= MIS DIEZ CAMPEONATOS =
= La década de oro de Tomateros de Culiacán.
= Y la larga sequía de diez temporadas en blanco
= Vibrante el décimo campeonato, apenas días atrás
Tercera de tres partes.
Entre la edición 1994-1995 de la Liga Mexicana del Pacífico y la 2003-2004, transcurrieron diez temporadas que han representado la mejor época para Tomateros de Culiacán en sus cincuenta años de historia en el poderoso circuito invernal: seis series finales, de las que ganaron cuatro, que se tradujeron, por supuesto, en igual número de campeonatos; en dos de ellas, los guindas se atoraron en semifinales; en una, en la fase de la respesca y en una más no lograron la calificación a los “pley offs”.
Se trata de la época gloriosa para el equipo local, sin duda, aunque con un prietito muy notorio dentro de lo blanco del arroz: la campaña en la que Tomateros de Culiacán no avanzó a la postemporada, fue la 2000-2001, precisamente cuando nuestra ciudad capital fue sede de la Serie del Caribe. Eso nos dolió a todos y mucho, desde luego; sin embargo, la afición de casa dio una gran lección a propios y extraños, exactamente un mes después. Los Naranjeros de Hermosillo fueron los monarcas y representaron a nuestro país en el torneo caribeño. Y el respaldo de la fanaticada hacia el team de la capital del vecino estado de Sonora fue decidido y a fondo. Sin reservas de ninguna naturaleza.
Esto, sin embargo, es otra historia de la que ya nos ocuparemos en su oportunidad.
Este espacio es para Tomateros y para ir por partes, permítanos recordarle que en 95, perdieron la serie final ante Naranjeros de Hermosillo, en un sexto juego en el estadio “Héctor Espino”, en el que Hermosillo aprovechó un parpadeo de Rodrigo López para imponerse por marcador de 4 carreras contra 3. La actuación de los guindas, de todos modos, nos dejó sumamente satisfechos: era la primera final desde 1990, aunque la tercera que se perdía de manera consecutiva.
El estadio “Angel Flores” había sido remodelado por el gobernador Renato Vega Alvarado de un modo tal que lucía como uno de los mejores del circuito, posiblemente solo superado por el de Hermosillo. En ese año de 1995, justamente, cundió la fiebre de la “tomateromanía” y comenzó la época grande. Una temporada después, luego de once años y diez de sequía, cayó el sexto campeonato, ya reseñado en nuestro trabajo anterior. Y a la campaña siguiente, el séptimo y segundo al hilo, cuando la máquina guinda cobró venganza de los Naranjeros de Hermosillo, en una historia de muchos matices, que es la que viene a continuación.
= BICAMPEONATO EN 1997 =
La oportunidad del desquite para Tomateros, de la afrenta sufrida en 1995 ante Naranjeros de Hermosillo, llegó muy pronto. Apenas dos años después, en efecto, las dos principales franquicias de la Liga Mexicana del Pacífico estaban de nuevo en una confrontación titular. Una edición más de la final de etiqueta.
Una serie muy recordada, por cierto, a raíz de un acontecimiento que ocupa un lugar muy especial en el anecdotario de la Liga Mexicana del Pacífico. Lleno de colorido.
Y es que, meses atrás Juan Manuel Ley López encabezaba la pelea por traerse a Culiacán la sede de la Serie del Caribe de 1997, bajo el argumento de que ya era turno de nuestra ciudad y en el entendido de que, hasta entonces, solo Hermosillo y Mazatlán, habían tenido tal privilegio. La capital de Sonora era, de nueva cuenta, el contendiente principal. La directiva de la LMP decidió, entonces, someterlo a votación; pero tras tres rondas, el cabildeo de un lado y otro, no había funcionado: no había ganador. Persistía un empate a cuatro. Apoyaban a Culiacán: Mazatlán, Guasave y Los Mochis; a Hermosillo: Navojoa, Obregón y Mexicali. Y ninguno cedía un centímetro en sus respectivas posturas.
Bajo esta circunstancia, los presidentes de los ocho clubes pidieron al titular del circuito, Arturo León Lerma, el ejercicio de su voto de calidad; pero este se negó. Sugirió, antes bien, un volado entre los representantes de Culiacán y Hermosillo y el azar favoreció a Sonora. La actitud de León Lerma, de algún modo salomónica, fue considerada, sin embargo, como humillante por los aficionados de casa, quienes no perdonaron jamás a León Lerma, máxime que era de fama pública su inclinación hacia los Naranjeros. Alguna vez, la presencia de León Lerma fue hecha pública por el sonido local en el “Angel Flores” y a don Arturo le gritaron hasta de lo que se iba a morir. Y la porra no dejó de saludarlo, inning tras inning.
Por si esto fuera poco, los cronistas deportivos de Culiacán todavía no olvidaban las burlas de los colegas de Hermosillo, que se dejaron ver por aquí, a raíz de la final del 95. Es que el quinto juego, de esa final, aquí en el “Angel Flores” lo ganaron los Naranjeros por marcador abultado, para tomar ventaja en la lid – recuerdo un jonrón del Borrego Sandoval con las bases llenas en la novena ronda -, de tal suerte que esa misma noche, en el palco de prensa, los sonorenses, en alusión al presumible poderío ofensivo de los guindas, reflejado en las etapas previas de la competencia, preguntaban, en tono entre hiriente y sarcástico:
= ¿Y dónde quedó el super equipo?
En esa campaña 96-97, la historia fue diferente: Tomateros lució superior en todo momento y cuando la contienda titular volvió a Culiacán, los de casa estaban con ventaja de 3-2 y a solo un triunfo de la corona. Lleno hasta las lámparas, la noche del 27 de enero en el “Angel Flores”, con un sentimiento revanchista imperante en cada uno de todos los aficionados de nuestra ciudad: ¿Qué mejor manera de cobrar venganza de aquella humillación que dejar fuera a los Naranjeros en su propia Serie del Caribe: Hermosillo-97?
Desde algún punto de la tribuna central, quien esto escribe gozaba y sufría con las incidencias de ese partido, que Culiacán ganaba 3-2 hasta el noveno inning y que nos tenía a un paso del delirio; pero a un out de la victoria, Miguel Flores cazó una recta del Cañoncito López y puso la bola por encima del jardín izquierdo, con uno en las bases, para la trágica voltereta al marcador. Un jonrón, desde luego, que acalló ese volcán en plena erupción que era el “Angel Flores”. Lo clásico: como balde de agua fría.
Sin embargo, Tomateros vino al ataque sobre el cierre y al primer pitcheo de ese capítulo, el gringo Matt Stark conectó línea salvaje hacia el filo de la barda del jardín izquierdo; la pelota dio un gran bote sobre la cresta de la barda y salió hacia arriba para estrellarse finalmente en los espectaculares de aquel sector del inumeble para lo que fue un cuadrangular dramático y salvador. Y de repente, con una base por bolas para Eduardo Jiménez y par de errores del cuadro naranjero, las bases se pintaron de guinda, sin out en el marcador. Situación prácticamente insalvable para Hermosillo, cuyo manager, Dereck Bryant, intentó resolver con el ligamayorista Juan Acevedo, en misión prácticamente imposible.
Paquín Estrada, a su vez, respondió con otro ligamayorista, con un emergente de lujo: Benjamín Gil, resentido de una lesión en una de sus piernas; pero que tomó el bat con determinación, ante el rugido de la multitud. Todavía recordamos la escena: en el camino, Benjamín se cruzó con Heriberto García, que estaba ya listo para tomar su turno. Los dos se fundieron en un cálido abrazo y Gil siguió su ruta a la caja de bateo. Gil esperó solo dos lanzamientos. Al tercero atizó una línea por arriba del short, José Luis Sandoval, que dejó a los Naranjeros sembrados sobre el campo de juego.
Venganza consumada.
Culiacán no tuvo Serie del Caribe en ese 1997; pero los Tomateros, en cambio, fueron los representantes del circuito en el “Héctor Espino” de la capital sonorense, con todo y la rabieta del doctor León Lerma, flamante presidente del circuito invernal.
¿Mejor? ¡Imposible!
= RESURGIMIENTO EN EL 2002 Y LLEGO EL OCTAVO =
Insistimos: era la época dorada de los guindas y aunque no hubo título en las cuatro temporadas siguientes, Tomateros de Culiacán se mantenía como el gran animador del circuito: se quedó en semifinales en 98, contra Venados de Mazatlán; perdió la final de 1999 ante Aguilas de Mexicali – la única vez que un equipo foráneo se ha coronado en el “Angel Flores”; llegó otra vez a la instancia semifinal en 2000 – ahora nos ganó Hermosillo en siete choques trepidantes – y en 2001 el recuerdo triste de la eliminación de los “pley offs” con la Serie del Caribe en casa. Cosas del beisbol.
Y vino la temporada 2001-2002, con Paquín Estrada, de regreso al timón de la nave.
Rodrigo López, Vicente Padilla y Jorge Campillo, lucieron como los estelares de aquel equipo, con el respaldo de Darrel Serman, Kitt Pellow y Crhiss Latham, entre otros. Tomateros fue el máximo ganador a calendario corrido y en la postemporada se despachó en cinco juegos a los Yaquis de Obregón y también en cinco a los Naranjeros de Hermosillo.
El otro finalista, Mazatlán sufrió en grande al llevar a la instancia máxima tanto la eliminatoria como la semifinal. Le ganó primero a Hermosillo y después a Mexicali.
Martes 29 de enero de 2002. Estadio “Angel Flores”. Sexto partido.
Por una jugada del destino, me ausenté durante dos temporadas completas del parque y del ambiente beisbolero. Volví aquella noche, invitado por un amigo yucateco, de nombre Carlos Rubén Calderón Cecilio, a quién me había presentado el también amigo Renato Gutiérrez. Carlos Rubén fungía como delegado general en Sinaloa del Comité Ejecutivo Nacional del PRI y en esa jornada fui su compañero de palco, junto con otras personas más, aficionados todos de hueso colorado y Tomateros hasta el tuétano.
Oscar Rivera, el lanzador de los Venados, solo tuvo una distracción. Subestimó a Adán Amezcua y el cátcher de Tomateros le conectó un largo cañonazo que se estrelló contra los anuncios del lado izquierdo, cuando apenas transcurría la segunda entrada. Había dos en base y muy temprano los guindas estaban arriba en el marcador, 3-0.
Vicente Padilla estaba en plan grande; pero cedió terreno paulatinamente y cuando llegó la novena entrada, aquello estaba 3-2 y el “Angel Flores”, cargado de electricidad. Se presentía que si Mazatlán ganaba ese partido, la situación se complicaría. Además, Paquín ya no contaba con ningún lanzador de la talla ni de Rodrigo ni de Padilla. Ellos ya habían hecho su labor. Y muy bién, además.
En el arranque del noveno inning, comenté con mi compañero de palco.
= Ojalá y sea una entrada tranquila. El nervio ya no da para más.
¿Tranquila? ¡Que va?
Mazatlán colocó corredores en tercera y primera, con dos outs en el pizarrón. De entre Oliver Pérez y Jorge Campillo para el relevo, Paquín Estrada se inclinó por Campillo, a quien Daniel Fernández recibió con sólida línea por el jardín derecho, que levantó al gentío de sus asientos. Allá, en la pradera, Chriss Latham gritó “¡es mía!” y la pelota se anidó en su guante, para el sufrido out 27.
Euforia colectiva e invasión de campo. La historia de siempre.
El octavo campeonato.
= Y DOS AÑOS DESPUES, EL NOVENO =
En una nueva etapa de mi vida personal y en la acumulación de años al frente de las empresas periodísticas de Mario Vázquez Raña aquí en Culiacán – El Sol de Sinaloa y El Sol de Culiacán – resurgió mi afición al beisbol, mi fanatismo por los Tomateros y la costumbre de asistir al parque de pelota, cuando menos un partido por serie.
La temporada 2002-2003 no fue del todo buena para los guindas. Ciertamente tuvieron record positivo tras el calendario regular; pero en la primera fase del “pley off” cayeron ante los Yaquis de Obregón, equipo que dos semanas después perdería la final ante Cañeros de los Mochis. Ese equipo cañero, a propósito, fue el peor de la campaña en juegos ganados y perdidos; pero calificó a “pley offs” por las bondades del sistema. Ya en esta instancia, los verdes se convirtieron en una auténtica aplanadora y terminaron por adjudicarse el banderpin.
La 2003-2004, Tomateros conquistó el tercer sitio en ambas vueltas y clasificó sin contratiempos a postemporada, donde se impuso a Guasave en seis encuentros y a Hermosillo también en seis. Obregón, por su parte, venció en cinco a Navojoa y en seis a Mazatlán, que había sido el máximo ganador de juegos durante el rol regular.
Y así llegaron a la final: Tomateros de Culiacán y Yaquis de Obregón, de las mejores escuadras del torneo y altamente competitivas.
La serie inició en el “Tomás Oros Gaytán” y el saldo fue una alentadora división de honores.
Aquí, en su parque, Tomateros ganó tres al hilo y conquistó el noveno campeonato de su historia y el derecho de representar a México en la Serie del Caribe Santo Domingo 2004. Fue segunda vez en que se proclamaron monarcas tras abrir en patio ajeno y hacerlo en solo cinco encuentros. Como en 1996. Serie que terminó en cinco, sí; pero que resultó peleada desde el principio hasta el final.
Fue un lunes 26 de enero, de ese año 2004. Ya no hay necesidad de decirlo nuevamente: la casa de los guindas, hasta los topes. Lleno espectacular. Con mi nueva compañera de vida, ubicado en un palco, que compartía con la familia del médico del club, justo a un costado de la casa club de Tomateros. Muy cerca de la acción.
Espeluznante empate a 4, tras cinco entradas completas. Duelazo entre Rodrigo López y el cubano Ariel Prieto, a pesar de las 4 anotaciones contra cada uno de ellos. Ambiente tenso, con el juego en el alambre.
De perder Tomateros regresaría al “Tomás Oros Gaytán” y eso era lo que menos quería Paquín Estrada y su gente.
Benjamín Gil contra Prieto. Cierre del sexto capítulo. Corredores en segunda y tercera. Dos outs. Gil encuentra una recta del antillano y la línea sale por un lado de la segunda base que se extiende a la pradera derecha y produce dos carreras para el 6-4 en el pizarrón. Justo el marcador final.
Noche de fiesta. De celebración. Un campeonato siempre será bien recibido. Y este ya era el noveno.
= OTRA LARGA SEQUIA: DIEZ TEMPORADAS; ONCE AÑOS =
Tomateros de Cuiacán duró diez temporadas y once años entrampado en nueve campeonatos. Una sequía tan larga como aquella de 1985 a 1996, con una diferencia: mientras que en aquella llegó a tres series finales, en ésta, la comprendida entre 2004 y 2015, ni tan siquiera a eso. Hubo buenas campañas, indudablemente; pero los “pley offs” comenzaron a convertirse en una maldición para Tomateros.
De ahí la explosión de júbilo, luego de aquel garrafal error de Francisco Rodríguez a toque de Sergio Omar Gastelum, que marcó la victoria de 9-8 sobre Mexicali en el séptimo de la semifinal, solo superada por la que vivimos la noche del lunes 25 pasado, en el quinto del duelo titular contra Charros de Jalisco.
Todo el estadio de pie. En un ambiente incomparable, cuando se abre el noveno episodio, con el marcador a favor 4 carreras contra 3.
Héctor Daniel Rodríguez ya sacó un out; pero faltan dos. El ropero Amador y el norteamericano Smith esperan turno. Los dos con la dinamita suficiente para emparar el encuentro con solo un batazo. Oscar Villareal viene al relevo y muchos reprueban la decisión de Benjamin Gil, ante los titubeos del cerrador en los últimos partidos; pero otros la respetan y aplauden.
A mi lado, mi compañera; Paola y Marco. Nervios en tensión.
Amador eleva al jardín central para el segundo tercio y los teléfonos celulares, a modo de cámaras de video, llenan el estadio. Todo mundo filma. Todo mundo quiere grabar los últimos instantes. Del partido, de la temporada y también del estadio “Angel Flores”. Tomateros cerca, muy cerca. Y lejos, bien lejos, al mismo tiempo. Smith intenta detener el movimiento; pero no lo logra. El ampáyer de primera decreta el ponche y llega, al fin, el décimo campeonato.
La fanaticada enloquece. Salta, grita, baila, aplaude, se choca las manos, se baña con cerveza.
Caramba. Ya hasta se me había olvidado como era un campeonato.
Lo he vivido nuevamente, a mis 60 años de edad y ahora en mi etapa de jubilado, pero no retirado, porque seré periodista hasta el fin de mis días. Espero repetir la experiencia pronto.
Por lo pronto, el décimo título para Tomateros de Culiacán.
Mis diez campeonatos.
¡Salud!