El disimulo y la simulación
(Incursiones de Rocha en la literatura)
Melchor Inzunza
18 de marzo de 2014
“El escultor que quita al mármol lo que está de más, el novelista le quita a la realidad lo que le sobra”. Gabriel García Márquez.
“Destrózalo Melchor con tu crítica, será muy útil para mi conocer tus despiadadas observaciones”. Rubén Rocha Moya (dedicatoria de libro Caña quemada, enero 2013). Sobres.
Dos o tres veces traté de leer El disimulo, así nació el narco (2013), de Rubén Rocha Moya, pero fracasé en cada intento desde las primeras páginas. Lo mismo me pasó antes con Caña quemada (2012), primer roce del autor con la literatura, o más bien su primera incursión en ella.
Fue hasta poco después de la captura de El Chapo cuando me empeñé en no dejarme vencer y leí ambos libros, aunque casi a la mitad de El disimulo…, dije me doy. No se deja leer tan fácilmente; de hecho, tampoco casi todas las referidas al narcotráfico, con pretensiones literarias: me han derrotado en los primeros rounds por la vía del cloroformo, aun las han tenido algún éxito editorial.
No sé si porque tomó en serio los elogios en serie que suelen hacer los presentadores de libros, obligados a la cortesía, como ocurrió en la presentación de Caña quemada (2012), o porque sintió de nuevo el tardío ‘llamado’ de la literatura, o porque se dejó llevar por la irresistible moda oportunista de aprovechar al narco para alcanzar la celebridad literaria (chance y la captura de El Chapo le de un empujoncito), lo cierto es que emprendió a toda máquina su segunda incursión en el arte narrativo, ahora con la novela El disimulo…
Caña quemada
De Caña quemada ninguno de los comentaristas refirió los valores literarios. Uno de ellos destacó que lo más meritorio del libro es que en él “se puede encontrar a la gente del pueblo con sus anécdotas, con su particular forma de hablar, con sus costumbres y tradiciones”; otro felicitó a Rocha por no dejar que desaparezcan las raíces de los pueblos y plasmar la cultura de la gente”; otro más argumentó “que a decir de los que saben de literatura, las mejores obras no lo son por que cuenten buenas historias o por su lenguaje estético, sino también porque en su escritura se recupera el espacio, lenguaje, su historia y la identidad de los pueblos”.
Ninguno advirtió valores literarios. El licenciado Medina apenas los sugirió (“logra el propósito de todo escritor, contar bien”), pero el énfasis está en lo mismo que los demás. “Caña quemada es crónica, es el reportaje, la recuperación de los orígenes de los pueblos, donde el pasado busca permanecer a través del lenguaje de los valores, de las costumbres…” Luego Medina la elogia de tal modo convincente, que sería una lástima no creerle. Órale. A lo mejor Caña quemada no es del todo insalvable.
Y el propio autor indicó “que la finalidad de haber escrito esta obra fue rescatar e inmortalizar la cultura de los pueblos, para que no se pierda, es un homenaje a la memoria de los pueblos, su cultura y tradiciones”*.
De cualquier manera en las historias de Caña Quemada no hay creación y menos recreación del lenguaje del narrador, ni de los personajes narrados.
No se sabe quién es quién, cuando el autor es a su vez otro personaje que habla casi igual, desde dentro y desde fuera de las tramas, pero que deshace el artificio cuando lo traicionan sus palabras, propias de la jerigonza incompresible de los políticos y de los medios.
El narrador se hace bolas con el lenguaje, no encuentra su voz, el tono, el estilo. Desde la segunda página se delata “(Rosario Toribio)… también se abría espacio para cultivar el maíz” (Quiso decir se daba tiempo). Pero luego se disfraza de lugareño para no infundir sospechas imita el habla de “la plebada del lugar”, y no deja de repetir “plebada” y “diatiro” y todos los modismos de sus personajes; enseguida de acuerda de que él no es como ellos y vuelve al lenguaje ‘culto’: “boom de la mota”, y en el cuento que da título al libro, el narrador nos dice que “Ipso facto, Tacho, con la menor demora, se presenta…” Pero el latinajo no significa ‘de inmediato’ o ‘ahora mismo’, sino “por el hecho mismo” o “a consecuencia de” (Pero como quiso decir “de inmediato”, sobra lo de “menor demora”, un pleonasmo.)
Peccata minuta (para seguir con los latinajos). Pecados veniales a fin de cuentas de estos cuentos.
El disimulo
Sin embargo, en El disimulo repite la receta y empeora los resultados. El narrador lo mismo dice “incapacidad motora” en vez de paralíticos (sólo le faltó decir “personas con capacidades diferentes”), que “despavoridos”, “fenómeno del narcotráfico” y “corporación policiaca”, que “jale” y “guato”, “supremacía numérica “y “mutuo propio”, que “plebío muy alzado” y “hoyito del tragadero”, “terapia ocupacional” que “plebada” y “me lleva a tiznada” (le hace decir a un pudoroso narco), así en cada página. Vaya realismo chamagoso, quise maravilloso.
En vez de recrear el lenguaje de los narrados, el narrador de nuevo los imita y empobrece, con el pretexto de ‘rescatar’ el habla de los pueblos, de retratar o reflejar la realidad. Pero rescatar el habla, secuestrada supongo, preservar los valores tradicionales o reflejar la realidad, ¿qué tienen que ver los valores literarios?
El disimulo no le deja bueno hueso alguno a la literatura. Y eso que en una de las tantas presentaciones, el autor considera su trabajo como producto de la inquietud por describir, de forma literaria” la omisión de las autoridades. Y que “a pesar de que es una novela clara” (clara oscuridad, diría yo, valga el oxímoron), es muy escéptico en el tema del combate al narcotráfico” (El Debate, 13 de enero de 2014)
El narcotráfico ha producido algunos buenos corridos y, casi sin excepciones, mala literatura. Al margen del éxito o fracaso editorial. La literatura absorbida por el narco está más interesada en describir el fenómeno del narcotráfico que en las cualidades literarias de sus narraciones. No es en este género donde están los mejores textos sobre el narco, sino en otros: la crónica, el reportaje, el ensayo.
No es necesario ser crítico literario (estoy lejos de serlo) para opinar sobre la moda que se ha abatido sobre la literatura. Basta que el lector encuentre placer de la lectura y aprecie el ‘oro que relumbra en los versos’, el goce del lenguaje, el vuelo de su ritmo, el juego con el tiempo, la libre fantasía, el deslumbre de la imaginación, la risa del humor (simple, no simplón), las emociones que encienden el corazón, ‘aparatito lleno de recursos’ (Rossi), para distinguir de vez en cuando la buena literatura que la que no lo es.
Y no es la de Rocha. Digan lo que digan los que le dan coba. Ya sea por quedar bien o por simple amistad.**
Las presentaciones y los presentadores de libros, asesores literarios, los cargos públicos, los contactos editoriales, los patrocinios, la publicidad, las influencias políticas, los florentinos castro ni los aguilares padilla, no hacen una buena novela.
El ensayo acaso se le da, la novela no. La posibilidad de un ensayo devino en la imposibilidad de una novela. Le sugiero que vuelva al ensayo que no le rehúye, y deje en paz a la novela, que huye de él como el diablo del agua bendita. El disimulo es una simulación. Finge ser lo que no es.
No hay creación artística en una prosa desarticulada, en un lenguaje incoherente, caótico. Un enredijo, por decir lo menos. Y la novela es el arte de la prosa, como dice Milan Kundera (uno de los autores que RRM admira al igual que tres o cuatro más que ha leído sin aprender mucho de ellos por lo visto)
La literatura absorbida por el narco está más interesada en las implicaciones sociales y culturales que en las cualidades literarias, en la temática que en la técnica, en los corridos y canciones de La rancherita que en la forma, en la música de la tambora que en la música de las palabras.
En la narrativa literaria (la precisión no sobra, porque ahora los comentaristas y analistas no paran de parlotear sobre la ‘narrativa’ de Peña Nieto), lo que importa no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta. Llámese realista, surrealista, romántica, costumbrista, fantástica, etc.-, lo importante en el cuento o en la novela es la forma. De hecho, como diría Borges, todas las artes aspiran a la condición de la música, que es pura forma, “la forma misteriosa del tiempo”.
Mejor aún, “en literatura la forma es fondo”, como lo expresó hace un año el novelista Javier Cercas. “O sea, una buena historia bien contada es una buena historia y una buena historia mal contada es una mala historia. Madame Bovary contada por un necio es una imbecilidad, pero por Flaubert es una obra maestra. Es todo cuestión de forma, estructura, técnica, tono y ritmo.”
Todo eso que desdeñan los escritores de “lo narco”. Rocha llega a la extravagancia de incluir ¡en una novela! la entrevista que me hizo y publicó hace 13 años en Noroeste, y además me convierte en uno de sus personajes. Sin mi autorización desde luego. Es decir, hace uso y abuso de mi nombre y de mis opiniones. Si se tratara de un ensayo, pasa. Pero en una pretendida novela… bueno, eso ya linda con la estolidez.
¿Qué hacer? Ni Lenin lo sabría. Por lo pronto sólo me queda esperar que el arduo lector (hipálage, se entiende: el lector no es arduo sino lo que lee) llegue tan fatigado a la página 82, que de ahí no pase.
A los que en las presentaciones alaban obras con criterios extraliterarios, ai’ los quiero ver hablando ahora de los méritos narrativos de El disimulo. Seguramente encontrarán muchos valores, salvo el valor literario.
Si se propone seguir incursionando en la narrativa, sería bueno que Rocha no pasara por alto las observaciones de Rafael Lemus (él sí un crítico literario) sobre la narcoliteratura mexicana (le adjunto algunos párrafos resumidos), pero sería mejor que echara su novela al tonel de las danaides.
O, en paráfrasis de García Márquez, disipar, como Fermina Daza, todas las dudas y hacer sin remordimientos lo que la razón indica como lo más decente: pasar una esponja sin lágrimas por encima de su novela, borrarla por completo, y en el espacio que ella ocupa en su memoria dejar que florezca una bella pradera de amapolas.
*Pero qué joder con las tradiciones. Al parecer, aún es vigente la crítica de Jorge Cuesta en los años treinta del siglo pasado: “Es a la tradición a la que señalan como desamparada y desposeída, como inválida. Quien está más ignorado por la tradición, más abandonado por ella, luego supone que la tradición depende de algo como la concurrencia de fieles a su templo; luego predica a los hombres que cumplan con el penoso deber de auxiliarla, de retenerla… La tradición es tradición porque no muere, porque vive sin que la conserve nadie… No les interesa el hombre, sino el mexicano; ni la naturaleza, sino México; ni la historia, sino su anécdota local. Por lo que a mí toca, ningún Abreu Gómez logrará que cumpla el deber patriótico de embrutecerme con las obras representativas de la literatura mexicana. Que duerman a quien no pierde nada con ella; yo pierdo La cartuja de Parma y mucho más”. (Literatura y nacionalismo)
**No hace mucho, en el programa de Sentido contrario, que dirige Marcelino Perelló en Radio UNAM, dedicado a Liberato Terán, leí un correo que éste me envió hace cuatro años: “…y disfruto del arte de la amistad que siempre ha cultivado el licenciado Medina”. En efecto –añadí–, “para Medina la amistad es incluso más importante que la literatura; por eso ha presentado libros de Rubén Rocha, por insoportables que sean”.
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Observaciones de Lemus
El crítico literario Rafael Lemus ensaya una lectura panorámica de la figura de “lo narco” en nuestras letras. (Balas de salva: Notas sobre el narco y la narrativa mexicana, Letras Libres No. 81, septiembre 2005).
Destaco, resumidos, los siguientes párrafos:
*¿Cómo narrar la realidad? La literatura mexicana rara vez responde. Crece en el autismo, indolente, a espaldas de esa pregunta. Es abrumadoramente realista, y su realismo abrumadoramente inconsciente. Existe lo real y se lo retrata con entusiasmo primitivo. Se procede como si realidad y literatura fueran una misma cosa.
*Macedonio Fernández lo descubrió para todos: realidad y literatura son cosas distintas, opuestas… la realidad es un problema, no un asidero. Debe ser inventada, no retratada.
*Se escribe, se hacen novelas, se es del norte… Desde allá se escribe una literatura que alude irreparablemente al narco. Es imposible huir: el narcotráfico lo avasalla todo y toda escritura sobre el norte es sobre el narcotráfico. Algunos autores omiten su presencia y retratan su ausencia: el desierto de Daniel Sada, el circo de David Toscana, la metaliteratura de Cristina Rivera Garza. Otros miran de frente al narco y apuntan: Federico Campbell, Gabriel Trujillo Muñoz, Élmer Mendoza, Luis Humberto Crosthwaite, Juan José Rodríguez, Eduardo Antonio Parra, Luis Felipe G. Lomelí… El Barrio. Toda mesa de novedades está sitiada por el narco, algún día será tomada por su literatura.
*Una narrativa sobre el narco, una estrategia ordinaria: costumbrismo minucioso, lenguaje coloquial, tramas populistas. El costumbrismo es, suele ser, elemental. A veces excluye, casi completamente, la invención, como si la imaginación no pudiera agregar nada a la realidad. La prosa es, intenta ser, voz, rumor de las calles. Hijos bastardos de Rulfo, sabemos que nada hay más artificioso que registrar literariamente el habla popular. Todos se empeñan en esa tarea, algunos entregados a un fin dudoso: recrear una prosa idéntica al lenguaje coloquial, aun si ésta no es literariamente pertinente.
*Las tramas son, suelen ser, convencionales. Una idea parece sedarlas: ya es demasiado perturbador el contexto, demasiado brutal la violencia, para aparte crear tramas delirantes. Se extraen las historias de donde es usual: la picaresca y el melodrama…
*Ejemplo de este realismo ramplón es la obra de Élmer Mendoza. Son tres sus novelas (Un asesino solitario, El amante de Janis Joplin y Efecto Tequila) y todas aluden al asunto del narcotráfico. Aluden a él tradicionalmente: a través de un costumbrismo candoroso. La intención es sólo una: retratarlo todo, la política y la violencia, los espectáculos y los deportes, el norte y el otro lado.
… *Dije Élmer Mendoza pero podría haber dicho otros nombres. En cualquier literatura él sería un autor; en la nuestra es un síntoma. Su realismo es el de muchos, el más representativo. Es inútil citar a los autores que comulgan con su costumbrismo: no es éste tanto un estilo como un vaho, una manía, de nuestra narrativa… Un realismo estrecho.
*… La narrativa sobre el narco es relativamente nueva, aún no alcanza su cima. Una apuesta: no habrá cima… Ocurrirá con ella lo que con la novela de la guerrilla escrita hace treinta años: se apagará sin haberse encendido. El narco mudará y esta narrativa yacerá anquilosada. O peor aún: el narco triunfará, arrasará con todo, y entonces ya toda literatura será sobre el narco. No seremos felices pero habrá recompensas: un subgénero colapsará animosamente.
*… Llevar el realismo hasta el extremo: no copiar una realidad, volverse ella. Sólo se capturará al narcotráfico si se remeda formalmente su violencia. Una prosa brutal, destazada, incoherente. Una estructura delirante, tan tajada como la existencia. Una narrativa homicida, con vocación de suicidio. El narco —ruido, absurdo, nada— no es novelable; para recrearlo, se necesitan antinovelas. Un detalle: casi ninguno de los autores norteños cuenta con recursos para la tarea.
*Se nos ha dicho que la narrativa del norte marcha a la vanguardia de nuestras letras. Lo cierto es que, en su mayoría, está sumida donde el resto: en un costumbrismo dócil, en la abulia formal. Ni Élmer Mendoza ni Eduardo Antonio Parra, ni Gabriel Trujillo ni Juan José Rodríguez, ni Federico Campbell ni Rafa Saavedra escribirán esa narconovela. La literatura mexicana debe aprender de los sicarios: violencia y sacrificio.
*Hay una realidad y se la copia. Hay pobreza y se la denuncia. Hay narcotráfico y se lo retrata.
*… La narrativa sobre el narco no escapa a la tentación sacralizadora. Dibuja al norte con demasiada tinta. Desea, aunque no lo pronuncie, construir una epopeya, una épica de la frontera. La tarea: demostrar que el norte es distinto al centro, que la frontera posee una identidad única, definida aunque vertiginosa. El anhelo: probar que allá arriba es donde ocurre el país. Qué mejor que el narco para convencernos de ello. Es un negocio y más que eso: una cultura. El norte es la narcocultura, entre otras cosas, sobre todas las cosas. Mitifiquemos, por lo tanto, al narcotráfico.
*Dotemos a la realidad de un aura que no tiene. Que la violencia aparezca exacta, embellecida. Que los corridos marquen el ritmo de nuestra prosa. Que las botas, los cuernos de chivo y los ajustes de cuentas a medianoche compongan nuestra iconografía….
*Nada puede criticársele a este objetivo. Que cada quien sacralice lo que le plazca. La pregunta es: ¿sacraliza esta narrativa? Muy pobremente, al revés de los narcocorridos. Distribución es destino: como toda literatura, la norteña se fatiga en un auditorio muy restringido. Peor aún: equivoca su público. Es populista y se vende a las clases medias. Es del norte pero se edita, preferentemente, en la capital y se lee en las apáticas ciudades del centro… A ese público se dirigen los autores del norte y, por lo mismo, rara vez evitan el didactismo. Casi toda obra sobre el narco es didáctica. Lo son las novelas de Élmer Mendoza, los ensayos regionalistas de Heriberto Yépez, la especulación policiaca de Juan José Rodríguez. Es tan obvio como esto: el norte se define a partir del centro. Es norte porque entre él y el sur hay un punto medio. Mientras más se insista en la particularidad de la región, más se escribe para el centro. No extraña que los mejores escritores norteños vean en su ubicación apenas un accidente: Daniel Sada, David Toscana, Cristina Rivera Garza, Patricia Laurent Kullick.
*Una de cal: las novelas sobre el narco, felizmente, no denuncian. Los autores no proceden a manera de jueces sino de oyentes. Escuchan y registran. Escuchan y mitifican. Escuchan y ríen. Puede decirse cualquier cosa de esta narrativa salvo que sea solemne. Casi cualquiera de estos autores posee humor y talento para la caricatura. Cualquiera, salvo Parra, más cercano al arrabal, al melodrama. Seamos sinceros: ninguno de estos autores denuncia porque ninguno desea el fin de la narcocultura. De ella se nutren sus novelas, de ella depende su imaginario.
*No dije por ejemplo, como señala Eduardo Antonio Parra, que la literatura del Norte fracase por ser realista. Toda literatura, insisto, lo es. Dije, y prometo no citarme: buena parte de la literatura del Norte fracasa por su tipo de realismo…un realismo que, bajo el pretexto de escuchar el mundo, desatiende los llamados de la forma. ¿Que no toda la literatura del norte es así? Nunca sugerí lo contrario. Festejé las excepciones, subrayé: hay, hubo, debería haber, otros realismos. (Letras libres, Número 83, Noviembre 2005)