Jorge Eduardo Aragón Campos
Llega a la fábrica su propietario, lo hace manejando un carrazo del año que deja con los ojos cuadrados a todo el personal, uno de los obreros no se aguanta y en voz alta comenta que el vehículo es una belleza, un lujo imposible para la inmensa mayoría, por su precio que debe ser estratosférico… hasta que el patrón lo interrumpe con un speech de índole motivacional: ¿Te gusta el auto? Pues déjame decirte que si desde hoy te concentras en tu trabajo y te dedicas arduamente a cumplirlo bien… el año que entra me veras llegar en otro mejor que éste.
Ni se rían, porque es exactamente como estamos… nada más con el agravante de que por la forma como lo vamos manejando, pinta para que acabemos agarrados a madrazos… y todo porque no somos capaces de sentarnos, alcanzar los acuerdos necesarios, decidir quién es el afortunado que nos va a joder, y ya concluida esa tarea… a otra cosa mariposa, que Dios nos hizo guapos pero no ricos y hay que sacar la chuleta del día de hoy.
El terremoto de 1985, puso en claro que los excesos a los que se había sometido al valle de México hasta esa fecha, eran la explicación principal para el elevado número de víctimas y daños provocados por el terremoto; la gloriosa y eterna Tenochtitlan ya había llegado más allá de lo que le correspondía, era urgente detener el crecimiento de la urbe –eso en lo inmediato- para poder pasar a su reducción. Un equipo multidisciplinario con especialistas de talla mundial -que para variar nos cayó como anillo al dedo- nos dio el diagnóstico, el remedio y el trapito: con carácter de urgente, el gobierno federal debía mudarse a otros Estados de la República; todos los subsidios a servicios públicos en la ciudad debían ser eliminados (agua, luz, metro, transporte urbano, etc.); congelamiento de toda la infraestructura aérea y terrestre para el acceso al Valle, dado que la ya existente superaba a la necesaria para servir a la población que debería tener; incrementar los precios de derechos como impuesto predial, servicio de aseo y limpia, etc. Ramón Aguirre Velázquez, quien fungía en aquel entonces como regente del DF, pretendió minimizar la situación frente a los medios con el argumento de que no era tan seria como para someter a semejantes castigos a los capitalinos.
Ese fue su error.
Le respondieron que la situación era tan seria que ya no era situación, pues el escenario y las propuestas para remediarlo no eran para revertir los daños al ecosistema del Valle de México, sino para relevar al país de sostener una ciudad imposible para cualquier potencia mundial, ya no digamos para un país en vías de desarrollo, como era el nuestro por aquellos tiempos. “No estamos sugiriendo aplicar determinadas soluciones, qué más quisiéramos, los estamos urgiendo a que inicien con un control de daños”, remataron. Una década después, en 1997, la izquierda llega al gobierno para mantenerse ahí hasta el día de hoy: 25 años y contando. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Rosario Robles Berlanga, Andrés Manuel López Obrador, Alejandro Encinas Rodríguez, Marcelo Luis Ebrad Casaubon, Miguel Ángel Mancera Espinosa y Claudia Sheinbaum han dirigido el rumbo de la ciudad, mientras por la presidencia han pasado De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón, Peña Nieto y López Obrador; en eso son iguales todos; todos han tenido más de una oportunidad para estar al frente y todos han tenido el mismo desempeño: salvo algunas acciones más que nada cosméticas, abonaron en sentido contrario con ampliaciones al Metro ¿Les suena Línea 12? La infraestructura hospitalaria pública de altas especialidades se volvió a construir ahí; El Segundo Piso; las carreteras y las autopistas a su alrededor… el aeropuerto internacional Benito Juárez (AICM) de la Ciudad de México, acaba de anunciar que este mes, se concluyen las obras planificadas originalmente para este año, que incluían la expansión de la segunda terminal (T2) y la construcción de una tercera, pero esta última se canceló en junio después de que las autoridades decidieran que no sería necesaria ¡Vaya racionalismo administrativo!
Por encima de todo, treinta millones de elefantes en la sala que nadie ve, que nadie oye, que nadie aquilata… como si a nadie le costaran. En la siguiente entrega nos vamos a enterar de a cómo nos toca.


