Capítulo 5

Víctor J. Pérez Montes

¿Qué debiera decir?, ¿Qué fronteras debo respetar?

Sí alguien roba comida, y después da la vida, ¿Qué hacer?

¿Hasta dónde debemos, practicar las verdades?

Playa Girón

Silvio Rodríguez

Capítulo V

Era algo así como las 6:45 p.m., una de esas tardes porteñas lluviosas. Estaba muy nublado, con un aire de frescura del mes de noviembre. Las calles del Centro, como siempre se inundaban, y claro, el caos en esa parte de la ciudad no se dejaba sentir.

Por la calle Leandro Valle, hacia el antiguo Barrio de las Calaveras, se divisaba una antigua bodega de color entre azul y verde turquesa, con tonalidades blanquizcas, que daban muestras del salitre propio del puerto, que en sus partes más al ras del suelo, se podía observar el desgaste de las grandes paredes.

Al interior de dicha bodega, se podían observar viejos camiones de transporte de material y algunas lanchas en proceso de reparación. En la entrada del portón de la misma, había un viejo letrero que decía. “Cooperativa del Pacífico, S.A. de C.V., alrededor del lugar, había algunas cantinas viejas y no podía faltar el clásico billar “Montecarlo Pool Club”, un especie de cementerio viejo del proletariado porteño, entre los camaradas se hacían llamar “los de la vieja guardia”.

Al interior del billar, el ambiente era algo diferente. El aroma era el resultado de una mezcla de sal, cerveza, un toque de tabaco, con su respectivo olor a sudor añejo. Mi primera impresión de esos lugares, nunca fue la más grata, pero, el pinche Chale era un topo, que se metía –y sabía- dónde encontrar lo inesperado, o como él decía “el Diamante en bruto”. Y definitivamente, él tenía un gran talento para ello.

Entre la bodega, las cantinas ruidosas y el viejo billar, existía una marcha muy activa de gente de todo tipo: desde los clásicos albañiles, los pescadores, trabajadores de los muelles – o el “muey” como ellos le decían-, soldadores, alijadores y demás oficiales de los astilleros, si dejar de mencionar, a las meseras y prostitutas que rondaban la zona.

Una mezcla de risotadas, gritos ahogados por el alcohol, el choque de las botellas y los vasos de cristal, eran parte del sonido que ambientaba todo aquel espectáculo de humanidad y deseos. De pronto, el ruido de unas botellas que se estrellaban en el suelo. Los gemidos de dolor y del aparatoso ruido de las puertas que se abrían de par en par, de la Cantina “El Tigre ahogado”. Con gran gusto y asombro, pero, a la vez con cierto temor, el Chale exclamaba: “¡Ahí está!, ¡Ya lo encontramos!

En el piso, en el medio de un charco de aguas negras, estaba semi inconsciente un hombre, con su pómulo abierto, la sangre le brotaba a chorros. Ésta se mezclaba con el agua estancada y el olor fétido del drenaje de la zona, y como un tigre sobre la presa, ahí estaba como una máquina de lanzar golpes, nuestro hombre: Adolfo “Fito” Osuna.

Las meseras gritaban desesperadas, histéricas al ver tal espectáculo. Unos hombres se apresuraron a apartarlo. La mirada del “Fito” era una mezcla muy rara entre odio, orgullo, satisfacción, pero sobre todo, se podía ver que no era sólo por el dinero, o por hacerles ver que era el mejor, había un sentimiento de rabia que no entendíamos en ese momento; después lo entenderíamos.

El Chale le agarría la mano derecha y levantándola en el mismo instante y con voz de anunciador de la cancha “German Evers”, anunciaba el contundente triunfo, con voz triunfal, como si hubiese ganado el campeonato mundial de boxeo. A los segundos, llegaría Refugio “Cuco” Lizárraga, y con una cara de desagrado, o más bien, de amargura, llegaba con los billetes en la mano y le diría al “Fito”:

-Aquí están tus pinches cuarenta pesos ¡Cabrón!, ¡ni pa´ joto lo dejaste güey!, y ahora ¿Cómo le voy a hacer pa´ sacar pa´ las apuestas, ¿eh? ¡Ya ni la chingas, pinche Fito cabrón!

-¡Ya te dije pinche panzón! Sigue apostándole a los putetes y vas a perder hasta el culo, pinche gordo joto! ¡Pero ahí tu sabes!, ¡Si te gustan esas puterías!

-¡Pinche Fito!, ¡No tienes madres güey! Replicó Cuco Lizárraga, y así como llegó, se regresó a la cantina, entre maldiciones y ademanes con sus brazos, en fin, era muy obvia la frustración que este hombre sentía en esos momentos.

¡Eres un cabrón! Dijo el Chale, expresando en su cara satisfacción y gran orgullo por la amistad que tenían.

-¡Órale pinche Chale!, ¿Onde te habías metido cabrón?

-¡Pos nada güey! Aquí visitando a los “Champions” del futuro

-¡Aaah, no seas mamón!, ¿Qué jais güey?, ¿Qué quieres?, ¿En qué tranza andas pinche joto?

-¡Uuuy! ¿Qué no puede uno venir a saludar, y pistear con nuestra joven promesa del pugilismo  patasalada?

-¡No pos!, ¡Eso si!  Y al unísono, soltaron ambos la carcajada.

-¡Ándale pinche Chale!,¡Vente!,¡Vámonos a chingar unas Pacíficos, con unas mojarras bien frititas con salsita picosa, ¡ Y ahí me dices, qué tranzas me propones cabrón!

De pronto, esa cantina era el escenario perfecto. El reencuentro de años de distanciamiento, de malos entendidos y rencores. Era tiempo de fortalecer la hermandad y  hacer las paces. Nunca hubo tanta calidez y  tranquilidad una cantina para estos dos tipos, que no sabían encontrar la serenidad y confianza en un mudo que solo les había enseñado a maltratar y dar lo peor. Pero, ¿Cómo se habían conocido estos dos hombres?, la respuesta a continuación:

Iba a toda velocidad, la respiración era agitada, corría por toda la calle 21 de Marzo cuesta arriba, en la mano llevaba un pollo, el botin de un puesto del mercado “Pino Suárez”. Unos policías corrían tras del ladrón, era un chamaco de diez años, descalzo, sucio, pelirrojo con el pelo largo, descuidado totalmente.

Su vestimenta era una camiseta percudida color azul, con un dibujo del “Snoopy” en el pecho -ya bastante desgastado-. Los pantalones de mezclilla totalmente deslavados, rotos especialmente en las rodillas. Era flaco, pecoso, de color claro, llevaba una mueca de satisfacción, sus sentidos estaban avivados, era como un lince con su presa en el hocico.

¡Párate pinche chamaco cabrón! Gritaban los policías, unos tipos panzones que lejos de alcanzarlo, cada media cuadra se tenían que detener a tomar aire con la boca, y que a la vez, vociferaban maldiciones a ese niño, que era como un personaje salido de una novela de Charles Dickens, -que por cierto Doña Eufrosina me puso a leerlos cuando vivía con ella en Acaponeta-.

Corría como buscando la libertad. Sus mejillas coloradas por el extenuante esfuerzo, era testigos de la habilidad y condición de ese chamaco. A lo lejos, se alcazaba a divisar una casucha de madera, con una luz tenue. Al interior estaba sentada una anciana, su nombre Doña Toñita Peraza, todo mundo pensaba que era su abuelita, ¡Pero no!, era una señora que lo había recogido de la calle cuando tenía 3 años.

Lo había encontrado buscando algo que comer, entre la basura de los puestos del mercado “Pino Suárez”. Ella nunca había tenido hijos y nunca se había casado. Algunas personas decían, que cuando era joven vivió un tiempo en Nogales y que se había dedicado a la “vida galante” y que cuando había regresado a Mazatlán, ya no le interesaba el matrimonio.

Sin embargo, Doña Toñita, siempre mencionó que cuando lo vio buscando entre la basura y desperdicios del mercado algo para comer, sintió una ternura que jamás había experimentado en su vida. Supo en ese instante que al fin, Dios le había concedido a un hijo. Los rezos que por mucho tiempo había brindado en la Catedral -de la Inmaculada Concepción-, en el puro Centro de la ciudad, habían sido escuchados al fin.

A partir de ahí, Doña Toñita se convirtió en la abuelita Toñita.  Aquel “güerito” pecoso, ya no andaría solo. Durante los siguientes 13 años, esa señora fue su madre, pero sobre todo, el apoyo incondicional a todas las ideas locas que éste chamaco se le irían ocurriendo de vez en cuando.

-¡Abuela!, ¡Ya conseguí pa´ tragar!

-¿Y ahora qué hiciste  mijo?

-¡Pos nada abue! Lo que pasa es que el pollo, ya llevaba 3 días, y pos me dio cosa que se echara a perder, ¡Y pos lo agarré! Y me vine pa´ la casa. Al rato le traigo unas papas y zanahorias. Usted no se preocupe abue, todo va a estar bien.

-¡Ay chamaco del demonio! ¿Te lo robaste chamaco cabrón?

-¿Qué pachó abue?, ¿Cómo que me lo robé? ¡No viejita!, lo que pasó es que cambió de dueño, es más, pobre pájaro, se iba a engusanar, y de que se engusane y lo tiren, mejor nos lo comemos y nadie sale perdiendo.

Salió el Fito de aquel cuartucho. Doña Toñita solo se quedó pensando, y diciendo para sus adentros: ¿De quién sacaría este chamaco lo cabrón que es?, pero a la vez, la cara daba muestras de satisfacción y ternura, con un leve movimiento de negativa por parte de Doña Toñita.

Sin embargo, era solo una manera de dar la amplia aprobación a los “actos ilícitos” de ese chamaco, que solo el destino diría el final de esa carrera delictiva, que con los años se iría formando, no solo por gusto, en ocasiones por que no había otra forma de salir adelante y otras por el gusto de la aventura, por lo que el Fito siempre decía: La vida mala, no siempre era tan mala.

Doña Toñita siempre comentaba: A veces, este chamaco llegaba con fruta, carne o pescado, a veces con comida preparada, a veces con dinero. Yo le decía: ¡Fito!, ¡No quiero que le andes  robando a la Gente! Fito solo bajaba la cabeza, y con expresión de devoción y respeto decía: ¡No se preocupe abue!, ¡Todo va a salir bien!

Un día al Fito se le ocurrió ir a robar a un viejo gimnasio por la calle Antonio Rosales. El resultado de aquella fechoría malograda, fue que el dueño del gimnasio, le metió una friega de “perro bailarín” a puro manguerazo limpio. Una verdadera “pela” con tintes dramáticos e inolvidables. De esas “chingas” que dejan huella.

Nomás se escuchaban los gritos y llanto de terror. El Fito suplicaba que lo soltara y ya no lo golpeara: ¡Aaaaay!, ¡Ya no por favor!, ¡Ya no me pegue!, ¡Le prometo que ya nunca me va a ver por acá!, ¡Ya no le voy a robar jamás!

El profe “Chano” Beltrán, solo le decía: ¡A ver si después de esta pinche chinga, te vuelves a meter chamaco pendejo!, ¡No llore como maricón!, ¡Aguante como los machos!, ¡Pinche chamaco cabrón!, y al mismo tiempo, las súplicas esforzadas y repetidas de Fito para detener tal calvario, que al parecer, se perdían en un vacío dentro de aquel viejo y sucio gimnasio.

A lo lejos, se podía observar los muchachos que iban a entrenar. Algunos apáticos seguían sin menor interés a lo que sucedía. Algunos otros, solo externaban con muecas de desagrado, tal espectáculo de dolor; los menos, sólo hacían gestos de gusto y risas de burla ante el dolor de aquel imprudente chamaco de escasos 12 años.

Cuando de pronto, uno de aquellos jóvenes le gritó al profe Chano: ¡Épale!, ¡Ya pérele!, ¿No?, ¡Ya estuvo bueno!,¡Pinche viejo culero y abusivo!, ¡Sí nomás agarró el chamaco, dos pinches peras más viejas que la chingada y una cuerda pa´saltar!, ¡Ni que se hubiera robado el pinche ring! ¡Pinche viejo cabrón!

-¡No te metas pinche Mota!, ¡Este pinche chamaco cabrón va a aprender! Replicaba de manera violenta el profe Chano Beltrán, mientras seguía sosteniéndolo del cuello de la camiseta y el Fito lloraba ya sin muchas fuerzas y esperanzas de zafarse de su verdugo.

De pronto, el profe soltó al Fito,  y de inmediato, éste corría y se ponía a espaldas de Mota. Ya teniendo bajo su protección al muchacho golpeado, Mota de manera retadora, apuntándolo con el dedo, le advertía de la siguiente manera: ¡Ya me chingaste la vida, pinche viejo culero, no te voy a permitir, que se la chingues a este chamaco, ¡Escuchaste!

El profe Chano Beltrán, solo guardó silencio, se dio la media vuelta y se encerró en su oficina, había algo que todo mundo sabía, pero, que nunca lo hablaban. ¿Cómo era posible, que el mejor pupilo del profe Chano, le hablara de esa forma y lo odiara tanto? Después sabríamos la respuesta.

El nombre de ese benefactor –anónimo hasta en esos tortuosos momentos- era Julián Mota Zúñiga, por alguna rara razón, expresaba un resentimiento muy fuerte hacia su entrenador, el mismísimo profe Chano Beltrán. Y las razones no eran pocas. Algunos decían que el profe Chano, fue para el Mota un padre. Lo cuidó, lo alimentó y lo entrenó como nunca había entrenado a otro pupilo.

Este sentimiento de odio y mucho rencor, no era espontaneo. Un año atrás, el Mota había sido clasificado, para pelear por el título en los pesos Welter, pero, la historia –ese maldito fantasma llamado historia, que surge como monstruo voraz, y que destroza con sus fauces, los sueños y anhelos de lo que los mortales consideramos justo- se repetiría en el Mota.

Se necesitaba subir a otro, y el Mota, no sería ese “otro”. El Mota, sólo sería un trampolín, para que el “Guacho” Romo pudiera ser campeón. La pelea estaba arreglada. El tercer round era lo convenido para que de manera sorpresiva y con un “uppercut” quedara tendido en la lona. –Por supuesto que toda esa información se le daría a nuestra joven promesa del pugilismo patasalada, unos minutos antes de subir al ring-.

-¡Ni madres!, ¡Yo no soy su pinche títere! Le gritaba el Mota al profe Chano Beltrán. ¡Usted sabe profe, lo que me he partido la madre, para tener una oportunidad como ésta!, ¿Y  para qué me salga con esta chingadera? ¡No tienes madres pinche Chano!

Serio y con el rostro desencajado, el profe Chano Beltrán, con la voz entrecortada y con lágrimas en los ojos, le daba sus razones: ¡Julián!, ¡Tú sabes que te quiero como a un hijo!, ¡Pero entiende!, ¡No hay otra alternativa!, Tú eres un campeón nato, naciste para esto, pero, al Guacho lo respalda la Comisión de Boxeo. Ellos son los que mandan, pero, dicen que te esperes el próximo año y chance te clasifican y peleas por el título, pero en Hermosillo, ¿Cómo la ves?

-¿Y tú crees que el próximo año me van a dar la chance?, ¡Ni madres!, ¿Cuánto te dieron para que yo me deje pegar por ese pendejo?,¡Dime cuánto! El Mota hacía el cuestionamiento directo, pero a la vez,  con ganas de no saber. El profe Chano, solo bajó la mirada, no hacía falta ser tan explícito, la pelea estaba vendida.

Afuera de los vestidores, el ruido era ensordecedor. El pasillo entre vestidores y el ring, parecía un pequeño manicomio; entre rechiflas, aplausos, gritos de ánimo, palabras malsonantes, todo aquello era la réplica del carnaval del puerto. Había confeti, papeles de colores, las cornetas sonaban, bueno era una verdadera fiesta alrededor de la pelea.

Todo mundo quería estrechar el puño del “próximo campeón”. Algunos gritaban: “¡Chíngatelo pinche Mota!” otros gritaban: ¡Cabrón, eres nuestro campeón!, ¡Gánale al joto del Guacho! Aquella algarabía era literalmente un carnaval en la cancha Germán Evers.

El Mota empezaba a caminar. Atrás de él, estaba el profe Chano y su ayudante. Parecía que la mente del Mota estaba en un trance total. Todo aquel alboroto, no lo distraía. Su mirada reflejaba una ausencia en el momento y el lugar. Todos los que podían acercarse, lo palmeaban por la espalda y le daban ánimo.

Toda la barriada de la famosa “Ciudad Perdida” estaba en la cancha. Literalmente la colonia entera se había volcado a apoyar a su campeón. Era la noche de Julián Mota, era por lo que había trabajado tan duro toda su vida. Lástima que toda esa Gente no lo sabía.

Al finalizar la presentación del Guacho había sido escueta, pero, la verdadera ovación fue monumental cuando el presentador  inició diciendo: Esta noche presentamos a un verdadero hijo del pueblo, un mazatleco de corazón, con 64 kiloooos, invicto con  23 peleas, 20 por knock out y 3 por decisión: Juliaaan “eeel Motaaa” Zúñigaaa. Y el volcán explotó. Aquello solo era júbilo y gran alegría. Al fondo la Banda tocaba el corrido a Mazatlán, los corazones parecía salirse del pecho.

Se iniciaba la contienda. El Mota tomaba la iniciativa, con fuerte combinación de rectos en el primer asalto. La cara del Guacho empezaba a dar muestras de que el titulo era algo de seriedad y no sería tan fácil, ni menos por “de fault”. El primer round culminaba, y la fanaticada gritaba de emoción, su héroe parecía acariciar el título de campeón.

Era una fiesta anunciada. Por fin, alguien de quien sentirse orgulloso, salido de aquel cinturón de miseria, de aquella barriada en la que solo había violencia y mugre. Al fin poder decir, que un hijo de la Ciudad perdida, era u triunfador, pero, todo parecía que eso no iba a suceder.

El segundo asalto iniciaba. El Mota salía como un tigre sobre su presa. Aquel asalto parecía que definiría todo. Era impresionante la forma como se movía, definitivamente aquello era muy obvio. El triunfo estaba en su bolsa. Sospechosamente Don Chano Beltrán, no gritaba las indicaciones, o el cambio de golpes o algo que necesitara su pupilo en el cuadrilátero para finiquitar la contienda.

Pero más extraño, parecía que el Mota, no conectara ningún golpe contundente. Siempre faltaba un golpe certero que definiera con júbilo la victoria merecida para él, y para todos. Y de pronto, el golpe de la campana anunciaba el final del segundo asalto.

Inmediatamente subía la guapa edecán, anunciando el inicio del tercer round. A la vez, que ella miraba con ojos de deseo y guiñándole su ojo izquierdo, le anunciaba al Mota, que algo más habría para el final de la contienda, pero, eso nunca iba a pasar.

Se iniciaba el tercer round. Aquello era inimaginable. La condición física y anímica del Mota era superior al del Guacho. El baile de piernas y el cabeceo defensivo eran verdaderamente espectaculares de un gran peleador. Cuando de un instante a otro, el Guacho iniciaba su ataque, el Mota quedaba atorado en una de las esquinas, en donde el intercambio era intenso.

Aquello era un intenso intercambio de golpes, ambos peleadores externaban que se les dañaban la integridad física. Cuando sorpresivamente, un “upper cut” para bien o para mal, asestaba contra la mandíbula izquierda del Mota. Aquello parecía lo imposible. De inmediato, nuestro frustrado campeón Julián Mota Zúñiga se desplomaba sobre la lona de inmediato.

Los gritos de sorpresa y horror no se dejaron esperar. Desde las tribunas más altas de la cancha, empezaron los insultos y las rechiflas. Las mentadas de madre y el tirar cuanto objeto se tenía a la mano, por parte de los espectadores, inició de inmediato.

Todo mundo empezó a gritar “fraude”, “vendido”, “pelea vendida”. Otro grupo de aficionados, empezaron a correr hacia la taquilla, y con palos empezaron a romper los cristales y exigían la devolución de las entradas. Aquello empezó a ser un caos total.

Llegaron unos policías, y no pudieron contener aquella vorágine de odios y resentimientos acumulados. Era un verdadero zafarrancho. Volaban las sillas plegables, las botellas volaban de un lado a otro. Había Gente descalabradas, había sangre por muchos lugares. Aquello era espantoso.

Mientras tanto sobre el ring, la humanidad del Mota estaba tendida sobre la lona. Sus lágrimas de rabia e impotencia, se entremezclaban con el sudor de su frente. El referí iniciaba la maldita cuenta: 5, 6, 7, 8, 9, ¡Fuera! Sonaba la campana y el sueño se esfumaba dolorosa y cruelmente.

Al profe Chano sólo se le veía con los ojos rojos y húmedos, vociferando en voz baja: ¡Valió madres! El Mota, poco a poco se recuperaría, y con la ayuda del aguador, lo llevarían a los vestidores. Los fanáticos le gritaban de todo: ¡Vete a la mierda pinche rajón!”, “rata vendida”, “maricón rajado”, “pinche Mota puto”, en fin, aquello era un concierto de improperios digno del infierno.

Salir de aquella marejada tempestuosa de humanidad fue toda una hazaña. Llegó la policía con más elementos, y con la clásica macana en mano y gas lacrimógeno, empezaron a dispersar a la multitud. Llegaron 3 ambulancias de la Cruz roja, listas para llevar y ayudar a los heridos. Julián tuvo que salir en camilla –fingiendo desmayo- para no ser víctima del linchamiento al que seguramente le esperaba. El profe Chano recibiría un botellazo que le partiría la ceja y sería atendido por los paramédicos a las afueras de la cancha Germán Evers.

Aquella noche de ser una fiesta y pura alegría, se convirtió en dolor, llanto y rabia ante la impotencia de ver frustrado el sueño, de coronar como campeón a Julián Mota. Un verdadero campeón sin corona.

Pasaron los días y los meses. Todo mundo veía a Mota con repudio. Aquellos que lo saludaban con gusto, dejaron de hacerlo. Su novia misteriosamente “consiguió”  un nuevo trabajo en la ciudad de Guadalajara. Mucha gente pensó que se regresaría a su pueblo natal, por allá en Chacala en el estado de Durango, pero, para su sorpresa, el amor al boxeo era mayor.

Julián, terminó como ayudante del profe Chano Beltrán. Él se encargaba de limpiar los baños, ordenar el equipo de entrenamiento, y de formar a los más jóvenes. Verdaderamente era una lástima ver como aquel “campeón sin corona”,  y sin título que ostentar, terminaba su carrera de invicto en los bastidores de un viejo gimnasio, solo, humillado y olvidado por los suyos.

El dolor que expresaba el Mota, era por no haber salido de la ratonera, y no haber tomado el camino de la gloria en el pugilismo, y retribuir algo al gimnasio que lo vio nacer, a la gente que lo había formado. Pero, así son las cosas, y ese era el por qué de la enorme rabia de Julián hacia su entrenador el profe Chano Beltrán.

Aquella tarde no sería casualidad, que el Mota, “salvara” al Fito, Julián veía al Fito como el pretexto ideal para redimir su culpa, y la forma era entrenando a ese chamaco pelirrojo con una gran determinación, pero ahora sí, se tenía que formar a un campeón. Desgraciadamente eso tampoco sucedió. Nuestro amigo Fito usaría los puños para otros fines y no los deportivos. Simple y tristemente así sucedió.

Caguamo´s Death (la muerte sabrosona del Romualdo)

No me importa que me digan mujeriego…yo las amo, yo las quiero…

José José

A placer, puedes tomar el tiempo necesario

Que por mi parte yo estaré esperando

El día en que te decidas a volver

Y ser feliz como antes fuimos

Enrique Bunbury

¡Oiga mi amigo!, es que la soledad ¡es muy cabrona!, desde que mi esposa se murió, la extraño mucho. Si es verdad, que mis hijos me echan la vuelta y de repente los nietos, pero, el calor de una mujer es otra cosa.

Es que nunca he estado solo. Siempre estuvo presente conmigo, una mujer en toda mi vida. Desde el ´51, que me casé a los 15 años, con mi primera esposa la Cata, nunca había estado solo.  ¡Oiga mi amigo!, se lo digo en verdad, la soledad es muy canija. ¡Pues fíjese!, y que me casé – ¡bueno!, en realidad, me la robé allá en mi pueblo, arriba, por allá en Durango, ¿Sabe usted por dónde queda Tayoltita?, bueno, pos de por allá me la traje.

Nomás que como la Cata, era la hija de un capataz de la mina, pos, nos apuramos y agarramos el tren y hasta el otro lado fuimos a parar. Por cierto, el lugar a donde fuimos era Tacoma o Taloma, ¡Ay ya sé! ¡Pomona!, Pomona California. Allá llegamos y ¡luego luego agarré chamba!, en un restaurante de unos chinos, ¡Uuuuf! Viera que ricura de comida hacen esos chinitos, ¡Es una cosa bárbara!

No tardé ni tres semanas, cuando empecé a enamorar a una meserita del lugar. Era una chinita, muy coquetona. Se llamaba Luyuan, ¡Chula la condenada!, bueno, como se ha de imaginar mi amigo, estaba muy chamaco y muy alocado, más bien creo que era cosa de la edad.

Pero. ¿Qué cree?, un día se paró la Cata al restaurante, que por cierto se llamaba, se llamaba, ¡ah si!, el Golden Ocean y que me agarra en lo mero bueno con la chinita, en la bodega de la cocina. Pinche china piruja le gritaba la Cata a la Luyuan, y a la vez yo las separaba, estaban agarradas de las greñas.

Cuando por fin las pude separar, la Cata me gritaba: ¡Romualdo, eres un cabrón, hijo de la chingada, púdrete a la mierda!,¡Pinche cerdo! ¡Y pobre de ti que vuelvas! hijo de la ya sabrá usted el resto de la frase mi amigo.

Esa noche encontré mi ropa a fuera de la casa, ¡Ni modos!, con gusto acepté mi responsabilidad, ¿Quién me manda ser tan cabrón pues?

Al otro día que me presenté al restaurante, me dijeron que la Luyuan ya no trabajaba ahí. Su tío Mr Wong, me dijo con un español muy corto, pero muy efectivo: ¡Mexicano, tu sel problema, vete! Inmediatamente agarré mis cuchillos de cocina, los subí a la troca, y que me jalo más al norte. Llegué con mi primo, el Ruly, era otro como yo, un mojado, probando fortuna en el otro lado.

Me recibió con gusto y me preguntó: ¿Y la Cata?, con una sonrisita le contesté: Me agarró en lo mero bueno, y pos, ya sabrás. A que pinche Romualdo, no se te quita lo cabrón, y yo con una carcajada abierta le contesté: ¡Ni se me quitará! ¡Y si mi amigo! Nunca se me quitó.

¿Qué por qué me dicen el Caguamo? ¡Bueno!, le cuento caballero, ahí con mi primo, el Ruly –Rolando se llamaba mi primo-, vivíamos cerca de Bakersfield, y unos camaradas me invitaron a la pesca de la Totoaba, en el Golfo de Santa Clara, para acá en Sonora. Y pos yo como era un vago, que me les pego y me jalo para allá.

Le comento mi amigo. Ya había agarrado otra mujer para ese entonces, pero, como era una pochita muy loca, un día le dije, Bonnie mejor nos separamos. Tú estás como las güeras, te gusta el despapaye, y todo, pero hasta ahí. ¡Nombre oiga! Se ponía unas pedotas, más fuertes que las que yo me ponía los sábados. ¡Hijadesuchimeca!, la Bonnie era bien canija también.

¿Y qué cree mi amigo? Nomás llegué al Golfo, ¡a jijos!, viera aquellos pescadotes enormes que sacábamos, pero, ¡que sabrosura de pescado! ¡Nombre! ¡Jamás he vuelto a comer una ricura semejante de pescado! Entre el pescado, también sacábamos unas tortugotas, las que le llamamos Caguamas, pero, ¡Tortugotas!, ¡Eran un manjar!, yo las vendía en Puerto Peñasco a unos gringos y en Sonita, a unos ostioneros, ¡Uuuuuy!, le estoy hablando por allá del ´65, ¿Usted cree que iban a estar prohibidas? ¡Pos no! ¡Que prohibidas iban a estar! De ahí me pusieron el Caguamo.

Una tarde me fui a Sonoita, para vender unas caguamas y unos tiburones que habíamos sacado, al llegar a la primera tienda en la que dejaba pescado, salió una morenita chaparrita, ¡Ay Dios!, ¡Que chulada de plebita! Un verdadero ángel caído del cielo. ¡Mire amigo! Una carita de angelito!, pero con un cuerpecito, ¡Que ni mandado hacer!, y que digo: ¡Ésta es la buena!

Y que le pregunto su nombre, y que me contesta de manera coquetona: Rutilia y pensé: ¡Que feo nombre tienes, pero, no le hace, a tu nombre no lo voy a tocar naditita!, cuando menos pensé, ya íbamos rumbo a Caborca, nos casamos ahí, y pos ¡Lo caido, caido está! ¿No?

La Rutilia fue la única que me aguantó y me aplacó. ¡Oiga usted! Pos si yo nomás andaba como gallito de corral, busque y busque gallinitas…no le digo, ¡Seguía de cabrón, pues! ¡La Rutilia era una cabrona! Me espantó a todas las chamacas que ahí traía, ¡No le digo! Si las viejas son canijas, en fin, ella puso orden.

¿Qué si cuantos hijos tuvimos? ¡Pos si nomás  tuvimos 8! ¡Oiga usted!, ¡Pos si entre más plebes paría, más buena se ponía! ¡Y ni modo! Bienvenidos todos los chamacos. Mi vida con ella fue a no más pedir: Ropa limpia, planchada, buena comida –eso si para cocinar tenía un sazón único- y los chamacos ¡siempre al tiro! Eso sí, la Rutilia nunca me dio un dolor de cabeza.

¿Qué si cómo terminó lo de la Rutilia? ¡Bueno mi amigo! Usted sabe que el tiempo pasa volando. Los chamacos crecieron y se fueron de la casa. La casa empezó a oler a viejo. Éramos solo ya los dos viejos. Una noche me fui a dormir, ella se quedó a limpiar los trastes. Yo me dormí, la verdad no supe de mí. Al otro día muy temprano, me levanté a prepararme una taza de café, pero, ¡Cual sería mi sorpresa! La Rutilia estaba tirada en el piso, tenía entre su mano derecha el estropajo. Le hablé, pero, ya todo era inútil. Estaba tirada, fría, verdaderamente ella fue una ama de casa hasta el final.

Aún la recuerdo todas las noches. Es que ¡Imagínese mi amigo!, 48 años juntos, son muchos años, muchos recuerdos, y la costumbre es muy cabrona, y las ganas de sentirla aún más, ¿Usted me entiende verdad?

¿Qué sí como le hice para seguir adelante sin ella? ¡Pos la mera verdad le voy a decir! Una noche salí a dar un paseo por la Sanalona, llegué al cruce de Sanalona y Colegio Militar, y en la siguiente esquinita, ¡que voy viendo una chamacona!, ¡Aaay diosito puro y santo! Y que me digo, ahorita la conozco.

Para mi suerte, que me hace una señita con su manita. Y que me arranco y que le pregunto: ¡Muñequita!, ¿A dónde tan solita?, ella nada tonta me respondió: ¡A donde gustes y mandes guapo!, y que sin mayor dilatación, que me la subo a la troca, es más ni le pregunté el nombre, y en el hotelucho de la siguiente esquina que me la subo.

¡Aaay Jesusito Malverde! ¡Qué noche!, pero ¡Qué noche! De lo intenso que estuvo aquello hasta perdí el conocimiento por unos instantes, ¡Oiga mi amigo, es que uno ya no está para esos trotes, después del tercer palenque uno ya no se levanta tan a la primera.

Por cierto, recuerdo que la desgraciada, nomás vio que me pestañé y ni me esperó. Lo único que recuerdo, es que amanecí boca abajo. La chamaca ya ni estaba, es que el sueño lo tengo muy pesado, bien decía la Rutilia, porque cuando me entra el sueño, me entra.

Fijese que recuerdo, que salí del hotel, bajé las escaleras y el recepcionista, ni chistó nada, es más, parece que ni me escuchó. Cuando salí a la calle, no encontré la camioneta. Estaba seguro que la había dejado a la vuelta. Me busqué la cartera y las llaves y tampoco las traía, y pensé: ¡Pinche vieja, me dio baje!, ni modo, ahorita que llegue a la casa voy con el Lolo y pongo la denuncia a la comandancia.

Me agarré caminando por toda la Sanalona, ¡Nombre mi amigo! ¡Cállese la boca! Una cosa es andar en carro y otra andar a pata. ¡Ni pedo! Ya me tocaba ejercicio. Sentí que caminé horas y más horas, y que llego al puesto de periódicos del Lolo. Para mi sorpresa ya estaba abierto. Dije entre mí: ¡Este Lolo es un madrugador!

Me le paro en frente, lo saludo y ¡Que ni me pela!, pos este pinche Lolo, ¿Qué trae pues?, ¡Lolo, Lolo! ¡Cabrón te estoy hablando!, cuando de ponto bajo la mirada y en la puritita portada de uno de los periódicos, aparecía una foto en la que aparecía un servidor, acostado boca abajo, con los pantalones y los calzones a medio quitar, y  en el titular del mismo, con letras negras y grandotas decía: “ UN JALE MORTAL”.

¡Ingaturroña!. ¿Qué es eso? Dije entre mí, pero, lo que más me duele, mi amigo, y se lo digo aqui en confianza, es que salí sin calzones en la foto, ¡Aaay diosito santo! ¡Que nalgas tan feas tengo! ¡Eso si es de llorar!

¿Qué cómo me dí cuenta de mi nueva existencia? ¡Fijese mi amigo! Uno pensaría que un angel o mensajero viene y le explica, pero, esas son puras piches mentiras de la tele y del mentado pinche celular. Uno solo empieza a darse cuenta, ¡Figurese usted! Yo me quedé aquí en ésta esquina y siempre que alguien que pasa y pregunta algún norte, pos le explico.

¡Igualito como usted lo hizo! Y la Gente me escucha y le continúa en su camino. Yo no sé qué hay más adelante, yo aquí me quedé, pos fíjese, esa casita de ahí, la de color azul, es mía. Mis pinches hijos la quieren vender y hasta le pusieron el letrero, pero, no la van a vender, cabrón que entre, cabrón que saldrá, les voy a jalar las patas en la noche, alcabo que los vivos son más coyones que la tiznada. ¡Y pos la casa es mía y punto!.

¿Qué sí he visto a la Rutilia? ¡Fíjese que sí! Nomás que solo como un par de veces. La primera vez,  vino y nomás me dijo: ¡Ándale!, ¡Para que sigas de cabrón!, ¡Viejillo cochino! Y se fue. La segunda vez, nomás me dijo, que me pusiera trucha, que si veía a su mamá, que le avisara. ¡Y mire! Aquí me tiene esperando en ésta esquina. No le digo, si las viejas son canijas.

¿Qué si me gustó como me morí? ¡Pos la verdad no!, todavía había algunos asuntillos pendientes en mi vida, que tenía que arreglar, pero, por mi madre chula, que ella seguramente ha de estar en un lugar más bonito que esta pinche esquina, y por mi Jesusito Malverde, que siempre me ha de cuidar, ¡Que sabrosona muerte me fueron a dar!

Listo para mundial de ajedrez

G. Gastélum

23 octubre 2020.- Alfredo Félix Soto, estudiante de maestría de ciencias de ingeniería de la Universidad Autónoma de Sinaloa, se declaró listo para participar del 26 al 30 de octubre, en el primer mundial universitario FISU  de deportes mentales en línea 2020 en la disciplina de ajedrez.

Para, Alfredo Félix, nativo de Los Mochis, es la primera ocasión que estará participando en un campeonato del mundo de ajedrez, lugar que consiguió luego de su participación en el torneo nacional en línea organizado por el Consejo Nacional del Deporte y de la Educación (CONDDE) donde obtuvo el octavo lugar.

“Me siento contento de representar a la UAS en este mi primer evento mundial. Estoy emocionado y me siento listo para jugar ya que me he venido preparando por meses para ello”. Señaló el pupilo de Alfredo Bastidas.

Por su parte, Jorge Luis Quiñonez, coordinador técnico del CONDDE, agregó que este es el primer torneo mundial en línea con carácter oficial que participa una selección nacional del CONDDE. Originalmente iba a ser presencial en Polonia, sin embargo por la pandemia del COVID se programó en línea. Nos dijo vía telefónica.

Participarán 399 jugadores, distribuidos en 78 equipos de 32 países.

Los equipos mexicanos quedaron conformados de la siguiente forma: equipo 1, Isaac  Tello (ITESM San Luis Potosí), Carlos Sandoval (UNAM), Gerardo García (Anahuac Queretaro), Diana Real (ITESM Puebla). Equipo 2, Alejandro Lima (Aanahuac México Norte), Jeronimo Real (ITESM Puebla), Iván Limón (ITESM Puebla), Genny Herrera (Universidad Autónoma de Yucatán). Equipo tres, Ángel Quiroga (UANL), José García (Anahuac Mayab), Edgar Luna (UNAM), Lilia Fuentes (Anahuac Mayab). Equipo cuatro, Alfredo Félix Soto (Universidad Autónoma de Sinaloa), Alonso Velo (UACH), Diego Baltazar Ibañez (UNAM), Rita Torres (anahuac Mayab). Equipo cinco, Carlos Hernández (UABC), Ángel Pérez (Universidad de Xochicalco), Gerardo Hernández (Universidad Veracruzana), Sheila Rodríguez (Anahuac norte de México).

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