El Calor Culichi

EL CALOR CULICHI

Jorge Aragón Campos

No hay culichi que no se quejé del calor, a la vez que declara su amor total por el frío; lo que no tengo claro es a qué se refieren cuando dicen “frío”. Para empezar frío, lo que se dice frío, ni lo conocemos ni tenemos idea de lo que es, porque suele comportarse como un asesino despiadado que cada año mata en el mundo a más gente que el calor. Aquí en Culiacán el termómetro baja de los cero grados cada cincuenta años, la última vez fue en el 2011 y todavía no se recupera ni la economía. Ustedes lo han visto recientemente en las noticias sobre las tormentas invernales, donde las ciudades aparecen paralizadas por la nieve, y donde ciudadanos que sufren una falla en el auto al circular por una carretera, corren peligro de muerte por congelación.

En Culiacán estamos peor, nuestro invierno es para nuestra salud tan pernicioso como el vicio del tabaco, por algo la frase de “enero y febrero desviejadero”. Aquí nadie se muere en agosto, salvo por bala. El dichoso tiempo de frío culichi se distingue por su inestabilidad y los extremos, donde en un día podemos tener un diferencial superior a los veinte grados entre temperatura máxima y temperatura mínima, ustedes háganle ese cambio brusco a una copa de cristal y la verán estrellarse, lo cual demuestra el aguante del cuerpo humano pero eso no significa que no suframos consecuencias.

En cuanto empieza a refrescar, los culichis caemos como moscas por enfermedades respiratorias, catarros y gripe, se nos puede ver con las narices enrojecidas, con fiebre y gangosos pero eso sí, exclamando “qué rico… ejta hajiendo jrillito”.

Por otro lado nuestro calor es de los peores del mundo, sí, pero es muy estable: llueve lumbre por la mañana, por la tarde y por la noche. Es cierto que es incómodo, de ahí que la gente ande irritable y quejándose por todo; es común ver grupos de amigos reunidos al atardecer, recostados en hamacas, con la caguama helada en la mano y diciendo “pinche calorón horrible, ya no lo aguanto, a ver cuándo hace frío”. Esa es nuestra cruz.

Me parece que somos un caso extraordinario de desadaptación; en el Sahara, sus habitantes han diseñado sus vidas sobre la base del clima caluroso que los distingue, aquí nosotros abandonamos el uso del sombrero y la ropa clara de algodón, y por supuesto el negro no es lo más elegante sino lo más necesario: en ropa, autos y lo que se atraviese. Es más o menos lo que ocurrió una vez con meche Murillo, cuando alguien le dijo que ya era mucho el tiempo que tenía al frente de su organismo de defensa popular, a lo que ella respondió ¿ya mucho tiempo? Si aún no he muerto. O sea: esto no es lo que yo hago, es lo que yo soy. De la misma manera el clima culichi seguirá siendo lo que es…y yo…y ustedes…ya supérenlo.

DOS A LA SEMANA

 

PA´QUE SEPAN LO QUE SE SIENTE

Jorge Aragón Campos

            No necesito hacerles notar que, ante el anuncio del recorte al presupuesto federal, la reacción generalizada ha sido de pánico y de histeria. El diluvio.

Al día siguiente de la conferencia de Videgaray, salí a la calle esperando encontrar  a la población víctima de la mayor de las angustias (por cierto ¿de dónde habrá sacado el titular de Hacienda los pantaloncitos necesarios para salir a dar una mala noticia? ¿Acaso de la certeza de que su naturaleza como delfín alcanzó nada más hasta el primer año de este sexenio?), y grande ha sido mi sorpresa al encontrarme con que el mundo amaneció muy normalito.

Para los que ya somos de edad avanzada, es imposible no remitirnos al pasado no muy tan lejano, cuando los anuncios de recortes y apretones al cinturón se referían únicamente a la ciudadanía; cuando había problemas de dinero, el gobierno recurría de inmediato a los aumentos desmedidos y generalizados de impuestos, energéticos, servicios, etc. a la vez que congelaba salarios, todo en aras de corregir la penuria con “medidas dolorosas pero necesarias”. Dolorosas para gente como usted y como yo, porque en el gobierno no era más que otro banderazo de arranque para seguir administrando la abundancia… la de ellos, que parecía no tener fin.

Nunca pensé que fuera a decir esto: disfrute del mensaje de Videgaray. No deja de ser una agradable sorpresa, escuchar a un secretario de estado diciendo que ahora el que se va a joder es el gobierno y no el ciudadano de a pie: recortes a paraestatales y secretarías, y confirmación de que no habrá incremento en tarifas ni nuevos impuestos. ¡Por eso a la gente le valió el anuncio! Porque, al menos hasta el momento, no implica que nos vuelvan a sacar de nuestros bolsillos.

Pero tampoco nos entusiasmemos mucho, la libramos hoy no porque los tipos hayan adquirido repentinamente conciencia social, lo hacen así porque nos han llevado (o se han llevado a sí mismos) a una situación donde acabaron acorralándose, se quedaron sin margen de maniobra porque mataron a la gallina de los huevos de oro y, eso espero, ya no tienen habilidad para encontrar nuevas y más ingeniosas formas de fregarnos.

Pa´que sepan lo que hemos sentido los mexicanos comunes y corrientes (más corrientes que comunes, diría un amigo mío) durante los últimos treinta y tres años, que es ese el tiempo que tenemos en crisis económica. Soy de la opinión de que nos apuremos a disfrutar el momento, además de prepararnos para defendernos en el futuro cercano de estos bandidos, porque de que volverán… volverán. Sobre aviso no hay engaño.

DOS A LA SEMANA

ORDEN DE ATAQUE

Jorge Aragón Campos

Los atentados terroristas en Francia, han sido el disparo de salida para discutir sobre el asunto de las creencias, la fe, la ofensa, el respeto, etc.

A días de haber ocurrido los hechos, al menos a mí me ha servido para descubrir que sí existe una ley natural que describe el comportamiento de todo creyente: frente a la ofensa a su fe, la agresividad y violencia de sus respuestas serán proporcionales a la ignorancia que padezca sobre su propia creencia.

Me ha resultado una sorpresa, la gran cantidad de amigos míos que comparten la idea de que los caricaturistas franceses merecían lo ocurrido, pues sus cartones habían rebasado los límites a la libertad de expresión, es decir, habían ofendido a los musulmanes hasta un punto imposible de tolerar.

Para empezar, debemos señalar que no es lo mismo ofender que blasfemar, lo primero resulta más doloroso en función de la cantidad de verdad que contenga, mientras que lo segundo va dirigido estrictamente al orden de las ideas, por lo que no es importante que tan cierto o falso sea; por eso, la declaración del papa Francisco sí es una justificación a la violencia, de hecho es una orden de ataque que autoriza el uso de la fuerza física contra quienes piensen de manera diferente; diferente de qué, se preguntaran ustedes, no importa, ya nada más llenen el espacio en blanco con la idea que ustedes gusten.

Lo expresado por el jerarca católico, es una trampa retórica que mezcla el agua y el aceite y bien poco contribuye al imprescindible fomento a la tolerancia que exige la vida civilizada, o al menos a la vida civilizada occidental.

No es comparable la fe a la madre, en primer lugar porque la segunda es una persona, un ser humano, y su importancia es directamente proporcional a la distancia que nos pongamos de nuestra fe religiosa, pues para la fe el máximo valor no es la persona, la vida humana, sino su alma.

Es conveniente no olvidar que la categorización de la vida humana como bien supremo, es una creación secular para enfrentar, precisamente, el poco valor que le dan las religiones.

Por cierto, la ofensa es también un invento secular al que se recurre para no llegar a las manos, por lo que la afirmación papal también invierte por completo su sentido original: no es la ofensa lo que justifica una agresión física, es al revés, se mienta la madre para no agarrarse a golpes.

En El Palabrista, Borges narra la anécdota (real por cierto) de dos hombres, católicos, discutiendo sobre teología, cuando uno de ellos, irritado por los comentarios de su interlocutor, le vacía su copa de vino en la cara, a lo que el otro responde “considero esto nada más como una digresión, sigo a la espera de sus argumentos”.

Así que ahora, cuando alguien me sale con que “ofenden sus creencias”, les pregunto “y éstas cuáles son”. Qué divertidas me he pegado.