“Espinoza le dijo a Gaxiola”

José Gaxiola López (*)

El día seis de noviembre me levanté a trabajar una hora antes de lo acostumbrado. Eran las dos de la mañana en el D.F. Yo leo y escribo, durante tres horas antes de desayunar. Ese día lo hice más temprano, de entre pocas alternativas que puede prepararse un hombre solo a esas horas; café, té o chocolate, pan tostado con mantequilla, o con queso, o con nata, o con crema de avellana o de cacahuate. Lo que el antojo dicte y, haya en la alacena. A veces, con jugo de toronja, de tomate, de zanahoria o de naranja. Casualmente, yogur con germinados o huevos tibios. Describo tal menú, en homenaje al Maestro Espinoza que hacía de ello tema obligado en sus pláticas; hablar de comida. Han de saber, que varios de sus conciertos los realizó repartiendo entre el público menús con sus canciones, para que le pidieran las ahí enlistadas. Él recomendaba platillos y restaurantes, revelando que y donde valía la pena comer. En Mazatlán, un restaurant le puso su nombre a un platillo creado por él. Seguramente, lo habrá en otros restaurantes de Sinaloa. Cuando voy a Culiacán, procuro comer “Caldillo”, un platillo típico sinaloense que él me recomendó de la cocina del hotel situado a la orilla del río Tamazula y, que lo cobijó los últimos años de su productiva vida.

Disfruté años acompañando a esta personalidad en sus presentaciones en pueblos como Ahome, Chinobampo, Navolato, Guamúchil, El Fuerte, San Blas, El Amole, Mocorito, Rosario, Escuinapa, Choix y en algunos de otros estados de la República. Le comenté que varios pueblos parecían olvidados, merecedores de una canción de él, en repaso a su abandono material comparado con ciudades importantes de Sinaloa o cualquier estado vecino. Él no era un compositor contestatario a pesar del Celso Boquerones en la Banda de Huipanguillo y haber compuesto el “Camisa de Juera”, ambos, programa radiofónico y canción de cierta crítica social. Su poesía musicalizada gira en torno al amor, la amistad y la esperanza. Lo vi pensar, plasmar lo creado en un papel, mas no sé si compuso tema alguno a tales pueblos. Sin embargo, le di materiales, atestigüé borradores y los primeros acordes de “Nuevo Culiacán”, “Viva Guasave”, “Los Mochis, Ahome”, “Mocorito”, “Chamaca Bonita”, que están en el CD que le edité y produje a nombre de El Colegio de Sinaloa.

Él llevaba plumas para escribir de al menos tres diferentes tintas y, papel. Accedió hacer una presentación en Pericos, el presidente municipal de Mocorito de entonces, demoró sin razón el evento, asomando de su telaraña mental no sé qué complejos de autoridad que tanto joden a las poblaciones. No obstante, como siempre donde el Maestro se presentaba, el pueblo se le brindó. Fue tal su éxito, que hasta una canción le compuso al pueblo, “Nobleza de Pericos”. Himno local que se toca en la plazuela junto a su “En Sinaloa Nací”, en no pocas ocasiones domingueras.

Él era un excelente conversador, de oído agudo y educado para imitar casi todos los sonidos de la flora y de la fauna, de los ríos y los mares, de las voces de la geografía humana regional biodiversa. Amiguero, caballero, las mujeres de El Colegio de Sinaloa lo adoraban, a Conchita le debemos su mote de Maestro. Le gustaba decir que era el gavilán guardián del gallinero con sus bellas y gentiles pollitas. Fue bujía y mixtura de la actividad colegiada por muchos años. Él llamaba al El Colegio su “Cariño Nuevo”. Sus colegas le debemos esa admirable disposición y fortaleza. Yo su bonhomía, desde que lo conocí en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, hace más de 30 años. Él me corrigió, dijo recordar a un chaval que se negó a saludar a Luis Echeverría, entonces en campaña para presidente. Él y Lola Beltrán iban atrás del gobernador Sánchez Celis y del candidato cuando pasaron frente a la ringlera de plebes de 6to año de primaria y una bola de adolescentes. Él preguntó por mi nombre, no olvidó mi apellido, ni que en el programa de la gira del día, decía “14:00 horas, Comer, Pericos”. Él protestó, pidiendo que se lo cambiaran por pollo.

El pasado 2 de octubre le hablé por teléfono, era su cumpleaños, conversamos pocos minutos, con el afecto, respeto y admiración de siempre le dije que aún yo no apresaba sus lecciones de amistad, pero que seguiría intentándolo. Sobre todo ahora, en su memoria. Recordamos nuestro amor por la Radio, él por la música, yo por las ideas que por las frecuencias se expresan, particularmente en la banda corta. Recordamos una comida tenida hace muchos años en el D.F., con la presencia de las niñas Colette y María, su nieta. Ellas son de la misma edad.

Ese seis de noviembre, no sé porque motivo me vestí, literalmente todo de negro, de pies a cabeza, nunca lo había hecho, me lo hicieron notar al llegar a mi oficina. Eran las 7 de la mañana. Como invariablemente hago, encendí la computadora, la cafetera y prendí la radio para oír las noticias. Escuché aquella que me cambió el esquema del día, José Ángel Espinoza Aragón se había ido, agarró rumbo, por su “Camino de Luz”. ¿Comunicación paranormal?

En la congoja del momento, empecé a escribir estas líneas recordando a uno de sus pocos corridos, aunque nunca tuvimos diferencias como el asunto que dice la letra, de ese compuesto en Mazatlán, por una plática con Rentería, el dueño de una carreta de mariscos que se negó a recibir el pago del Maestro por unos “pajaritos” que ya se había embuchacado. Él Maestro, le reclamó ¿por qué no se los cobraba? el marisquero le respondió; “porque soy tu amigo de aquí hasta la tumba”. Hasta la vista Maestro y “Échame a mí la Culpa”.

(*) Miembro fundador y titular de El Colegio de Sinaloa.

JUBILACION EN LA UAS

Ernesto Hernández Norzagaray y su jubilación

Ana Laura Arellanes Espinoza

Ya no sorprende mucho el “bombardeo loco”, persistente, de parte quien en su paso por la UAS tiene una marcada ausencia en las aulas, pues durante lo que debería haber sido su “ejercicio académico” se dedicó a presionar a rectores para adquirir toda clase de prebendas que lo mantuviera alejado de las escuelas, ya sea con años sabáticos, con comisiones o con becas en el extranjero que les facilitó acumular maestrías y doctorados para limpiarse el trasero.
El personaje que me refiero, con su tic tac universitario, es Ernesto Hernández Norzagaray, ex Consejero Estatal Electoral –durante los tiempos de Juan S. Millán y Jesús Aguilar Padilla-. Excelso miembro del “Grupo de los Exquisitos”, este señor, buscó acomodo, espacios, en revistas y diarios para de ahí, presionar a los rectores que no se sometían a sus caprichos. Fue y es crítico de las autoridades universitarias y ahora de toda clase –municipales, estatales y federales- que no responden favorablemente a sus demandas personales.
¿Qué le aportó a la Universidad Autónoma de Sinaloa? Nada ¿Qué papel jugó en el saqueo la de Universidad? No se cansó nunca de exigir recursos para sus “estudios” en el extranjero ¿Dónde estaba cuando la UAS necesitaba de sus mejores cuadros para alcanzar altos grados de excelencia académica y prestigiar el nombre de la universidad en Sinaloa y México? Precisamente gozando de años sabáticos o de becas en el extranjero, en España u otros países, con cargo al erario de la UAS.
Cuando Ernesto debería de estar impartiendo cátedra le sobraban pretextos para eludir su responsabilidad de académico. Su paso como miembro del Consejo Estatal Electoral, fue de sumisión a las directrices antidemocráticas de Millán y Aguilar. No hay pierde si se investigan el papel que desempeño en los dos sexenios del órgano estatal electoral. Ahí estaba él, Ernesto Hernández Norzagaray, cumpliendo con sus obligaciones “ciudadanas”, en el CEE, cuando debería de haber estado dando clases.
El que se dice ahora periodista, Ernesto, “El Exquisito”, se jubiló de la UAS, sin pena ni gloria. Con más desgracias que aportes universitarios. Goza de una pensión o sueldo íntegro mensual como jubilado o pensionado de 45 mil 895 pesos, cantidad a que se le suma a pensión que recibe del IMSS. Los 45 mil 895 pesos, por si finge taradez, se toman, para pagarle, del presupuesto de La UAS, dinero que debería destinarse a la educación, pero Ernesto hace como que no se da cuenta muy activo brindando asesoría antiUAS y a los candidatos empresariales. Su condición biológica lo ubica en el estatus de persona activa. Su estado mental lo instala, como lo denunció Richard Lizárraga Peiro, con una “adicción enfermiza” por el diputado Héctor Melesio Cuén Ojeda. Lo odia pero no puede vivir sin él.
La Universidad requiere capitalizarse y garantizar la estabilidad laboral, por lo que el rector Juan Eulogio Guerra Liera ha convocado a la unidad y ha puesto en la mesa de la discusión temas sobre el fideicomiso y la preservación de la jubilación dinámica. Sí, activos, más que jubilados, deben tomar “el acuerdo correspondiente sobre los planteamientos que se han presentado para garantizar la jubilación dinámica y para cambiar el marco normativo laboral”.
Es necesario conservar el fideicomiso siempre y cuando sigan haciéndose las aportaciones, con recursos de la Universidad y de los trabajadores, con el riesgo de que la jubilación no alcance al personal académico, intendencia y administrativo que ingrese a partir del 2016. Esa es una de las propuestas. No hay que cerrarse, salvo a que se le siga apostando solamente a seguir tomando recursos que el gobierno federal, vía la SHyCP y la SEP, otorga para la academia, la ciencia, la cultura, las artes o la investigación para pagar jubilaciones o pensiones mensuales. Sin embargo la UAS es un ente educativo, no es un Afore, no es el IMSS o el ISSSTE.
No creemos que a Ernesto Hernández Norzagaray le vayan a quitar su jubilación dinámica de 45 mil 895 mil pesos, salvo que él ya no los quiera tomar o recibir o donarlos a la UAS en compensación por lo que el alma mater le otorgó. En reciprocidad por los años sabáticos o de sus múltiples viajes y estadías en el extranjero.
En su “tic- tac universitario”, Ernesto Hernández, pese a que se la tira de investigador, acepta que no sabe cómo andan los estudios sobre la esperanza de vida y actuariales de los universitarios; lo cierto, acepta, es que en la UAS cualquiera se puede jubilar al cumplir 25 o 30 años en la nómina —no necesariamente trabajando en el aula o en las labores administrativas— y eso ha permitido, asegura, que haya jubilaciones tempranas, o sea que en el caso de éstas, les falta mucho para llegar a la esperanza de vida promedio de los mexicanos que es de 76 años.
No hay entonces sacrificio y entrega por y para la UAS. Muchos se van, con su pensión o jubilación, con salarios completos, a brindar servicio a otras instituciones educativas, incluso privadas, a asesorar a políticos millonarios, a atender despachos, y se olvidan de la universidad, a la que regresan nada más a cobrar su pensión, haciendo fila como si se tratara del IMSS o el ISSSTE o de alguna Afore.
Hay una propuesta interesante: en el caso del nuevo personal, tendrían que jubilarse con la nueva ley del IMSS de 1997, lo que significa que su futuro no es incierto, sino que al jubilarse gozarían de una pensión, la que les corresponde en apego a la ley, conforme a las aportaciones, sí, con un régimen de pensiones como cualquier mortal, como funciona en la UNAM, en la UAIM, UdeO y otras instituciones del país, sin embargo a juicio de Ernesto “en una institución como la UAS donde el relevo, al menos del personal académico, se está cubriendo con profesores de asignatura, es poco alentadora la oferta de ingreso”.
¿Qué es alentador para Ernesto? ¿Tomar recursos de la educación para pagar una sobrejubilación o sobreprestación? ¿No va a ser alentador trabajar entonces para la UAS porque se gozará al final del camino con una sola pensión, la del IMSS? ¿Es alentador no ser solidario, no aportar a centavo al fideicomiso para sostener la Jubilación Dinámica? , la que, a juicio de Ernesto, tiene un “boquete” que le hicieron 380 ex trabajadores no solidarios con la UAS y el Fideicomiso que demandaron para que les devolvieran sus aportaciones, “boquete” que podría –amenaza el jubilado Ernesto Hernández- hacerse más profundo si prospera la demanda que han emprendido abogados en el estado y los que se han llevado casos a los tribunales del DF, abogados y jubilados que mañosamente no han puesto en la mesa jurídica la discusión sobre la constitucionalidad o inconstitucionalidad de tomar recursos para la educativos superior para fondear jubilaciones o pensiones. En realidad este debería ser el tema, la discusión seria.
Exacto. Las interrogantes van en el sentido si es moral, ético, jurídico, legal, usar los recursos presupuestados para educación en el paga de jubilaciones “dinámicas”. Si es ético y moral negar aportaciones a un Fideicomiso que al final de cuentas servirá para sostener la jubilación dinámica y no sangrar económicamente a la UAS que requiere cada vez de más recursos para su crecimiento.
Ernesto Hernández Norzagaray, con todo y sus “adicciones mentales” –una de tantas es por Cuén- tergiversa información, desvía la discusión toral, fundamental, siembra sospechas, a la transparencia le llama silencio, al desarrollo estancamiento, porque a su juicio, si no es el que lleva la voz cantante en el análisis o en la opinión “no se puede estar discutiendo en abstracto”, aunque reconoce que, con todo y sus ataques, que la propuesta del rector podría tener viabilidad para conservar el fideicomiso de la jubilación dinámica, siempre y cuando obvio, no le aporten los beneficiarios.
Dice, que “no obstante, la esperanza muere al último, y espero como todos los que hemos resistido a la tentación de demandar, termine por imponerse la cordura y se conserve la jubilación dinámica”. Todos coinciden en este punto, pero en la cordura tiene que ir impresa la solidaridad de jubilados y trabajadores en activo con la UAS y el fideicomiso.
Ernesto Hernández, como jubilado y ex Consejero Electoral Electoral, y mandadero del diputado Manuel Clouthier Carrillo está molesto porque en el escenario hay gente que opina distinto a él, a la que torpemente califica de “detractores” de la jubilación dinámica, pues dice que la cuestionan, sacando casos aislados de gente que se ha aprovechado de la UAS (Ernesto es un ejemplo preclaro del saqueo universitario), y que según él atizan sin consideración alguna lo que representará la disolución del fideicomiso para familias enteras y en particular, los que ya se encuentran en la tercera edad o son enfermos crónicos.
Es grotesco y muy mentiroso Ernesto en la tarea de distorsionar la verdad y los escenarios. Ni él se la cree. Lo traiciona su “adicción mental” por Cuén y el PAS. No existe hasta ahora ninguna voz que se haya expresado o atizado en pro de la disolución del fideicomiso, sino por el contrario, las hay que explican la necesidad de conservarlo para que perdure la jubilación dinámica. Que se de esa solidaridad de los trabajadores con el Fideicomiso, para poder sostenerlo y que fluyan los recursos para el pago de la sobreprestación o la doble jubilación, para los extrabajadores.
Tampoco hay quienes se oponen a darle atención a los jubilados de la tercera edad o enfermos crónicos o que se les niegue atención médica, responsabilidad que le compete al IMSS, que también les entrega las pensiones mensuales ¿De donde sacó Ernesto esta mafufada? Las fobias y el miedo de que le quiten su jubilación uaseña de 45 mil 895 pesos mensuales exhibe a Ernesto Hernández como un mentiroso.
Cuando nada más era el que opinaba le podía funcionar…Hoy no…En la UAS ya se sabe que su arma y alma de “escritor” es la falsedad…

TEATRO CASA DE LA PAZ, LAS HISTORIAS DE UNA HISTORIA

Por Ronaldo González Valdés

El libro Teatro Casa de la Paz. Mudanzas en el tiempo (UAM, México, 2011), del actor e investigador teatral Sergio López Sánchez, es una historia de historias. En rigor, por lo mismo, del autor se debe decir con corrección que más que un investigador teatral (o además de un investigador teatral) es un investigador de la cultura.

Y así se desgranan y tejen en el relato las historias de familia, personajes, épocas, atmósferas políticas, sociales y culturales. Por eso este ensayo es apto para (casi) todo tipo de lector, y no sólo para el interesado en el teatro y sus peripecias.

Quien les habla es sociólogo de profesión y, hasta donde ha podido, de oficio. Y créanme que la lectura de Teatro Casa de la Paz…, ha resultado, también desde la inquietud sociológica, una gratísima sorpresa, una muy gratificante revelación.

A Sergio López se le nota el oficio adquirido después de varias entregas de historia del teatro (o de los teatros) en México. ¡Cómo no recordar su investigación pionera sobre nuestro mazatleco teatro Ángela Peralta!, para sólo recordar uno de sus estudios.

Igual que ocurrió con éste, el caso de la obra que nos ocupa, aborda la historia de un espacio físico desde sus más diversas perspectivas. En él confluyen, de esta manera, los temas de la familia Prieto, creadora del primer antecedente del Teatro Casa de la Paz, los cambios de vocación del espacio (desde el cinematógrafo con su “¡Cácaro!” fundante y fundador, pasando por el Centro Deportivo, el estudio fotográfico, el Teatro Ariel, el Teatro de la Paz, hasta el actual Teatro Casa de la Paz), junto con la recreación de los climas culturales y políticos de, prácticamente, todo el siglo veinte mexicano.

Esta investigación es eso y más: es también una historia breve, engarzada, sabrosa, de la colonia Condesa, de la Roma y del barrio de El Toreo, de sus orígenes y viscisitudes humanas, físicas, históricas.

Es la historia política de las pugnas entre las diferentes facciones posrevolucionarias que obligó al destierro de tres de los hijos de don Jorge Prieto Laurens debido al acoso obregonista.

Es la historia de una parte muy significativa, y en verdad poco conocida, de las definiciones diplomáticas del México moderno. La que tiene que ver con la vocación internacionalista, solidaria y pacifista del Estado mexicano, particularmente durante la presidencia de Adolfo López Mateos, de donde, como se sabe, le viene su nombre al espacio escénico: Casa Internacional de la Paz, con el impulso determinante de un personaje hasta hoy poco justipreciado de la promoción cultural en el país: el Licenciado Miguel Álvarez Acosta, fundador del Organismo para la Promoción Internacional de la Cultura (OPIC), del cual dependía nuestro teatro.

Junto con ello, es la historia también de las tensiones entre la libertad creativa, el derecho a la expresión artística y la censura y la intolerancia que todavía entonces pervivían como prácticas más o menos regulares de los gobiernos. Marcadamente, Sergio se ocupa del caso del regente del DF Ernesto P. Uruchurtu, de triste memoria por más de una razón, la menor de las cuales no fue (y no es) su persistente tentación autoritaria.

Con todo, el Teatro Casa Internacional de la Paz, fue siempre un lugar en que se respiraba un clima de distensión y respeto por la creación estética. De esto dan cuenta las adaptaciones y montajes, para sólo mencionar a uno, de autores y directores tan heterodoxos como Alejandro Jodorowsky.

Curiosamente, como deja constancia muy puntual Sergio López, cuando ocurre el movimiento estudiantil del 68, soplan simultáneamente los vientos de una hasta cierto punto sofisticada tolerancia estética en la Casa de la Paz y los cuatro teatros del mismo nombre puestos en funcionamiento para esas fechas, al tiempo que el huracán de la intolerancia represiva arrasaba con la protesta juvenil que demandaba sólo libertades democráticas básicas en aquel sangriento octubre en Tlatelolco.

Cito a nuestro autor, a propósito de la relación de una vocación diplomática de tolerancia y reivindicación de la paz entre los pueblos con la creación de las casas de la Paz, y su némesis terrible en la práctica represiva del gobierno. Dice Sergio: “Miguel Álvarez Acosta había descrito la Torre de la Secretaría de Relaciones Exteriores –diseñada y proyectada por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez- como ‘el árbol de la paz, que habita en el señorío de Cuauhtémoc’.  De esa torre había salido el Tratado de Tlatelolco, por el cual los países latinoamericanos se comprometieron a no usar la energía nuclear y por el que Adolfo López Mateos fue candidato al Premio Nobel de la Paz. Ahora, a la sombra de esa misma torre, manos mexicanas regaban sangre mexicana”.

Esta es la historia de varias fascinantes historias entreveradas. Es la historia de un salvamento entrañable de los hermanos Prieto Laurens a cargo de Lupe Rivas Cacho recurriendo a argucias de actriz redomada y de solidaria vecindad; es la historia de todos los muchos y diversos personajes que habitaron el Cine, el Club Deportivo, las tardeadas juveniles, los teatros Ariel y Casa de la Paz, o de quienes tuvieron que ver con sus sucesivas transformaciones: desde Ignacio López Tarso, los después presidentes de la República Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo, Amalia Mendoza La Tariacuri, Javier López Chabelo, Antonio Espino Clavillazo, Guillermo Rivas, Andrés Soler, Aldo Monti, Óscar Ortiz de Pinedo, Agustín Barrio Gómez, Celia D´Alarcón, la propia Lupe Rivas Cacho, Ludwik Margules, Juan José Catalayud y su jazz con sus quinientas representaciones (o más, porque no me acuerdo), hasta Rafael Tovar y de Teresa y Carlos Montemayor ya en el proceso de adquisición del Teatro para la Universidad Autónoma Metropolitana, aunque la lista se puede prolongar varios párrafos más.

Pido permiso, por último, de cerrar este comentario con las palabras inspiradas de Don Miguel Álvarez Acosta al describir La Casa de la Paz:

 

Digamos la palabra de la abeja.

Necesita el hombre

creer en sus palabras,

en sus siembras,

en el amor entusiasta,

y hacer con esas voces

una bella plegaria.

¡Qué mejor plegaria, digo yo, qué mejor homenaje para la paz, para La Casa de la Paz, que esta obra extraordinaria que nos entrega esta noche nuestro querido y admirado amigo Sergio López!

 

Felicidades Sergei, gracias y buenas noches.