Roberto “El Tito” Machorro : Célebre y triste crónica de una vida batallosa y muy aguerrida.

Víctor J. Pérez Montes

…ya no seas reaccionario, hazte revolucionario…Y que te bendiga Dios

Óscar Chávez

La Casita, 1975

Los orígenes…

Contaba mi abuelita “Doña Espiri”, -es decir, les comparto el nombre completo de mi bien e ilustre abuelita materna Doña Espiridiona Del Toro Machorro pues con ese nombrecito, ya se habrán dado cuenta quien partía el queso en la familia- que su hermano,  mi tío  Roberto alias “el Güero”, había estado involucrado en la famosa huelga de los trenes por allá a finales del 57 y principios del 58, del pasado siglo XX.

Mi tío Roberto era uno de esos líderes sindicales –según dicen las malas lenguas que no era “líder charro”, más bien era “líder chirrín”, porque le gustaba escuchar los discos de Piporro  El Taconazo,- que ayudó a organizar la huelga de los trenes con el famoso líder de los ferrocarrileros, el chaparrín Demetrio Vallejo.

 ¡Eso si es verdad!, es más hasta había fotos de mi tío con Vallejo. Pero, después de las soberanas madrinas que les metió el gobierno y el despido de todos los revoltosos, mi tío, como muchos otros, con la cola entre las patas salió huyendo de aquí. Es más, dicen que murió como mojado por allá en el gabacho, trabajando en una compañía de trenes en la reparación de rieles. Triste final para mi tío Roberto

Cuando me contó esta historia mi abuelita, dije entre mí: “¡Esto no quedará así!, yo voy a continuar en la lucha, así como mi tío, lucharé hasta vencer, que por cierto, en esos días andaba muy de moda, esa frase de: ¡Hasta la victoria!, bueno, ¿Qué querían que hiciera? Estaba muy chamaco y con un chorro de ideas para cambiar el mundo. Hasta en el nombre estaba mi destino unido con el de mi difunto antepasado. Era mi destino, tenía que luchar, no había vuelta atrás.

Los compas me llamaban Tito, por aquello de Robertito, pero, la verdad eso de Robertito ya se me hacía como que era muy ajotonado, por eso, les pedía que me dijeran “el Tito”, y el Tito se me quedó para la eternidad.

Las primeras revueltas…

Mis primeras luchas por la causa social del pueblo, se remiten a mis años de la secu, ¡Uf! ¡Qué tiempos!, los Bitles, los rolin estón, los animals, bueno,  a esos que le decían la invasión británica, era alucinante, sin ser malinchista, aquí teníamos a los Jiters, los Juligans, los hermanos Carreón, el Roberto Jordán, bueno, la verdad había buena música. Lo que no había era buena y sana voluntad con los profes de la Secu.

Recuerdo un recreo. Mi amigo el Vampi –por feo y chimuelo-, salió a comprarse una torta a la tiendita de la cooperativa escolar, cuyas ganancias monopólicas y muy jugosas estaban bajo poder de nuestro ilustre, canalla, corrupto y panzón director y de su extra voluptuosa, prieta, cacariza y mal humorada esposa la Seño Romina.

Para iniciar mi relato de tal aventura, les explicaré a detalle el móvil de mi lucha estudiantil de ese tiempo. La calidad de las tortas de la Secundaria federal 28, por allá ubicada en el histórico e insalubre Estero del Mapache, parafraseando al gran José Alfredo Jiménez: “…dónde su aroma era algo sin igual”

Estadísticamente hablando –como lo explicaría nuestro gran amigo Carlitos Marx en el Capirucho- la calidad de la tortuga era más o menos así: 90% repollo con olor a cloro, 1 % de crema corrientona del mercado de la López Rateros, 1% de jamón del barato –del mismo mercado claro está- pero con días antes de caducar, 2% de lechuga y tomate y el 1% de papel de baño –para envolver tal manjar-, y sin dejar de mencionar el torcido del día anterior, o sea, más duro que los virotes de 3 días. Sin dejar de lado el clásico Titán sabor de piña o naranja. Mmmm, ¡Que sabores, qué delicia!

Pues este tipo de manjares nos vendían en la tiendita de la cooperativa escolar, cuando el vampi se comió su respectiva torta, no pasaron ni 10 minutos cuando le empezó un dolor infernal de panza, que lo hizo pasársela en los baños de la secu. ¡Uff!, ya sabrán el dolor, para estar aguantando la higiene de los baños –que Don Carmelo, nuestro ilustre y bien ponderado intendente sindicalizado nunca iba a lavarlos, porque nomás se la llevaba enfermo, pero de cruda, ¡trinche el viejo borracho baquetón!-

¡Pobre Vampi! Nomás no se desmayó para no caer en los miados del piso de los baños. Recuerdo que entre 3 compañeros lo sacamos y lo llevamos a su casa. Doña Meme, se le salían las lagrimitas de ver a su hijo todo desguanzado como pollo de mercado. Aquello me dio una rabia, y dije entre mí: ¡Esto no se va a quedar así!

Al otro día, en mi salón de clases, convoqué a mis compañeros, y todos fuimos en bola a exigir al director, leí, -por no decir que lo grité- el manifiesto que había escrito, en el que expresaba las condiciones deplorables de los baños y de la falta de higiene y las cochinadas que nos vendían en la tiendita escolar. Denunciaba los altísimos precios de las tortas, los refrescos, los dulces y las galletas para la comunidad educativa. Así como, la prohibición de introducir nuestros propios “lonches” hechos por nuestras mamás. Como se estarán imaginando eso puso de neuras al dire y a su bien amada, pero espantosa esposa.

La respuesta represora no se dejó esperar. El “Botete” –como le decíamos al viejo panzón del dire-, haciendo gala de su poder, dio órdenes a todos los profes que nos cargaran la mano con tareas, quitándonos puntos y si era posible, reprobarnos para así corrernos de la escuela.

El móndrigo, –así le decíamos al profe de Deportes-, me hizo correr 4 vueltas más a las canchas y nos puso a levantar objetos pesados, disque para “fortalecernos más”, si empezábamos a quejarnos nos iba peor. Era lógico, empezaba a ser un apestado, pero los grupos del B, C y D se nos unieron a la causa. Empezaba a infundir cierta conciencia de nuestras condiciones tan chafas como comunidad educativa.

El Botete, al ver que nos fortalecíamos, inmediatamente y de manera muy perversa, reclutó a varios chavalos de las colonias alrededor de la secundaria, muchos de ellos obviamente eran mayores que nosotros, y algunos siempre nos esperaban en las puertas de la escuela para robarnos o golpearnos. Algunos otros les faltaban el respeto a nuestras compañeras, las intimidaban gritándoles mensadas –cochinadas diría mi abuela- o de plano, queriéndolas manosear.

Otros de los Changos –asi les pusimos a esos chavalos malosos y violentos-, de manera mágica y misteriosa –como dirían los Bitles– se convirtieron en los ayudantes de los 2 prefectos de la secundaria, nomás que estos si nos golpeaban con saña.

Éstos agarraban a los supuestos revoltosos –que los maestros denunciaban- y los llevaban atrás de los talleres de Mecánica y les metían unas patizas que los dejan todos guangos. Los regresaban a la dirección y mandaban llamar a los padres de familia, y el Botete argumentaba que habían estado golpeándose con otros estudiantes y justificaba de manera mentirosa las soberanas madrinas que ordenaba el muy desgraciado director.

En una de esas calentaditas, que me tocó la suerte de protagonizar, claro que del lado peor, es decir de los calentados, no de los que calentaron. Recuerdo que para defenderme y tratar de salir huyendo, les eché tierra en los ojos y patitas pa´que te quiero, uno de ellos me tiró una piedra, y con tal tino y precisión, me metió un descalabrón bien machín en la cabeza. Aquello parecía jalogüín gringo, por toda la sangre que me brotaba de la cabeza.

Como pude salté la barda de la escuela, y casi a desmayarme llegué a la casa. Mi abuela nomás gritaba preguntando que me habían hecho. A las horas desperté en la Cruz Roja. Mi abuela de manera indignada al otro día fue a la secundaria, ¡claro! El Botete, ni de chiste salió a recibir a Doña Espiri.

Solo la secretaria del susodicho director, salió de la oficina del mismo, y con una carpeta con unos papeles en su mano, le entregaba a Doña Espiri y con cierto tono envalentonado le decía a mi abuela: ¡Su nieto está fuera de la escuela por indisciplinado!

Mi abuela de manera súbita y muy inteligente le respondió y con tono alto para que escuchara el director que se escondía en su oficina decía: ¡Mi nieto no merece estar en una escuela como esta! ¡Cobarde!, ¡Pantalones caídos!, que no da la cara y manda a una vieja a que diga las cosas.

Después de expresar su sentir, mi abuela salió con paso firme. Llegando a casa, me dijo: Te voy a mandar con tu tía Lola a la ciudad de México. Allá vas a terminar la secundaria y será lo que Dios quiera. Mi abuela no sabía los alcances de tal decisión.

El movimiento…

Parecía que mis afanes revolucionarios y combativos de algunos años, se habían diluidos en esa mala experiencia. Había entrado a la Voca 5 del Poli, y como quien dice, ya me había hecho al estilo de la gran ciudad. Tenía novia, una güerita de Chihuahua, que al igual que  yo, sus padres la habían enviado a estudiar a la gran urbe.

Cuando de pronto a finales de julio del 68, se dio una serie de manifestaciones en contra del gobierno, por su represión a los estudiantes y maestros. De pronto, como si una luz se hubiera encendido en mí, el gusanito de la lucha volvió a estar presente. El Toño González y el Marcelo Íñiguez me invitaron a una reunión para organizarnos y manifestarnos a favor del Poli y de la Universidad, de volada me integré y empezamos a organizar manifestaciones, volanteo y algo novedoso el famoso boteo.

Manifestación que se dio, manifestación que estuve presente. Todos gritábamos: ¡Prensa vendida!, ¡Prensa vendida!, o ¡Por el Pueblo!, ¡Contra el Gobierno!, es más, hasta me tocó gritar con mis camaradas de la Voca 5 en una manifestación en el zócalo: ¡Sal al balcón, Chango hocicón!, aquello, verdaderamente era un derroche de libertad de expresión.

Pero no todo saldría como lo había planeado. En un mitin, al querer capturar un camión de transporte público, nos salió el tiro por la culata, ese camión era un camión de puros granaderos, nomás que estaba disfrazados de civiles para capturar estudiantes –que como yo- que andaban en la calle, manifestando nuestro repudio hacia el gobierno.

¡Ya sabrán!, nos agarraron de las greñas, nos metieron una soberana madrina de primera comunión, y como no había lugar en la delegación, nos mandaron a Lecumberri, ¡Ahí mamacita! ¡Ahí si estaba feo el asunto!, hombres y mujeres parejo nos encerraron como se pudo y como quisieron.

Recuerdo que de malosos, los celadores sacaron una manguera de chorro de presión, nos bañaron con todo y ropa, y así nos metieron a las crujías, solo nos tuvieron 2 días, que para nosotros fueron una eternidad. A como iban llegando los padres de nosotros, nos iban sacando. Como a mí no me reclamaron me dejaron 1 día más, ¡nombre! Como para olvidar esa experiencia.

Recuerdo que cuando llegué a la casa de mi tía Lola, la cara de espanto que puso, jamás se me ha olvidado. ¡Tito!, ¿Dónde andabas? Pensé lo peor… le conté lo que me había pasado, y que después de esta experiencia, no me iba a involucrar jamás en estos asuntos. Pero la verdad no fue así.

Pasaron unas semanas, y volví a las andadas. Pero esta vez, fue definitiva. Con mayor ánimo y valor continué en el movimiento. A pesar, de la represión que tuvimos. Creo que era finales de septiembre, y el movimiento ya empezaba a estar más debilitado. Cuando se nos convocó en Tlatelolco, ya habíamos tenido algunos mítines ahí y el lugar era muy agradable. La Gente de los multifamiliares nos apoyaba y parecía que el movimiento tomaría nuevos aires.

En uno de los mítines en Tlatelolco, me habían pedido tomar la palabra, en una impresionante muestra de espontaneidad tomé el megáfono, nomás me temblaban las piernas y las manos, pero cuando empecé a hablar, aquello fue como cubetazo de agua fría  y por supuesto que ese sentimiento de pánico escénico se disipó. Me aventé como nunca había imaginado que podía hablar a la multitud y algo así me salió:

¡Compañeras y compañeras!, ¡Pueblo en general, ¡Por convicción y amor a nuestro país estamos aquí reunidos!, ¡Sin miedos o ataduras de ninguna especie!, ¡Porque nuestras manos, se hacen cada vez más vigorosas!, ¡Para levantar en alto las banderas democráticas y revolucionarias por las que luchamos!, ¡Porque el gobierno en estos históricos momentos nos escucha y siente nuestra fortaleza organizada, disciplinada, combativa y entusiasta!

¡Por eso compañeras y compañeros! En este lugar y en estos precisos momentos ¡Les pedimos que no claudiquemos y continuemos en la lucha, porque aquí nadie se raja!, ¡Por el Pueblo y con el Pueblo!, ¡Venceremos!

Yo nunca supe porque dije eso o como lo dije, solo recuerdo que cuando hablaba una especie de nube oscura cubría a mi alrededor y con fuerzas del interior, solo me aferraba al megáfono que me habían prestado el Topo y la Nacha y al final de mis breves palabras, me recobraba de ese especie de transe, y empezaba a ver las caras de la multitud, todos con lágrimas y aplaudiéndome eufóricos me sorprendían. Los demás compañeros me palmeaban la espalda en signo de ánimo y aprobación.

Cuando el mitin se terminó, todo mundo se fue a sus casas, los que organizábamos todo, estábamos desenchufando el sonido y desconectándolo de uno de los departamentos, cuando unos tipos muy raros me tapaban la boca y poniéndomela la pistola en la sien,  con voz amenazante me decían:¡Gritas y te carga la chingada cabroncito!, ¡Con que muy revolucionario eh!, pues ahorita, ¡Te vamos a dar tu revolución pendejo!

Entre golpes y patadas, me subían a un carro negro, me obligaron a ponerme boca bajo en el piso del automóvil y estos dos tipos, poniéndome los pies en la cuello y en la espalda, no se cansaban de explicarme detenidamente la calentadita que me iban a meter llegando al sótano. Yo de inmediato pensé: ¡De la Federal de Seguridad no salgo vivo!

Y en efecto, llegando a la Federal de Seguridad, me metieron una patiza y con el respectivo interrogatorio correspondiente, me pedían nombres. Yo les contestaba, -no se si valiente o estúpidamente-: Agustín Melgar, Juan de la Barrera, Vicente Suárez, Juan Escutia y Francisco Márquez. De pronto, me callaban a bofetadas. Y uno de los agentes me gritaba: ¡Ahora te crees profe de Historia pendejo!, ¡Pues ahora vas al taller de Electricidad pinche puto!  Ya se imaginaran lo que pasó los siguientes minutos.

Después de varias horas, ya no sentía ni mis piernas, ni mis brazos, la vista toda nublada por la brutal golpiza hacía estragos en mí. Al tiempo, -y creo que eso fue un milagro- me metieron a otro auto o el mismo, no lo sé, después de tanto golpe ya no sabía de mí.

Esta vez, me metieron al maletero del auto, después de un cierto tiempo, no sé si fueron horas o minutos, para mi aquello ya había sido eterno, el auto se detuvo. De manera brusca abrieron el maletero y con mis ojos vendados y las manos atadas, me tiraron como si fuera una bolsa de basura en una curva a las afueras de la ciudad.

Escuché como rechinaron las llantas, solo esperé algunos minutos totalmente petrificado, esperando lo peor. Pasaron quizá algunos minutos a intentar moverme, el miedo me tenía paralizado, de pronto un señor y su esposa, me gritaron: ¡Ey chamaco!, ¿Qué andas haciendo?, ¿Qué tienes?

Temblando les empecé a rogar que no me hicieran nada. Empecé a llorar y suplicarles que por favor no dijeran que estaba aquí. No sé cuántas veces les supliqué entre llanto y grito de desesperación. La verdad ya ni supe.

La pareja eran unos viejos campesinos que tenían sus tierras al norte de la ciudad, eran buenas gentes. Me llevaron a su jacal, me dieron agua para bañarme y para curarme las heridas. Me dieron unas tortillas y algo de frijoles para mitigar el hambre. Pasé algunos días con ellos, Don Arnulfo –así se llamaba el campesino- me llevó a trabajar con él a su parcela, mientras me despejaba y ordenaba mis ideas.

Pasadas dos semanas, por fin me llené de valor. Les di las gracias a Don Arnulfo y Doña Eulalia por sus atenciones, de una lata vieja de leche, Don Arnulfo sacaba unos centavos, los enredaba en un viejo paliacate y me decía: De algo te han de servir, ya no te metas en problemas, los del gobierno son cabrones, ¡Cuídate!

Caminando me fui a la ciudad. Mientras avanzaba, mi mente hacía cálculos para saber con quién llegar o como llegar. Empezaba a ponerse la tarde, para esto desde que me habían detenido a este punto ya habían pasado 15 días. Al entrar a la ciudad, aquel ambiente era lúgubre, pesado, las calles estaban vacías. A una persona que me encontré en la calle, le pregunté qué día era, esta persona con cara de sorpresa me respondió 3 de octubre y con cierto tono de incredulidad me preguntó: ¿No supiste lo que pasó en Tlatelolco?

Yo más sorprendido le respondí: ¡No! ¿Qué pasó?, me respondió esta persona: ¡Los mataron a todos por revoltosos!, ¡Con el gobierno no se juega!, yo le dije a mi sobrino déjate de chingaderas al gobierno nunca le van a ganar y mira, dicho y hecho,… bueno chamaco ¡ahí te dejo!

Petrificado quedé en la calle, no sabía si agradecer a esos guaruras que me habían tirado a las afueras de la ciudad, o por  las condiciones en las que me habían dejado. No lo sé. Pero lo que si sabía, es que el movimiento había sido acallado de un golpe brutal y asesino.

A las semanas supe de algunos compañeros y compañeras que habían sido desaparecidos y otros más habían terminado en la cárcel. Aquello había sido un brutal despertar de un sueño que sentimos que pudo haber sido realidad Y sin embargo, el gobierno orgulloso pregonaba con su olimpiadita, que todo era posible en la paz.

¿Y qué fue de mí? Por casi 20 años me alejé de la política, repudié con todas mis ganas todo lo que fuera relacionado al gobierno, pero la frustración estaba aún presente,  hasta que nos volvieron hacer otro fraude electoral, y esa fue otra llamada a la lucha, pero esa es otra historia…

¡Pan y chocolate, joven!

Panadero con el pan…el panadero con el pan

Tin Tan

Película: ¡Ay amor como me has puesto! 1951

Víctor Pérez

Si mal no recuerdo, debió haber sido en diciembre del ya histórico 1968, el frío calaba los huesos, de pronto se entumecía la cara, y el más mínimo de los movimientos faciales, provocaban un dolor que te hacía reaccionar rápidamente, tal situación te levantaba aquella incomodidad, sin permitir hacer grandes movimientos de tu cuerpo al caminar.

Era de madrugada, muy de madrugada. El camino a la estación de autobuses foráneos era un camino largo e incómodo. La lluvia de la noche anterior, dramatizaba aún más el ambiente húmedo y frio. La respiración se podía ver paso a paso, como si fuera locomotora antigua dejando la estela de humo a su paso, por aquellos callejones oscuros, húmedos y fríos.

Aquello empezaba a desesperar. Cuando la respiración y el enfriamiento del cuerpo empezaban a ser una tortura, había solo una decisión, continuar o regresar. No había otras opciones. La decisión era continuar. Llegando un punto del camino, los perros de la calle principal del viejo pueblo, hacía gala de sus más feroces ladridos hacia 1 joven que con paso firme –pero congelado-, no tomaba muy en cuenta tales amenazas caninas.

Pero, más allá del viejo puente que continuaba con la antigua calle, se vislumbraba las luces de la vieja estación de los camiones foráneos, aquello daba esperanza a la caminata de 45 minutos que este estudiante de Antropología había emprendido a las 3:40 de la madrugada, por fin, un lugar donde esperar para partir al próximo destino: Tantoyuca, en la sierra veracruzana. El lugar de origen Huejutla, en la sierra huasteca hidalguense.

Rápidamente, este joven compró los boletos para abordar el primer camión hacia tal destino. La primera salida era a las 5:00 am, por lo que había algunos minutos para relajar las piernas entumecidas por la caminata con tintes agresivos y gélidos matutinos. Cuando de pronto en la pura esquina, debajo de un poste de iluminación, una señora con una canasta y una olla grande, de la que salía humo le invitaba –o sugería-  preguntar qué era lo que vendía.

Grata, pero sobre todo deliciosa y baratísima sorpresa llegó a tener este escudriñador de los ambientes sociales y antropológicos en ese momento. Esta señora, con un marcado acento y de rasgos étnicos indígenas le respondía: ¡Pan y Chocolate joven!, ¡Bueno y barato!

De pronto, y sin pensarlo, nuestro antropólogo en potencia, le preguntó: ¿Cuánto cuesta? Y nuestra empoderada microempresaria del Chocolate y Pan, le respondió: ¡Chocolate a cinco pesos y pan a peso!

Sin pensarlo, nuestro ilustre personaje sacó de su cartera –por cierto muy desgastada- un billete de cincuenta pesos, y de inmediato le pidió tres vasos de chocolate y treintaicinco piezas de pan –las piezas eran muy pequeñitas, así que los treintaicinco pesos, a penas satisfacían el apetito voraz y madrugador de nuestro joven e ilustre amigo-.

Los ojos de nuestra vendedora de ese exquisito chocolate y pan hechos a la leña, con un mínimo de leche y con verdadera pasta de chocolate de cacao, canela y azúcar, levantaba el ánimo de nuestro amigo estudiante de Antropología, que los primeros tragos de chocolate hirviendo, sentía como calentaba y raspaba su garganta, dejando un rastro de autenticidad y excelente sabor.

Después del segundo vaso y las veintidós piezas de pan, el ánimo de Gilberto –así es como se llama nuestro ilustre protagonista- estaba más que encendido, yo diría casi eufórico. A los minutos, el conductor del autobús haría un llamado a subirse al camión y aquella aventura chocolatera daba por terminar.

Sin embargo, al subir al autobús, nuestro amigo Gilberto, se percató que había al fondo una bella joven, sola y con una mirada de invitación a la buena plática. Con paso firme y decidido Gilberto la saluda y se sienta enfrente de ella, pasan unos segundos e inician la conversación. Sería el frío y la euforia de aquel chocolate, pero cuando menos lo piensan, ya estaban abrazados y externando de manera oral sus acuerdos y pasiones.

Dos pueblos antes del destino de Gilberto, su acompañante bajó, no hubo intercambio de teléfonos, ni direcciones, ni siquiera supieron sus nombres, solo supieron que tenían frío y que ambos se calentaron –y muy sabrosonamente-.

Pasan los años, y Gilberto todavía recuerda esa madrugada. Ya no es el estudiante, ahora es el Doctor en Antropología, ya no anda en camiones, ahora maneja su propio auto, ya no desayuna en la calle, ahora le gusta ir a Samborns. Pero, lo que si le quedó muy  claro, es que para el frío nada como un buen Chocolate calientito con su pan, y para la soledad, nada como los abrazos y besos de una bella mujer… de preferencia muy conocida y muy amada.

It shook me all night long… O sea, ¡Que machín quemón me di esa noche!

El Borracho Enamel Pin – Spacedust

Víctor Javier Pérez Montes

-¿Otra vez a peregrinar, Pito Pérez?

-¡Qué quiere usted que haga! Soy un pito inquieto, que no encontrará jamás acomodo

La vida inútil de Pito Pérez

José Rubén Romero

A menudo me pregunto, sí es bueno o malo estar muerto. Creo que una de las ventajas de estar en estado occiso, es que tienes  mucho tiempo, pero mucho tiempo para pensar y meditar sobre la vida, y que ironía, ya que estás muerto, piensas en la vida que ya no tienes. Algo así me pasó, y les diré por qué.

Desde chamaco era uno de esos niños de la calle. Bastante inquieto, bastante preguntón, bastante curioso, creo que me faltaron o ¡me sobraron! fregazos. En casa de mis abuelos, todo mundo me decía y opinaban de mí, ¡Y claro!, todos menos los grandes ausentes de mi vida, por supuesto que me estoy refiriendo a mis padres.

Mi padre era un borrachales de primera, que solo trabajaba  -y es mucho decir que trabajaba- solo pa´ sacar pa´ las caguamas, por cierto, en el bajo mundo de las cantinas y bares de la colonia, lo conocían como el Macaco –por aquello de estar siempre pedo en las esquinas-. De mi madre nunca supe, o mejor aún, nunca me quisieron decir.

Siempre que preguntaba a mi abuela Chencha, siempre me daba un fregazo en la boca, y con gesto y mirada de odio, me decía de inmediato: ¡Aquí no se habla de pirujas, chamaco cabrón! Definitivamente, ese tema estaba vetado en mis incógnitas de chamaco preguntón. En fin. Cosas de familia.

¡Por cierto! Ni me acordaba, me presento ante usted mi respetable: Mi nombre es Ronaldo Peraza, pero, los compas me pusieron el “Rony Roñas”, es que como nunca fui muy bañador, y ustedes dirán – y con toda razón-, ¡Que cochino!, pero no prejuzgue mi amigo o amiga, resulta ser que en la colonia siempre se nos iba el agua y a parte que mis abuelos nunca la pagaban, pos ya sabrán; y como siempre me andaba rascando la cabeza y la cola, pos me pusieron  el “Rony Roñas”, ¡Ya saben! Cosas de la infancia y de los compas de la cuadra. Pero la neta, nunca me agüité.

Siempre viví en las primeras, y ustedes dirán: ¿Qué es eso?, ¡Pos fácil!, la primera vez de todo. La primera vez que me mostraron una revista con chamacas sin calzones, la primera vez que me aventé una cervatana bien Elodia, la primera vez que fui famoso…Eso si fue una hazaña, y ¡Cómo no! Se las comparto todas.

Tenía un grupo de amigos de la cuadra: El Fumangshu, el Cocoyol, el Grillo, el Transilvano y el Canifú. Todos con los mismos broncas familiares, el que no era hijo de un alcohólico, era hijo de madre ausente o de arrimados con algún familiar que nomás no nos ponía atención. Así que, éramos un grupo muy de características similares.

Pero no nos importó en su momento. Toda aquella problemática se disolvía en nuestras épicas andanzas. Una de ellas la recuerdo muy bien. Estábamos en una especie de basurero, atrás de unos multifamiliares –los primeros en la ciudad por aquellos años-, como nos habían dicho que si recogíamos cartón y fierro viejo, nos daban algunos centavos, pues, en esas andanzas pro-empresariales andábamos bien metidos.

Ya metidos en el “paper and metal bussiness”, que hacemos chuza un día de esos. Nos encontramos unas revistas viejas del “Caballero”, o más bien, unas revistas de “viejas”, pero todas encueraditas, ¡Ingezu!, ¡Pero, qué cosas Señor!, la verdad nunca había visto algo así. Yo decía: ¿Eso tienen las señoras?, ¡Qué barbaro!, ¡Qué bonito!

Yo debí haber tenido unos 10 años. Lo único que recuerdo, es que me subía un calorcito desde los pies hasta la cabeza, y se me estacionaba ahí en donde uno hace pipí. A qué recuerdos, pero, qué recuerdos.

El Cocoyol y el Transilvano nomás me decían: ¡Órale Roñas!, ¡No seas cochino!, ¡Ya se te paraguas el pilín! El Canifú y el Grillo eran los más aventados, esos agarraron una revista y nomás veíamos que se iban atrás de unos matorrales y ¿Quién sabe qué harían allá atrás? En fin, intimidades de tiempos mozos.

¡Ay caray! -Como diría el divo de Juárez-, ¿Pos que se iba a esperar?, solo y en la calle, toda una combinación mortal. También recuerdo una fiesta, de esas que había piñata, y pastel y comida, con todo y tamales, era como a 2 cuadras de la casa, era en la casa del Coke y la Lola, los riquillos de la colonia.

El papá de estos riquillos era agente aduanal, y pos siempre, se la llevaba fuera de su casa, ¡Eso sí!, mandaba a doña Cuca, todas las cosas que se transeaba, ¡digo!, que “confiscaba” de fayuca, por eso el Coke, siempre traía camisas de la marca OP y con tenis Converse o Vans, y los pantalones de mezclilla 501, eso sí, todo original, todo gringo.

La casa del Coke era el “cinito” de la cuadra, ellos siempre estaban a la vanguardia de la tecnología, nos cobraba veinte centavos para ver Don Gato, los Picapiedra, los Supersónicos, también para ver el Box o la Lucha libre, ¡No te digo!, ese Coke iba que corría para empresario.

Pasaron algunos años,  y bueno, las cosas o el llamado “home stablishment” continuarían, -las cosas en la casa y en la cuadra, ¡pos nunca cambiaron!-  o tuvieron continuidad como decía un politiquero de la tele.

Pero, entre esas cosas que tuvieron la continuidad, las pachangas que organizaba el Coke y su carnala la Lola, -que por cierto tenía un cuerpecito de sirenita, que nomás te dejaba pensando cochinadas, sobre todo cuando se ponía unos “hot pants” celestiales, a jijos, pa que más les cuento- se ponían esa “partys” siniestras, recuerdo que para esas fechas, la mota y el alcohol eran parte de los dulcecitos de sus fiestas y del buen degenere.

Para esos años, el corruptazo – y drogísimo- de su papá, ya era jefe en una de las aduanas en alguna de las ciudades al norte de país, y como buen padre de familia, seguía surtiendo a su sacrosanta familia de juguetitos y de repente, algunos dulcecitos para el Coke. ¡Qué padre tan padre! Decíamos todos en la cuadra.

Una tarde estábamos en la azotea de la casa del Coke, aventándonos unos chorros muy sabrosos de mota calidad de exportación, o como diría el Transilvano “puro lima limón quality export” y entre esa nubesota que andábamos de alucine y realidades mochas que sentíamos o que supuestamente veíamos, el Coke se paró y empezó a llorar y me dijo:

¡Pinche Roñas! ¡Eres un cabrón muy a todo dar güey!, Tu eres mi único amigo, que me busca por mi amistad, y no por mi lana, y nomás por eso, te voy a regalar algo bien chilo loco!

Claro que todo lo que me había dicho el Coke era la neta, pero, en realidad andaba muy amiguito del Coke porque andaba muy sobres la Lola, es que esa Lola era alucinante! ¡Era un cuerazo con una carita de angelito! ¡Aaaah Dioooos!

De pronto, el Coke sacaba de un cuarto de la azotea, un estuche con una guitarra eléctrica Rickenbacker, nuevecita, y al momento que me la entregaba, me advertía: ¡Cabrón! Tienes que hacer algo con esta pinche guitarra, así que, mínimo tienes que cantar en la hora municipal o algo así!, ¡No me defraudes! –a los años entendí, que quizá ese regalo no le había dolido tanto al Coke, talvez porque no sabía tocar la lira y ni sabía de marcas de guitarra, de lo contario, pura madre Teresa de Calcuta me la regala, aunque anduviera en ese alucine bien machín-.

En ese preciso instante, vino a mí, una idea genial, algo cósmica. Haría un concierto más grande que el los Beagles, como cuando tocaron en la azotea de un edificio viejo, allá en Inglaterra, ¿En dónde?, ni me pregunten, yo nomás sé que fue en Inglaterra, ¿Qué en dónde está eso? ¡Sepa! Yo nomas digo lo que me dijo el Coke, cuando veíamos en la tele los videos de esos greñudos. Y de una noche alucinante, la leyenda nació.

Me agarré nuevos amigos. Otros locos que les gustaba la música, igualitos a mí. Nomás que estos si comían las 3 veces en el día y sus papás si les compraban cosas. En fin, a estos loquitos entre “hippitecas y exis –existencialistas versión tercermundo-” los encontré en la escuela regional de música, allá por el centro histórico de la ciudad. Cuando todavía no estaba llena de bares y cantinas para los gringos borrachos, que se mean en las calles.

El Checo era el guitarrista y cantante –como yo-, el Pánfilo, tocaba las maracas y la batería, por cierto, el Pánfilo era niño fresa, vivía en la zona “popof” de la ciudad, su papá tenía unos almacenes de ropa, por eso quizá, podía comprarse una batería y aparte nos prestaba un departamento para ensayar todas las tardes.

Y sin olvidar al Lalo, que en realidad tocaba de manera magistral el piano, el cello, el violín y hasta la harmónica. Era un excelente músico, educado como todo un catrín y señorito de las buenas familias de descendencia alemana que había radicado en este puerto desde tiempos de Don José de la Cruz Mori, pero, al estar harto de ser el niño bonito de la familia, se nos unió a una bola de andrajosos y empezó a vivir la vida. Es más, con decirles que nunca había comido tacos dorados de marlín y Tonicol en el mercado.

Pero después de darles el resumen de vida del Lalo, nuestro ilustre amigo se integraría al grupo como el bajista estelar, en realidad, él quería ser guitarrista, pero no muy bueno, así que lo convencimos que tocara el bajo para ser parte de la banda. Al final el werever –asi le decíamos porque se apellidaba Webber-Holsstein- estaba muy “Agustín Melgar” con el bajo, y le gustaba su posición como futuro “rock star” y cari-boy del grupo.

Empezamos a tocar en las cantinas de mala muerte de la zona del centro, donde estaban los billares y demás centros de perdición. Aquello era alucinante, nadie nos pelaba, nuestro público eran albañiles, pescadores, marineros de paso, alijadores, y de pronto, uno que otro estudiante que se colaba para alcoholizarse en aquellos tugurios.

Tocábamos viejas melodías del rock and roll de antaño –eso sí, sólo música en inglés-, y cada día más nuestro repertorio era más variado y más heavy. El volumen de nuestras guitarras y la batería estaba siempre al máximo, como todos estaban bien borrachos y también nosotros, ¡pos!, ya sabrán que show nos aventábamos.

 ¡Eso sí!, El bar “El Gato querendón” –nuestro escenario y primer centro de trabajo- empezó a llenarse y el dueño empezó a estar encantado con nosotros, es más, ya no sólo ganábamos lo de las propinas, hasta nos empezó a pagar un sueldo y comisión del alcohol y la mota que rolaba en el lugar. Era nuestro gran éxito.

Pero no todo es dulzura, y las broncas no se dejaron venir. Una noche el “wereber” se puso a coquetearle a una de las chamacas que andaban en la cantina, resultó la novia de un policía de la Federal de Seguridad, al final de la tocada, y cuando ya estábamos subiendo los instrumentos a la camioneta, que nos caen 6 tipos armados, y con unas manoplas estilo y marca “llorarás”, que asi nos tocó la de perder.

Al Checo y al Pánfilo les quebraron las manos, y ahí empezó a valer churro el asunto. Al Lalo le metieron unos patines en las costillas y se las quebraron, de él, por cierto, ya no supimos nada. Sus padres después de sacarlo de un sanatorio, lo mandaron a Inglaterra, para que continuara sus estudios de músico de cámara.

Y a mí, ¡Aaay Diooos! Me dejaron como Santo Cristo. Por cierto, nuestros bien intencionados cuidadores de la integridad y el orden de nuestra sociedad, es decir, los agentes de la Federal de Seguridad, se clavaron los instrumentos. Y ese fue el fin de nuestra efímera carrera musical.

Pero, ¡no me rendí!, al tiempo de estar trabajando en uno de los bares del dueño del “Gato querendón”, como mesero respectivamente, me volví a comprar una guitarra –no como la primera, ésta era de segunda mano, pero jalaba bien- y cuando pude, llamé al Checo y al Pánfilo, para ese tiempo, sus manos ya estaban curadas y podían rascarle a la lira.

 El Pánfilo invitó a otro baterista, al Charly, éste era de la misma escuela que ellos, nomás que ya traía otras mañas, bien mañosas. Como baterista era un genio, le decía el “Bongo Starr” de la ciudad, pero era bien mariguano y le hacía al cocada –a la cocaína para que entiendan ¡pues!-. Pero tocaba bien chilo y nos hacía buenos solos en las presentaciones.

Ya empezábamos a agarrar vuelo otra vez. Un día se presentó un joven muy elegante, trajeado, con dinero. De esos caballeros que solo veías en las películas con la Sivia Pinal, por cierto era un próspero mueblero y tenía una tienda de discos. Su nombre era Carlos Kelly. Al final de nuestra presentación, se presentó con nosotros, nos dijo que éramos muy buenos y que nos quería promocionar.

Todos nos quedamos pasmados, jamás habíamos pensado en ser representados y menos por tan elegante señor. Recuerdo que nos dijo: Sí confían en mí, yo los llevaré a las estrellas, brillarán mucho y muy  en lo alto. Y vaya que se cumplió.

Empezamos a presentarnos en donde se podía. Fiestas privadas, festivales, mítines políticos, donde fuera. Don Kelly –como le llamábamos a nuestro manager- dedicaba todos sus esfuerzos y dinero para hacernos más populares. Es más, hasta en la televisora local nos llevó. La cosa iba en serio.

Un día el Checo, trajo a uno de sus compañeros de escuela, era un estudiante de cine, nos dijo que para una tarea, necesitaba hacer una pequeña película de algo, y quería filmarnos de cómo ensayábamos en nuestro local. Nos pareció genial esa idea. Y accedimos a eso. Ya nos sentíamos unos rock stars de a devis.

En esas andábamos, tratando de ver la locación y el escenario perfecto, cuando se me ocurrió la magnífica idea de hacer un gran concierto, y éste, para que se escuchara y viera por toda la colonia, nos subimos a la azotea de uno de los multifamiliares, donde vivía el Charly. Era un edificio de 4 pisos, muy alto.

Ya sabrán como estuvieron las cosas. Con cuerdas y sábanas subimos la batería y los amplificadores, una de las guitarras quedó hecha pedazos, porque al Pánfilo se le resbaló cuando la tratábamos de subirla por una de las ventanas. En fin, lo bueno que había otra más.

Después de la proeza de subir todos los cachivaches y los cables, nos fuimos a tomar un cafecito con galletas de animalitos, porque ya hacía algo de frío y de pronto pegaban algunas llovedizas. El ambiente se daba perfectamente para esa película, definitivamente nos convertiríamos en estrellas, en especial yo, que tanto anhelaba el estrellato y dar de que hablar.

Después del Coffee and cookies time, y con una fuerza renovada, y sintiendo una libertad de espíritu que nos haría llegar al estrellato, empezamos a subir a la azotea. Las cámaras para la grabación estaban listas, la llovizna y el cielo nublado, oscuro, nostálgico, daba el aspecto ideal para este documental de nuestra banda, como no teníamos nombre, en ese momento se me ocurrió bautizarnos como The Big Foot, el nombre era excelente, y todos estuvimos de acuerdo. Un documental, un gran nombre para la banda, excelentes compañeros, nada podía fallar.

Por cierto, ¿Recuerdan a la Lola?, bueno, estaba embarazada, 2 días antes me había dado la noticia, y por supuesto, que le dije: ¡Lola nos casamos! y con gusto reconozco al chamaco, ¿Qué culpa tiene la criaturita?, yo no iba a hacer lo que mis padres hicieron conmigo, yo si lo iba a criar. Ese chamaco o chamaca iba a tener a sus padres. ¡Faltaba más!

Asi que, la motivación era grande, me sentía inspiradísimo. Pero, hay caray, no se puede tener todo en esta canija vida, al momento de subir todos los cables que necesitábamos para las guitarras, micrófonos y amplificadores, nunca nos percatamos, que uno que iba directamente a la toma de la corriente estaba medio pelón, y el Pánfilo –quien también le hacía al inge de sonido- no lo había arreglado.

Y para amolarla más, que a mí se me ocurre, quitarme los zapatos, porque se me habían mojado completamente con la lluvia, y yo les decía a los demás: ¡Mejor! Asi totalmente descalzo, como uno de los cantantes de los Beagles en su último disco, donde salían caminando en la calle. ¡No si les digo!, andaba en plan de Rock star.

En ese preciso instante en el que empezaba a grabar nuestro ilustre futuro cineasta, y nosotros acomodándonos para iniciar el Show, al momento de dar la primera rasgada a mi guitarra, sentí literalmente que sacaba chispas de mí, todo mi cuerpo empezó a sacudirse completamente, sentía como una fuerza recorría desde mis pies hasta la cabeza, engarrotándome completamente.

Los demás se quedaron atónitos, no sabían que estaba pasando,  si era mi éxtasis de pasión musical o que estaba pasando en realidad, de pronto, empezaron a ver que sacaba humo de mi cuerpo, mi mirada estaba totalmente perdida, hasta que al baboso del Pánfilo, le cayó el veinte, y empezó a gritar: ¡Cabrones! Se está electrocutando!, ¡El pinche Roñas se está electrocutando!, ¡Desconecta todo!, pues ¡Así fue!, me electrocuté toditito, entre la fuerte impresión y la lenta reacción de mis camaradas, que no hallaban la puerta, o más bien, no sabían cómo bajar rápido para desconectar de la corriente eléctrica, ahí terminé, ahora si, que en estado de carbonización pura.

Y ya sabrán, de aquí a que llamaron a la Cruz Roja, y de aquí a que subieron los paramédicos, pues yo nomás recuerdo a ver visto mi cuerpo acostado, como un pedazo de carne recién asado, mi mirada era una expresión entre dolor, pero satisfacción. ¡Aquello fue un notición!, salí en la radio, la televisión local y nacional, en el Gallo mañanero- el periódico de la ciudad- a 8 columnas, en la meritita portada decía: ¡Concierto Mortal!

¡Nombre! Por primera vez en mi existencia me sentí realizado, lo había logrado, le había cumplido a mi compa el Coke, había hecho algo grande, de lo que todo el mundo podría hablar, había salido del barrio, y literalmente, había dejado huella y sobre todo sacado chispas de mi existencia.

Lo único que me pesa, es que no pude ver a mi hijo. La pobre de la Lola, me lloró mucho, pero, la muy canija, al tiempo, embabucó a otro baboso, y le dijo que estaba embarazada de él, mira que canija, no te digo, pero en fin, como decía mi abuela, el vivo al gozo y el murido al pozo.

¡Y si!, llevo mucho tiempo reflexionando de mi vida, más o menos como unos 45 años, paradójicamente ya que se me fue, y la verdad no me arrepiento de nada, no tuve mucho, así que extrañar lo que no tuve, ¡pos nomás no!, tampoco sentí la presión de ser alguien, y sin querer lo logré, pero eso sí, lo bailado nadie me lo quita, o mejor dicho: ¡Qué machín y mortal quemón me di esa noche!