Víctor J. Pérez Montes
…una puerta azul nunca debes abrir…
La Puerta azul, Maná
Definitivamente no había algo de especial en esa niña. Entre la muchedumbre que entraba y salía, a través de la puerta del edificio central del bachillerato universitario, no había algo que le destacara. Su rutina era totalmente predecible. A las 6:55 am, subía al segundo piso del edificio B. A las 7:00 am, entraba a su salón de clases, el viejo letrero en color amarillo mostaza la matrícula del mismo, el número 2-16.
Se sentaba en la tercera fila, quinto asiento, un viejo pupitre de madera, con tantas manos de pintura que ya no se distinguía donde iniciaba una y terminaba la otra. Siempre callada, nunca un comentario o algún chiste que mostrara la vitalidad que la juventud expresa. Mientras todos platicaban las clásicas charlas triviales del estudiantado preparatoriano, ella en una especie de cárcel del silencio, sólo escuchaba con reprobación las carcajadas de sus compañeros.
Los penetrantes ojos color café claro y las abundantes cejas, externaban la poca empatía que sentía por sus compañeros, de manera suave y sutil, un leve movimiento de negatividad hacía girar su cabeza, que a la vez, su mirada se perdía a través de los viejos ventanales del salón de clases, lo que daba la sensación de estar suspendida en la eternidad de cada clase, cuyas cátedras eran impartidas por figurines o marionetas, que articulaban una palabrería o verborrea sin sentido práctico o de conveniencia, para su existencia o sentir.
Cada día era lo mismo, no había forma de cambiar. No existía un propósito real y menos de convencimiento, de que aquella rutina, le llevaría algún lugar. En su interior, había algo que le gritaba desesperadamente: ¡Haz algo más!, ¡No pierdas tu vida!, ¡Despierta de una vez!
De pronto, en su mente llegaban imágenes de sus padres: Adultos viejos, cansados, que nunca salían de la maldita vida rutinaria, llena de carencias y sueños rotos, siempre volteando a la eterna herida de sus bolsillos, con cara de desamparo y con un lastimoso rompimiento en llanto, en el conteo minucioso de las monedas, tanto para el transporte como para los víveres.
El caminar de sus viejos, era como el de unos seres sin dirección propia, como zombis, cuya voluntad, coraje y corazón habían sido consumidos por la inmisericorde y voraz realidad económica, que nunca tuvo una oportunidad para sonreírle; sólo golpes y decepciones que consumía lentamente su ánimo y gano vital.
De pronto, suena la chicharra de final de clases, como despertando a la pesadilla de su realidad, pero a la vez, dirigiéndose de manera veloz a la salida del edificio, de repente, una persona le entrega un volante pequeño que decía: “¿Quieres ganar entre 8 a 10 mil semanales?”, continúa diciendo el papel: “Experiencia no necesaria. Llámanos 667…”. Como fuego deslumbrante, empieza a gestarse en su mente, la necesidad de llamar a tal número.
Entre la rutina vespertina de su casa y las tareas escolares atrasadas, que sin ánimo eran realizadas, lanza su libreta, junto con el viejo bolígrafo y libro de tareas a un costada de la cama, como mostrando el hartazgo y odio a lo que no estaba dispuesta a realizar. De pronto, toma el celular y se dice a si misma: “¡Chingue a su madre!, ¡voy a llamar!, total… ¿Qué malo puede pasar?”.
A los segundos, una mujer contesta la llamada, sólo da una dirección. Era una casa vieja en la zona conocida como el centro de la ciudad. La hora convenida es a las 10:00 pm, la sugerencia con tendencia a orden: ¡No llegues tarde! De pronto, sin más que decir, suena el bip, bip, bip, de haber colgado la llamada. Alea iacta est, ¡La suerte está echada! No hay vuelta atrás.
Esa misma noche, sale de su casa con tiempo sobrado, recorre las diferentes tiendas o pequeños comercios alrededor de la dirección. De pronto, checa su teléfono celular, y se percata de que faltan 7 minutos, empieza a caminar hacia la dirección que traía en un pequeño papel de libreta, escrita con su singular letra. Por fin llega al lugar acordado, se da cuenta que hay un viejo timbre de botón, a los segundos sale una mujer con aspecto joven, alta de buen aspecto, aparentaba unos 24 años, con cara de amabilidad y con actitud despreocupada, la aborda preguntándole:
-¿Eres Sue?
-Si, y ¿Tú debes ser..?
-Mónica –respondió rápidamente con la mano extendida en actitud de saludo-, pero, ¡pásale!, ¡está muy frío aquí afuera!
Al pasar a esa casa con fachada antigua, el olor era un dato particular. Esas paredes despedían una mezcla desagradable de humedad con madera vieja, el pasillo de la entrada, era débilmente iluminado por un foco de luz tenue, con aspecto de estar ahí por siglos y nunca haber sido cambiado. A los pocos pasos de empezar a recorrer este pasillo, la joven anfitriona le indica a Sue que esperara en el viejo sillón del cuarto del fondo.
Con cierto grado de confianza, Sue se disponía a tomar el sillón, y con un fuerte suspiro dejaba reposar su humanidad sobre el viejo mueble, en el preciso momento de cerrar sus ojos, de manera violenta e intempestiva, salen 2 tipos que se lanzan sobre Sue, uno de ellos le toma las manos, y el otro, empieza amordazarla con cinta canela, además de inmovilizarle los brazos y las piernas con cuerdas de ixtle.
Sue no daba lugar a lo que sucedía, por más que se esforzaba de gritar o tratar de liberar sus manos, eran fuerzas agotadas de manera estéril. El dolor en su garganta era insoportable. Los ojos extremadamente enrojecidos por el llanto que no cesaba, eran parte de su maquillaje natural que se renovaba a cada momento durante la noche y los días que parecerían eternidades, enclaustradas en ese viejo cuarto color azul pálido, con las viejas paredes llenas de salitre, entre cartones y basura acumulada por años.
Los dos tipos que de aspecto rudo y mal encarado, venían cada cierto tiempo, a desfogar sus intenciones lujuriosas, al acariciarla impúdicamente, y como parte de tal ritual nefasto, dejaban un pedazo de pan duro y una vieja taza de agua; aquella escena digna de la encarnación de la más vil inhumanidad, cuyo beneficio solo se vería reflejado en las obsenas cantidades de dinero que llegaban a los bolsillos de tales seres.
Al día siguiente, los Padres de Sue no sabían que hacer, estaban en un shock de pánico. Por fin, decidieron ir a los lugares donde frecuentaba su hija, fueron a la prepa donde asistía Sue, interrogaron a las contadísimas amistades de su hija, llamaron a familiares, de ahí se fueron a la Cruz roja, a Urgencias de los diferentes hospitales, empezaron a pegar fotocopias de la foto de Sue con la leyenda: “Sí me has visto, llama al teléfono 667…”
¡Alerta ambar!, mencionaba el anuncio televisivo local. La apatía de quienes les conocían se hacía evidente. No había esperanzas. Se volvía a repetir una vez más, la triste y desgarradora historia de feminicidio o desaparición de Mujeres en nuestro país. El periódico local dejaba en su sección policiaca, una brevísima y muy escueta nota que recitaba de la siguiente manera:
“Sue desapareció hace 3 días y nadie sabe que pasó. Se presume posible abandono de hogar de manera voluntaria. Sí alguien conoce acerca de su paradero, favor de comunicarse a los teléfonos 667…”
Los días se convirtieron en eternos procesos de condenación, los padres de Sue seguían sin saber que había pasado con su única hija. Los años llegaron de una, y jamás se supo a ciencia cierta qué pasó con Sue. Algunas personas llegaron afirmar, que había muerto; otros fueron más optimistas, afirmaron que la había visto por la Revo, en uno de esos bares de esclavas sexuales en Tijuana.
Otros decían, que se había fugado en secreto con el novio drogadicto, y que ya era una drogadicta. Lo cierto fue, que nuestra querida Sue fue muerta desde el momento en que entró en esa casa, y que paso a paso, renunciaba a la belleza de su libertad, dejando entrar –involuntariamente– en su vida, un monstruo que desgarraba su interior, volviendo cada minuto de su existencia en una mísera belleza, si, en la Belleza deshumanizada.