DOS A LA SEMANA

 

“MANUEL” Y LOS DIOSES

Jorge Aragón Campos

 

Algo muy malo ocurre al menos en Sinaloa, y en el resto de México quién sabe. No puede ser, no es normal ni sano que la desconfianza social hacia la clase política sea tan alta. Digo, llegar al extremo de ver como muchísimos recomendaban no llevar ningún donativo, ni nada, a los centros de acopio organizados por políticos, a la vez que éstos se mostraban como buitres, proclamando a los cuatro vientos mediáticos cualquier acción personal a favor de los damnificados.

Si en verdad la forma es fondo, es innegable la alta calidad de la respuesta ciudadana comparada con la de nuestros políticos, de ahí que la desconfianza es, entonces, justificada. Que por el lado de la sociedad también hubo errores y excesos, claro que sí, pero no podemos poner al mismo nivel al ciudadano y al político, de la misma forma que no podemos comparar al barco con el faro.

La clase política es la depositaria de nuestros referentes éticos y morales, sus miembros son los sacerdotes de una fe secular que descansa sobre milenios de evolución social. Cualquier estudiante de ciencias políticas, conoce el largo viaje desde el antiguo Egipto hasta la actualidad: los faraones eran la casta gobernante y al mismo tiempo eran la personificación de Dios (el sol) en la tierra; oponérseles era blasfemia. Hoy nos puede sonar a locura, pero en aquella época el sistema funcionaba bien. Era el rasgo común en las culturas antiguas: no había división entre los asuntos de César y los de Dios. Avance, lo que se dice avance (según muchos estudiosos), ocurrió el 30 de enero de 1649 en Inglaterra, durante la llamada Purga de Pride, donde el parlamento (instigado por el puritano Oliver Cromwell) llevó al patíbulo al rey Carlos I, siendo la primera vez que un monarca era ejecutado de forma pública en la historia de Occidente. Desde entonces se sembró la idea de que quien mandaba era tan humano y terrenal como el más humilde de sus súbditos.

Como terremoto político, la reforma de Lutero inició poniendo en entredicho la integridad del Papa, y concluyó dejándonos con la certeza de que Dios tenía cosas más importantes que hacer como para andarse ocupando del gobierno. Pero nuestra condición humana nos exige tener algo superior a que aferrarnos, así que el vacío dejado por los dioses debió ser llenado por los hombres. En realidad así ha sido siempre: la humanidad se la pasa haciendo hoyos para tapar hoyos. Los griegos lo tuvieron claro siempre, de ahí que el color propio de su clase sacerdotal (el blanco) lo impusieron a los aspirantes a cargos públicos, es el origen de la palabra “candidato”: el de la blancura, la pureza, la honestidad, etc.

Actos como saludar a la bandera, el himno nacional y toda esa parafernalia, son rituales de sustitución para brindar seguridad al hombre desde que quedó huérfano de lo sobrenatural; al frente de todo ello está la clase política, y por más que ellos mismos se empeñen en tratar de hacérnoslo creer, no los queremos para que bajen recursos, gestionen obras, repartan despensas o manejen las variables económicas, están ahí para hacernos sentir que el universo tiene un orden, que descansa sobre las bases firmes de la vocación natural del ser humano por hacer mejores y más grandes cosas para las generaciones de hoy y para las venideras. Ah, y no es asunto de si están de acuerdo o no, es el papel que están llamados a desempeñar, en tanto inventamos algo mejor.

Por lo tanto, no podemos poner en el mismo rasero al que da las limosnas y al que las recibe. Por eso no es cualquier cosa el hecho de que ahora de sinvergüenzas y rateros no los bajen.