DOS A LA SEMANA

#YOTAMPOCO

Jorge Eduardo Aragón Campos                               jaragonc@gmail.com

Hace dos años, para cancelarle a Marcelino Perelló su programa “Sentido Contrario”, que sumaba 16 años al aire por Radio UNAM, bastó le sacaran de contexto una oración de cinco palabras, extraída de una exposición de tres horas, para además lograr su expulsión de la UNAM como maestro; recientemente, en Chile, un adolescente fue orillado al suicidio por la presión pública en su contra, pues su mejor amiga lo había denunciado por acoso; horrorizada por el desenlace, la muchacha reconoció lo había acusado falsamente con el fin de lograr aceptación entre grupos feministas; el creshendo en la agresividad de los supuestos defensores de las mujeres, era de esperar ante la facilidad y la impunidad con que lograron sus primeras victorias, hasta desembocar aquí en México en el suicidio de Armando Vega Gil.

Lo que resulta cada vez más evidente, es que muchos colectivos que se presentan como una lucha a favor de sectores minoritarios, lo único que en realidad buscan es el beneficio de esos mismos colectivos, pues su estrategia se basa en aumentar de manera artificiosa la escala de esas minorías para convertir sus aspiraciones en las del resto; lo estamos viendo ahora que comienzan a derrumbarse las premisas del mal llamado feminismo, donde cada vez resultan más evidentes sus intenciones por imponernos su verdad disfrazada de información: sus posturas y aseveraciones en medios y redes, parten sobre la base de que la gran mayoría de las mujeres ha sido abusada por un hombre, llegando a extremos donde una fémina que no admite haber sufrido nunca ninguna agresión, se vuelve sospechosa de traición, colaboracionismo o, si la inquisidora amaneció de buenas y trae humor de hacer alguna mínima concesión, síndrome de Estocolmo. Su maniqueísmo insiste en afirmar que el hombre trae en sus genes la pasión por la violación, empujan y empujan intentando hacernos sustituir a la serpiente del edén, valiéndose de su autoritarismo a ultranza e ignorando los casos cada vez más frecuentes que han acabado en tragedias para, en lugar de tomarlos como avisos a moderarse, los aprovechan como impulso para escalar en sus excesos; no en balde, ante la primera crisis de credibilidad que enfrentaron las portavoces del movimiento #MeToo México, no fueron capaces de dar una respuesta articulada, no digamos convincente y peor aún, no tuvieron empacho en denostar al muerto: no les tembló la mano para rematarlo con alegatos como “si se suicido es porque ya sabía cómo le iba a ir”, “el suicidio demuestra su culpabilidad”… inevitable recordar la vieja metodología de amarrar y ponerle piedras a una sospechosa de brujería, para luego arrojarla al río: si no se ahogaba, indudablemente era bruja y entonces la quemaban. Concluyendo: el culpable es el muerto, por recurrir a esa salida para no tener que defenderse frente a una acusación anónima, sostenida por un colectivo que sólo acepta como respuesta válida la aceptación a pie juntillas de sus dichos. Poner en entredicho la posibilidad de que todo sea un invento, es impensable porque lo dicen en nombre de todas las mujeres.

Es asombroso verlos en el mismo papel que hace la autoridad para justificar su permanente conducta omisa ante sus obligaciones: “el muerto contaba con antecedentes”. En sentido contrario, esos defensores del #MeToo México de inmediato exoneran a sus “representadas” de la obligación de denunciar, porque “es una chinga”, “es humillante”, “hay un trato misógino”, etc. por estar acostumbrados a que nadie les plante cara y les responda sus verdades: pues aguántense y aplíquense y hagan lo que tienen que hacer, como lo han hecho los menores abusados por sacerdotes que debieron enfrentar amenazas, presiones, humillaciones, excomuniones, pero que en lugar de pedir patentes de corzo, hicieron lo conducente para exigir castigo y atacar la raíz del problema (la complicidad de la alta curia católica), acorralando al Vaticano y obligándolo a enfrentar procesos legales ante la autoridad correspondiente; ni que decir de “las rastreadoras” y el lamentable trato que reciben no sólo de la autoridad, sino también por la indiferencia que reciben de grupos como #MeToo México, que ahora hasta las discrimina con el argumento de que para una mujer no hay nada más doloroso y traumático que una agresión sexual, lo cual es entendible porque lo común es que detrás de cada rastreadora hay la historia de un asesinato impune… de un hombre! Las rastreadoras han optado por hacer a un lado sus quejas y se han puesto a realizar el trabajo que debería hacer la autoridad, poniendo al descubierto el elefante en la sala y por eso no son bien vistas en los círculos donde medra el discurso políticamente correcto: a la impunidad se le combate cerrándole espacios, no abriéndole nuevos.

Pretender asumirse en juez, jurado y verdugo, a partir de afirmaciones anónimas de un colectivo que se asume en representación de todas las mujeres, no es otra cosa que pretender el monopolio del victimismo, son los más interesados en preservar el actual estado de cosas, caso contrario estarían luchando como lo han hecho los ejemplos de líneas arriba: exigiendo un trato digno y respetuoso a los responsables de recibir las denuncias, dando seguimiento a cada caso hasta el final, presionando a los legislativos para mejorar las leyes. ¿Qué es una chinga? sin duda ¿Qué no es agradable? De acuerdo. Por eso se le conoce como “luchar”, mientras lo otro es “linchar”. Y aquí llegamos a otro punto ¿salvo saliva, con qué otra prueba demuestran su supuesta representatividad?

No hay luchas sociales a control remoto, las redes son espacios virtuales que sin duda inciden en la vida real pero tampoco lo logran con la facilidad que les concedemos, baste remitirse a los casos donde sí han obtenido como respuesta una acción material del público. En números redondos, actualmente viven en México 65 millones de mujeres, así que cuando se habla genéricamente a nombre de “las mujeres” se trata de esa cantidad, por lo tanto quien lo haga sin aclarar lo conducente sobre grupo y número, es un usurpador y punto. Por el incidente con Armando Vega Gil, Twitter decidió cancelar  la cuenta de MeTooMúsicosMexicanos, que en ese momento contaba con 12 mil 335 seguidores.

Ni uno más, ni uno menos.