ZONA POLITEiA: El triunfo electoral de la izquierda chilena

20 de diciembre de 2021

César Velázquez Robles

Hace poco más de cinco décadas, en noviembre de 1970, Chile inauguraba una experiencia histórica con el ascenso de Salvador Allende al poder. En septiembre de 1973, un brutal golpe militar destruía un proyecto esperanzador que para millones de personas progresistas en el mundo entero significaba la posibilidad real de construir una vida mejor. Muchos chilenos perdieron la vida, y otros emprendieron la vía del exilio, aunque siempre con el corazón en su patria. De los mexicanos, recibieron siempre el aprecio, el apoyo y la solidaridad, haciéndolos sentir como parte vital de nosotros mismos. Las universidades, entre ellas la Universidad Autónoma de Sinaloa, los incorporaron a sus actividades académicas e hicieron aquí una importante contribución a mejorar la calidad de la docencia, la investigación y la difusión de la cultura.

Dos generaciones después, asumiendo que en términos sociológicos una generación cubre un periodo de 25 años, en Chile se ha producido otro acontecimiento histórico: el retorno de la izquierda al poder. Gabriel Boric, al frente de una amplia coalición de fuerzas progresistas con el respaldo del Partido Comunista, derrotó en las elecciones de ayer al candidato de la ultraderecha, José Antonio Kast, por un margen que no deja lugar a dudas. Atrás ha quedado la experiencia de los partidos de la Concertación Democrática, una variopinta alianza progresista que derrotó a la derecha y que gobernó al país por un importante periodo en el que destacan las figuras de Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos y Margarita Bachelet. Pero ello no significa en modo alguno que se haya olvidado esa gesta: al contrario, en su discurso para celebrar el triunfo, Boric se habría encargado de recordarlo a la multitud que lo vitoreaba.

Hay muchos hechos que llaman la atención: aquellos gobiernos de la Concertación, que cubrieron el periodo 1990-2010, cuyos dirigentes y militantes habían vivido la larga noche de la dictadura pinochetista, renunciaron a posiciones maximalistas y buscaron afanosamente el centro del espectro político, ese centro político hoy despreciado por partidos y dirigentes políticos que lo consideran un producto de la propaganda neoliberal. Para Chile, sin embargo, significó mucho: permitió construir un enorme y vasto movimiento social que articuló la lucha por la construcción de una institucionalidad democrática, la defensa y protección de los derechos humanos, y la recuperación de las libertades básicas a que tiene derecho todo ciudadano en una sociedad moderna. El asunto es que la Concertación no logró hacerse cargo de un asunto básico: la desigualdad social: el acceso diferenciado a los bienes de la modernidad. Exclusión y marginación que se advertía como uno de los grandes déficits de un nuevo orden. Quizá ahí se encuentre la clave de las intensas luchas del pasado más reciente, y que dan cuenta de la profunda fractura y división que se ha operado en la sociedad chilena de hoy.

La izquierda: gobernar desde la mesura

Esa fractura y división se expresó en esta contienda electoral. La polarización, la ausencia de una fuerza de centro capaz de renunciar a los extremos y ofrecer a los ciudadanos un espacio de tranquilidad. En ese vacío centrista quedaban, a la izquierda, fuerzas con posiciones y demandas más radicales, que recogían ecos de las luchas más recientes por las libertades, mejores salarios, acceso a bienes básicos, gratuidad de la educación; a la derecha, un conjunto también muy amplio de fuerzas vinculadas política e ideológicamente a la dictadura pinochetista, y que también cuenta con una amplia base social. Dos proyectos de nación que se enfrentaron este domingo en una segunda vuelta, en una jornada electoral que tuvo una tasa de participación del 55 por ciento, y que dio al Frente Amplio una ventaja de 11 puntos.

En su discurso de la victoria, Boric advirtió que gobernará desde la mesura. En un Senado con fuerzas equilibradas y una cámara baja donde no es muy ostensible la mayoría de izquierda, entiende que el programa de gobierno enfrentará las limitaciones naturales que impone el equilibrio de poder. Sin embargo, tiene una gran fuerza política, una masa social en movimiento, fuerzas políticas a las cuales acercarse para ampliar su base de apoyo y un conjunto de compromisos para atender los reclamos y demandas más sentidas. Con Boric al frente del gobierno, la izquierda asume el relevo generacional con enormes posibilidades de construir un nuevo y mejor futuro para Chile y para la vida democrática. Así lo dijo en una parte de su alocución: “Sé que la historia no parte con nosotros. Me siento heredero de una larga trayectoria histórica, la de quienes, desde diferentes posiciones, han buscado incansablemente la justicia social, la ampliación de la democracia, la defensa de los derechos humanos, la protección de las libertades. Ésta es mi familia grande, a la que me gustaría ver de nuevo reunida en esta etapa que ahora iniciamos”.

Y gobernar desde la mesura, significa una permanente búsqueda de acuerdos. Defender, como dijo, la democracia, y no lastimarla. Acercar posiciones, dialogar con todas las fuerzas, tender puentes de entendimiento. Reconocer en el adversario un interlocutor legítimo con el que se puede dialogar, conversar, llegar a acuerdos y trabajar juntos. La izquierda chilena, como todas las izquierdas latinoamericanas, tiene también muchos defectos. Pero tiene una formación sólida y una identidad ideológica de la que, excepto grupos pequeños vinculados al estalinismo, el maoísmo o el trotskismo, ha carecido históricamente la izquierda mexicana. Además, pasó por una experiencia trágica que le obliga a entender y abordar los fenómenos políticos desde otra perspectiva.

ZONA POLITEiA: El dilema del INE y la eventualidad de una crisis política.


17 de diciembre de 2021


César Velázquez Robles



Decía al concluir mi colaboración de ayer jueves, que el Instituto Nacional Electoral enfrentaba el dilema de hacer o no hacer la consulta de revocación de mandato. Cualquiera de las opciones implicaba la generación de una crisis política. Lo planteaba en los siguientes términos: “No será fácil resolver el dilema. Decidir hacer la consulta con recursos insuficientes que provocarían incumplir con reglas y principios, más allá del resultado, desataría una nueva ofensiva contra el INE y sus comisionados; no hacer la consulta hasta en tanto no se tengan los recursos suficientes, desataría una grave crisis política: los comisionados serían acusados de desacato, de violentar la ley de revocación de mandato, se demandará juicio político y la escalada de confrontación se aceleraría, con la consecuente crispación y polarización.”
Pues nada, que el asunto ha estallado. Ayer jueves 16, el comisionado presidente del INE, Lorenzo Córdova, planteó, ante la insuficiencia presupuestal, aplazar –ojo: aplazar, no suspender ni cancelar– la revocación de mandato, y para el efecto, presentará hoy en sesión extraordinaria del consejo general, un proyecto de resolución que deberá ser votado por el pleno. La parte sustantiva del proyecto establece que “Se determina de manera extraordinaria posponer de forma temporal todas las actividades para la organización del proceso de Revocación de Mandato del Presidente de la República, … salvo la verificación de firmas de apoyo ciudadano y la entrega del informe que contenga el resultado de la verificación de las firmas de apoyo de la ciudadanía, así como interrumpir los plazos respectivos, derivado del recorte presupuestal aprobado por la Cámara de Diputados al INE para el ejercicio 2022, hasta en tanto se tengan condiciones presupuestarias que permitan su reanudación”.


En realidad, al INE no le dejaron otro camino. Se le ordena organizar la consulta de revocación y los mismos que le ordenan le niegan los recursos para hacerlo. Se crean así las condiciones para una estrategia de acoso y derribo de una de las pocas instituciones con autonomía constitucional que van quedando, en el propósito de eliminar todo obstáculo al ejercicio arbitrario del poder. Y ahí vienen en cascada las acusaciones, se promueve el linchamiento mediático, se ponen en acción las granjas de bots para deslegitimar al consejo, se demanda el relevo y, como lo dijo ayer mismo el inefable dirigente de morena, se trataría de “un golpe a la democracia”.
Es un despropósito verbal. Está en marcha una campaña de desprestigio, de ataques y calumnias contra una de las instituciones de la vida pública mexicana que goza del mayor aprecio de los ciudadanos. La vida pública del país entrará en una dinámica de choque y confrontación en la que nadie ganará: se tratará de un juego de suma negativa. Debería hacerse un esfuerzo extraordinario de las partes para evitar una mayor degradación de nuestra convivencia; debe imponerse la civilidad en el trato de las diferencias, y recurrir al diálogo, a las razones y los argumentos, en el mejor propósito de encontrar un consenso mínimo que impida que la irracionalidad se imponga sobre la cordura y la sensatez.
Eso sería lo deseable.