ADIOS LIBRO MÍO
Jorge Aragón Campos
Es patente que la discusión en torno al futuro del libro se vuelve cada vez más reducida, lo peor es que conforme se prolonga se vuelve más notorio el carácter reaccionario de quienes insisten en defenderlo, cuando se supone que quienes lo hacen representan al sector más avanzado de nuestra sociedad… de cualquier sociedad. Y cómo no, si siempre ha existido el supuesto de que los lectores de libros son por antonomasia los más preparados y cultos, o qué no es eso lo que los libros dan: preparación y cultura como mínimo.
Pues pareciera que no.
Para empezar existe una confusión más propia de párvulos que de gente leida y escribida, consistente en hacer del libro (un objeto) sinónimo de lectura (un hábito); en un primer momento no debería extrañarnos, bien que mal, con el advenimiento de la imprenta el libro se convirtió en el primer medio de comunicación masivo y ahí está el primer error de sus defensores, pues el libro (incunable, hecho a mano) ya existía desde siglos antes como vehículo para preservar conocimientos, relatos, contabilidades, etc. la verdadera revolución vino con la imprenta, que no es otra cosa que la posibilidad de producirlos en serie y por lo tanto de ponerlos al alcance de todo mundo; fue un hecho cuyos alcances nadie los vio venir, algo harto frecuente en el mundo de los avances tecnológicos: hasta entonces, a nadie se le había ocurrido darle gran importancia a los libros. Esto vino después, cuando la disponibilidad de ideas y de autores comenzó a presionar hacia la conveniencia de ser alfabeto, más importante todavía fue aquel momento donde la población comenzó a darse cuenta de lo productivo que resultaba acumular conocimiento por la vía de la lectura: hasta la iglesia se vio afectada cuando bastó comprar un calendario para saber con razonable exactitud cuándo comenzaban y acababan las lluvias, en lugar de andar pagando paseos al santo y misas para favorecer la precipitación. La lectura se ganó un lugar preponderante en el mundo gracias a sus aplicaciones prácticas, no porque sirviera para producir mejores hombres. Esto último vino después: en un planeta donde las posibilidades de diversión novedosa se reducían a los relatos orales y a la ocasional visita de un juglar, era cuestión de tiempo para que las historias escritas se volvieran el monopolio del entretenimiento, el cual dominó el mercado desde aquel entonces hasta bien entrados nuestros días, haciendo de la literatura el mascaron de proa de la aventura cultural humana.
Hoy, se alzan voces de alarma que nos advierten sobre el desastre cultural que significaría la desaparición del libro, cuando en realidad lo que está desapareciendo es la imprenta, y para muestra basta remitirnos a un comparativo en cualquier lugar del mundo entre el número de las existentes en la actualidad contra el de hace veinte años. La necesidad de uso del libro no ha dejado de disminuir desde que inició el siglo veinte, si no es que antes. Cada vez es menos necesario como medio de almacenamiento de información, de transmisión de conocimientos y como medio de entretenimiento, por eso ya resulta ridículo ver a los sectores culturales exigiendo la preservación y la creación de bibliotecas para todo público, cuando éstas se ven cada vez más solas, como dinosaurios en proceso de fosilización. Al libro sólo le queda el refugio de su valor simbólico, su carácter de valiosa antigüedad tal y como ha ido ocurriendo con el teatro, que hasta inicios del siglo pasado era el mejor y más espectacular medio de entretenimiento, y que fue siendo acorralado por la radio, el cine y la televisión hasta convertirse en espectáculo de públicos especializados. Por supuesto el libro seguirá resultando práctico como manual para instalar una potabilizadora solar en lugares donde no hay electricidad, pero es como objeto artístico donde se ubican sus mayores posibilidades de seguir existiendo. No es paradójico que el futuro del libro descanse cada vez menos en la lectura, es ilustrativo del apego humano hacia los amigos de mucho tiempo, como ocurrió con el caballo.
A pesar de los cambios, la lectura goza de cabal salud, es hacia ella que se debe poner el énfasis y la atención de las instituciones de cultura, que deberían estar más preocupadas por promover en su entorno la creación de contenidos más acordes a públicos cada vez más modernos y, sobre todo, el impulso a creadores que sí entienden los nuevos lenguajes y los nuevos medios con que contamos para comunicarnos. El apego a viejos cacharros que ya vieron pasar sus mejores tiempos, sólo sirven para la proliferación del mosco del dengue.