El Incidente de 1978 en la Primera Serie del Caribe

= El incidente de 1978 en la primera Serie del Caribe.

= Benjamín Gil y su apoyo a los peloteros de la franquicia

= San Juan-2015 nos dejó, un gran sabor de boca, sin duda.

El sábado 04 de febrero de 1978, en pleno carnaval de Mazatlán, Tomateros de Culiacán protagonizó su primer juego en una Serie del Caribe, días después de ganado el campeonato de esa temporada de la Liga Mexicana del Pacífico. Era ya la octava participación de nuestro país en el clásico latinoamericano y el saldo no era nada halagador, con todo y la corona lograda por Naranjeros de Hermosillo en República Dominicana en 1976, cuando se alternaron como sedes las ciudades de Santo Domingo y Santiago de los Caballeros, ésta última en la zona del Cibao.

Hasta antes de Mazatlán-78, solo cuatro franquicias mexicanas habían tenido el honor de representar al circuito invernal en una Serie del Caribe: Hermosillo, en tres ocasiones; Mazatlán, en dos; Ciudad Obregón, en una y Guasave, en otra. El evento ya no era nada nuevo para los aficionados; lo nuevo, en realidad, era la presencia de Tomateros de Culiacán.

La noche del 29 de enero del 78, con el multireseñado cuadrangular de Jesús Sommers, los guindas ganaron el título, bajo la dirección de Raúl Cano, cuya alineación titular era la siguiente: Ike Hampton, en la receptoría (Porfirio Ruiz, como siempre, en segundo plano); Clarence Jones, en la primera base (ni de chiste, aquel que quemó la Liga en 1970); Joel Serna, en la segunda; Jesús Sommmers, en tercera y Ron Farkas, en el campo corto. Y en los jardines: Rommel Canada, en el izquierdo; Jerry White, en el derecho y Natanael Alvarado, en el central. Sus brazos fuertes: Tomás Armas, Vicente Romo, Guadalupe Salinas y Cesar Díaz, en la rotación de abridores, además de un bullpen de super lujo: Aurelio López, Sid Monge, Horacio Piña y Pablo Gutiérrez.

Sin embargo, los Tomateros de Culiacán que saltaron aquella carnavalera tarde – en un ambiente de fiesta grande en el viejo estadio “Teodoro Mariscal” (si ya entonces era viejo, imagíneselo ahora, 37 años después) – en bien poco se parecían a los que habían ganado la Liga, apenas días atrás: Paquín Estrada, cátcher; Willie Aikens, en la inicial; Juan Navarrete, en la intermedia; Aurelio Rodríguez, en la antesala; Mario Mendoza, en el terreno corto y en las praderas: Ike Hampton, Jerry White y Rommel Canada. El pitcher abridor lo fue el abuelo norteamericano George Brunnet.

De acuerdo, a simple vista, muchos de los mejores peloteros mexicanos del momento, encabezados por Aurelio, Mario Mendoza, Navarrete y Paquín (los cronistas deportivos de Hermosillo no perdonaron nunca la exclusión de Héctor Espino y Sergio Robles); pero el detalle es la marginación de que fueron objeto los peloteros del club de Culiacán por parte del manager Raul Cano, quien había llegado, por cierto, justo a media temporada, en sustitución del legendario Frank Robinson.

El juego parecía normal. Y normal el marcador: 7-3 abajo ante los Leones de Caracas, representantes de la Liga venezolana. Y normal porque por aquellos años los fracasos de los equipos de la LMP en Series del Caribe eran cosa de siempre. La cuota, si mucho, era de un triunfo por torneo.

Todo normal pues.

Y en la casa club de Tomateros de Culiacán, todo parecía normal hasta que llegó el momento, por allá en la séptima entrada, cuando Raúl Cano intentó hacer movimientos tanto a la ofensiva como a la defensiva. Para su gran sorpresa, los peloteros de Culiacán lo mandaron directo por un estrecho tubo y todos se negaron a entrar al campo de juego. Cano hizo malabares para sacar el inning y tuvo que demandar el auxilio del presidente del club, Juan Manuel Ley, quien aludió al profesionalismo de sus beisbolistas para salir adelante con tan embarazosa situación, aunque para entonces ya la causa estaba perdida. Ese 7-3 en contra, era prácticamente imposible de remontar.

Se trata de un pasaje no del todo conocido y del que poco se ha escrito en la historia del circuito invernal en general y de Tomateros de Culiacán; pero a mí nadie me lo contó. Lo viví. A mis 24 años de edad y ya con 7 en la crónica deportiva, tenía algunos privilegios. Entre ellos moverme con entera libertad en la caseta del equipo y por otros rincones del estadio en general.

Suyos los comentarios, amigo lector.

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Y bien.

El tema tratado no es obra de la casualidad, ni mucho menos ausencia de puntos por abordar. Viene al caso, por la actitud de Benjamín Gil en la reciente Serie del Caribe efectuada en San Juan Puerto Rico, precisamente al frente de Tomateros de Culiacán.

El posicionamiento de Benjamín, muy diferente al de Raúl Cano en aquel ya jurásico 1978. Gil, un manager al que no pocos colocaron al filo de la navaja durante casi todo el rol regular de la pasada temporada de la Mexicana del Pacífico, inició esta Serie del Caribe, bajo el criterio de privilegiar, en todo momento, a los jugadores que le dieron el campeonato a Culiacán. A los que se fajaron, en verdad y le pusieron alma, corazón y vida, particularmente en la etapa final.

Solo la ausencia de Ramiro Peña, por no tener el permiso de la organización a la que pertenece en el beisbol de los Estados Unidos y la lesión de Ismael Salas, propiciaron algunos movimientos estrictamente necesarios, como la inclusión de Manny Rodríguez en segunda y la de Walter Ibarra en el short; pero en general, Benjamín Gil se la rifó con su gente: Román Alí Solís, en la receptoría; Joey Meneses, en la primera almohada; Oscar Robles, en la tercera y Maxwell León, Rico Noel y Erick Farris en los jardines. Para decirlo con todas sus letras: la base de Tomateros de Culiacán en su versión 2014-1015. Justamente.

Una decisión de esta naturaleza – en contraste con aquella de Cano en 1978 – tampoco es cosa fácil para un manager toda vez que los jugadores llamados como refuerzos son casualmente los estelares en sus respectivos equipos y dejarlos en el banquillo debe ser bastante complicado. Porque déjeme decirle algo: los peloteros “estrellas” son tan divos como un consagrado en el canto, el baile o el cine universal. Y hasta en el periodismo, si mucho me apura.

Sin embargo, Benjamín se la jugó y mantuvo tal criterio hasta el final. Tuvo la comprensión, supongo, de los peloteros invitados y encontró el clásico justo medio. Quizás el no haber echado mano de algunos peloteros que vieron menos acción de la esperada, fue fundamental para no haber conquistado el campeonato; pero, de cualquier modo, el balance fue satisfactorio.

¿No?

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Ahora que.

En lo particular, a quien esto escribe, el resultado de la Serie del Caribe San Juan-2015, dejó un agradable sabor de boca.

El subcampeonato, hay que decirlo, no es nada despreciable.

Ya son cuatro segundos lugares y dos primeros, en los últimos seis torneos para el equipo guinda. De 1985 a la fecha. Y de los dos primeros, mejor ni hablamos, que quede claro. La contabilidad final suma 25 victorias y 23 derrotas. Números negros. Por encima de .500.

Esta vez, además del segundo sitio – cuanto no hubieran dado los boricuas por llegar hasta la gran final -, los tres triunfos y los tres descalabros, lo que verdaderamente cuenta es el espectáculo que dieron los Tomateros de Culiacán (y sus refuerzos, naturalmente) en sus seis partidos, sin excepción. Excepto uno, que fue por diferencia de 2 carreras, todos se decidieron por una anotación, tanto a favor como en contra. Y la emoción estuvo ahí y la esperanza también: hasta el último momento.

Naturalmente, deseábamos el título con fuerza verdadera; pero el beisbol es así. Existen imponderables, circunstancias, situaciones y otros detalles contra los que no se puede luchar. Las clásicas cosas del beisbol, aunque se enoje nuestro amigo y médico de cabecera de la familia, el connotado hematólogo, Ramón Rivas Llamas.

Bienvenido el subcampeonato.

El año que viene tendremos estadio nuevo. Y el 2017, Serie del Caribe en Culiacán. Yo creo que están en puerta episodios fabulosos para los beisboleros de Culiacán.

¡Salud!

PALCO PREMIER

= MIS DIEZ CAMPEONATOS =

 

= La década de oro de Tomateros de Culiacán.

= Y la larga sequía de diez temporadas en blanco

= Vibrante el décimo campeonato, apenas días atrás

 

Tercera de tres partes.

 

Entre la edición 1994-1995 de la Liga Mexicana del Pacífico y la 2003-2004, transcurrieron diez temporadas que han representado la mejor época para Tomateros de Culiacán en sus cincuenta años de historia en el poderoso circuito invernal: seis series finales, de las que ganaron cuatro, que se tradujeron, por supuesto, en  igual número de campeonatos; en dos de ellas, los guindas se atoraron en semifinales; en una, en la fase de la respesca y en una más no lograron la calificación a los “pley offs”.

Se trata de la época gloriosa para el equipo local, sin duda, aunque con un prietito muy notorio dentro de lo blanco del arroz: la campaña en la que Tomateros de Culiacán no avanzó a la postemporada, fue la 2000-2001, precisamente cuando nuestra ciudad capital fue sede de la Serie del Caribe. Eso nos dolió a todos y mucho, desde luego; sin embargo, la afición de casa dio una gran lección a propios y extraños, exactamente un mes después. Los Naranjeros de Hermosillo fueron los monarcas y representaron a nuestro país en el torneo caribeño. Y el respaldo de la fanaticada hacia el team de la capital del vecino estado de Sonora fue decidido y a fondo. Sin reservas de ninguna naturaleza.

Esto, sin embargo, es otra historia de la que ya nos ocuparemos en su oportunidad.

Este espacio es para Tomateros y para ir por partes, permítanos recordarle que en 95, perdieron la serie final ante Naranjeros de Hermosillo, en un sexto juego en el estadio “Héctor Espino”, en el que Hermosillo aprovechó un parpadeo de Rodrigo López para imponerse por marcador de 4 carreras contra 3. La actuación de los guindas, de todos modos, nos dejó sumamente satisfechos: era la primera final desde 1990, aunque la tercera que se perdía de manera consecutiva.

El estadio “Angel Flores” había sido remodelado por el gobernador Renato Vega Alvarado de un modo tal que lucía como uno de los mejores del circuito, posiblemente solo superado por el de Hermosillo. En ese año de 1995, justamente, cundió la fiebre de la “tomateromanía” y comenzó la época grande. Una temporada después, luego de once años y diez de sequía, cayó el sexto campeonato, ya reseñado en nuestro trabajo anterior. Y a la campaña siguiente, el séptimo y segundo al hilo, cuando la máquina guinda cobró venganza de los Naranjeros de Hermosillo, en una historia de muchos matices, que es la que viene a continuación.

= BICAMPEONATO EN 1997 =

La oportunidad del desquite para Tomateros, de la afrenta sufrida en 1995 ante Naranjeros de Hermosillo, llegó muy pronto. Apenas dos años después, en efecto,  las dos principales franquicias de la Liga Mexicana del Pacífico estaban de nuevo en una confrontación titular. Una edición más de la final de etiqueta.

Una serie muy recordada, por cierto, a raíz de un acontecimiento que ocupa un lugar muy especial en el anecdotario de la Liga Mexicana del Pacífico. Lleno de colorido.

Y es que, meses atrás Juan Manuel Ley López encabezaba la pelea por traerse a Culiacán la sede de la Serie del Caribe de 1997, bajo el argumento de que ya era turno de nuestra ciudad y en el entendido de que, hasta entonces, solo Hermosillo y Mazatlán, habían tenido tal privilegio. La capital de Sonora era, de nueva cuenta, el contendiente principal. La directiva de la LMP decidió, entonces, someterlo a votación; pero tras tres rondas, el cabildeo de un lado y otro, no había funcionado: no había ganador.  Persistía un empate a cuatro. Apoyaban a Culiacán: Mazatlán, Guasave y Los Mochis; a Hermosillo: Navojoa, Obregón y Mexicali. Y ninguno cedía un centímetro en sus respectivas posturas.

Bajo esta circunstancia, los presidentes de los ocho clubes pidieron al titular del circuito, Arturo León Lerma, el ejercicio de su voto de calidad; pero este se negó. Sugirió, antes bien, un volado entre los representantes de Culiacán y Hermosillo y el azar favoreció a Sonora. La actitud de León Lerma, de algún modo salomónica, fue considerada, sin embargo,  como humillante por los aficionados de casa, quienes no perdonaron jamás a León Lerma, máxime que era de fama pública su inclinación hacia los Naranjeros. Alguna vez, la presencia de León Lerma fue hecha pública por el sonido local en el “Angel Flores” y a don Arturo le gritaron hasta de lo que se iba a morir. Y la porra no dejó de saludarlo, inning tras inning.

Por si esto fuera poco, los cronistas deportivos de Culiacán todavía no olvidaban las burlas de los colegas de Hermosillo, que se dejaron ver por aquí, a raíz de la final del 95. Es que el quinto juego, de esa final, aquí en el “Angel Flores” lo ganaron los Naranjeros por marcador abultado, para tomar ventaja en la lid – recuerdo un jonrón del Borrego Sandoval con las bases llenas en la novena ronda -, de tal suerte que esa misma noche, en el palco de prensa, los sonorenses, en alusión al presumible poderío ofensivo de los guindas, reflejado en las etapas previas de la competencia, preguntaban, en tono entre hiriente y sarcástico:

= ¿Y dónde quedó el super equipo?

En esa campaña 96-97, la historia fue diferente: Tomateros lució superior en todo momento y cuando la contienda titular  volvió a Culiacán, los de casa estaban con ventaja de 3-2 y a solo un triunfo de la corona. Lleno hasta las lámparas, la noche del 27 de enero en el “Angel Flores”, con un sentimiento revanchista imperante en cada uno de todos los aficionados de nuestra ciudad: ¿Qué mejor manera de cobrar venganza de aquella humillación que dejar fuera a los Naranjeros en su propia Serie del Caribe: Hermosillo-97?

Desde algún punto de la tribuna central, quien esto escribe gozaba y sufría con las incidencias de ese partido, que Culiacán ganaba 3-2 hasta el noveno inning y que nos tenía a un paso del delirio; pero a un out de la victoria, Miguel Flores cazó una recta del Cañoncito López y puso la bola por encima del jardín izquierdo, con uno en las bases, para la trágica voltereta al marcador. Un jonrón, desde luego, que acalló ese volcán en plena erupción que era el “Angel Flores”. Lo clásico: como balde de agua fría.

Sin embargo, Tomateros vino al ataque sobre el cierre y al primer pitcheo de ese capítulo, el gringo Matt Stark conectó línea salvaje hacia el filo de la barda del jardín izquierdo; la pelota dio un gran bote sobre la cresta de la barda y salió hacia arriba para estrellarse finalmente en los espectaculares de aquel sector del inumeble para lo que fue un cuadrangular dramático y salvador. Y de repente, con una base por bolas para Eduardo Jiménez y par de errores del cuadro naranjero, las bases se pintaron de guinda, sin out en el marcador. Situación prácticamente insalvable para Hermosillo, cuyo manager, Dereck Bryant, intentó resolver con el ligamayorista Juan Acevedo, en misión prácticamente imposible.

Paquín Estrada, a su vez, respondió con otro ligamayorista, con un emergente de lujo: Benjamín Gil, resentido de una lesión en una de sus piernas; pero que tomó el bat con determinación, ante el rugido de la multitud. Todavía recordamos la escena: en el camino, Benjamín se cruzó con Heriberto García, que estaba ya listo para tomar su turno. Los dos se fundieron en un cálido abrazo y Gil siguió su ruta a la caja de bateo. Gil esperó solo dos lanzamientos. Al tercero atizó una línea por arriba del short, José Luis Sandoval, que dejó a los Naranjeros sembrados sobre el campo de juego.

Venganza consumada.

Culiacán no tuvo Serie del Caribe en ese 1997; pero los Tomateros, en cambio, fueron los representantes del circuito en el “Héctor Espino” de la capital sonorense, con todo y la rabieta del doctor León Lerma, flamante presidente del circuito invernal.

¿Mejor? ¡Imposible!

= RESURGIMIENTO EN EL 2002 Y LLEGO EL OCTAVO =

Insistimos: era la época dorada de los guindas y aunque no hubo título en las cuatro temporadas siguientes, Tomateros de Culiacán se mantenía como el gran animador del circuito: se quedó en semifinales en 98, contra Venados de Mazatlán; perdió la final de 1999 ante Aguilas de Mexicali – la única vez que un equipo foráneo se ha coronado en el “Angel Flores”; llegó otra vez a la instancia semifinal en 2000 – ahora nos ganó Hermosillo en siete choques trepidantes – y en 2001 el recuerdo triste de la eliminación de los “pley offs” con la Serie del Caribe en casa. Cosas del beisbol.

Y vino la temporada 2001-2002, con Paquín Estrada, de regreso al timón de la nave.

Rodrigo López, Vicente Padilla y Jorge Campillo, lucieron como los estelares de aquel equipo, con el respaldo de Darrel Serman, Kitt Pellow y Crhiss Latham, entre otros. Tomateros fue el máximo ganador a calendario corrido y en la postemporada se despachó en cinco juegos a los Yaquis de Obregón y también en cinco a los Naranjeros de Hermosillo.

El otro finalista, Mazatlán sufrió en grande al llevar a la instancia máxima tanto la eliminatoria como la semifinal. Le ganó primero a Hermosillo y después a Mexicali.

Martes 29 de enero de 2002. Estadio “Angel Flores”. Sexto partido.

Por una jugada del destino, me ausenté durante dos temporadas completas del parque y del ambiente beisbolero. Volví aquella noche, invitado por un amigo yucateco, de nombre Carlos Rubén Calderón Cecilio, a quién me había presentado el también amigo Renato Gutiérrez. Carlos Rubén fungía como delegado general en Sinaloa del Comité Ejecutivo Nacional del PRI y en esa jornada fui su compañero de palco, junto con otras personas más, aficionados todos de hueso colorado y Tomateros hasta el tuétano.

Oscar Rivera, el lanzador de los Venados, solo tuvo una distracción. Subestimó a Adán Amezcua y el cátcher de Tomateros le conectó un largo cañonazo que se estrelló contra los anuncios del lado izquierdo, cuando apenas transcurría la segunda entrada. Había dos en base y muy temprano los guindas estaban arriba en el marcador, 3-0.

Vicente Padilla estaba en plan grande; pero cedió terreno paulatinamente y cuando llegó la novena entrada, aquello estaba 3-2 y el “Angel Flores”, cargado de electricidad. Se presentía que si Mazatlán ganaba ese partido, la situación se complicaría. Además, Paquín ya no contaba con ningún lanzador de la talla ni de Rodrigo ni de Padilla. Ellos ya habían hecho su labor. Y muy bién, además.

En el arranque del noveno inning, comenté con mi compañero de palco.

= Ojalá y sea una entrada tranquila. El nervio ya no da para más.

¿Tranquila? ¡Que va?

Mazatlán colocó corredores en tercera y primera, con dos outs en el pizarrón. De entre Oliver Pérez y Jorge Campillo para el relevo, Paquín Estrada se inclinó por Campillo, a quien Daniel Fernández recibió con sólida línea por el jardín derecho, que levantó al gentío de sus asientos. Allá, en la pradera, Chriss Latham gritó “¡es mía!” y la pelota se anidó en su guante, para el sufrido out 27.

Euforia colectiva e invasión de campo. La historia de siempre.

El octavo campeonato.

= Y DOS AÑOS DESPUES, EL NOVENO =

En una nueva etapa de mi vida personal y en la acumulación de años al frente de las empresas periodísticas de Mario Vázquez Raña aquí en Culiacán – El Sol de Sinaloa y El Sol de Culiacán – resurgió mi afición al beisbol, mi fanatismo por los Tomateros y la costumbre de asistir al parque de pelota, cuando menos un partido por serie.

La temporada 2002-2003 no fue del todo buena para los guindas. Ciertamente tuvieron record positivo tras el calendario regular; pero en la primera fase del “pley off” cayeron ante los Yaquis de Obregón, equipo que dos semanas después perdería la final ante Cañeros de los Mochis. Ese equipo cañero, a propósito, fue el peor de la campaña en juegos ganados y perdidos; pero calificó a “pley offs” por las bondades del sistema. Ya en esta instancia, los verdes se convirtieron en una auténtica aplanadora y terminaron por adjudicarse el banderpin.

La 2003-2004, Tomateros conquistó el tercer sitio en ambas vueltas y clasificó sin contratiempos a postemporada, donde se impuso a Guasave en seis encuentros y a Hermosillo también en seis. Obregón, por su parte, venció en cinco a Navojoa y en seis a Mazatlán, que había sido el máximo ganador de juegos durante el rol regular.

Y así llegaron a la final: Tomateros de Culiacán y Yaquis de Obregón, de las mejores escuadras del torneo y altamente competitivas.

La serie inició en el “Tomás Oros Gaytán” y el saldo fue una alentadora división de honores.

Aquí, en su parque, Tomateros ganó tres al hilo y conquistó el noveno campeonato de su historia y el derecho de representar a México en la Serie del Caribe Santo Domingo 2004. Fue segunda vez en que se proclamaron monarcas tras abrir en patio ajeno y hacerlo en solo cinco encuentros. Como en 1996. Serie que terminó en cinco, sí; pero que resultó peleada desde el principio hasta el final.

Fue un lunes 26 de enero, de ese año 2004. Ya no hay necesidad de decirlo nuevamente: la casa de los guindas, hasta los topes. Lleno espectacular. Con mi nueva compañera de vida, ubicado en un palco, que compartía con la familia del médico del club, justo a un costado de la casa club de Tomateros. Muy cerca de la acción.

Espeluznante empate a 4, tras cinco entradas completas. Duelazo entre Rodrigo López y el cubano Ariel Prieto, a pesar de las 4 anotaciones contra cada uno de ellos. Ambiente tenso, con el juego en el alambre.

De perder Tomateros regresaría al “Tomás Oros Gaytán” y eso era lo que menos quería Paquín Estrada y su gente.

Benjamín Gil contra Prieto. Cierre del sexto capítulo. Corredores en segunda y tercera. Dos outs. Gil encuentra una recta del antillano y la línea sale por un lado de la segunda base que se extiende a la pradera derecha y produce dos carreras para el 6-4 en el pizarrón. Justo el marcador final.

Noche de fiesta. De celebración. Un campeonato siempre será bien recibido. Y este ya era el noveno.

= OTRA LARGA SEQUIA: DIEZ TEMPORADAS; ONCE AÑOS =

Tomateros de Cuiacán duró diez temporadas y once años entrampado en nueve campeonatos. Una sequía tan larga como aquella de 1985 a 1996, con una diferencia: mientras que en aquella llegó a tres series finales, en ésta, la comprendida entre 2004 y 2015, ni tan siquiera a eso. Hubo buenas campañas, indudablemente; pero los “pley offs” comenzaron a convertirse en una maldición para Tomateros.

De ahí la explosión de júbilo, luego de aquel garrafal error de Francisco Rodríguez a toque de Sergio Omar Gastelum, que marcó la victoria de 9-8 sobre Mexicali en el séptimo de la semifinal, solo superada por la que vivimos la noche del lunes 25 pasado, en el quinto del duelo titular contra Charros de Jalisco.

Todo el estadio de pie. En un ambiente incomparable, cuando se abre el noveno episodio, con el marcador a favor 4 carreras contra 3.

Héctor Daniel Rodríguez ya sacó un out; pero faltan dos. El ropero Amador y el norteamericano Smith esperan turno. Los dos con la dinamita suficiente para emparar el encuentro con solo un batazo. Oscar Villareal viene al relevo y muchos reprueban la decisión de Benjamin Gil, ante los titubeos del cerrador en los últimos partidos; pero otros la respetan y aplauden.

A mi lado, mi compañera; Paola y Marco. Nervios en tensión.

Amador eleva al jardín central para el segundo tercio y los teléfonos celulares, a modo de cámaras de video, llenan el estadio. Todo mundo filma. Todo mundo quiere grabar los últimos instantes. Del partido, de la temporada y también del estadio “Angel Flores”. Tomateros cerca, muy cerca. Y lejos, bien lejos, al mismo tiempo. Smith intenta detener el movimiento; pero no lo logra. El ampáyer de primera decreta el ponche y llega, al fin, el décimo campeonato.

La fanaticada enloquece. Salta, grita, baila, aplaude, se choca las manos, se baña con cerveza.

Caramba. Ya hasta se me había olvidado como era un campeonato.

Lo he vivido nuevamente, a mis 60 años de edad y ahora en mi etapa de jubilado, pero no retirado, porque seré periodista hasta el fin de mis días. Espero repetir la experiencia pronto.

Por lo pronto, el décimo título para Tomateros de Culiacán.

Mis diez campeonatos.

¡Salud!

Palco Premiere

= MIS DIEZ CAMPEONATOS =

 

= En la temporada de la mexicanización, cayó el cuarto.

= El quinto, único en gira, en la ciudad de Mexicali.

= Y el sexto, once larguísimos años después.

 

Jorge Luis Telles Salazar

(Segunda de tres partes)

 

En enero de 1980 no hubo campeonato pero si subcampeonato, justo par de años después del multi reseñado cuadrangular de Jesús Sommers, que representó el tercer título para Tomateros de Culiacán. Sin embargo, en esa temporada, la 1979-1980, comenzó a escribirse un atractivo capítulo en la historia de la Liga Mexicana del Pacífico, con el nacimiento de una gran rivalidad entre dos equipos y un nuevo clásico, el clásico de clásicos del mejor beisbol del país: Naranjeros de Hermosillo-Tomateros de Culiacán.

Era ésa una época buena para los guindas: tras la coronación en el 78, Culiacán, como todo un señor campeón, arrasó con el panorama a lo largo de todo el rol oficial en el 79; pero se vino abajo, inexplicablemente, en la postemporada, misma que se jugó bajo el sistema de un “round robin”, que no le gustó a nadie, mucho menos a los señores directivos porque no representó las utilidades esperadas. Y  de ser unas fieras, toda la campaña, los Tomateros se degradaron a inofensivos cachorritos, en la postemporada y quedaron fuera de la gran final. No dejó de ser una buena actuación, sin embargo.

Y en el 79-80, otra final, ahora contra Naranjeros de Hermosillo, la cual ganó el club de la capital de Sonora en seis partidos y la que fue calificada como la confrontación de “etiqueta” por la prensa especializada, en función de la constelación de estrellas que presentaban ambos conjuntos a finales de enero del 80, prácticamente con peloteros de clase Liga Mayor en todas las posiciones. Un lujo verdadero y un deleite como espectáculo.

Precisamente los cronistas deportivos de ambas plazas, a través de sus respectivos medios de comunicación, alimentaron esa naciente rivalidad que se ha acentuado con el paso de los años y que ha convertido al enfrentamiento entre los equipos de las capitales de Sinaloa y Sonora, como el verdadero clásico del circuito invernal. Hay mucha historia en esto, como la del famoso “bolado” por la sede de la Serie del Caribe en 1997 (por ejemplo); pero, por ahora, solo le subrayaremos que, cuando Tomateros y Naranjeros están en una gran final, el beisbol de la Liga Mexicana del Pacífico adquiere, definitivamente, otra dimensión.

Y bueno, de regreso al punto de partida, déjenos contarle que Tomateros de Culiacán no tuvo absolutamente nada que “escribir a casa” – como se dice en el argot beisbolero – en las dos temporadas posteriores a esa final (80-81 y 81-82) y sucedió que en cuanto se comenzó a preparar la 82-83, los presidentes de clubes tuvieron que tomar una dolorosa decisión: jugar solo con peloteros nacionales, ante la imposibilidad de pagar salarios en dólares, por la catástrofe de las finanzas del país, situación que elevó la cotización de la divisa de Estados Unidos a niveles insospechados.

Afortunadamente la afición de la Costa lo entendió así. Comprendió lo necesario del acuerdo tomado por los jerarcas de la Liga y asistió a los estadios con regularidad. La temporada 82-83, salió adelante, a final de cuentas. Y hasta eso: mucho mejor de lo previsto.

= DULCE VENGANZA EN 1983 =

Bien.

Para Tomateros de Culiacán llegó pronto la oportunidad de cobrar venganza de la afrenta sufrida ante los Naranjeros de Hermosillo en 1980. Ya con este duelo elevado a la categoría del verdadero clásico de la LMP, disputaron la gran final en la llamada temporada de la mexicanización.

El sábado 29 de enero de 1983, se desarrolló el tercer encuentro de aquella serie titular. Culiacán estaba arriba 3-2 y ese podría ser el día de la entronización.

Justo en esa fecha, casaba mi hermano Oscar, en la sindicatura de Costa Rica, apenas meses después de que quien esto escribe había tomado una decisión similar. Chamacos los dos. El, de 26 años de edad. Quien lo narra, apenas camino a los 29.

Le llame y le dije:

= ¿Sabes que hermano? No voy a tu boda. Vamos a coronarnos ese día y yo tengo que estar en el estadio. He visto las tres pasadas y esta no quiero que me la platiquen. Quiero ser testigo de la historia.

A esas alturas de la vida, había dejado ya la sección deportiva en mi carrera periodística, para dedicarme a la fuente y a la columna política, invitado por Herberto Sinagawa, director de El Sol de Sinaloa por aquellos días – gobernaba Sinaloa Antonio Toledo Corro y Roberto Tamayo era el alcalde de la ciudad -; pero mi afición por este deporte seguía inalterable porque, a pesar de las nuevas ocupaciones, mantenía mi columna beisbolera en ese matutino, con Agustín D. Valdez al frente de la sección.

= Y ¿ya se te olvidó que eres mi padrino principal? – replicó.

= No. No se me ha olvidado; pero ya le dije a Nicolás que entrara de emergente (mi otro hermano) y aceptó. En cuanto termine el juego, me voy para allá. Te lo prometo.

Así fue.

El clásico de lujo había nacido con síntomas inequívocos de una evolución favorable para los años por venir. No importó que los dos equipos prescindieran de sus estrellas importados para utilizar solo jugadores mexicanos. El “Angel Flores”, todavía un estadio sin ninguna adecuación significativa, lucía una entrada impresionante. El encuentro, incluso, tuvo que suspenderse en diferentes ocasiones por invasión al terreno de juego. Ya no sé donde había más gente, si en las tribunas o detrás de las bardas. El ambiente, por supuesto, de campeonato.

Bajo estas circunstancias, seguí el desarrollo del partido en algún lugar de la tribuna central, desde donde disfruté el cerrado duelo de pitcheo entre los dos estelares de uno y otro equipo: Salomé Barojas por Culiacán y Maximino León, por Hermosillo. Ambos, en plan grande, colgaron los primeros cinco ceros; pero en la sexta, el juego comenzó a inclinarse para los Tomateros, cuando Víctor Manuel Félix, con Natanael Alvarado en la tercera base, elevó al jardín central, para la primera carrera del partido. Y todavía en la séptima, sencillo de Lupe Valle, sobre el relevo de Ramón Munguía, trajo dos anotaciones más para ampliar la ventaja a 3-0, ante el delirio de la multitud.

Y precisamente con ese colchón de 3-0, Barojas, en el mejor juego de su vida, llegó hasta el noveno inning; pero el final, como todos, fue dramático. Hermosillo no solo se acercó 3-1, sino que colocó en bases la potencial carrera de la igualada; pero Salomé no estaba dispuesto a permitir que nadie le arrebatara la gloria y logró el anhelado out 27, al dominar a Donald Cañedo (el mismo que hoy forma parte del cuerpo técnico de Benjamín Gil) con rola al segundo cojín, al mismo tiempo que el parque se convertía en un volcán en erupción.

Una hora después, disipados los humos de la batalla, llegué a la boda de mi hermano, hasta Costa Rica, donde me recibieron entre abrazos de euforia y amor fraternal.  Ya con el cuarto campeonato en mis bolsillos.

La cosecha comenzaba a hacerse grande.

= EL UNICO FUERA DE CASA =

Cuando Tomateros perdió, en el “Angel Flores”, el quinto de la serie campeonil frente a los Aguilas de Mexicali, las acciones de los guindas cayeron hasta el fondo en la bolsa de valores del poderoso beisbol invernal. Regresaban los Aguilas a su casa, con todo a su favor para adjudicarse el centro de la temporada 1984-1985, cuyo premio mayor consistía en representar a nuestro país en la Serie del Caribe, programada para febrero en Mazatlán, en fechas coincidentes con la celebración del carnaval internacional del puerto sinaloense.

Tomateros cayó 4-2 en ese partido y todos abandonamos el viejo coso de la colonia Almada, con la mirada puesta en la punta del zapato, sin la menor esperanza de una reacción en Mexicali. La superioridad de los emplumados había sido manifiesta, al menos durante esos cinco juegos. El escenario no era de optimismo, precisamente.

Culiacán, sin embargo, tenía vida. Y dos noches después, mitin de por medio, encabezado por Juan Manuel Ley en la casa club del “Nido”, los guindas salieron dispuestos a desplumar águilas, al reanudarse la contienda campeonil, bajo el frío glacial de Mexicali.

Ha sido el único título que no he disfrutado en vivo y a todo color. Asistí, sin embargo, a los tres en el “Angel Flores” y seguí los dos últimos (sexto y séptimo) a través de la televisión. El último de ellos, en la casa de un amigo, en la colonia Guadalupe: Cuitlahuac Rojo, por aquel tiempo, coordinador de comunicación social del gobierno de Sinaloa, que encabezaba don Antonio Toledo Corro.

Y si.

Con un encendido Nelson Barrera, Tomateros igualó la serie, con victoria de 3-1 y al siguiente día, un martes 29 de enero de 1985, brincaron al campo de juego, con la consigna de dejar la vida sobre el engramado: arranque tenso, con un 2-1 a favor de Mexicali hasta la quinta entrada, en la que los guindas hicieron explotar al abridor Rafael García, con par de carreras que voltearon las cosas en favor de Culiacán. Nelson Barrera, que había empujado una en la primera entrada, produjo estas dos, con un cañonazo de hit por arriba del short. El mismo Paquín Estrada, en su papal de manager-jugador, marcó la del empate a 2 y el norteamericano Chriss Jones, la del despegue. Una arriba; pero Tomateros ya no perdería la delantera.

Y en la quinta, los sueños de los Aguilas se derrumbaron como un castillo de naipes, ante la decepción de más de 16 mil aficionados que a punto estuvieron de quemar el estadio sobre el final, víctimas de la rabia y la frustración: demoledor ataque de 5, después de los dos primeros outs. Ese estallido ofensivo lo iluminó un cuadrangular de Dereck Bryant, un doblete de Nelson Barrera y un sencillo de Guadalupe Valle, combinado con un desastroso trabajo del bullpen de Mexicali y costosas fallas de su defensiva. Errores letales, en el resultado final.

Y mientras esto sucedía, Luis Trinidad Castillo – el pitcher del momento – nos regalaba con un soberbio trabajo de relevo, desde la cuarta entrada sobre Vicente Romo, para colgar seis ceros y rubricar la victoria y el título para Tomateros. Actuación disfrutada al ritmo del jaibol, del ceviche y la carne asada, a costillas del anfitrión, en una noche en la que hasta los mazatlecos se volvieron Tomateros, en beneficio del honor beisbolero de Sinaloa.

El equipo arribó a Culiacán un día después y se vivió, de manera improvisada, el desfile de la victoria. No con la organización, ni con la mercadotecnia de la actualidad; pero si con un entusiasmo desbordante. A control remoto; pero se gozó. El regreso de los Tomateros fue sencillamente sensacional.

Mi quinto campeonato.

= EL SEXTO, TRAS DIEZ TEMPORADAS DE VACAS FLACAS =

Como aconteció recientemente, entre el quinto y el sexto campeonato para la franquicia local, tuvieron que transcurrir once largo años y diez temporadas completas. Etapa, como siempre, de ilusiones, transformada en frustraciones y desilusiones, con el paliativo de tres subcampeonatos, que representan, de paso, tres series finales perdidas de manera consecutiva: en 1986, en el desquite de los Aguilas en situación parecida a la de 85; en 1990, ante los Potros de Tijuana y en 1995, frente a Naranjeros de Hermosillo. En esas tres, Tomateros abrió en la casa del rival y le faltó capacidad para doblegar el factor localía, con papel determinante en el balance definitivo.

Total, habían pasado once años ya entre el martes 29 de enero de 1985 y el viernes 25 de enero de 1996, día del quinto duelo de la final de la edición 1995-1996. Tomateros tenía ventaja de 3-1; pero perder esa noche implicaba regresar, para un posible y hasta un sexto juego, al “Teodoro Mariscal” y permitir el resurgimiento de los rojos del puerto, con un buen saldo a su favor hasta antes de la última fase de la campaña.

Una noche antes, Guillermo Velázquez les había dado lo que parecía la estocada definitiva: un doblete hasta el fondo del parque, causante de una espectacular voltereta en el marcador, cuando los Venados creían tener el triunfo en el bolsillo. Estaban ya heridos de muerte.

En esa serie, funcionaba un palco para invitados especiales, ubicado entre la caseta de prensa y la casa club del equipo visitante. En este caso, los Venados de Mazatlán. Era ya mi quinto año como director general de El Sol de Sinaloa – 42 años de edad – y justamente ese día, tenía visitas importantes, de los altos mandos de Organización Editorial Mexicana. Don Juan Manuel Ley, el presidente del club, me asignó media docena de asientos en ese rincón y desde ahí, a ras del terreno, seguimos de cerca ese juego de pelota. No era lo más cómodo, ni tampoco la mejor perspectiva; pero más cerca de la acción no podíamos estar.

Ya era el cuarto año de gobierno del mandato constitucional del ingeniero Renato Vega Alvarado, quien había cumplido con su promesa de mejorar notablemente la fisonomía del estadio. Lo había logrado: sobre las mismas bases y cimientos, si usted quiere; pero el “Angel Flores” parecía nuevo, por su asombrosa transformación. El aforo del mismo, para no ir muy lejos, andaba ya por los 14 o 15 mil aficionados, que esa noche se apretujaban por butacas, pasillos, escaleras y hasta los puntos  más recónditos del inmueble.

De repente, Culiacán abajo 3-0, en la misma primera entrada, tras jonrón tempranero de Wester Garrison, sobre el abridor Luis Fernando Mendez; pero Tomateros reaccionó rápido. Igualó a 4 por bando en la tercera y en la sexta se despegó 6-4, con cuadrangular de Darrel Sherman: una línea que rosó la cerca del jardín derecho y que besó, en su recorrido, el hasta bandera. Y en la octava, leñazo de tres anotaciones del zurdo Eduardo Jimenez, contra los espectaculares del prado derecho, para el 9-4 del amarre.

José Manuel Hernández paró a los Venados temprano y Ricardo Rincón se encargó del cerrojo, hasta el final: Juan Carlos Canizalez, fue el out 27, con rola a terrenos de Benjamín Gil en el campo corto para complementar la jugada en el guante de Memo Velázquez en la inicial.

Euforia justificada. Habían pasado muchos años – once por esos días – del último campeonato y celebración grande. Por vez primera sobre espacios, calles y avenidas del Plan de Desarrollo Urbano Tres Ríos, proyecto que marcó un antes y un después en la detonación de un nuevo Culiacán.

El sexto.