I can´t get no…satisfaction
Rolling Stones, 1965
Nunca es suficiente para mí…porque siempre quiero más de ti…
Natalia La Fourcade
Victor J. Pérez Montes
En definitiva, ese fue un día de los que nada te sale bien. El día estaba frío, húmedo, totalmente nublado que apenas acababa de llover, la vieja lesión en mi rodilla izquierda, me estaba matando y los analgésicos que me había recetado mi médico de cabecera, parecía que ni cosquilla le hacían al dolor. Y para colmo, el viejo Renault modelo 1977 no quería encender.
Era finales del mes de enero, y para coronar esa bendita mañana, en la esquina de Andrade y Ángel Flores –Zona Centro-, me habían asaltado, del susto ¡Les juro que ni me fijé quienes eran!, solo sentí el frío fierro de la pistola en la sien, y les dejé -por supuesto- que se llevarán el portafolio, sin mayor resistencia de mi parte.
Por cierto, mi cobardía, era uno de los miles de defectos, que mi esposa por alrededor de 17 años de matrimonio, me lo había recordado hasta el cansancio; es más, recuerdo la vez que se metió una rata a la casa y que ella tuvo que sacarla porque yo no me animaba, ese detalle de recién casados, nunca se lo olvidó; e inclusive, en fiestas familiares, reuniones de amigos, reuniones de café, ¡a quien fuera!, era la anécdota que engalanaba las platicas de susodichas reuniones. Era completamente humillante.
Pero aquí no terminaba mi gloriosa mañana, debido al asalto, mi llegada al trabajo había sido con un retraso de 25 minutos. Mi jefa, con actitud de gendarme “mal pagado”, me gritoneaba y con dedo de escarnio y entonación de advertencia autoritaria, se dirigía hacia mí con las siguientes palabras y entonación de advertencia: ¡Alberto!, ¡Para la próxima estás fuera! ¡Eeeeh!, ¿Me estás escuchando?
¡Pinche bruja! –Lo pensé, ¡más no lo dije!-, como si esa advertencia, fuera a resolver mis pinches pedos, y por si fuera poco, en mi casa, mi muy amada esposa y un servidor habíamos discutido amargamente por el maldito dinero –o Mercancía de mercancías, como me lo habían enseñado en la Facultad de Economía-. ¡Maldito dinero! Sí porque no hay, ¡hay pedo!, y sí hay, ¡pos también! En fin, como las esferas no tenía lado.
Pero la razón real, de susodicha discusión mañanera, era por las fuertes sospechas, que mi esposa tenía, por ciertos y bien fundados rumores chismográficos -algunas fotografías- que le habían llegado sobre mi relación con Susana Quintero –la Susy Kiu-, así como la canción de los Cridens-, una de las bellas y muy agraciadas –sobra decirlo- secretarias de la oficina.
Para ser muy honesto, yo no entendía cómo es que una chamaca así, me había hecho caso, pero, ahí andábamos con nuestro tórrido romance con tintes ilícitos de sabrosura y muy elevados niveles de pasión. Como ya se habrán imaginado, nuestros encuentros eran breves, escondidos, intensos, pero muy, muy sabrosos.
En fin, dejaré de lado pequeñeces o detallitos sin importancia, pero, regresando a lo terrorífico de mi vida, aquello era parte de la maldita rutina matrimonial, 17 años soportando el mal humor de una persona que día a día, parecía que se hacía más y más agria, más pesada y sobre todo, más evidente la falta de afecto o amor por mi persona.
¿Y saben qué? No la culpo. Los niños nunca llegaron, bueno, en realidad nunca nos pusimos de acuerdo para tenerlos. Cuando ella quiso, yo no quise, y viceversa. Nunca nos pusimos de acuerdo ni para tener chamacos. ¡Era ridículo!, ¡Ni para ser padres, nos pusimos las pilas! Nunca quisimos encontrar ni el tiempo, ni el espacio.
Sin mucho afán, en ocasiones volteaba por la ventana que tenía en mi oficina, la cual daba una vista hermosa de forma panorámica hacia la calle principal, aquello parecía un caserío inmutable, una imagen de multicolores que engalanaba los techos de aquellos edificios y casas, cuyo paso del tiempo, no se dejaba esperar.
De pronto, cuando aquella panorámica parecía toda una monotonía policromada, un anuncio pequeño con letras discretas de color negro y rojo, el mensaje era claro: “Taller de esposas: Traiga a su vieja esposa, y llévesela nuevecita y funcional. Trabajos garantizados. 60 años de experiencia nos avalan”.
Por un momento pensé que era una broma, alguna tomada de pelo, para hacer reír a los transeúntes que buscaban –al igual que yo- una tomada de pelo, para salir de la maldita rutina llena de mediocridad e infelicidad que consumía hasta los huesos, como un cáncer avanzado sin cura alguna posible. Cerré varias veces los ojos, y con gran intensidad los tallaba con mis manos, como si eso hiciera desaparecer tal imagen, pero, para mi sorpresa y curiosidad, seguía tal anuncio y lo peor –o mejor- con más claridad y nitidez.
La curiosidad nunca había sido uno de mis defectos, sin embargo, aquella imagen no me dejó terminar los reportes que tenía que entregar, que por cierto, era una de las cosas que más odiaba de mi empleo. Era un papeleo espantoso, que cada mañana me esperaba para devorar mi paciencia, por lo menos me tardaba de 3 a 4 horas, para revisar cada uno de los reportes, cuya característica principal era lo brutalmente aburrido.
Marcar el “check list” sobre insumos de producción, que necesitaría la harinera para la producción del día siguiente; sin mencionar las llamadas a los proveedores y las proyecciones de gastos, aquello era por lo menos estar en el escritorio toda la mañana y no pararme hasta las 12:30 o 1:00 pm, y esto, porque necesitaba tomar mi hora de comida o tomarme un café con algunas galletas.
De pronto, me armé de valor y bajé rápidamente las escaleras, y con paso veloz –casi corriendo- me disponía a despejar esa duda, caminé unas cuantas cuadras y en una vieja casona al interior del viejo callejón, en efecto, ahí estaba el anuncio. La puerta estaba abierta, el viejo mostrador de madera y lámina galvanizada, mostraba vestigios de capas de diferentes manos de pintura, vislumbrando así los diferentes logotipos de Coca-Cola que fueron plasmados durante muchos años.
El olor de ese lugar, era una mezcla de humedad, madera añeja y felicidad, pero, era esa clase de felicidad que en ocasiones no puedes describir, pero, si sentir. El fuerte olor a café de olla, quitaba las inseguridades de aquellos que entraban en ese lúgubre y frío espacio, dando un sentimiento de paz y tranquilidad de viejos recuerdos familiares y de nostalgias pasadas.
De pronto, desde el fondo del local, como salido de la espesa penumbra, empezó a vislumbrarse la sombra de una persona, con forme se acercaba al mostrador, se hacía más y más nítida la imagen de un hombre pequeño, que mostraba en su rostro los años, con actitud amistosa y un alto grado de bonhomía, me saludaba como sí hubiésemos tenido años de confianza y sobre todo de amistad.
¡Buenos días caballero!, ¿En qué le puedo servir? ¡Estaba atónito!, no podía articular palabra alguna, lo único que pude expresar entre balbuceos y de manera atropellada fue: ¿Puede usted arreglar a mi esposa? De forma inmediata, el viejo reparador de esposas no me dejó hablar y dijo:
Ya sé exactamente lo que le pasa a su esposa. Siempre es el mismo diagnóstico: Mal humorada desde que amanece hasta que anochece, siempre puntualiza sus errores, nunca está contenta con lo que tú haces, es más, siempre minimiza tus logros, siempre eres el inútil de la relación, todos los problemas son tu culpa, nunca te agradece tus esfuerzos extras, siempre está enojada cuando llegas tarde del trabajo, o busca el mínimo detalle para sacar su infelicidad y culparte de ello… Así es el asunto.
De pronto, una idea entró en mi cabeza: Este viejo sabe exactamente lo que está pasando en mi vida. Sabe lo que tengo y quizá sepa cómo solucionarlo. Como si fuera un viejo adivino o mago antiguo, y con voz de afirmación y entonación de serenidad, me miraba a los ojos y me decía: Sé lo que pasa en tu matrimonio y yo te puedo ayudar.
Con sorpresivo denuedo le dije al viejo reparador: ¿Cuándo la traigo? El viejoreparador de esposas bajaba las antiguas antiparras y con expresión y ademán de complacencia me respondía: ¡Cuando gustes! Aquí vivo, nunca salgo a ningún lugar. Este es mi mundo –al tiempo que señalaba con el índice derecho toda la habitación-, ¡Mañana mismo a primera hora! Le respondí con un ánimo exaltado de emoción. La alegría irradiaba de mi rostro, por fin, mis problemas de carácter marital empezarían a desaparecer.
Regresaría con una enorme sonrisa a mi trabajo. Algo definitivamente se había movido en mi interior. Una esperanza real iluminaba mi existencia. Aquello de pronto se convirtió en un faro de esperanza, que iluminaba de manera total, la profunda oscuridad de infelicidad de tantísimos años, que jamás pensé que podría cambiar.
Nada importaba. Ni los regaños al regreso a mi trabajo por demorar tanto tiempo –y sin haber pedido el correspondiente permiso, que jamás me hubieran dado- y tampoco, que me cargaran la mano con un extra de papeleo – a manera de castigo por lo cometido-. Me valió madres.
En esos momentos, lo que importaba, era que tenía una oportunidad de ser feliz, y terminar de una vez por todas, con todas esas grandes y devastadoras peleas en mi matrimonio. ¡Eso era genial!
Sonó el reloj despertador. La rutina era exactamente igual. Levantarme, tomar una ducha, cambiarme de ropa, poner agua para el café, preparar los huevos estrellados con 2 rebanadas de pan tostado, ¡claro!, todo aquello preparado por un servidor, mi esposa, ni en sueños se levantaría para preparar el desayuno.
Cada vez, -de manera muy extraña y remota- que le pedía que me preparara el desayuno, debido a la premura del tiempo, me respondía de manera tajante –declarando a la vez una actitud de gran irritación y con un alto grado de orgullo feministoide-: ¡Yo no soy tu chacha, estúpido!, ¡sí no ganas lo suficiente para contratar una, conmigo ni cuentes!
Era verdaderamente frustrante, jamás sentir el apoyo de mi esposa. Ni en esas cosas tan “sin chiste” siempre era algo así, una contestación o reclamo de rencor, ya fuera por mi desempeño profesional o por mis ingresos. El pretexto era lo de menos, siempre era responder con odio enconado o terrible desprecio.
De pronto, me preguntó mi esposa: ¿Vas a pasar por el Centro? De manera inmediata, le contesté -de manera segura- con un –rotundo y entusiasmado- ¡sí!, y agregando un breve cuestionamiento, entremezclando una pisca de interés fingido con dos cucharadas de falsa muestra de cariño le dije: ¿Necesitas algo, mi amor?
Con una cara de sorpresa, pero, sin un interés real de indagar, -las genuinas intenciones- de la razón, de tan sospechosa pregunta, mi esposa solamente lanzaba la orden: ¡Llévame contigo!, necesito comprar unas cosas cerca de tu trabajo, de esa forma, aprovecho y me dejas cerca, ya sabes que me choca andar en taxi o en autobús colectivo.
En tales momentos, empecé a pensar –con gran entusiasmo- y a decir –en mi interior-: ¡Esto se pone, ni mandado a hacer!, en mi mente, todo se empezaba a aclarar y la idea de llevarla al Taller, era una realidad y no algo ficticio o irreal. Mi rostro se iluminaba otra vez, no sé si era obvio o si mi mujer se dio cuenta, pero yo estaba encantado con la idea.
De pronto, mi actitud y el trato hacia ella eran diferentes. Empezaba a sentir esa alegría de los primeros días de matrimonio, era una bocanada de aire fresco, ese ánimo que había desaparecido durante muchos años, de manera instantánea regresaba, y lo hacía con fuerza.
A dos cuadras de haber empezado a conducir el Renault del 77 –que de milagro encendió esa mañana al primer llavazo-, de manera sorpresiva y como sí se me hubiera olvidado algo, le comento a mi esposa –con un tono teatralizado a no más poder-: ¡Híjole!, ¡Que idiota soy!, ¡tengo que pasar por unas copias a 2 cuadras antes del Centro!, ¿Me acompañas Cecilia?
¡Ah caray!, ¡Se me estaba pasando un pequeño detalle! Y ese detallito es el nombre de mi esposa. Les presento a Cecilia – y ahí les ofrezco una disculpa, pero, como ustedes han de saber, está bien canijo por aquello de las invocaciones del más allá o del lado oscuro-, que por cierto, su nombre no está tan feo, pero lo demás ya se lo saben.
Pero regresando a la pregunta que le hice a mi señora esposa, ella de manera sorpresiva me respondió afirmativamente, con un rotundo ¡Sí! –por supuesto, que con la respectiva volteada de ojos y el clásico fruncimiento de ceño y mueca característica de mi bien amada compañera de vida-, entonces yo pensé: ¡Ya la hice!
Curiosamente, nos bajamos en frente del taller; al descender del auto, le tomé del brazo y con cierta firmeza, pero cariñosamente, la conduje al local –quizá ella pensó: ¿Qué le pasa a este loco idiota?, más sin embargo no lo expresó-. Al detenernos frente al viejo mostrador del taller, llamé al “reparador”, y con una mirada y guiño a la vez, le dije: Aquí le dejo a mi esposa para que le entregue las copias; éste por su parte, me hizo una señal chiquita – así como el Roberto Jordán- y con sus ojos de complicidad, afirmaba lo que parecía haber sido planificado y practicado por años.
Me despedí con un beso –cosa rarísima entre nosotros- y mientras me retiraba, le iba comentando de manera rápida y con un cierto ánimo de informalidad: En la tarde me entregas las copias, ¿Sale? ¡Muchas gracias por tu apoyo! Sin más, que pudiera agregar, me iba retirando, con un paso firme y acelerado, llegaba a la oficina. No sabía que pasaría, ni cómo pasaría, pero, de lo que estaba convencido era que algo bueno tenía que pasar.
El día se me fue volando. Toda aquella vorágine de sentimientos y pensamientos me tenían hecho un manojo de nervios. A menudo me preguntaba: ¿Qué va a pasar con Cecilia?, ¿Cómo la voy a encontrar?, ¿Qué irá a cambiar en ella? Cuando de pronto, las 6:30 pm, era la hora de salir, solamente sentía que se me salía el corazón, no sé si de gusto o de miedo.
Al llegar al local del viejo reparador, sin mucho afán, como si fuera algo de lo cotidiano, el maestro me hizo una señal y con voz tranquila me dijo: ¡Aquí tiene a su esposa, reparada y rejuvenecida”. ¡La sorpresa enorme que me llevé!, en realidad era Cecilia, pero 20 años menos, su cuerpo era hermoso, como el que tenía como cuando la conocí, su piel blanca, rosada, aterciopelada, sin ninguna arruga.
Alta, delgada, de muslos y glúteos firmes, una cinturita marcada que terminaba en sus piernas torneadas, éstas eran algunas de las mejorías que había recibido de manera mágica y misteriosa.
Su carita, era la de un verdadero ángel, restaurada completamente, sus ojos eran hermosos, grandes, expresivos, sin maldad u odio, sin ninguna expresión del tiempo en sus ojos, las mejillas rosadas estaban tersas, suaves como si fueran de seda china, eran una hermosura mi esposa.
De pronto, cortando mi placentera sorpresa, con voz suave y muy juvenil, Cecilia me tomaba la mano y con un toque de frescura me decía: ¡Vámonos a casa!, seguramente estás muy cansado y necesitas descansar y cenar muy rico.
Entre el desconcierto y la gran sorpresa estaba encantado por las mejoras visibles de mi esposa. Era mucho mejor de como cuando me casé con ella. Llegamos a casa, y en el transcurso del camino, no paró de decirme lo mucho que me había extrañado, las ganas que tenía de hacerme una cena especial y como postre, “juguetear intensamente”.
¡No lo podía creer!, ¡Era un sueño hecho realidad!, mi esposa estaba recuperada, rejuvenecida, locamente enamorada y sobre todo era mía. Aquello no podía estar mejor que nunca. ¿Qué más podía pedir? Eso de ir a ese taller definitivamente era la mejor decisión de toda mi vida.
¡Los primeros 4 meses fueron geniales!, todo era miel sobre hojuelas, pero no todo es eterno, y les diré el porqué. Aquel frenesí de sexo, locuras y aparente felicidad y complacencia total empezaba dar muestras de agotamiento, no por Cecilia, sino por mí.
El desayuno ya empezaba a ser un ritual que me hostigaba, las muestras de amor y detalles eran obsequiosísimas a extremos bastantes incomodos, no me dejaba desayunar porque quería terminar en sexo todo el tiempo, sin importar la hora, el momento o el lugar, no había un momento para cada cosa, su apetito era voraz.
Llegaba de mi trabajo, y quería que saliéramos a los lugares de moda: Restaurantes, cafés, cines, lugares para bailar, era cada día un verdadero derroche de ánimo y dinero, no había forma de platicar de manera tranquila porque ya quería estar encima de uno y peor, quería satisfacer sus más bajos instintos.
Parecía que entre más pasaba el tiempo, la energía o su vitalidad se fortalecían, a diferencia de la mía, empezó a haber días en que no podía levantarme de la cama de lo agotado de todo el ajetreo del día anterior, por lo que empecé a llegar tarde a mi trabajo, es más hubo días en que me ausenté del mismo.
De pronto, empecé a darme cuenta que había bajado 10 kilos en 5 meses, mis trajes ya no me quedaron, estaba la ropa bastante holgada, mucha de ella, ni siquiera me quedaba para nada, el cabello se me empezó a caer, algunas piezas dentales se me aflojaron y empecé a quedarme chimuelo, esto ya no estaba bien.
Y yo me preguntaba: ¿Pero, yo quería un cambio?, pero, ¡No tan drástico!, aquel ritmo matrimonial me estaba llevando a la tumba literalmente, pero, la cosa no terminaba aquí, vendrían más ternuritas que contar.
La gota que derramó el vaso, fue una noche. Cansado de la rutina laboral de ese día, solo quería un baño y acostarme, había sido un día difícil y la verdad no había mucho ánimo para nada más. Al llegar a casa, me sorprendió el no encontrar a Cecilia, y pensé: ¡Qué bueno!, así me baño y duermo rápidamente, y así fue.
Cuando estaba en plenitud de sueño, de pronto se enciende la luz de la recamara y Cecilia estaba encima de mí, basta mencionar que solo traía puesta una mascada en su cabeza, como desesperada, me decía al oído, al momento que me mordisqueaba la oreja: ¡Házmelo!, ¡Házmelo!
Súbitamente, me levanté y con ello, hice a un lado a Cecilia, de manera desesperada y con un tono firme –casi gritándole- le dije: ¡Ya estuvo bueno!, ¡Todo el tiempo es la misma!, ¡Puro sexo y sexo!, ¡No sabes de otra!, ¡No tienes llenadera!, ¡Por favor, ya cálmate mujer!, !No me dejas descansar!
Cecilia con cara de desconcierto y con una mirada de desilusión, irrumpió en llanto desesperado y como toda buena mujer desquiciada me empezó a gritar –era la primera vez que me gritaba desde la reparación-: ¡Ya no te gusto!, ¡Ya no me quieres!, ¡Ya te cansaste de mí!, ¡Eres un desgraciado, ya te aburriste de mí y seguramente ya te agarraste a otra!, pero, eso lo voy a arreglar en este mismo instante!
Y de pronto, salió corriendo hacia la cocina, y de manera tormentosa agarraba el cuchillo cebollero y con una mirada de odio regresaba a la recamara, y con solo un objetivo, empezaba a gritar lo siguiente:
¡Te voy a matar!, ¡Porque sí no eres para mí!, ¡No serás para nadie!, y empezó a corretearme, tirando cuchilladas a matar, tirándome con todo lo que encontraba a su paso, como si fuéramos unos verdaderos extraños o peor aún, unos verdaderos enemigos. Aquello era una verdadera locura, como si fuera una de esas películas de terror.
Como pude, salí del departamento, -menos mal que tenía una copia de la llave de mi auto en el tapete de la salida del departamento-. De manera desesperada salí manejando hacia el Centro, y solo tenía una idea clavada en mi mente, reclamarle al reparador de esposas por este trabajo, al parecer no era lo esperado.
De manera rápida llegaba al estacionamiento del negocio, de manera rápida me bajé del auto, dejando el auto encendido, llegaba golpeando la puerta del local de manera muy violenta y gritando al anciano que abriera, a los minutos se encendía la luz al interior del local, se empezaba a abrir la puerta.
La puerta al estar totalmente abierta, se aparecía el anciano reparador de esposas, y de manera muy serena y con un tono suave, me hacía la siguiente pregunta:
-¿En qué te puedo ayudar?
Con lágrimas en los ojos le respondí: ¿Ayudar?, ¡Sí me jodiste la vida!, Me dijiste que todo iba a estar mejor, pero, mi nueva esposa está peor, ya no la aguanto, solo quiere sexo y sexo y sexo, y nunca está satisfecha, no me deja descansar. ¡Está loca! ¡No la quiero! , !Ya no! ¡Quiero a mi antigua esposa!, !Por favor! ¡Quiero a mi anterior esposa, a la malhumorada, a la flácida, y nada cariñosa esposa que tenía hace algunos meses.
Estaba ahí desconsolado, llorando como un niño que se le había perdido su juguete preferido, de rodillas en actitud de derrota y con mis manos en la cara, descargaba mi frustración y dolor al saber que había perdido lo que nunca había valorado
Cuando de pronto, al quitar mis manos de mi cara y al abrir los ojos, me di cuenta que todo había sido un sueño, había estado dormido y mi esposa estaba acostada a mi lado, y me di cuenta que era la antigua y original esposa que por 17 años me había acompañado. Al momento, Cecilia se despertaba y me miraba con cara de extrañez, como si mi cara expresara una sorpresa inesperada, ella con interés me preguntaba: ¿Qué tienes?
De manera sorpresiva le respondí: ¡Tengo muchas ganas de ti!, por cierto, ¡Amor nunca cambies!