DOS A LA SEMANA ¿IMPOSIBLE QUE SE ANIMEN A TRONAR LAS BOMBAS?

Jorge Eduardo Aragón Campos

A mí me tocó el mitote de la crisis de los misiles en Cuba, la impresión que me dejó aún persiste con claridad pues la experiencia fue muy traumática, como era de esperar en un niño con 6 años de edad. En aquella época, cada hogar culichi estaba dotado de una abuela y en nuestro caso era la paterna, doña María Luisa Gutiérrez vda de Aragón, a quien cualquier siquiatra de hoy la diagnosticaría como histérica sin pensarla mucho, un padecimiento harto normal para un tiempo donde la vejez tenía asegurada la categoría como etapa más amarga de la vida. Se ponía a llorar por el motivo más baladí y cuando la noticia llegó ya podrán imaginar cómo se puso y nos puso, porque hasta eso, la situación no era para menos pues contrario a como ocurre hoy, Hiroshima y Nagasaki no cumplían todavía la mayoría de edad y sus secuelas novedosas y terribles seguían aflorando, por lo mismo era general la convicción de que tanto gringos como rusos sí se animarían a jalarle.

Yo cursaba un posgrado en plastilina en el Izaguirre Rojo y durante aquellos 12 días, cada que llegaba a casa la escena era invariable: hincadas frente a imágenes religiosas con sus respectivas veladoras, estaban rezando mi madre y mi abuela, quien además lloraba con una desesperación y una intensidad tales, que cualquiera pensaría le acababan de descubrir casa gris en Houston a algún hijo suyo. Estaba muerta de miedo. Yo igual, pero de hambre.

¡Era la hora!

Para mi buena suerte me agarró muy chico y muchos detalles finos no los capté, pero sí tuve claro siempre la sensación que todo mundo traía, la de la resignación frente a una muerte inevitable y la desesperanza frente a la extinción de la humanidad. Tuve por lo menos una noche donde lloré por la amargura de comprender que nunca tendría la oportunidad de cumplir mi sueño: visitar el plató de Carrousel y desde ahí recitar urbi et orbi mamá soy paquito, ya no haré travesuras.

El próximo mes de octubre se cumplirán 60 años del suceso y estoy tentado a decir que ¡mira que afortunado yo! me ha tocado vivir los dos momentos de la historia donde la probabilidad de una conflagración nuclear es considerable, pero estaría mintiendo.

Que sepamos, con ésta ya van cuatro.

Está bien documentado que 21 años después, en las primeras horas de la mañana del 26 de septiembre de 1983, los sistemas de alerta temprana de la Unión Soviética detectaron un ataque con misiles desde EE.UU. El protocolo para el ejército soviético habría sido tomar represalias con un ataque nuclear. El oficial de guardia, Stanislav Petrov, decidió incurrir en una negligencia en el cumplimiento del deber: anteponiendo su convicción personal de que se trataba de una falsa alarma, lo registró como tal y con eso enfrió la cadena de sucesos que habrían desatado el apocalipsis. A 38 años del gesto de Petrov, recordarán que durante la crisis por la toma del capitolio, el aún presidente en funciones se desapareció durante un lapso nada despreciable, lo cual dio pie para hacer públicas las preocupaciones de numerosos especialistas que, revelaron, Trump seguía manteniendo en su poder el maletín nuclear al no existir ningún protocolo para retirárselo, pues la posibilidad de que al presidente de USA se le bote la chaveta nunca se ha contemplado. Ahora, sólo un año después, de nuevo asoma el riesgo y según se ve, la gran mayoría no cree factible se anime a jalarle ninguna de las potencias participantes. Yo en cambio sólo sé lo que me enseñó el ejército: el diablo carga las armas para que luego sean los pendejos quienes las descargan.

No sé qué opinión tengan ustedes sobre los actuales liderazgos mundiales, en lo que a mí respecta no doy veinte centavos por ninguno.

ZONA POLITEiA:  EL PRESIDENTE AMLO NO USA “CASH”.

02 de marzo de 2022

César Velázquez Robles

El presidente AMLO no usa “cash”, no trae efectivo en su bolsa, pues, no usa cartera. O bueno, si usa. Quizá de vez en cuando. Como cuando mostró en vivo y en directo los “detentes” que traía en su billetera para conjurar los peligros de tener a un adversario en frente. Mostró su estampita y dijo algo así como “detente enemigo, Jesús está conmigo”, y un billete de un dólar que le habían obsequiado hacía ya bastante tiempo. Pero eso sí, la cartera vacía. Y para que vean que no es una pose, una mera impostura, ayer volvió al tema: “A mí no me importa el dinero, mi mujer es la que administra el ingreso”. Así las cosas, el presidente en las giras no puede disparar la ultima coca cola del desierto. Hay que recurrir a alguien del equipo para cumpla esa tarea. No sé si ustedes recuerdan pero hace ya algunos años, cuando Bill Clinton era presidente, fue a una librería, escogió algún libro y al llegar a la caja para pagarlo, advirtió que no llevaba cash. Claro, pronto entró al quite uno de sus acompañantes que se hizo cargo de la cuenta, y sanseacabó. Asunto resuelto.

Una cosa más o menos parecida le ocurrió al presidente Ernesto Zedillo en 1995. En una de las giras para atender una gigantesca masa empobrecida –recuérdese que en campaña había dicho que quería ser “presidente de los pobres mexicanos”, que no es lo mismo que ser presidente de los mexicanos pobres–, una indígena que vendía bordados de la virgen de Guadalupe en servilleta, se le acercó para ofrecerle en venta uno. La respuesta del presidente fue memorable; “No traigo cash”. De ese tamaño era la sensibilidad de elefante del presidente de un país donde la masa de pobres se había disparado casi de manera exponencial como consecuencia del llamado “error de diciembre”.

Ojalá a nuestro actual presidente no le ocurra lo mismo, y que en una situación parecida, tenga los reflejos suficientes para ensayar una respuesta con un poco más de sensibilidad, que la tiene, sin duda, pues en ese ambiente, en ese contacto con sectores sociales, excluidos y marginados se ha movido una gran parte de su vida pública. Aunque viéndola bien, dinero es lo que menos necesita. Lo tiene todo y en cantidades suficientes como para traer dinero en la cartera. Ya ve lo que le pasó a Clinton y a Zedillo. ¿Será que el poder político es más fuerte que el dinero? ¿Usted qué cree? Así lo dijo en su mañanera de ayer martes 1 de marzo: “A mí no me importa el dinero, nunca me ha importado el dinero, no traigo cartera, mi mujer es la que administra mi ingreso; no me interesa lo material, no me interesa; nunca he tenido una cuenta de cheques, no sé llenar un cheque. No sé manejar una tarjeta de crédito, no sé nada de eso.”

Pero una cosa no es usar cash porque no se tiene ningún ingreso, como es el caso de millones de mexicanos, y otra no usar cash porque nada le hace falta a uno, como sería el caso del presidente. No sirve como modelo. No hay punto de comparación.

La pandemia: dos años de pesadilla colectiva

Se han cumplido dos años del estallido de la pandemia en nuestro país. Cuando la epidemia se desató en China, por allá en diciembre de 2019, desde México veíamos aquello tan lejos de nosotros que no pocos pensamos que nunca llegaría hasta estos lares. Pero la globalización ha hecho de la nuestra una aldea global. Apenas dos meses habían transcurrido desde la eclosión del fenómeno en Wuhan, China, cuando ya estaba instalado aquí, en nuestra propia casa, en nuestro espacio vital. Un modo de vida, una forma de entender y de relacionarnos con el mundo real, empezó a cambiar. Los métodos tradicionales de trabajo en el taller, en la oficina, en la escuela, se alteraron radicalmente.

Las viejas relaciones sociales saltaron por los aires, y llegamos a la conclusión de que se habían transformado para siempre nuestras visiones del mundo, de la naturaleza, de la sociedad. Luego de la pandemia seremos más humanos, más solidarios, nuestros códigos de conducta y comportamiento serán cualitativamente distintos. Veíamos en el dolor y en la tragedia, un cambio radical en nuestras vidas. Aún no termina la pesadilla, pero la verdad es que seguimos siendo iguales, quizá más desmadrosos y desordenados, menos solidarios, más individualistas y egoístas. Son quizá estos dos años de encierro forzoso los que nos han hecho que ahora seamos como somos, y que no desaprovechemos oportunidad para el desquite.

El carnaval mazatleco es la mejor muestra de lo que digo. No se entendieron las razones. La gente quería salir a la calle, darle vuelo a la hilacha, pistear, tomar, emborracharse en la vía pública, bailar sin freno; los mercaderes por su parte, hacer dinero a manos llenas y evitar que las inversiones adelantadas se fueran por el resumidero. Pudo más la ambición que desde mucho les había nublado a muchos la visión. Las voces sensatas, prudentes, que se escucharon terminaron abrumadas por los placeres más prosaicos.

En el país van más de 300 mil muertos, y si a ello se agregan las muertes por factores asociados al Covid, la cifra supera los 500 mil. ¿Recuerda cuando el zar anticovid dijo que seis mil muertes serían una catástrofe? Ojalá, Dios no lo quiera, pero me temo que en unos pocos días más veremos las consecuencias de los excesos de las fiestas carnestolendas. Nada me gustaría más que estar equivocado. ¿Ustedes cómo la ven?