Jorge Luis Telles Salazar
¿Mejor? ¡Imposible!
En su temporada número 50 – de 56 que configuran la historia de la Liga Mexicana del Pacífico – Tomateros de Culiacán conquistó su décimo campeonato y al mismo tiempo despidió brillantemente al legendario estadio “Angel Flores”, el cual ya está en proceso de demolición, apenas unas horas después de concluida la edición 2014-2015 del poderoso circuito invernal.
Con esto, la franquicia detuvo en once, los años de sequía, equivalentes a diez temporadas completas, para igualar aquel trecho, sin título alguno, entre 1985 y 1996. Se trata de un record no deseable; pero record al fin.
Y bueno, no hay mal que dure cien años, sentencia a la que aludió el presidente del club, Juan Manuel Ley López; pero si once y justamente fueron estos los que tuvieron que transcurrir (desde el 2004 y hasta el 2015) para que los seguidores de Tomateros tuvieran el privilegio de disfrutar de un nuevo campeonato. Y si digo disfrutar me quedo corto: ¡qué manera de celebrar la coronación del equipo guinda! Algo para la historia. Sencillamente inolvidable.
Todo se conjugó: bodas de oro de la franquicia con la pelota de la costa; despedida del viejo coso de la colonia Almada y el título número diez.
A la vez, Tomateros de Culiacán se consolidó como el segundo equipo más ganador de banderines, con esos diez, contra 16 de los Naranjeros de Hermosillo, el indiscutible número uno en este renglón. Venados de Mazatlán se ha estacionado en ocho y Yaquis de Obregón en siete. Y eso que lograron tres en forma consecutiva: de la temporada 2010-2011, a la 2012-2013, incluida la Serie del Caribe que se desarrolló en el estadio Sonora, de la capital del vecino estado del norte, durante la primera semana de febrero de 2013.
Y para cerrar estos datos estadísticos, les recordamos que Culiacán ha triunfado en sus últimas tres series finales – luego de aquella de 1999, que perdió en casa ante Aguilas de Mexicali – y que es la novena ocasión que se corona en su parque, bajo el entendido de que la única vez que lo hizo en gira fue en 1985, en el entonces llamado Nido de las Aguilas. También se trató de la tercera serie titular en ganarla en cinco partidos; las tres, con arranque en el estadio rival: en 96, sobre los Venados de Mazatlán y en 2004, contra los Yaquis de Obregón.
El número favorito de los Tomateros parece ser el seis. En seis encuentros, justamente, se ha coronado cinco veces: en 1970 (Cañeros de los Mochis), en 1978 (Cañeros de los Mochis), en 1983 (Naranjeros de Hermosillo) en 1997 (Naranjeros de Hermosillo y en 2002 (Venados de Mazatlán). Solo en 1985 recorrió toda la ruta – o sea los siete juegos – para doblegar a los Aguilas de Mexicali. Las finales perdidas por Culiacán suman seis: 1972 (Algodoneros de Guasave), 1980 (Naranjeros de Hermosillo), 1986 (Aguilas de Mexicali), 1990 (Potros de Tijuana), 1995 (Naranjeros de Hermosillo) y 1999 (Aguilas de Mexicali). También en seis choques, excepto la del 99, en la que se produjo un suceso extraño en el “Angel Flores”: única ocasión en la que los aficionados de casa atestiguaron la coronación de un equipo diferente al de Tomateros de Culiacán.
Un dato más: son diez títulos; pero solo tres managers campeones: Vinicio García, en 1966 y 1970; Raúl Cano, en 1978 y Paquín Estrada todos los demás, con excepción del reciente, en el que quién se llevó los grandes méritos fue Benjamín Gil, uno de los peloteros emblemáticos en el rico historial de la franquicia guinda.
Y hasta aquí con los datos históricos. Pudieran parecer aburridos para un arranque de columna; pero no dejará mentir que también son significativos e interesantes.
Y subrayamos: ¿mejor? ¡Imposible!
Así de fácil.
=0=
Y bueno.
Benjamín Gil, jugador protagonista en cuando menos cuatro de nueve campeonatos de Tomateros, disfruta de la gloria, apenas en su primer año como manager en la Liga Mexicana del Pacífico. Lo recordamos: al concluir su ciclo con Culiacán, Benjamín siempre puso de manifiesto sus deseos de volver, como timonel, a la capital sinaloense.
Y su deseo se cumplió. Y ¡de qué forma!
Hay que decir, además, que, a diferencia de temporadas pasadas, Gil no tuvo en sus manos ninguno de aquellos “trabucos” de la década dorada (entre 1995 y 2005: cuatro títulos y hasta seis series finales disputadas), cuyo orden al bat espantaba al pitcher más templado, con tremendos aporreadores, posición por posición. El Culiacán de esa época era un equipo temible, impresionante en todos y cada uno de sus departamentos. Y ahí están los números que no dejan mentir.
Incluso, el Tomateros de principios de dicha década, tuvo estas características. En cuando menos tres de las últimas cinco campañas, Culiacán barrió con la oposición a lo largo del rol regular, al registrar números espectaculares en ganados y perdidos y obtener la cosecha mayor en cuanto a puntuación se refiere. Equipos impresionantes, ciertamente; pero que, cada uno en su turno, se vendría abajo, lastimosamente, en la postemporada, por esas cosas extrañas del beisbol.
El Culiacán de esta temporada, en cambio, fue un team compacto; pero nada de modesto, que quede claro. Una novena conjuntada por muy buenos peloteros, prácticamente un estelar por cada posición, entre jóvenes promesas, peloteros ya cuajados y los infaltables veteranos; sin embargo, con un debilidad: la ausencia de grandes cañoneros.
Jorge Vázquez se perfilaba para ocupar ese lugar; pero el “Chato” volvió a presentar problemas de salud (a mi juicio se llaman de otro modo); salió del roster y entró al mismo como Pedro por su casa, hasta que terminó por tirar la toalla definitivamente.
Gil enfrentó a este problema y a algunos más como el bajo rendimiento de los peloteros importados. Se sentó a resolver la ecuación con entrega y dedicación hasta que le encontró la cuadratura al círculo. Benjamín renunció a los batazos de largo alcance, para dedicarse a jugar el llamado beisbol pequeño. Ese que va entrada por entrada, que no termina de agradar a los viejos aficionados a este deporte; pero que, forma parte de la esencia del juego de pelota: tocar la bola una y otra vez, desde el arranque mismo del partido; estafarse todas las bases posibles y el bateo y corrido, por supuesto.
El manager de Tomateros descubrió tener la materia prima a la mano, en elementos como Rico Noel, Erik Farris, Maxwell León, Ramiro Peña, Joey Meneses e Ismael Salas, entre otros, que comenzaron a jugar a la pelota al estilo de Gil, con algo adicional: una defensiva formidable y espectacular, en la que hay que incluir también al receptor Román Alí Solís, que terminó por convertirse en uno de los líderes del plantel.
Todo este esquema, en apoyo a una línea de serpentineros también consistente, con abridores confiables y una línea de relevistas, largos, medianos y cortos, de primera calidad, con etiqueta de estelares en cualquier equipo, como Dennis Reyes, Héctor Daniel Rodriguez, Manny Barrera, Gonzalo Sañudo, Marco Camarena, Jorge Reyes y Oscar Villareal, por supuesto, en la continuación de la obra de inicialistas como Arnold León y Salvador Valdez, los más regulares de toda la temporada.
Y los resultados comenzaron a llegar: cuarto lugar en la primera vuelta y segundo en el giro complementario, para ubicarse como el segundo más ganador del rol regular, solo después de Charros de Jalisco. Doce puntos y lugar de privilegio para los “pley offs”, a lo largo de los que dejó fuera a Cañeros de los Mochis, Aguilas de Mexicali y el equipo de Guadalajara, en lo que fue la cereza del pastel.
En este proceso, Gil vivió momentos difíciles. Incluso el equipo llegó a caer hasta el sótano de la tabla al comienzo de la segunda vuelta y no fueron pocas las voces que pidieron la salida de Benjamín. La directiva del club, sin embargo, le reiteró su confianza y las cosas cambiaron de manera radical.
¿Qué hubo refuerzos?
Si. De acuerdo; pero solo uno de ellos fue factor preponderante: Anthony Vázquez, que se acreditó dos victorias en la serie final, con trabajos efectivos, sin rayar en la espectacularidad. Sin dudar de su calidad, Juan Pablo Oramas quedó a deber una buena salida y Dave Saphield – luego de que por poco y nos mata a batazos en la semifinal contra Mexicali – resultó un fiasco en toda la extensón de la palabra.
Tomateros ganó casi todos sus juegos, sin grandes batazos y hasta con menos hits que el oponente; pero supo hacer siempre más carreras que el adversario y eso es lo que cuenta en el beisbol. Su pitcheo fue otra cosa: siempre entre los tres mejores de la Liga y eso también debe tenerse en consideración.
Hubo, una vez, un equipo al que apodaron “las maravillas sin hit”. Culiacán estuvo cerca de eso. Si bateó imparables, pocos si quiere usted; pero los supo aprovechar, a base de velocidad, coraje, entusiasmo y determinación.
Ahí está el resultado, que no deja mentir.
=0=
A manera de colofón.
Del carácter y el estilo de Benjamín Gil, me quedo con tres grandes recuerdos de los últimos partidos.
El primero de ellos, cuando le quitó el bat al quinto en el orden – refuerzo extranjero – para enviar en su lugar a Sergio Omar Gastelum. Fue en la última entrada del séptimo partido contra Mexicali. Score empatado a 8 y Joey Meneses en la intermedia, tras doble. No es fácil una decisión de esta naturaleza; pero la tomó. Gastelum falló dos veces y le mantuvo la señal de toque de bola. Lo hizo finalmente, con tanta fortuna que Francisco Rodriguez, el pitcher de los Aguilas, mandó su tiro hasta el fondo del jardín derecho y ahí ganó Culiacán su pase a la gran final.
El segundo, sacar a su taponero estelar, Oscar Villareal, con el rancho en llamas. Cuarto juego de la final. Culiacán arriba 3-1, pero casa llena de los Charros, ya con dos abajo. Trajo al zurdo José Meraz a pitchearle al también zurdo Leo Heras, quien lo recibió con una línea silbante por arriba de la segunda base, donde se produjo la sensacional atrapada de Ramiro Peña para preservar la dramática victoria de Tomateros y colocar al equipo a una victoria del campeonato.
Y el tercero, en el último, al traer de nuevo a Villareal, ante la inconformidad del público y los titubeos mostrados por el cerrador de lujo en sus últimas salidas. Oscar, sin embargo, mostró gran aplomo al dominar a Amador con un globo inofensivo por el central y recetarle ponche a Smith, para el anhelado out 27 y dar paso a una histeria colectiva en el “Angel Flores”.
Así fue Gil. Respetuoso y considerado con sus peloteros; pero duro a la hora de las decisiones. Sin tentarse para nada el corazón. Como que dos gringos, uno güero y otro de color, tuvieron que tragarse su orgullo al perder la titularidad para quedarse en el duro y frío banquillo.
Los resultados, finalmente respaldan al hombre de Tijuana.
Campeón de la Liga Mexicana del Pacífico.
Y hasta aquí la dejamos por hoy.
Dios los bendiga.