A hard Carnival´s night… (¡Qué nochecita de aquel carnavalito!)

Víctor J. Pérez Montes

Sol…no entiendes lo que pasa aquí, esto es la Noche y de la Noche son, las cosas del Amor…

El corazón a media luz…siempre se entregará…

Kumbala, La Maldita Vecindad y los hijos del Quinto patio,

circa 1991

Mardi grass 1944

¡Ah caray! Siempre estas fechas me traen gratas memorias. Siempre que empiezan los aires frescos de Febrero, me traen una nostalgia… que ¡Ah jijos!, ¡Nostalgia sabrosona!, ¡Figúrese usted! A mis casi 98 años de vida, que no vi, o mejor ¡Qué no viví! 

Decía mi apá, que yo nací cuando apenas estaban pavimentando en el Centro, cerca de la Catedral, quiere decir que ¡ya llovió! A mí me tocaron las verdaderas Aurigas con todo y caballo, cuando Mazatlán era el alrededor de Olas Altas, cuando el balneario de la Playa Sur llegaba hasta la Aduana, es más, el agua llegaba a las puertas de la misma.

A mí me tocó el trenecito que recorría todo el caserío del primer cuadro de la ciudad. ¡Uy! Eran tiempos en los que todos nos conocíamos. La calle Principal, -que creo ahora la llaman Belisario Domínguez-  conectaba la Playa Norte o Bahía de San Felix hasta la otra Bahía, la Playa Sur…mmm, a mí me tocaron todas las inundaciones del Cerro de la Cruz y todo Olas Altas.

¡Bueno! Hasta aquí le dejo, porque eso de recordar lo pasado, si duele, y hasta abre heridas que no quisiera que me supuraran otra vez. ¡Pero ya que andamos en calzones!, y ¡Pos les cuento una que no me contaron!, ¡Que yo viví señores!

Como les iba diciendo: Hay cosas que no quisiera recordar, pero, que son necesarias sacar. Y estos aires frescos del Carnaval, me llegan frescos y bien vividos esas memorias carnestolendas. Y se las cuento, ¡Como chingaos no!

Año del ´44, mis tiernos 20 añitos. ¡Joven, viril, y con muchas ganas de sentir!, ¡Ya sabrán como andaba la punzada! El día anterior, había asistido al desfile que siempre pasaba por la Constitución. Mi amigo Chema Tirado, había conseguido un balcón en el Edificio Juárez, en el puro frente del kiosco de la Plazuela Machado.

Aquella mezcla de colores del confeti, la música de banda, las risotadas de hombres y mujeres daban un sinfín de emociones, que excitaban todos los sentidos. Ya para las 6:45 de la tarde, el sol se empezaba a ocultar, y ahí, es donde empezaba la verdadera diversión.

El recorrido era clásico y obligatorio. Solo cruzábamos la calle y a media cuadra, llegábamos al Cine Rubio. La música era excelente, las bebidas ni que decir, en especial, la Cerveza Múnich que se vendía bien helada, era lo mejor.

Recuerdo muy bien. Llegamos el Chema y yo solitos, buscando alguna buena compañía, en el cine Rubio –que por cierto, para los carnavales, la convertían en una fabulosa pista de baile-, pero, parecía que todas las señoritas “de buen ver” ya andaban con su respectivo compañero, pero entre sorbo y sorbo, de pronto, aparecen un par de mujeres rubias, al fondo de las primeras gradas del balcón del cine, parecía que nos estuvieran esperando.

A lo lejos se veían no como las güeritas marismeñas de los pueblos alrededor del puerto. Estas era extranjeras, sus vestidos y peinados no correspondían a las muchachas de la localidad.

Como ya les dije, todos nos conocíamos en esa época. Todos los del Muey –los alrededores del Muelles-, los del Fortín –la Alejadro Quijano-, los de la Guerrero –Angel Flores-, los de la Rosales, los de la Aquiles Serdán, los del Callejón de Aurora, los de la Principal o Belisario Domínguez, los de la calle Benito Juárez, los del barrio Las Calaveras y el Barrio Nuevo.

También, me olvidaba de los del Cerro de la Montuosa, y mira que esos tenían que agarrar terracería para llegar a la zona céntrica, por cierto, eran los desarrapados. Y claro, no podía olvidar a los de la Zaragoza, que por cierto, de ahí era mi amigo Chema, a ellos les decíamos los Junos, porque así se llamó la calle, en la época de mis abuelos.

Pero, regresando a nuestra crónica citadina carnavalesca. Ahí estaba esa güerota, sentada con las piernas bien torneadas, con unas zapatillas rojo cereza, en el que  sólo dejaba ver su hermoso y rosado calcañar hasta el chamorrito bien torneado.

Llevaba un vestido rosa pálido con pequeños detalles color morado, entallado como si fuera uno de esos lienzos hechos a la perfección. ¡Ay diosito santo!, el escote dejaba ver esos dos voluptuosos pechos que se movían como 2 palomitas esponjadas en su nidito.

Su cara, era lo que los gringos decían: Baby face.  Una carita como de esas de pintura francesa, como para embrujar con esos ojitos azules con una leve tonalidad turquesa. Una naricita bien respingada, y con esos ojitos coquetones que al momentos de mover sus carnosos labios y decir: Hello!, cerraba uno de sus ojitos, como invitándome a bailar, ¡Y porque no!, quizá a algo más.

¡Me valió madres!, y que dejo al Chema con la otra güera entre la muchedumbre del cine. Nomás recuerdo haberle dicho: ¡Te veo al rato pinche Chema, ya me cayó una palomita al nido cabrón!, y que me lanzo.

Con mi inglés medio mocho –había aprendido algo en la Casa comercial Melchers, ya que algunos de los clientes eran ingleses y algunos gringos avecinados en el puerto- empecé la converseishon.

-Gud nait biuriful leidi! – Pero para mi sorpresa y grata comodidad, la güerita me respondió con un español todo pa la fregada-

-¡Hola, guapo siñor!, ¿Quiere bailar conmigou?, y lo primero que dije: ¡Ya chingué!

¡Pos como no mija!, ¡A darle!

¡Nombre!, ¡Hubieras visto!, como se me puse aquello, cuando se me acercó la güerota, con esas piernas que se frotaban con las mías. Sí bailé, fue nomás por puro trámite, porque después de eso, vinieron las sacrosantas copas.

Ya se estarán imaginando como estuvo aquello, nos aventamos varias botellas de la Múnich, entre más pistiábamos, más nos agarrábamos cariñito, para las 12:25 de la madrugada del día martes, esto ya estaba decidido; el cine Rubio ya nos quedaba muy chico, y decidimos la huida. Nos fuimos por toda la Constitución hasta Olas Altas.

Entre “paradas” y arremangones de esquina, que por cierto, cada vez que mi mano se me iba a la entrepierna de mi apasionada güerita, de manera coqueta ésta me detenía y decía: No, no, no, not yet darling!, a chingaos decía entre mí, hasta nombre le puso a la cococha, le dice Nayeli, en fin con estas gringas locas.

Aquella pasión con ráfagas de alcohol, me hacía eterno para llegar al cuarto de hotel que aquella extranjera tenía reservado. Que por cierto, era el Hotel Belmar.

Cabe mencionar, que el hotel Belmar era un hotel muy exclusivo en aquellos años. Como si fuera dueño y señor de la Bahía de Olas Altas, el hotel llevaba aproximadamente unos 20 años, su arquitectura muy excéntrica, pero que por alguna razón era cada año, el centro de atención en las coronaciones de las reinas del carnaval.

Aquel hotel, en verdad era todo el epicentro de la algarabía y derroche de diversión, pasiones y desencuentros en las fiestas carnesolentas. Recuerdo haber esperado a la “Jane” –así se llamaba mi conquista en turno-, en la entrada del hotel. Me dijo –la muy cabrona- que necesitaba arreglar algo en la recepción del hotel, que dizque para no tener problemas. Con las ganas que le traía y con las copas que me eché encima, aquellos minutos, quizá 5 u 8 minutos, se me hicieron una eternidad.

Y cuando menos pensé, de manera sorpresiva, me tomó de la mano, y con voz seductora me dijo al oído: Come on Darling!, ¡El cuartou está lista!, ¡Ira!, ¡Nomás sentí que la sangre se me iba y venía a la cabeza!

Ya se habrán imaginado, cómo fueron los momentos previos a la llegada al cuarto, quería tener alas, en vez de piernas para llegar a la consumación de los hechos sabrosones que a todas luces se dejaban ver.

Para esos instantes tan excitantes, ya pasaba de la 1 de madrugada y como “león sobre la presa” me le lancé a la güerota. La pasión y las caricias –por cierto muy impúdicas- eran lo único que salía de mi mente. ¡Aquello no lo paraba ni Diosito santo!

Entre el jugueteo de quitarse la ropa, y el clásico forcejeo para hacerlo aún más excitante. De pronto, y sin esperar acontecimiento alguno, algo raro empecé a sentir, ¡Algo verdaderamente raro!, ¡Un bulto bien duro entre las piernas de la Jane!

¡Y pues ni modo!, ¡Tenía que quitarme la duda! Y que le tiro el agarrón y ¡Oh gran decepción!, ¡La güerota ya no era güerota!, ¡ERA GÜEROTE!, te lo juro que de una, se me bajó la peda, y con una rabia del mérito averno, empecé a golpearla o golpearlo, ¡No sé, ni como decirle a eso o esa cosa!

Yo nomás recuerdo que entre trompada y trompada, los gritos de este marica, solo me encendían más las ganas de matarlo a golpes, ¡Al hijo de su tiznadísima madre! Curiosamente, por ese pequeñito detalle, aquello que era toda pasión ardiente y deseos desbordantes, se había tornado en un odio infernal.

-No Darling!, Stop it!, Stop it!, Please!

-! No me hables en inglés pinche maricón!, ¡Aquí se acabó la deuda externa!

En ese preciso momento, en el que le iba a tirar la lámpara de mesa en la cara, de repente y sin ningún aparente motivo, se fue la luz en todo el hotel, y de manera instantánea se escucharon varias detonaciones, un griterío se dejó escuchar, ruido de sillas y mesas se escucharon por un buen rato.

A tientas, como pude me acomodé el pantalón y la camisa; del saco y del sombrero ni me acordé, con un zapato puesto, todo rengo, pero sobre todo, con el amor propio y mi orgullo de casanova mancillado, humillado, ¡Ora sí que!, avergonzado hasta el infinito y más allá, como diría uno de mis bisnietos más pequeños.

El camino fue largo de regreso a la casa, desde Olas Altas hasta la Zaragoza, los ojos rojos y llorosos de coraje, y mi mente no daba cabida a lo que me había sucedido. Definitivamente ese martes de carnaval fue algo para jamás olvidar.

Al otro día, el titular del Correo del Pacífico decía: ¡Asesinan al gobernador!, ¡Pero, eso vale madres!, esa madrugada me habían asesinado la hombría, y sobre todo, las ganas de sentir, ¡Pero, lo que más coraje me da, es que me echaron a perder aquella noche de aquel lejano carnaval. Por cierto, ¡Nunca me han vuelto a besar como me besó la Jane!

Las Sardinas con cebolla y limón: Mini crónica de un hambre bien pronunciada…

Víctor Javier Pérez Montes

¡Párale Chapo!, ¡Tú nunca me has matado el hambre!

Dialogo  de la película “Los Albañiles” 1976

Dirección Jorge Fons

Adaptada de la novela Los Albañiles de Vicente Leñero, 1964

Más que apetito… ¡Hambre!

¡En el bolsillo del pueblo la vieja herida!, ¡Y si!, ¡Que verdad tan más grande nos explican los Fabulosos Cadillacs en su canción Matador! Quizá usted no lo entiende, o jamás lo entenderá, quizá porque hubo Gente antes que usted, que sufrió o tuvo que sufrir ese horrible dolor de pegazón de tripas, que usted jamás tendrá. ¡Que envidia!, ¡Que afortunado!

Quizá su abuelo, quizá su padre, no lo sé. Lo que sí sé, es que si no agarro jale mañana, no sé qué vamos a tragar. El viejo refri que me regalaron de la última remodelación de una de las casonas, de por allá en Las Lomas, ya parece –como siempre ha parecido- coco tierno: ¡Pura agua, y  nada de carne!

Nomás volteo a verles las caritas a mis chamacos, que por cierto son 6, y se los presento: La Nicol Guadalupe, el Brayan José, la Melany Rosaura, el Yustin Guillermo, el Yosh Emigdio, y para que no digan que no somos nacionalistas, la más chica se llama Tamy Candelaria.

Cuando me preguntan, qué por qué les puse así a mis chamacos yo nomás les contesto: Una cosa es que sea albañil y otra muy diferente que sea inculto. Nomás se me quedan viendo y nada me dicen. ¡Ah! Y pobrecitos que me digan algo, les rompo el hocico, pos ni que estuviera yo cuestionando el nombre de sus pinches hijos pues!

Pero regresando a mi tragedia culinaria familiar. Les veo las caras a mis chamacos y la más grande –que por cierto tiene 9 años- me pregunta: ¡Pa!, ¿Qué vamos a comer?, ¡Mira!, ¡Se lo juro por la virgencita de la Lomita!, que no chillo enfrente de ellos, porque soy bien macho, pero en la primera descuidada, me voy corriendo al baño, que por cierto, no sé si llorar o vomitar en él, porque como tenemos fosa séptica, y como no he comparado el saco de cal para echárselo, pos ya sabrá cómo estará ese olor.

La idea…

En esos momentos de mayor angustia y por supuesto, cuando la tripa se empezaba a fusionar con el espinazo, de lo más recóndito de mi mente, me vino una idea, era eso o nada. Le dije a mis 6 chamacos y a la Chencha –Inocencia mi muy querida y escuálida compañera de vida-, que por cierto, los compas de la cuadra le apodaron Doña Conan – no por fortaleza sino porque parece que andaba siempre CON-ANEMIA -, que nos fuéramos a visitar a mi amá!

Todos mis chamacos empezaron a gritar de gusto, pero, la Chencha nomás me echó la mirada de ultratumba –y no por su aspecto escuálido decrépito- y me recordó viejas cuentas con mi madre:

-¡Falopio! –Ese es mi nombre por cierto-¿Ya le pagaste a Doña Eusebia, lo último que nos prestó? -Con voz de regaño y mirada de bulldog hambriento me cuestionaba la Chencha-

-¡Pos claro mija!, Pues, ¿Qué crees que soy? –Le replicaba con un tono envalentonado y jovial a la vez, más bien, sinvergüenza diría francamente

-Mira Falopio, la última vez, nos corrió tu mamá porque no le pagaste todo lo que nos compró de la comida y el pastel para la piñata del Yustin y la Nicol, así que no quiero otra corrida, como si fuéramos perros sarnosos, ¿Estás entendiendo?

Soltando la carcajada –pero de nervios- me planto y le digo a mi muñequita “Skinny style”: ¡Chencha! Todo está arreglado, nomás ésta vez se me atoró la carreta, pero a la próxima le vamos a llevar a mi amá unos 4 pollos rostizados estilo Sinaloa, ¡de esos del Puro Pollo! ¡Vas a ver!

Nomás se empezaba a divisar la casar de mi muy amada y bien reconocida progenitora, mis chamacos se empezaban a emocionar, no sé sí por el hambre o porque de plano si querían ver a su tierna abuela. Cuando de pronto se escuchan los gritos de mi adorada madre:

¡Celerino! ¡Guarda la comida! ¡Ahí vienen los perros del Falopio! ¡Se va a tragar todo si no nos ponemos truchas!, ¡Bola de golleteros muertos de hambre!, ¡Hijos de su china poblana, hambrientos roñozos!

El buen Celerino –el amante en turno de mi bien amada cabecita de algodón- de manera pronta y acelerada, guardaba todo vestigio de alimentos para negarlos a nuestro arribo, sí es que empezábamos a solicitarlos a mi santa y caritativa madre.

Al momento de querer abrir la puerta de la mansión de mi jefecita adorada, de manera abrupta, se abría la puerta y de manera clara y contundente mi madre adorada en tono retador y muy firme nos “casi” gritaba:

¡Mira Falopio!, ¡Serás muy mi hijo, pero eres un gorrón, palero, baquetón y mantenido, así que si vienes a querer darle de tragar a tu vieja la esqueletuda y a los perros muertos de hambre de tus hijos, te topaste con pared, hijo de tu madre y tu padre también. Así que: ¡Agüecando el ala!, ¡Que el pinchi gobierno los mantenga! ¡Baquetones!, ¡Todavía no me pagas lo de la piñata de los cuates, y vienes a querer que les dé de tragar!, ¡Oye me no! ¡Estás bien jodido!

La Chencha, con los ojos rojos del coraje y con un dolor agudo en la panza, ya no por hambre, si no por orgullo mal herido y sobre todo, por la tremenda humillación recibida, me aventaba una mirada al más puro estilo de “Teresa” – ¡La de la novela pues, pa´que entiendan!-, con la poca dignidad que había, le llamó a nuestros engendros bien amados y como el gran José Alfredo “se dio la media vuelta”. Los chamacos iban chille y chille, no por orgullo, ¡Era hambre!

Al ver el mal resultado de mi plan, le dije a mi bien amada y tierna madre: ¡Madre! ¡Esto no era necesario! Y con la poca vergüenza que me quedaba me retiré, ¡Ora sí!, ¡Con un problema de verdad!, ¿Cómo llenarles la panza a mis chamacos y contentar a mi flaquita?

De camino a la casa, nomás iba pateando cuanta piedra se me atravesaba en el camino, como queriendo hacer eterno el arribo a mi bien amada y acogedora mansión, de estilo “art recicle” –todo lo que tenía esa casa era de otros lugares, ya sabrán lo ecléctico que era la fachada-.

Pero de pronto, al pasar en frente del centro comercial gringo que estaba del otro lado de la avenida, se me ocurrió una idea: Ayudar a la gente a cargar sus bolsas de mandado a sus carros, y sacar alguna feria para la comida, ¡Eso voy a hacer!, y ¡Eso hice!

Las primeras 3 horas, nadie me dio ni las gracias, pero de pronto una doñita de esas que les llaman las copetonas, traía dos carritos copeteados de comida- ¡Híjole!, esos pudientes de las clases opresoras nomás nos pasan por el frente con la comida y no se mochan ni con las sobras, méndigos riquillos– y que me le acerco y que empieza a gritar la doñita: ¡Auxilio!, ¡Policía!, ¡Policía!, ¡Este mugroso me quiere robar!

Yo le empecé a decir de manera desesperada:

-¡No señora mía!, ¡Solo quiero ayudarle con sus compras!

-¡No es cierto!, ¡Tú tienes una pinta de maleante mugroso que no puedes con ella!, ¡Todos los que son como tú, son unos rateros muertos de hambre!

A lo lejos, pude divisar a unos guardias de la tienda, y como la famosa cesárea, ¡Parto sin dolor a tales calumnias!, y como perro de galgódromo, en menos lo que canta un gallo, dejo atrás a los guardias y el estacionamiento de dicho supermercado. ¡No te digo!, contra el destino no se puede. Tal parece que el destino marcaba que ese día y los siguientes serían marcados con el hambre.

¡Otra oportunidad!, ¡Otra oportunidad!

Ya de regreso a la casa, con el ánimo destrozado y con más hambre que nunca, veo un anuncio en una pescadería, la cartulina decía: “Solicito hombre fuerte, con ganas de trabajar”. Todo estaba bien, menos eso de las “ganas de trabajar”, pero, me tragué el pavor  al trabajo y me decidí a llegar al lugar.

Llegué al negocio y lo primero que dije fue:

¡Vengo por el puesto que ofrecen en el anuncio!, la persona en el mostrador con cara de gusto me respondió: ¡Qué bueno que viene por el trabajo!, ¡Ya no sabíamos cómo cubrir tal puesto!, de pronto, viene a mí una idea, más bien, una incógnita: ¿Cuál sería tal puesto?

Sale de la oficina del lugar, un hombre y con una botarga entre sus brazos, me cuestiona: ¿Le entras compa? O ¿No?, tú sabes: $80 diarios y 5 latas de sardinas, nomás aquí hay que aguantar el calorcito de la botarga.

En esos precisos momentos, solo tenía en la mente llevar de comer y llevar una lana, eso del dolor de espinazo pegado a la panza está bien canijo, y casi casi, sin pensarlo le dije: Si. Ni modo, la suerte estaba echada. Al principio, eso de acostumbrarse a las pestes de sudores ajenos está bien canijo, pero, a todo se acostumbra uno menos a no comer.

Pasó el tiempo, y no crean, me costó trabajo eso de la artisteada. Tuve que inventar mi rutina de baile y algunos pasos. Es más, hasta una de mis chamacas la Melany Rosaura, me tuvo que asesorar en algunos pasos de baile. Andaba de moda una rolita de los Maná, esa del Tiburón. ¡Ya sabrán que show me aventaba!

Después de mi rutina de baile del “Tiburón” –ese es el personaje de la botarga, un Tiburón muy alegre-, de repartir volantes en la calle y limpiar las vitrinas del pescado, llego a mi casa, con mis latas de sardinas, y en ocasiones de atún. A veces, el patrón me da pescado para un caldo, cuando anda de buenas hasta unos cuantos camarones, pero eso sí, que no falten las sardinas salvadoras en nuestra mesa.

Ya voy para 5 años en el jale. Ya ni me acuerdo de la construcción. Pero, lo que si me acuerdo es de esa tarde, en la que iba todo agüitado, sin ganas de nada, y que literalmente gracias a mis dotes artísticos y de performance, pude sacar adelante a mi tribu de chamacos. Ahora mi flaquita ya no sabe cómo preparar las sardinas de tantas veces que las hemos comido. A veces, pienso y digo: ¡Gracias oh gran Neptuno!, por mandarme algunos de tus más humildes servidores a nuestra sacrosanta mesa, y con limón y cebollita, mucho mejor.

El taller de Esposas  -Satisfaction guaranteed!-

I can´t get no…satisfaction

Rolling Stones, 1965

Nunca es suficiente para mí…porque siempre quiero más de ti…

Natalia La Fourcade

Victor J. Pérez Montes

En definitiva, ese fue un día de los que nada te sale bien. El día estaba frío, húmedo, totalmente nublado que apenas acababa de llover, la vieja lesión en mi rodilla izquierda, me estaba matando y los analgésicos que me había recetado mi médico de cabecera, parecía que ni cosquilla le hacían al dolor. Y para colmo, el viejo Renault modelo 1977 no quería encender.

Era finales del mes de enero,  y para coronar esa bendita mañana, en la esquina de  Andrade y  Ángel Flores –Zona Centro-, me habían asaltado, del susto ¡Les juro que ni me fijé quienes eran!, solo sentí el frío fierro de la pistola en la sien, y les dejé  -por supuesto- que se llevarán el portafolio, sin mayor resistencia de mi parte.

Por cierto, mi cobardía, era uno de los miles de defectos, que mi esposa por alrededor de 17 años de matrimonio, me lo había recordado hasta el cansancio; es más, recuerdo la vez que se metió una rata a la casa y que ella tuvo que sacarla porque yo no me animaba, ese detalle de recién casados, nunca se lo olvidó;  e inclusive, en fiestas familiares, reuniones de amigos, reuniones de café, ¡a quien fuera!, era la anécdota que engalanaba las platicas de susodichas reuniones. Era completamente humillante.

Pero aquí no terminaba mi gloriosa mañana, debido al asalto, mi llegada al trabajo había sido con un retraso de 25 minutos. Mi jefa, con actitud de gendarme “mal pagado”, me gritoneaba y con dedo de escarnio y entonación de advertencia autoritaria, se dirigía hacia mí con las siguientes palabras y entonación de advertencia: ¡Alberto!, ¡Para la próxima estás fuera! ¡Eeeeh!, ¿Me estás escuchando?

¡Pinche bruja! –Lo pensé, ¡más no lo dije!-, como si esa advertencia, fuera a resolver mis pinches pedos, y por si fuera poco, en mi casa, mi muy amada esposa y un servidor habíamos discutido amargamente por el maldito dinero –o Mercancía de mercancías, como me lo habían enseñado en la Facultad de Economía-. ¡Maldito dinero! Sí porque no hay, ¡hay pedo!, y sí hay, ¡pos también! En fin, como las esferas no tenía lado.

Pero la razón real, de susodicha discusión mañanera, era por las fuertes sospechas, que mi esposa tenía, por ciertos y bien fundados rumores chismográficos -algunas fotografías- que le habían llegado sobre mi relación con Susana Quintero –la Susy Kiu-, así como la canción de los Cridens-, una de las bellas y muy agraciadas –sobra decirlo- secretarias de la oficina.

Para ser muy honesto, yo no entendía cómo es que una chamaca así,  me había hecho caso, pero, ahí andábamos con nuestro tórrido romance con tintes ilícitos de sabrosura y muy elevados niveles de pasión. Como ya se habrán imaginado, nuestros encuentros eran breves, escondidos, intensos, pero muy, muy sabrosos.

En fin, dejaré de lado pequeñeces o detallitos sin importancia, pero, regresando a lo terrorífico de mi vida, aquello era parte de la maldita rutina matrimonial, 17 años soportando el mal humor de una persona que día a día, parecía que se hacía más y más agria, más pesada y sobre todo, más evidente la falta de afecto o amor por mi persona.

¿Y saben qué? No la culpo. Los niños nunca llegaron, bueno, en realidad nunca nos pusimos de acuerdo para tenerlos. Cuando ella quiso, yo no quise, y viceversa. Nunca nos pusimos de acuerdo ni para tener chamacos. ¡Era ridículo!, ¡Ni para ser padres, nos pusimos las pilas! Nunca quisimos encontrar ni el tiempo, ni el espacio.

Sin mucho afán, en ocasiones volteaba por la ventana que tenía en mi oficina, la cual daba una vista hermosa de forma panorámica hacia la calle principal, aquello parecía un caserío inmutable, una imagen de multicolores que engalanaba los techos de aquellos edificios y casas, cuyo paso del tiempo, no se dejaba esperar.

De pronto, cuando aquella panorámica parecía toda una monotonía policromada, un anuncio pequeño con letras discretas de color negro y rojo, el mensaje era claro: “Taller de esposas: Traiga a su vieja esposa, y llévesela nuevecita y funcional. Trabajos garantizados. 60 años de experiencia nos avalan”.

Por un momento pensé que era una broma, alguna tomada de pelo, para hacer reír a los transeúntes  que buscaban –al igual que yo- una tomada de pelo, para salir de la maldita rutina llena de mediocridad e infelicidad que consumía hasta los huesos, como un cáncer avanzado sin cura alguna posible. Cerré varias veces los ojos, y con gran intensidad los tallaba con mis manos, como si eso  hiciera desaparecer tal imagen, pero, para mi sorpresa y curiosidad, seguía tal anuncio y lo peor –o mejor- con más claridad y nitidez.

La curiosidad nunca había sido uno de mis defectos, sin embargo, aquella imagen no me dejó terminar los reportes que tenía que entregar, que por cierto, era una de las cosas que más odiaba de mi empleo. Era un papeleo espantoso, que cada mañana me esperaba para devorar mi paciencia, por lo menos me tardaba de 3 a 4 horas, para revisar cada uno de los reportes, cuya característica principal era lo brutalmente aburrido.

Marcar el “check list” sobre insumos de producción, que necesitaría la harinera para la producción del día siguiente; sin mencionar las llamadas a los proveedores y las proyecciones de gastos, aquello era por lo menos estar en el escritorio toda la mañana y no pararme hasta las 12:30 o 1:00 pm, y esto, porque necesitaba tomar mi hora de comida o tomarme un café con algunas galletas.

De pronto, me armé de valor y bajé rápidamente las escaleras, y con paso veloz –casi corriendo- me disponía a despejar esa duda, caminé unas cuantas cuadras y en una vieja casona al interior del viejo callejón, en efecto, ahí estaba el anuncio. La puerta estaba abierta, el viejo mostrador de madera y lámina galvanizada, mostraba vestigios de capas de diferentes manos de pintura, vislumbrando así los diferentes logotipos de Coca-Cola que fueron plasmados durante muchos años.

El olor de ese lugar, era una mezcla de humedad, madera añeja y felicidad, pero, era esa clase de felicidad que en ocasiones no puedes describir, pero, si sentir. El fuerte olor a café de olla, quitaba las inseguridades de aquellos que entraban en ese lúgubre y frío espacio, dando un sentimiento de paz y tranquilidad de viejos recuerdos familiares y de nostalgias pasadas.

De pronto, desde el fondo del local, como salido de la espesa penumbra, empezó a vislumbrarse la sombra de una persona, con forme se acercaba al mostrador, se hacía más y más nítida la imagen  de un hombre pequeño, que mostraba en su rostro los años, con actitud amistosa y un alto grado de bonhomía, me saludaba como sí hubiésemos tenido años de confianza y sobre todo de amistad.

¡Buenos días caballero!, ¿En qué le puedo servir? ¡Estaba atónito!, no podía articular palabra alguna, lo único que pude expresar entre balbuceos y de manera atropellada fue: ¿Puede usted arreglar a mi esposa? De forma inmediata, el viejo reparador de esposas no me dejó hablar y dijo:

 Ya sé exactamente lo que le pasa a su esposa. Siempre es el mismo diagnóstico: Mal humorada desde que amanece hasta que anochece, siempre puntualiza sus errores, nunca está contenta con lo que tú haces, es más, siempre minimiza tus logros, siempre eres el inútil de la relación, todos los problemas son tu culpa, nunca te agradece tus esfuerzos extras, siempre está enojada cuando llegas tarde del trabajo, o busca el mínimo detalle para sacar su infelicidad y culparte de ello… Así es el asunto.

De pronto, una idea entró en mi cabeza: Este viejo sabe exactamente lo que está pasando en mi vida. Sabe lo que tengo y quizá sepa cómo solucionarlo. Como si fuera un viejo adivino o mago antiguo, y con voz de afirmación y entonación de serenidad, me miraba a los ojos y me decía: Sé lo que pasa en tu matrimonio y yo te puedo ayudar.

Con sorpresivo denuedo le dije al viejo reparador: ¿Cuándo la traigo? El viejoreparador de esposas  bajaba las antiguas antiparras y con expresión y ademán de complacencia me respondía: ¡Cuando gustes! Aquí vivo, nunca salgo a ningún lugar. Este es mi mundo –al tiempo que señalaba con el índice derecho toda la habitación-, ¡Mañana mismo a primera hora! Le respondí con un ánimo exaltado de emoción.  La alegría irradiaba de mi rostro, por fin, mis problemas de carácter marital empezarían a desaparecer.

Regresaría con una enorme sonrisa a mi trabajo. Algo definitivamente se había movido en mi interior. Una esperanza real iluminaba mi existencia. Aquello de pronto se convirtió en un faro de esperanza, que iluminaba de manera total, la profunda oscuridad de infelicidad de tantísimos años, que jamás pensé que podría cambiar.

Nada importaba. Ni los regaños al regreso a mi trabajo por demorar tanto tiempo –y sin haber pedido el correspondiente permiso, que jamás me hubieran dado- y tampoco, que me cargaran la mano con un extra de papeleo – a manera de castigo por lo cometido-. Me valió madres.

En esos momentos, lo que importaba, era que tenía una oportunidad de ser feliz, y terminar de una vez por todas, con todas esas grandes y devastadoras peleas en mi matrimonio. ¡Eso era genial!

Sonó el reloj despertador. La rutina era exactamente igual. Levantarme, tomar una ducha, cambiarme de ropa, poner agua para el café, preparar los huevos estrellados con 2 rebanadas de pan tostado, ¡claro!, todo aquello preparado por un servidor, mi esposa, ni en sueños se levantaría para preparar el desayuno.

Cada vez, -de manera muy extraña y remota- que le pedía que me preparara el desayuno, debido a la premura del tiempo, me respondía de manera tajante –declarando a la vez una actitud de gran irritación y con un alto grado de orgullo feministoide-: ¡Yo no soy tu chacha, estúpido!, ¡sí no ganas lo suficiente para contratar una, conmigo ni cuentes!

Era verdaderamente frustrante, jamás sentir el apoyo de mi esposa. Ni en esas cosas tan “sin chiste” siempre era algo así, una contestación o reclamo de rencor, ya fuera por mi desempeño profesional o por mis ingresos. El pretexto era lo de menos, siempre era responder con odio enconado o terrible desprecio.

De pronto, me preguntó mi esposa: ¿Vas a pasar por el Centro? De manera inmediata, le contesté -de manera segura- con un –rotundo y entusiasmado- ¡sí!, y agregando un breve cuestionamiento, entremezclando una pisca de interés fingido con dos cucharadas de falsa muestra de cariño le dije: ¿Necesitas algo, mi amor?

Con una cara de sorpresa, pero, sin un interés real de indagar, -las genuinas intenciones- de la razón, de tan sospechosa pregunta, mi esposa solamente lanzaba la orden: ¡Llévame contigo!, necesito comprar unas cosas cerca de tu trabajo, de esa forma, aprovecho y me dejas cerca, ya sabes que me choca andar en taxi o en autobús colectivo.

En tales momentos, empecé a pensar –con gran entusiasmo- y a decir –en mi interior-: ¡Esto se pone, ni mandado a hacer!, en mi mente, todo se empezaba a aclarar y la idea de llevarla al Taller, era una realidad y no algo ficticio o irreal. Mi rostro se iluminaba otra vez, no sé si era obvio o si mi mujer se dio cuenta, pero yo estaba encantado con la idea.

De pronto, mi actitud y el trato hacia ella eran diferentes. Empezaba a sentir esa alegría de los primeros días de matrimonio, era una bocanada de aire fresco, ese ánimo que había desaparecido durante muchos años, de manera instantánea regresaba, y lo hacía con fuerza.

A dos cuadras de haber empezado a conducir el Renault del 77 –que de milagro encendió esa mañana al primer llavazo-, de manera sorpresiva y como sí se me hubiera olvidado algo, le comento a mi esposa –con un tono teatralizado a no más poder-: ¡Híjole!, ¡Que idiota soy!, ¡tengo que pasar por unas copias a 2 cuadras antes del Centro!, ¿Me acompañas Cecilia?

¡Ah caray!, ¡Se me estaba pasando un pequeño detalle! Y ese detallito es el nombre de mi esposa. Les presento a Cecilia – y ahí les ofrezco una disculpa, pero, como ustedes han de saber, está bien canijo por aquello de las invocaciones del más allá o del lado oscuro-, que por cierto, su nombre no está tan feo, pero lo demás ya se lo saben.

Pero regresando a la pregunta que le hice a mi señora esposa, ella de manera sorpresiva me respondió afirmativamente, con un rotundo ¡Sí! –por supuesto, que con la respectiva volteada de ojos y el clásico fruncimiento de ceño y mueca característica de mi bien amada compañera de vida-, entonces yo pensé: ¡Ya la hice!

Curiosamente, nos bajamos en frente del taller; al descender del auto, le tomé del brazo y con cierta firmeza, pero cariñosamente, la conduje al local –quizá ella pensó: ¿Qué le pasa a este loco idiota?, más sin embargo no lo expresó-. Al detenernos frente al viejo mostrador del taller, llamé al “reparador”, y con una mirada y guiño a la vez, le dije: Aquí le dejo a mi esposa para que le entregue las copias; éste por su parte, me hizo una señal chiquita – así como el Roberto Jordán- y con sus ojos de complicidad, afirmaba lo que parecía haber sido planificado y practicado por años.

Me despedí con un beso –cosa rarísima entre nosotros- y mientras me retiraba, le iba comentando de manera rápida y con un cierto ánimo de informalidad: En la tarde me entregas las copias, ¿Sale? ¡Muchas gracias por tu apoyo! Sin más, que pudiera agregar, me iba retirando, con un paso firme y acelerado, llegaba a la oficina. No sabía que pasaría, ni cómo pasaría, pero, de lo que estaba convencido era que algo bueno tenía que pasar.

El día se me fue volando. Toda aquella vorágine de sentimientos y pensamientos me tenían hecho un manojo de nervios. A menudo me preguntaba: ¿Qué va a pasar con Cecilia?, ¿Cómo la voy a encontrar?, ¿Qué irá a cambiar en ella? Cuando de pronto, las 6:30 pm, era la hora de salir, solamente sentía que se me salía el corazón, no sé si de gusto o de miedo.

Al llegar al local del  viejo reparador, sin mucho afán, como si fuera algo de lo cotidiano, el maestro me hizo una señal y con voz tranquila me dijo: ¡Aquí tiene a su esposa, reparada y rejuvenecida”. ¡La sorpresa enorme que me llevé!, en realidad era Cecilia, pero 20 años menos, su cuerpo era hermoso, como el que tenía como cuando la conocí, su piel blanca, rosada, aterciopelada, sin ninguna arruga.

Alta, delgada, de muslos y glúteos firmes, una cinturita marcada que terminaba en sus piernas torneadas, éstas eran algunas de las mejorías que había recibido de manera mágica y misteriosa.

Su carita, era la de un verdadero ángel, restaurada completamente, sus ojos eran hermosos, grandes, expresivos, sin maldad u odio, sin ninguna expresión del tiempo en sus ojos, las mejillas rosadas estaban tersas, suaves como si fueran de seda china, eran una hermosura mi esposa.

De pronto, cortando mi placentera sorpresa, con voz suave y muy  juvenil, Cecilia me tomaba la mano y con un toque de frescura me decía: ¡Vámonos a casa!, seguramente estás muy cansado y necesitas descansar y cenar muy rico.

Entre el desconcierto y la gran sorpresa estaba encantado por las mejoras visibles de mi esposa. Era mucho mejor de como cuando me casé con ella. Llegamos a casa, y en el transcurso del camino, no paró de decirme lo mucho que me había extrañado, las ganas que tenía de hacerme una cena especial y como postre, “juguetear intensamente”.

¡No lo podía creer!, ¡Era un sueño hecho realidad!, mi esposa estaba recuperada, rejuvenecida, locamente enamorada y sobre todo era mía. Aquello no podía estar mejor que nunca. ¿Qué más podía pedir? Eso de ir a ese taller definitivamente era la mejor decisión de toda mi vida.

¡Los primeros 4 meses fueron geniales!, todo era miel sobre hojuelas, pero no todo es eterno, y les diré el porqué. Aquel frenesí de sexo, locuras y aparente felicidad y complacencia total empezaba dar muestras de agotamiento, no por Cecilia, sino por mí.

El desayuno ya empezaba a ser  un ritual que me hostigaba, las muestras de amor y detalles eran obsequiosísimas a extremos bastantes incomodos, no me dejaba desayunar porque quería terminar en sexo todo el tiempo, sin importar la hora, el momento o el lugar, no había un momento para cada cosa, su apetito era voraz. 

Llegaba de mi trabajo, y quería que saliéramos a los lugares de moda: Restaurantes, cafés, cines, lugares para bailar, era cada día un verdadero derroche de ánimo y dinero, no había forma de platicar de manera tranquila porque ya quería estar encima de uno y peor, quería satisfacer sus más bajos instintos.

Parecía que entre más pasaba el tiempo, la energía o su vitalidad se fortalecían, a diferencia de la mía, empezó a haber días en que no podía levantarme de la cama de lo agotado de todo el ajetreo del día anterior, por lo que empecé a llegar tarde a mi trabajo, es más hubo días en que me ausenté del mismo.

De pronto, empecé a darme cuenta que había bajado 10 kilos en 5 meses, mis trajes ya no me quedaron, estaba la ropa bastante holgada, mucha de ella, ni siquiera me quedaba para nada, el cabello se me empezó a caer, algunas piezas dentales se me aflojaron y empecé a quedarme chimuelo, esto ya no estaba bien.

Y yo me preguntaba: ¿Pero, yo quería un cambio?, pero, ¡No tan drástico!, aquel ritmo matrimonial me estaba llevando a la tumba literalmente, pero, la cosa no terminaba aquí, vendrían más ternuritas que contar.

La gota que derramó el vaso, fue una noche. Cansado de la rutina laboral de ese día, solo quería un baño y acostarme, había sido un día difícil y la verdad no había mucho ánimo para nada más. Al llegar a casa, me sorprendió el no encontrar a Cecilia, y pensé: ¡Qué bueno!, así me baño y duermo rápidamente, y así fue.

Cuando estaba en plenitud de sueño, de pronto se enciende la luz de la recamara y Cecilia estaba encima de mí, basta mencionar que solo traía puesta una mascada en su cabeza, como desesperada, me decía al oído, al momento que me mordisqueaba la oreja: ¡Házmelo!, ¡Házmelo!

Súbitamente, me levanté y con ello, hice a un lado a Cecilia, de manera desesperada y con un tono firme –casi gritándole- le dije: ¡Ya estuvo bueno!, ¡Todo el tiempo es la misma!, ¡Puro sexo y sexo!, ¡No sabes de otra!, ¡No tienes llenadera!, ¡Por favor, ya cálmate mujer!, !No  me dejas descansar!

Cecilia con cara de desconcierto y con una mirada de desilusión, irrumpió en llanto desesperado y como toda buena mujer desquiciada me empezó a gritar –era la primera vez que me gritaba desde la reparación-: ¡Ya no te gusto!, ¡Ya no me quieres!, ¡Ya te cansaste de mí!, ¡Eres un desgraciado, ya te aburriste de mí y seguramente ya te agarraste a otra!, pero, eso lo voy a arreglar en este mismo instante!

Y de pronto, salió corriendo hacia la cocina,  y de manera tormentosa agarraba el cuchillo cebollero y con una mirada de odio regresaba a la recamara, y con solo un objetivo, empezaba a gritar lo siguiente:

¡Te voy a matar!, ¡Porque sí no eres para mí!, ¡No serás para nadie!, y empezó a corretearme, tirando cuchilladas a matar, tirándome con todo lo que encontraba a su paso, como si fuéramos unos verdaderos extraños o peor aún, unos verdaderos enemigos. Aquello era una verdadera locura, como si fuera una de esas películas de terror.

Como pude, salí del departamento, -menos mal que tenía una copia de la llave de mi auto en el tapete de la salida del departamento-. De manera desesperada salí manejando hacia el Centro, y solo tenía una idea clavada en mi mente, reclamarle al reparador de esposas por este trabajo, al parecer no era lo esperado.

De manera rápida llegaba al estacionamiento del negocio, de manera rápida me bajé del auto, dejando el auto encendido, llegaba golpeando la puerta del local de manera muy violenta y gritando al anciano que abriera, a los minutos se encendía la luz al interior del local, se empezaba a abrir la puerta.

La puerta al estar totalmente abierta, se aparecía el anciano reparador de esposas, y de manera muy serena y con un tono suave, me hacía la siguiente pregunta:

-¿En qué te puedo ayudar?

Con lágrimas en los ojos le respondí: ¿Ayudar?, ¡Sí me jodiste la vida!, Me  dijiste que todo iba a estar mejor, pero, mi nueva esposa está peor, ya no la aguanto, solo quiere sexo y sexo y sexo, y nunca está satisfecha, no me deja descansar. ¡Está loca! ¡No la quiero! , !Ya no! ¡Quiero a mi antigua esposa!, !Por favor! ¡Quiero a mi anterior esposa, a la  malhumorada, a la flácida, y nada cariñosa esposa que tenía hace algunos meses.

Estaba ahí desconsolado, llorando como un niño que se le había perdido su juguete preferido, de rodillas en actitud de derrota y con mis manos en la cara, descargaba mi frustración y dolor al saber que había perdido lo que nunca había valorado

Cuando de pronto, al quitar mis manos de mi cara y al abrir los ojos, me di cuenta que todo había sido un sueño, había estado dormido y mi esposa estaba acostada a mi lado, y me di cuenta que era la antigua y original esposa que por 17 años me había acompañado. Al momento, Cecilia se despertaba y me miraba con cara de extrañez, como si mi cara expresara una sorpresa inesperada,  ella con interés me preguntaba: ¿Qué tienes?

De manera sorpresiva le respondí: ¡Tengo muchas ganas de ti!, por cierto, ¡Amor nunca cambies!