Jorge Luis Telles Salazar
El rechazo a su candidato a la presidencia municipal de Culiacán, Alejandro Barrantes, obligó al gobernador Leopoldo Sánchez Celis a crear un partido local, a través del cual postuló a su gallo a la alcaldía de la capital del Estado, una vez que su propuesta fue negada, una y otra vez, por el Comité Ejecutivo Nacional del PRI, que presidía Carlos Madrazo. Corría el año de 1965 y Polo hacía buenas las versiones que corrían a su alrededor en el sentido de que “en Sinaloa solo mis chicharrones truenan”.
Con ese estilo de gobernar, el hombre de paliacate rojo alrededor de su cuello, texana sobre su cabeza y “45” en la bolsa de su pantalón, hizo presidente municipal de Culiacán a Alejandro Barrantes, incluso contra la voluntad de los priistas, que empujaban a un hombre, que era fenómeno de popularidad en aquel tiempo: Ernesto Higuera López.
Y lo hizo, insistimos, mediante un partido político local, ante la negativa del CEN de hacer suya la candidatura de Barrantes. Es más: el PRI no participó en ese proceso electoral, como resultado del abierto enfrentamiento entre Madrazo y Sánchez Celis.
Así, Barrantes se fue franco. Sin rival al frente. Alberto Zazueta Duarte, adversario por una asociación, también local, quedó por debajo de la expectativa levantada por Higuera.
Todo esto, que Francisco Higuera López narra tan bien en su libro “La Historia del PRI en Sinaloa (1920-2000)” lo tomamos como base para recordar que en nuestra entidad los partidos regionales o locales no constituyen ninguna novedad y que este martes 14 fenece el plazo para que el Consejo Estatal Electoral, que preside la licenciada Juliana Araujo, admita o niegue la solicitud de inscripción de dos nuevos partidos políticos locales, que se llamarían, de ser el caso, Partido Sinaloense, uno y Partido Patriótico Sinaloense, el otro.
Este martes, en efecto, concluye dicho plazo, de tal modo que tendrá que darse, necesariamente, una resolución del órgano electoral. E insistimos, hay buenas dosis de historia en los partidos locales en Sinaloa.
Y bueno, la sola solicitud de las dos expresiones que gestionan el nacimiento de estos dos nuevos institutos políticos ha generado una serie de opiniones encontradas en torno a que tan necesario es el surgimiento de nuevos partidos políticos, cuando operan aquí, en libertad absoluta, siete con registro nacional, aunque ya hace rato que adoptaron la práctica de participar en coaliciones tanto en las elecciones locales como en las federales. Que ya son muchos, dicen.
A este respecto, permítame recordarle al lector, que si bien existen voces que se oponen a este proyecto, son muchas más las que, a raíz de acontecimientos recientes, han expresado la necesidad de nuevas alternativas para el electorado, en el entendido de que las actuales han quedado completamente desfasadas tanto por el anacronismo en el que han caído, como por el marcado descrédito a que los han llevado sus candidatos, acciones y estrategias de lucha a lo largo de las frecuentes contiendas electorales.
La frase en el sentido de que “ninguno me convence; si voto, lo haré por el menos malo”, fue recurrente en el pasado proceso electoral, como recurrente lo fue también la demanda de otras opciones políticas, en la búsqueda de un México y un Sinaloa mejor. Esto no es un invento de nadie. Se convirtió, antes bien, en un clamor popular.
Y sigue vigente, que es lo más importante.
Afortunadamente, el Consejo Estatal Electoral cuenta con las herramientas jurídicas suficientes para emitir su dictamen, de tal modo que para el organismo que preside Juliana Araujo en nada afectarán las críticas y los señalamientos de quienes se oponen a este proyecto, como tampoco influirán las de quienes pensamos que si son necesarias nuevas alternativas y que debe volver nuestro estado a los partidos locales o regionales. (Supongo)
La Ley Estatal Electoral, en efecto, es muy clara en este tema. Tan clara como que establece, al detalle, requisitos a cumplir y el proceso necesariamente a seguir por quienes empujan el surgimiento de las nuevas opciones. Esto le facilita la chamba tanto a la presidente como al resto de los consejeros electorales, cuya decisión, sencillamente, deberá apegarse a lo que marca la ley. Es decir: si llenan todos los requisitos, si superan todos los condicionantes y si cumplieron con el mandato legal, tendrán que ser aceptados. Punto.
Así de fácil.
Y no hay más.
=0=
Por cierto.
Casualmente, un día después de la publicación en este blog en torno a la indiferencia de todos los partidos a llevar a cabo una nueva reforma política en Sinaloa, más de tres de ellos saltaron a la palestra a exigir una serie de modificaciones a la Ley Estatal Electoral, ante la cercanía de los comicios de julio venidero, en los que se renovará la totalidad del Congreso local y las 18 presidencias municipales de la entidad.
Coincidencia afortunada para el columnista u obra de la casualidad, si quiere usted; pero a partir de esa fecha, marcada por la conclusión del periodo ordinario de sesiones de la cámara local, aparecieron en los medios las exigencias de cambiar la ley electoral del Estado, modificada una y otra vez, a partir de su promulgación en el ya lejano año de 1979, aunque sus beneficios comenzaron a experimentarse a partir del primero de diciembre de 1980, con la instalación de la primera legislatura plural en la historia de Sinaloa, con 6 diputados de partidos opositores a los 23 del Revolucionario Institucional.
Uno de esos partidos a quienes de repente les volvió la memoria es a Acción Nacional, cuyo dirigente estatal, incluso, se dijo dispuesto a trabajar en conjunto con el PRI, para cristalizar una nueva reforma política en Sinaloa. Hasta eso, Jesús Burgos Pinto, el presidente del tricolor, le regresó la cortesía al ingeniero Francisco Solano Urías, al manifestar su disposición de una labor en conjunto sobre el articulado de la citada ley. (Interesante ¿no le parece?)
Insisto, de 1979 a la fecha, la ley local electoral ha sido objeto de grandes modificaciones y muchas adecuaciones. Esto se produce, de hecho, elección tras elección; sin embargo, el gran tema, el de siempre, permanece inalterable: el de la redistritación.
A este respecto, déjenos recordarle que, durante todos estos años, el PRI ha cedido en muchas cosas a los pedimentos de la oposición, en aras de mantener la armonía política necesaria para los avances del Estado en lo sustancial; sin embargo, jamás ha aceptado la redistritación, bajo el argumento de que ello atentaría contra los derechos constitucionales de los municipios en el sentido de contar, todos, cuando menos con un representante en el Congreso del Estado.
En la actualidad, esto pudiera ser factible, porque el PRI, con todo y que es el partido con mas diputados, ya no tiene la mayoría de las curules, de tal suerte que en un momento dado, perdería la votación, con los diputados restantes. Son 19, más los aliados, en efecto.
Si, nunca como ahora, pudiera darse la citada redistritación; pero, con todo y que esto pudiera ser bueno, existen muchos inconvenientes a superar.
Veamos:
Por un lado, el tiempo prácticamente se ha agotado, puesto que el plazo para ello fenecería el 31 de diciembre del presente año, habida cuenta de que el Congreso deberá convocar a elecciones, en el curso de la primera quincena de enero, a más tardar. Y si consideramos que es justamente el primero de diciembre, cuando inicia el nuevo periodo ordinario de sesiones, con una amplia agenda a discutir, no vemos cómo, ni por donde la verdad. Por supuesto, la falta de tiempo podría compensarse con una voluntad política extraordinaria; pero esto tampoco lo vemos por ningún lado. Si algo apura, hoy día, a los señores diputados, es encontrar espacio en sus respectivos partidos para saltar, cual auténticos “changos mecateros”, a candidaturas a presidencias municipales para los próximos comicios. O para regidores, ya de perdida. Lo más importante es seguir dentro del presupuesto.
Por otro, cambiar el mapa político del Estado, en cuanto a distritos electorales, no es tarea fácil. Para nada. Implica, por necesidad, cambios a la constitución política local, para lo cual, no menos de 27 diputados tendrían que pensar exactamente igual.
Y finalmente, tampoco será fácil convencer de esto a quienes todavía viven en los llamados municipios chicos de Sinaloa – poblacionalmente hablando -, quienes a través de los años se han negado a perder su representatividad en el Congreso del Estado. Y no se diga ya a los políticos de tales municipalidades, quienes perderían, quizás para siempre, la oportunidad de llegar a la cámara de diputados.
Insistimos: el asunto se ve complicado, más cuando, para nosotros, el tiempo se les agotó y por lo que observamos, muy tarde se percataron de ello. Suplirían esto, repetimos, con voluntad política; pero, hoy dia, esto es lo que menos se ve en los actuales tiempos de nuestra entidad, que en cosas políticas han dado un gran salto; pero hacia atrás.
Digo.
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(Una trivia: ¿qué amigo nuestro adquirió, en una agencia distribuidora local, un BMW del año y completamente equipado, para su uso personal, naturalmente? ¿Una pista? Radica en la ciudad de México y por supuesto que es amante de la buena vida y también de las buenas costumbres. Se vale apostar?)
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Por último.
Oficialmente, la delegación mexicana finalizó en el lugar 39, de un total de 80 naciones que lograron cuando menos una medalla, en los Juegos Olímpicos de Londres, concluìdos el domingo pasado, con una ceremonia de clausura, no tan espectacular como la de apertura; pero pletórica de números sencillamente sensacionales. Muchos países más, de diferentes puntos del orbe, no alcanzaron presea alguna y tuvieron que aceptar la sentencia del célebre Barón Pierre de Coubertain: “lo importante no es ganar, sino competir”.
México conquistó un total de siete medallas: una de oro, tres de plata y tres de bronce. Se trata de la mejor cosecha en la historia de las Olimpiadas, sin considerar la nuestra, la de 1968, cuando hubo nueve, repartidas en forma equitativa. Ya los que de esto conocen han expresado sus juicios de manera inapelable: una gran actuación de los atletas de nuestro país.
En lo personal, le quitaría lo de gran y lo dejaría en buena, con la aclaración de que esta cosecha pudo haber sido mejor. Me dolió, por ejemplo, la forma tan increíble en la que una de las arqueras dejó ir la medalla de un oro, cuando el mal tiro de una coreana, en muerte súbita, le puso la presea en las manos; pero el de la nuestra fue peor. Lamenté la caída de los clavadistas, que luchaban por el oro después de las cuatro ejecuciones y en las dos últimas cayeron casi de “panzazo” en la alberca para perder toda oportunidad. Y deploré, además, malas decisiones arbitrales como la que privó a Chayito Espinoza de la medalla de oro y la que eliminó a nuestro boxeador, a pesar de la tunda que le dio al adversario, cuando la Olimpiada iba a cosa de la mitad. Y algunas cosas más que no recuerdo, de momento.
Sin embargo, el hubiera no existe en el deporte, como en ninguna de las cosas de la vida. Asi fueron las cosas y punto. ¿Para qué buscarle más?
Me sumo, finalmente, al regocijo nacional por la medalla de oro en futbol, en lo que es una satisfacción plenamente justificada. El futbol es el deporte nacional y como disciplina de los Juegos Olímpicos, una de las de más alto grado de dificultad. Esto, ciertamente, no salvará al país de su atraso ancestral; pero, cuando menos, hizo el milagro de que viviésemos un fin de semana maravilloso y que olvidáramos, por un rato, de la problemática que afecta a la nación.
Digo.
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A manera de colofón.
Por este día, asi la dejamos. De este tamaño.
Dios los bendiga.