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La destitución del presidente municipal Jesús Estrada Ferreiro tiene todos los elementos de una comedia de vodevil, eso a simple vista.

Es interesante las distintas versiones que los inmiscuidos dan ante el hecho, con un tono de gravedad ante el cuál parecería que no nos encontramos ante una pandilla de pícaros.

Por un lado el Gobernador dice, en principio, no estar involucrado y que el asunto es de competencia exclusiva del Congreso del Estado, para al final celebrar la salida de Estrada con un teatral: ¡Fue Fuenteovejuna!

Que en realidad tienen toda la finta de extras mal disfrazados de sociedad civil, pueblo o el genérico de moda para ocultar las polainas de alguien.

Acto seguido, al más puro estilo de la aristocracia más rancia, se designa a un emparentado por vía eclesiástica, un ahijado, del Gobernador como el presidente municipal sustituto, que por la forma en que llegó le vendría mejor el título de regente para no decir usurpador. Culiacán bien vale una misa.

Los detractores a la destitución, con un barniz de modernidad, argumentan la ilegalidad del procedimiento. Aquí cabría decir que por estas latitudes nunca se ha entendido bien a bien que es eso de las leyes y como para qué sirven, el sustrato mental sinaloense no ha alcanzado la modernidad, si por la mayoría fuera seguiríamos arengando !Viva Fernando VII¡

Por lo que las leyes han sido siempre usadas a conveniencia, lo distinto en está administración es el grado de cinismo, pero ese es un asunto más de gustos.

Una oportunidad desperdiciada para poner sobre la mesa el papel del municipio como núcleo fundamental del sistema federal que propone la Constitución, ante la evidente disfunción de todos los poderes estatales involucrados.

Hasta aquí todo es el clásico pastelazo y sombrerazo de nuestra clase política, pero si uno observa la parte económica es cuando esto da un giro a la novela negra.

De inicio hay que entender que el problema empieza por el recorte de las participaciones federales a los estados y por ende a los municipios, la reticencia del alcalde depuesto a operar medidas presupuestales que atañían a los conceptos de pensiones y recaudación, dos temas torales de la administración pública  para cualquiera que tenga dos dedos de frente. Ante la sistemática reducción de recursos le proponían medidas momentaneas, recursos extraordinarios del Estado, el problema de estos es que no solucionan a mediano ni largo plazo la viabilidad financiera del municipio, hoy le pueden dar ese dinero mañana quién sabe.

Al oponerse a estas medidas, Estrada no se oponía a la voluntad del gobernador sino a las del mandatario federal, que es quien dispone y propone, parece que no lo entendió a tiempo.

Otro elemento en esta vertiente son los compromisos económicos de los involucrados. Sólo un ingenuo vería como casualidad que unas de las primeras acciones del (regente) nuevo presidente municipal, fue anunciar una serie de inversiones públicas por parte del ayuntamiento y el gobierno estatal con montos bastante considerables para las cantidades que se manejan hoy en día por parte de las áreas de obras públicas. Por la premura del proceso de destitución y el anuncio de obra pública en Culiacán, eso urgía.

También hay que recordar que el mismo Estrada fue persistente en la gestión de un proyecto de metrobús para el que nunca le dieron luz verde y que implicaba una inversión considerable, aparte de otros mega proyectos encarpetados. Y tenga por seguro que la nueva administración municipal trae su propia carpeta en la mano.

Bajo estás luces se puede dilucidar que el mayor problema que hubo no fue moral, político o social, sino en el fondo el conflicto es a nombre de quien saldrán las facturas por cobrar del municipio más grande de Sinaloa. Y es que no es para menos, nada más hay que voltear a ver la economía mundial, sobre todo si se tiene acreedores. Eso sí no es algo que se resuelva con puro teatro.

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