Muerte, Arte y Violencia en Sinaloa del Siglo XXI

“Si la seguridad y la delincuencia fueran resueltas por la educación y la cultura, las potencias mundiales ya habría finiquitado sus aparatos militares y policiacos, tendrían funcionando solamente las universidades y sus industrias culturales”

Octavio Valdez

La muerte del bailarín Maximiliano Corrales Herrera los últimos días de abril, en Culiacán, es la enésima ocasión en la que la realidad rebate de forma contundente ese fetiche que el gobierno y la sociedad insisten en vender y comprar: que la solución para detener el fenómeno de la violencia está en la educación, el arte y la cultura o en un mero cambio espontáneo de actitud.

En algún momento a finales del siglo XX la violencia empezó a ser un elemento preponderante en el acontecer diario social del país, época marcada con asesinatos de actores relevantes de la escena pública: Luis Donaldo Colosio, José Francisco Ruíz Massieu, Paco Stanley, por comentar los más visibles, sumando a esto los asesinatos en serie en la población como el caso de las muertas de Juárez en un ambiente, en ambos casos, de total impunidad.

Esta circunstancia fue reflejo de los cambios de las nociones de política y poder a nivel mundial hacia un modelo unipolar hegemónico que reblandeció el papel del Estado como actor intermediario entre las relaciones de las estructuras sociales, proceso macerado todo el último tercio del siglo pasado y que tuvo su manifestación dramática en las situaciones arriba mencionadas.

Si la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, en 1992, fue oficialmente la entrada al mercado mundial de la economía mexicana, la inestabilidad y violencia que la han precedido es la entrada de la sociedad del país al estado mental de la posmodernidad, donde los referentes ideológicos y éticos se complejizan y difuminan para la mayoría de la población, incluyendo sus dirigentes.

Ante la retirada paulatina de las responsabilidades del Estado, se inventó un discurso a través del cual se empezó a quitar gravedad y peso a las instancias de ejercicio de la violencia institucional, procuración del orden público y justicia para trasladarlas al área de poder blando como las de educación, cultura y hasta del arte.

Supuesto que de manera empírica y reiterada ha sido desmentido por la realidad, la importancia del orden social fue transferida a la esfera económica, mientras el Mercado camine y funcione, nada es emergencia sólo contingencia, incluso sucesos como un Culiacanazo o dos o los que sean necesarios.

Debido al efecto de este discurrir al día de hoy es muy complicado lograr consensos de cualquier tipo; para las persona nacidas antes o hacia la mitad del siglo XX es complicado comprender la actitud, desde cierta perspectiva, indiferente con la que las generaciones más jóvenes transitan situaciones tan complejas como la pandemia de Covid o los mismos Culiacanazos, porque no se percibe con facilidad que las generaciones del año 2000 en adelante se han desarrollado en un ambiente de contingencia constante y los adultos nacidos en el último tercio del siglo pasado lo hicieron en un contexto de coordenadas ideológicas imprecisas y una ética en común desdibujada.

En el ámbito social es absurdo plantear una noción de inmovilidad, pero sí es válido proponer una revisión de lo que es categóricamente disfuncional.

La lamentable evidencia de que ni danzantes, ni cantantes, ni pintores… son a prueba de balas, fue puesta en la ribera del río a plena luz del día en el centro urbano de la ciudad de Culiacán un día a finales del mes abril, como un doloroso testimonio más de nuestro equivocado delirio.