ellos están para otra cosa. No me pregunten cuál, no lo sé y sospecho que tampoco ellos, ocupados como andan en renovar su permanente asombro ante una realidad que se resiste a ajustarse a sus modelos teóricos, porque, a mí que me perdonen, pero aceptar la postura del maestro que invitó a Clouthier, cuando sugiere que lo hizo sin siquiera sospechar la posibilidad de crear un conflicto, es una rueda de molino imposible de tragar.

Obesidad y Pobreza

La actriz Gwineth Paltrow, resultó derrotada en el reto de no gastar más de 29 dólares semanales en alimentos, que es la cantidad en vales de comida que suele entregar el gobierno de Estados Unidos a las familias más pobres. Las conclusiones de la artista ante su experiencia, las resumo: apenas le alcanzó para 4 días, pues no aguantó y compró algo de pollo y verduras frescas; ahora esta consciente de la imposibilidad de una buena nutrición con esos recursos, un desafío que enfrentan 47 millones de gringos pobres; concluyó afirmando que no sugiere que todo mundo debe comer orgánico, pero sí al menos comida real y fresca. La aventura de la artista fue para contribuir a una campaña del Banco de Alimentos de Nueva York.

Aquí en México, tener 29 dólares semanales sólo para alimentos es más de clase media que de clase baja, así que los desmedidos niveles de obesidad que padecemos no son otra cosa que expresión de pobreza. Una cosa es la nutrición y otra la alimentación, la primera exige de recursos financieros y médicos para solventarla y medirla, mientras que la segunda es la respuesta más inmediata a nuestra necesidad de sobrevivir (por decirlo de una manera). Las opciones de alimentación que nos ofrece la vida moderna se distinguen por lo extremas: o son muy baratas o son muy caras. Resulta obvio, por lo tanto, que sólo los de mayores ingresos puedan darse el lujo de preocuparse por lo que comen, mientras el resto se debe conformar con matar el hambre a puro golpe de calorías.

La situación en sí no es tan grave, al menos si tomamos en cuenta que en México la esperanza de vida ya supera los 80 años, es decir que cada vez más mexicanos llegamos a más viejos y, además, con mejor calidad de vida, pues ya no somos un país rural, nos hemos vuelto urbanos y eso facilita el acceso a numerosos servicios de toda índole.

Una observación que suelen hacer muchos visitantes extranjeros, sobre todo del cono sur, es que los mexicanos comemos mucho: hacemos por lo menos tres comidas diarias difíciles de distinguir entre sí por su volumen, cuando lo más común en el resto del planeta es una fuerte y dos de tentempié. O sea que el hambre no es igual en todas partes. Si a este hábito nuestro le agregamos nuestro viraje hacia los alimentos industrializados, propios de las ciudades, no debe extrañarnos entonces nuestra alta obesidad, pero en un descuido ahí está una de las claves que explican porque los mexicanos siempre alcanzamos calificaciones altas en las mediciones de felicidad: comemos mucho y muy sabroso.

No pretendo incitar a engordar, pero tampoco a lo contrario, no comparto esa fascinación por la delgadez que obsesiona a nuestra cultura occidental, soy de los que dicen que en la vida hay que ser más feliz que bonito y, perdónenme, pero la piedra angular de un desayuno clásico sinaloense es una coca helada en botella en vidrio. Sin olvidar que de todas formas no nos alcanza para otra cosa.