Marcelino Perelló*
La semana pasada, en este mismo espacio, di un consejo de buena fe a los pejistas sin ser yo mismo pejista, sino todo lo contrario. Hoy quiero repetir el insólito ejercicio y daré un consejo a los que se reclaman defensores de la democracia, sin que yo lo sea.
En el concepto y en la palabra misma “democracia” hay problemas de base, irresolubles. En la etimología del término deberemos remitirnos al griego, en el que demos significa “pueblo” y kratos es “poder”. Así pues, estamos hablando del “poder del pueblo”. Pero, por definición, el “pueblo” es aquel que carece de poder, sobre el que se ejerce el poder. En el momento en que el pueblo accediera al poder dejaría automáticamente de ser pueblo.
Es esta una reflexión que va mucho más allá del ámbito meramente etimológico, y que se inscribe sin transición en el político. El hecho de depositar en una urna el nombre de la opción deseada por el ciudadano no le otorga poder alguno, incluso si su elección coincide con la de la mayoría de la grey. Es decir, aunque nuestro hombre “gane”.
Varias veces me he referido aquí mismo al gran pensador canadiense Marshall McLuhan. Hoy lo vuelvo a hacer. Es otro pensador, esta vez francés, Jacques Lacan, el que sentenció que repetir es bueno, después de un ágape y después de una parrafada. Eso ya lo dije, y siguiendo la consigna lacaniana, lo repito.
Marx reescribió la historia del hombre sobrela Tierraen términos de los sistemas de producción y de las relaciones de producción, de las clases y de la lucha de clases: comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo. Y preconizó la llegada del socialismo y la del comunismo industrial. No tengo la intención de discutir aquí las tesis marxistas. Dejémoslo así, es muy complejo.
Por su parte McLuhan, en su Galaxia Gutenberg, lleva a cabo una operación semejante, en la que sustituye las relaciones de producción por las comunicativas, por la historia de los medios de comunicación que, después de su muerte, fueron llamados simplemente “medios”: el intercambio comunicativo antes de la aparición del lenguaje, ya después entre las tribus y clanes, en la época de los pequeños asentamientos, en la de las pequeñas ciudades y en la de las grandes.
La aparición de la imprenta y de la palabra duradera supuso una verdadera conmoción, y las relaciones sociales se vieron brutalmente transformadas. Qué decir de la lengua acústicamente grabada y reproducible y, sobre todo, un poco más tarde, la de la radio y la del cine. Medio siglo más tarde irrumpirá la televisión. Ahí se quedó Marshall.
No conoció la computación ni internet, con su publicidad, su correo electrónico, su pornografía y sus “redes sociales”. Daría un ojo de la cara por resucitarlo y que escribiera su Galaxia Gutenberg II. El semiótico italiano Giovanni Sartori en su sugerente Homo videns aborda la cuestión, pero se queda descorazonadamente corto.
El asunto es, pues, que cada paso adelante en la tecnología comunicativa representa un paso atrás en la ilusión democrática. Más allá de la imposibilidad de fondo del ejercicio llamado democrático y que esbozo en las primeras líneas de esta columna, lo que McLuhan y Sartori anuncian y denuncian es que la demagogia, el engaño, la manipulación y el condicionamiento cada vez tienen más espacios para operar.
Otro pensador, más cercano a nosotros, Eulalio Ferrer, publicista insigne, quien publicó más de 30 libros, en numerosos de los cuales rebasa con mucho los límites estrictos de su oficio de publicista, pone de relieve los mecanismos falaces de la democracia actual. Entre los últimos se cuentan: El lenguaje de la publicidad, De la lucha de clases a la lucha de frases, Información y comunicación.
Tuve el honor y el placer de platicar varias veces con él y, en nuestras charlas interminables, abundaba en el tema en el que ya había insistido a lo largo de su obra: la política democrática, hoy, no es más que un buen manejo publicitario. Propaganda y publicidad van de la mano. Don Eulalio ha de haber sabido de los últimos desarrollos de la computación, el diseño electrónico de Paint y de Photoshop. Incluso, tal vez, supo de las “redes sociales”, pero, ¡ay!, ya no pudo escribir sobre ellas. Murió en2009 alos 88 años.
Supongo que ahí, en el cielo, deben estar los tres en amena plática, mientras desdela Tierra Sartoriparticipa también. Total, no le falta mucho para unirse a ellos. Hablan de cómo en Italia se chingaron a Berlusconi, de cómo en Francia la mosquita muerta de Hollande se hace dela Presidencia, como si nada, aprovechando —¿montando?— el cuatro con el que sacaron de la jugada al gran favorito, su “correligionario” Strauss-Kahn.
Y a lo mejor aún les queda tiempo (total, para algo ha de servir la eternidad) para hablar de los 132 estudiantes mexicanos. Y se han de preguntar, con la mano en la barbilla, por qué el hecho de que el PRI gane las inminentes elecciones es considerado por ellos un fenómeno antidemocrático.
Por qué claman contra el fraude a priori, antes de que éste se haya cometido, y antes de que hayan podido exhibir su imposibilidad de evitarlo. Por qué denuncian, con razón o sin ella, que el candidato de ese PRI es apoyado —por algún motivo que al paraíso no llega— por la generalidad de los medios televisivos y en buena medida periodísticos y radiofónicos (mass media, insiste Marshall). Los 132 parecen olvidar que ellos también controlan un medio de masas cuyo peso e influencia no es negligible. Pero para ellos es impensable que en las redes sociales haya “mano negra”. Por lo visto, ellos están por encima de cualquier sospecha.
Recordemos que, incluso, el mismísimo Presidente de la República, no especialmente popular, se permitió el alarde de jactarse de que las protestas callejeras no eran contra él (sic). El colmo es que es cierto. Eso en el cielo no se entiende.
El fondo de la cuestión, y nuestros tres espíritus, más Sartori, ya han de haber dado con ella, es que al considerar que una supuesta victoria del PRI no es democrática están despreciando a las decenas de millones de ciudadanos que votarán por él. Desprecio que algo tiene de racista.
A lo que hay que añadir el derecho que se arrogan de irrumpir, “en nombre de la libertad de expresión”, en los actos y mítines priistas, con gritos y pancartas hostiles. Después podrán gemir que fueron golpeados y echados.
Los tres eruditos consideran qué pasaría si un grupo de americanistas con camisetas y banderas, intentara instalarse en medio de la porra de las Chivas. Al menos ellos no se lamentarían.
Eso, en buen español, sentencia Eulalio, se llama provocación. Marshall asiente. Sartori, desde Tierra, también.
*Excélsior, Martes, 29 de Mayo del 2012